
La historia del ciclismo colombiano es, en buena medida, la historia de un país que encontró en la bicicleta una vía de escape, una épica popular y un motivo de orgullo colectivo, así lo narra Marcos Pereda en su formidable Historia del ciclismo en Colombia (Libros de Ruta, 2026) . Desde las primeras gestas de los escarabajos en las montañas andinas hasta las victorias contemporáneas en las grandes vueltas, el ciclismo ha sido uno de los pocos relatos de éxito internacional para Colombia. Sin embargo, esa misma historia contiene un capítulo incómodo, durante décadas silenciado, la penetración del narcotráfico en el pelotón durante los años ochenta y principios de los noventa.
Fue un fenómeno estructural, vinculado al contexto social, económico y político de un país en aquella época atravesado por la violencia, la desigualdad y la irrupción de enormes capitales ilícitos. El ciclismo, por su arraigo popular y su capacidad de movilización, se convirtió en un espacio especialmente atractivo para los carteles de la droga. Allí encontraron un mecanismo para lavar dinero y una herramienta de legitimación social. No ha sido muy diferente en el fútbol español, donde los capitales dudosos han tendido siempre cierta atracción por los despachos de los estadios.
Para entender por qué el narcotráfico encontró en el ciclismo un terreno fértil, es necesario situarse en la Colombia de finales del siglo XX. Las décadas de los setenta y ochenta estuvieron marcadas por la expansión del negocio de la cocaína, el fortalecimiento de los carteles de Medellín y Cali y una creciente incapacidad del Estado para controlar territorios y flujos económicos.
Al mismo tiempo, el ciclismo era ya un fenómeno cultural profundamente arraigado. Las grandes vueltas nacionales, como la Vuelta a Colombia o el Clásico RCN, paralizaban pueblos enteros. Los ciclistas eran héroes populares, hombres humildes que ascendían socialmente a base de esfuerzo y sacrificio, verdaderos héroes de leyenda. En un país de geografía abrupta, la bicicleta era más identidad que deporte.

Con una afición enorme y ante un deporte fácil de financiar, puesto que era relativamente barato, el ciclismo se convirtió en un vehículo ideal para la entrada del dinero del narcotráfico. Los equipos podían sostenerse con presupuestos opacos, los premios en metálico circulaban con escasa fiscalización y la visibilidad mediática ofrecía una plataforma de prestigio difícil de igualar.
El caso más notable de esta relación es el de los hermanos Escobar Gaviria. Mientras Pablo Escobar se consolidaba como el líder del Cártel de Medellín, su hermano mayor, Roberto Escobar, tenía un pasado en el ciclismo colombiano. No era un aficionado, había competido a buen nivel en los años sesenta, con resultados destacados como una medalla de bronce en los Campeonatos Nacionales de 1965 y un oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en la prueba de 100 kilómetros contrarreloj por equipos.
Con esos antecedentes, Roberto, apodado Osito, entendía el deporte y también su entorno. Tras retirarse, fundó una fábrica de bicicletas, Ositto, cuya estética y nombre evocaban un aire europeo que encajaba con las aspiraciones de modernidad del momento. La marca creció rápidamente, impulsada por una publicidad agresiva , “más estrellas que la Monark”, y, según múltiples fuentes, por el respaldo económico de Pablo Escobar.
En 1981, ese proyecto empresarial dio el salto al patrocinio deportivo con la creación del equipo Bicicletas Ositto. Sobre el papel, se trataba de una iniciativa privada destinada a promover el ciclismo. En la práctica, todo indicaba que funcionaba como una estructura de blanqueo de capitales. El equipo contaba con materiales de primer nivel, una infraestructura desproporcionada para la época y una capacidad económica que despertaba suspicacias por todas partes.
Roberto Escobar siempre negó cualquier vínculo entre el equipo y las actividades ilícitas de su hermano. Sin embargo, habría que fingirse muy despistado para ignorar los lazos que les unían.
Para Pablo Escobar, el ciclismo era una herramienta política. Su estrategia de construcción de imagen pública se basaba en presentarse como un benefactor de las clases populares, una especie de Robin Hood contemporáneo que redistribuía la riqueza. La financiación de equipos deportivos y la construcción de infraestructuras encajaban perfectamente en ese relato.

Uno de los ejemplos fue el Velódromo Asissi, una instalación privada en Medellín donde Escobar organizaba competiciones al margen del circuito oficial. Allí se daban cita ciclistas profesionales, invitados a participar en carreras con premios en efectivo muy superiores a los habituales. Las apuestas alcanzaban cifras astronómicas y el ambiente mezclaba deporte, espectáculo y dinero fácil.
Para muchos corredores, participar suponía una oportunidad económica irrechazable, tal y como estaba la vida. Era una oportunidad de oro para embolsarse unas buenas cifras. Y para Escobar, era una forma de consolidar su red de influencias y reforzar su imagen de mecenas. La instrumentalización política llegó incluso a los maillots. El logotipo de Renovación Liberal, el movimiento con el que Escobar intentó acceder al Congreso, compartía espacio con el nombre de Bicicletas Ositto.
No obstante, las leyes del narcotráfico no tardaron en replicarse dentro del ciclismo. Si el Cártel de Medellín había encontrado en el deporte una vía de influencia, el Cártel de Cali no podía quedarse atrás. Así, el patrocinio de equipos se convirtió en un nuevo escenario de rivalidad criminal. Uno de los nombres clave en este proceso fue Gonzalo Rodríguez Gacha, alias El Mexicano, quien impulsó el equipo Perfumerías Yaneth. La escuadra absorbió a varios corredores tras la disolución de Ositto, en parte debido a conflictos con la Federación Colombiana de Ciclismo.
Por su parte, el Cártel de Cali utilizó estructuras empresariales como Punto Sport Catalina, vinculada a Hugo Hernán Valencia, un empresario con conexiones directas con capos como Pacho Herrera. Valencia, además, era un apasionado del ciclismo y participaba activamente en entrenamientos con profesionales, lo que facilitaba su integración en el entorno.
El resultado fue un mapa de equipos alineados, de forma más o menos explícita, con distintos intereses criminales. En algunos casos, los cambios de patrocinio implicaban también cambios de lealtad. Equipos que un año competían bajo una estructura pasaban al siguiente a depender de otra, en función de la evolución de la guerra entre carteles. Si el país estaba inmerso en la violencia de los carteles, los ciclistas también ponían su granito de arena en esta guerra.
Las consecuencias fueron devastadoras. Numerosos ciclistas se vieron atrapados en estas dinámicas criminales. Muchos porque no tenían más opciones en la vida. Uno de los casos más conocidos es el de Juan Carlos Castillo, ganador de la Vuelta de la Juventud y gregario de Lucho Herrera. En 1991 fue detenido en el aeropuerto de Medellín cuando intentaba viajar a España con varios kilos de cocaína ocultos en su equipaje. Tras cumplir una breve condena, fue asesinado en 1993, presumiblemente como represalia por la pérdida del cargamento.
En el aeropuerto de Fiumicino, en Roma, ese mismo año, diez corredores colombianos fueron detenidos al descubrirse cocaína escondida en las bicicletas, en los tubos del cuadro, el manillar o la tija. Las condenas que les cayeron fueron contundentes. Y la violencia y la criminalidad no se limitó a los corredores. Armando Aristizábal, ex ciclista y director técnico vinculado a estructuras del Cártel de Cali, fue secuestrado y asesinado junto a su patrón en un episodio atribuido al entorno de Pablo Escobar. Sus cuerpos aparecieron con signos de tortura extrema, en una brutal escena típica de la guerra entre carteles.
Aún más extremo fue el caso de Gonzalo Chalo Marín, antiguo corredor del equipo Ositto que, tras retirarse, se convirtió en sicario del Cártel de Medellín. Investigaciones posteriores lo vincularon con el atentado contra el edificio del DAS en 1989, uno de los ataques más sangrientos de la historia reciente de Colombia. Marín acabaría siendo asesinado por Los Pepes, un grupo paramilitar surgido para combatir a Escobar.
Incluso figuras ajenas en apariencia a estas dinámicas se vieron salpicadas por la violencia. Alfonso Flórez, primer colombiano en ganar el Tour del Porvenir, fue asesinado en 1992 en circunstancias nunca del todo esclarecidas. Su participación en eventos organizados por Escobar alimentó durante años especulaciones sobre los motivos del crimen.
El impacto de esta infiltración no se limitó a las tragedias personales. También afectó a la percepción internacional del ciclismo colombiano. En un momento en el que los escarabajos comenzaban a destacar en Europa, cualquier sospecha era una verdadera faena para los corredores.
Se multiplicaron los rumores sobre el uso de sustancias prohibidas, en parte alimentados por prejuicios y en parte por el contexto general de opacidad. Incluso elementos tan tradicionales como la panela, un alimento básico en la dieta de los ciclistas colombianos, llegaron a ser objeto de análisis en busca de posibles adulteraciones.

El recelo llegó hasta a la mascota del equipo Ositto, un actor disfrazado de oso que fue expulsado de la Vuelta a Colombia por repartir marihuana entre la caravana. En ese contexto, los logros deportivos quedaban bajo sospecha. La extraordinaria capacidad de los ciclistas colombianos en la montaña, fruto de factores geográficos, fisiológicos y culturales, se ponía en duda de una manera no exenta de racismo y prejuicios. Parecía como que los ciclistas colombianos tenían que demostrar el doble que los demás por su lugar de origen y siempre estaban bajo sospecha.
Muchos ciclistas de aquella generación procedían de entornos humildes y encontraron en el dinero del narco una oportunidad difícil de rechazar. Otros fueron directamente presionados. Algunos lograron mantenerse al margen, pero no siempre sin coste. El ciclismo colombiano, que hoy celebra sus éxitos en las grandes vueltas con figuras como Egan Bernal o Nairo Quintana, arrastra así una herencia bastante complicada por todo este problema. Sin embargo, el ciclismo llegó a Colombia ya en el siglo XIX y en los años 50 ya tenían sus propias grandes vueltas. No tenían que demostrarle nada a nadie, como muy bien se deduce de la excelente obra que reúne todo este legado, Historia del ciclismo en Colombia de Marcos Pereda.

