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Jonas Valanciunas: «En el banquillo siempre alucinamos con cómo Jokic saca jugadas de la nada»

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Jonas Valanciunas (Foto: The Old Man and The Three)
Jonas Valanciunas (Foto: The Old Man and The Three)

Jonas Valančiūnas, uno de los pívots europeos más veteranos y respetados de la NBA, ha repasado en una entrevista en The Old Man and The Three su trayectoria desde un baloncesto entendido como «segunda religión» en su país natal, Lituania, hasta una carrera de adaptación constante en una liga que ha reinventado el papel del hombre grande. Entre recuerdos de Toronto, la dureza del oficio y consejos a los jóvenes, el interior describe también el asombro cotidiano que provoca Nikola Jokic en sus compañeros, capaces de ver desde el banquillo cómo el serbio inventa jugadas imposibles y crea ventajas de la nada.

Porque el serbio es el hombre de moda una vez más en la NBA y no ha parado de hablar de él: «A veces parece que la jugada está muerta, que simplemente va a pasarla y poner un bloqueo… y él crea la ocasión sobre todo encontrando a los tiradores abiertos en la esquina».

Desde el primer día, lo tuvo claro: «Es su inteligencia baloncestística, enorme. De joven se le veía el talento, pero era talento en bruto. Todavía estaba mejorando, encontrando su camino, construyendo su identidad, viendo qué tipo de pívot iba a ser. No tardó mucho… y ahí lo tienes: es lo que es».

Y sobre su adaptación al baloncesto estadounidense, todavía echa de menos las gradas europeas: «Viendo a los aficionados de la Euroliga… uno de los más grandes probablemente sean los del Partizan, los de Atenas, ya sabes, el derbi de Olympiacos… todo eso es simplemente bonito de ver. Ojalá hubiera aquí todo eso».

Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)
Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)

Eso sí, con alguna reserva: «En Europa es más brutal, porque muchos aficionados van simplemente a pelear. Justo antes del partido se remangan, hacen lo suyo, y luego vuelven a entrar el pabellón, a la cancha, y se ponen a animar. Es diferente, en Estados Unidos la gente va a pasárselo bien, en Europa es una brutalidad, es ¡vamos a tirar monedas! ¡vamos a tirar mecheros!».

Los entrevistadores escuchan alucinados y preguntan si se ha visto en una de esas y la respuesta es sí: «Sí, contra el Žalgiris, en mi primer año, nos tiraron monedas y mecheros. No es que no fuera una situación segura, pero te lo tiraban durante el partido y mientras juegas no quieres que te caigan cosas. No vas a salir herido por una moneda si no te da, pero…».

Jonas Valanciunas ante el baloncesto actual

La conversación deriva también hacia el baloncesto actual, cada vez más acelerado, con un ritmo ofensivo que dispara los marcadores hasta cifras casi absurdas. Los presentadores mencionan uno de los partidos de mayor anotación en la historia reciente y Valančiūnas reconoce que esa tendencia se nota especialmente sobre la pista: «Odio jugar contra esos equipos. Odio jugar contra esos equipos».

El pívot admite que el vértigo de los conjuntos que viven en transición se hace todavía más duro en un contexto como Denver: «Cuando corren, oh Dios mío, lo sientes. Especialmente aquí en Denver, con la altitud». Y aunque el lituano no se queda con una jugada concreta como la más increíble que haya visto en su carrera, sí resume esa sensación permanente de asombro que define la NBA moderna, donde cada noche puede aparecer algo inesperado: «Vas partido a partido y siempre ves que pasa algo… algo increíble».

Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)
Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)

Valančiūnas también comenta la dureza de los primeros años, cuando recibió una formación «a la vieja escuela» marcada por la dureza de los veteranos. Recuerda que en su temporada de novato estuvo rodeado de jugadores que le enseñaron una ética casi militar: «No vas a sentirte al 100%». Y aun así, insiste, había que salir a la pista: «Aun así tienes que salir ahí fuera. Tienes que hacerlo igual».

En ese baloncesto de otra época, la resistencia formaba parte del oficio, incluso cuando el cuerpo pedía descanso. «Los analgésicos son una cosa», admite, antes de resumir la mentalidad que le transmitieron: «Sin días libres». Menciona como ejemplo al pívot jamaicano Jamaal Magloire, uno de los veteranos que más le marcó: «Si el hueso no está roto, juegas», le decía. Esa es  la lección que se le quedó grabada, había que estar con los compañeros y dejarlo todo en la pista «pase lo que pase».

Sobre el baloncesto internacional y los grandes nombres de la historia FIBA, Valančiūnas se muestra orgulloso de la tradición lituana y enumera referentes como Šarūnas Marčiulionis, al que define como «uno de los bases más poderosos de la historia», o Šarūnas Jasikevičius, «el dios del pase y del IQ». Y luego de fuera de su cultura cita a como Tony Parker o Steve Nash.

Pero preguntado por las diferencias entre FIBA y la NBA, aparte de las reglas, el reloj, la línea de tres o los tres segundos defensivos, el lituano se va a la pizarra: «Creo que depende más del entrenador». Para él, más que el reglamento, lo que determina el estilo es la idea del técnico y el personal disponible: «No vas a pedirle a un equipo sin especialistas en el uno contra uno que juegue aislados. Tienes que construir una estructura, mover el balón y diseñar sistemas que generen tiros abiertos».

En Denver

Sobre su equipo, Valančiūnas explica que lo que les distingue es una cultura de vestuario poco común, construida sobre la experiencia y la conciencia colectiva de lo que exige competir arriba. «Todos sabemos lo que significa», dice, y no hace falta reunir al grupo para convencerlo de nada: «Todos sabemos que no va a ser fácil. Va a ser una pelea de perros».

En ese sentido, subraya la seriedad diaria del equipo, la atención al cuerpo y a los pequeños detalles: «Vienes cada día preparado, cuidas tu cuerpo, haces las cosas pequeñas». Y resume el carácter del grupo como un bloque concienciado: «No hay tramposos». Incluso los jóvenes, añade, entienden pronto que en Denver el profesionalismo no es un discurso, sino una rutina.

Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)
Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)

A lo largo de su carrera, Valančiūnas ha pasado por varias franquicias (Toronto, Memphis, New Orleans, Washington, Sacramento y ahora Denver) y asegura que el gran aprendizaje ha sido entender el oficio un cambio constante. «La cosa principal es que tienes que adaptarte», explica, porque la NBA no deja de moverse y el jugador que no cambia se queda atrás.

Esa transformación la ha vivido especialmente en su posición. El lituano recuerda cómo el juego interior ha mutado en apenas unos años. «El juego de los pívots está cambiando», dice, y no hay alternativa: «O eres uno de los mejores pívots… o tienes que ajustarte. Tienes que ir con la corriente». En sus primeras temporadas, todavía dominaba el modelo clásico: «El año anterior, cada equipo tenía dos grandes, dos tíos enormes y pesados, que ponían bloqueos y dominaban cerca del aro». Pero el giro fue radical: «Al año siguiente, vale: vamos a correr, vamos a tirar».

Valančiūnas cuenta incluso el desconcierto de esa transición en tiempo real. «Recuerdo que estaba en el gimnasio levantando mucho peso», dice, hasta que un día un técnico le frenó en seco: «Ahora tienes que correr. Ya basta de levantar. Ahora vas a empezar a correr, a ser rápido y a tomar decisiones». La liga había cambiado de repente y tocaba modernizarse. «Cada vez había más pívots que pueden tirar, que pueden botar, que pueden crear», señala. Ya no bastaba con bloquear y rematar: «Los pívots empezaron a abrir el campo. El spacing de cinco abiertos se convirtió en algo».

En ese proceso de ajuste, también ha desarrollado recursos propios. Uno de los más reconocibles es su pump fake, que describe con detalle: «Es ese tiro lento, metódico que tengo». La clave, explica, está en vender el lanzamiento y congelarlo arriba: «Lo corto justo ahí cuando tengo el balón arriba. Eso es un amago. Parece un tiro, pero no lo suelto, simplemente lo dejo ahí». Mientras siguió funcionando, lo convirtió en rutina: «Mientras funcionó, lo seguí usando». Aunque admite que en la NBA todos aprenden rápido: «Ahora tengo que inventarme algo nuevo».

Los Raptors

Valančiūnas guarda un recuerdo especial de sus años en Toronto y de aquellas primeras versiones competitivas de los Raptors, un grupo que fue creciendo desde dentro. «Éramos gente humilde que de verdad quería ganar», explica. Subraya que muchos se formaron juntos, con un núcleo joven que fue consolidándose con el tiempo: DeMar DeRozan todavía era un chico y Kyle Lowry llegaba con la ambición de establecerse como líder. «Eso nos dio una chispa», dice. El vestuario, recuerda, tenía una energía particular: «Era un grupo divertido, un grupo competitivo». Aunque cada temporada cambiaban algunas caras, el corazón del equipo se mantenía y el progreso era constante: «Cada año dábamos un paso más».

Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)
Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)

Pero ese ascenso acababa chocando una y otra vez con el mismo muro en los playoffs: LeBron James. «Siempre nos encontrábamos con él y nuestro viaje se terminaba», admite. Para Valančiūnas, aquella experiencia definió lo que significa realmente la postemporada: «Los playoffs son otra historia». Todo se vuelve más táctico, más estrecho, decidido en detalles mínimos: «Son pequeñas cosas, un par de posesiones… no es un partido loco, es un juego muy estricto de posiciones». Y en ese escenario, LeBron imponía su grandeza: «Era uno de los mejores jugadores de baloncesto de la historia».

Los orígenes

Cuando recuerda el principio, sus años en Lituania, avisa de que allí el baloncesto es algo más que un deporte. Su historia, dice, empezó casi por inercia, marcada por su físico: «He sido alto toda mi vida». Allí, recuerda, ser alto te coloca directamente en una pista: «Te asignan a ser jugador de baloncesto, o al menos a jugar». Comenzó con ocho o nueve años, como un juego con amigos, pero pronto se convirtió en el eje de todo: «Al principio era solo un juego… risas y pasar un buen rato. Al final se convirtió en una de las partes más importantes de mi vida».

Sus primeras experiencias con la selección llegaron pronto, cuando se juntó por primera vez con la generación que acabaría representando al país. «Creo que teníamos 15 años», cuenta, en un campeonato sub-15 que le abrió la puerta al baloncesto internacional. Aquel verano fue un aprendizaje de disciplina y convivencia: «Pasamos todo el verano entrenando, mejorando, preparándonos para el torneo».

El salto al profesionalismo en Europa llegó todavía antes de lo habitual. Debutó con 16 años en un equipo formativo, casi una cantera: «Era como un equipo de G-League para el equipo principal, un grupo de jóvenes talentos intentando mejorar». Su progresión fue rápida y pronto le llamaron para dar el siguiente paso: «A mitad de la segunda temporada me llamaron para el equipo masculino». Después llegó el gran escaparate: el Zalgiris y la Euroliga. «Tuve media temporada de Euroliga y entonces me presenté al draft», resume.

Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)
Jonas Valanciunas (Foto: Cordon Press)

La decisión de dar el salto a la NBA, sin embargo, no fue algo que tuviera en la cabeza desde niño. Valančiūnas insiste en que al principio ni siquiera lo contemplaba: «Sinceramente, nunca pensé en la NBA». Estaba cómodo en casa, en un gran club de su ciudad, cobrando con solo 16 años: «Yo estaba feliz… era un sueño. Pensaba: ya está, no necesito ir a ningún sitio». Todo cambió con la llegada del proceso y los ojeadores: «Empezaron a venir scouts, a hablar conmigo… y se convirtió en algo grande». Ahí apareció por primera vez la idea: “Me metí en la cabeza que, joder, probablemente podía ser jugador NBA».

El aterrizaje en Norteamérica fue un choque cultural completo. El idioma, la exposición y la distancia lo descolocaron: «Fue muy duro para mí porque ni siquiera hablaba inglés bien». Recuerda incluso la vergüenza de sus primeras entrevistas tras el draft. De pronto pasó de la comodidad de su entorno a un mundo nuevo: «Estaba cómodo en mi ciudad… y aquí era una liga diferente, una cultura diferente, un idioma diferente». Primero tuvo que adaptarse a Canadá y después a Estados Unidos: «No fue lo más fácil». En ese proceso, el apoyo de compañeros fue decisivo, especialmente el de otro lituano en Toronto: «Me ayudó muchísimo… me ponía en la dirección correcta, me traducía. Así que fue genial».

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