
Es uno de los grandes velocistas de la historia reciente del ciclismo. Un prodigio de potencia y de técnica. Marcel Kittel ha dominado los sprints del WorldTour durante los años 10. Como prueba, sus 14 victorias en el Tour de Francia y cuatro en el Giro. Sin embargo, se retiró a los 31 años en 2019. Dijo que había perdido la motivación.
Por estas características, el viaje del éxito al desencanto, una entrevista con Kittel es sumamente interesante y, la que acaba de dar en Domestique y Burgess and his bike no ha sido una excepción. Primero, por la sinceridad ante el tema prohibido. Sobre el dopaje, ha dicho que no se cree que esta sea la era de limpieza y la virtud: «No creo que el ciclismo esté limpio ahora, en absoluto, sería muy ingenuo».
Es impresionante cuando recuerda lo que pasó al aparecer escándalos como el de Lance Armstrong, él estaba en categorías inferiores, pero recibió hasta escupitajos de los aficionados: «Era definitivamente una época muy distinta a la de ahora. Cuando yo pasé a profesional, todas esas revelaciones ya se habían hecho. Todo el mundo sabía que en los 90 y los 2000 había dopaje sistemático y generalizado en los equipos. Recuerdo que, cuando aún era sub-23, corrí algunas pruebas profesionales en Alemania, como la Niedersachsen-Rundfahrt, que ya no existe, o la Bayern-Rundfahrt, la Vuelta a Baviera. Y ya entonces había muchos aficionados decepcionados que nos gritaban, nos escupían. Yo estaba ahí, como corredor joven, pensando: ‘¿Pero qué está pasando? ¿Qué tiene esto que ver conmigo?’. Ellos veían el pelotón como un todo: todos iguales».

A su juicio, lo que tardó en admitirse la verdad, causó todavía más daño al deporte: «Desde entonces, hasta 2013, 2014, 2015, fue un poco así, sobre todo en Alemania. Y supongo que esos años, cuando Armstrong lo admite… En realidad, creo que todavía no lo admitía del todo en 2013; eso lo hacía incluso peor, porque tardó unos diez años más en pasar de decir ‘yo nunca he engañado a nadie’ a admitir que fue parte del sistema de dopaje y que se dopó. Todo el mundo lo sabía, claro, y eso alargó el dolor, para él y para los aficionados al ciclismo, sobre todo en Alemania, durante una década. No fue bueno para el deporte, especialmente allí».
Sin embargo, considera que todo aquello fue, paradójicamente, positivo: «creo que era necesario. Había que ponerle un espejo delante al ciclismo: a los antiguos corredores, a los de mi generación y a los de ahora. Pensar qué tipo de deporte queremos y aprender de un problema muy grave. No hay otro deporte donde el problema haya sido tan evidente y tan conocido. Y había que sacar lecciones para hacerlo mejor en el futuro».
Aunque todo lo que pasó dejara al ciclismo marcado para siempre: «Yo no diría que fue un ojo morado. Diría que al ciclismo le arrancaron una pierna. Porque nunca se va a ir del todo. Siempre estará ahí como tema. Siempre habrá debates sobre ello. Pero sí, creo absolutamente que fue necesario. Espero que haya servido para poder hablar del tema y analizar de dónde venía. Y creo que esa es también parte de la dinámica que vemos ahora: toda la innovación, toda la ciencia del deporte que hay hoy en el ciclismo viene de ese vacío que quedó después de derribar aquellos sistemas de dopaje. Ese hueco había que llenarlo con preparación profesional y de otra manera. Así que sí, creo que fue bueno».

De todos modos, considera que no hay que ser ingenuos: «Siempre habrá gente que quiera engañar al sistema. Los presupuestos han subido, los salarios que pueden ganar los corredores son muy altos. Sería muy ingenuo pensar en casos aislados. No digo que haya dopaje generalizado, pero sí digo que hay corredores que ven una oportunidad, y ven también una oportunidad de tener una vida mejor. Eso, en el fondo, es muy humano».
Y seguir alerta: «Lo que tenemos que asegurar es que, en un periodo en el que el ciclismo parece ir muy bien, con grandes estrellas y un ambiente de ‘todo es maravilloso’, no dejemos de mirar. Que sigamos controlando, que sigamos revisando cómo evoluciona el sistema antidopaje y qué pasa realmente dentro del pelotón, detrás de bastidores».
Sobre las acusaciones que se vierten en las redes, en cambio, considera que son a menudo injustas: «Creo que no les corresponde a los aficionados garantizar que el sistema funcione. Esa no es su tarea. Otros tienen que hacer ese trabajo. Los periodistas y los aficionados tienen todo el derecho del mundo a decir ‘no estoy seguro de si puedo confiar en esto’. Y deberíamos tomar eso como una señal: vale, entonces hay que ir y comprobar, asegurarse de que el resultado es legítimo y de que podemos confiar».

Propone una mezcla de disfrute del talento que hay hoy en la carretera, pero sin ser almas cándidas: «En el caso de talentos enormes como Vingegaard, o lo que hace Pogacar durante todo el año, tengo la sensación de que son excepcionales, pero también creo que a veces infravaloramos de dónde viene eso. Vivimos un momento en el que esto es lo normal: no sólo con ellos dos, hay muchos otros que hacen cosas increíbles sobre la bici. Hay un nivel altísimo en todo el pelotón. Lo que quiero decir es que, precisamente porque vemos a más ciclistas rindiendo de forma excepcional, eso puede ser indicio de que la periodización de los entrenamientos, la planificación de la temporada, la innovación… todo eso encaja a la perfección el día clave. Y por eso ese día son clase mundial, incluso por encima. Es una conversación muy difícil de tener alrededor de estos momentos. Creo que podríamos ser un poco menos radicales a veces y dejar espacio para celebrar el talento. Pero, al mismo tiempo, no ser ingenuos. Eso también es importante».
De hecho, Kittel reconoce que lo vivido en las últimas ediciones le ha sorprendido incluso a él, que conoce la carrera desde dentro. La última etapa del Tour, en particular, ha cambiado por completo: «Es duro para mí, me duele un poco en el corazón, porque acabar en los Campos Elíseos era perfecto para un sprinter. Sufrías en los Pirineos y los Alpes y llegabas a París con una última oportunidad. Ahora eso se ha ido». Aun así, entiende el movimiento de la organización: «El Tour compite con muchos otros eventos, no solo ciclistas. Quieren presentar algo nuevo, mantener el interés. Y la llegada al Montmartre fue un gran final».
Kittel estuvo en París y vivió de cerca el ambiente, especialmente el duelo Pogacar–Vingegaard en la etapa final: «La gente estaba eufórica. Cuando Vingegaard atacó, todos hicieron un ruido enorme. Les encantó ese final en el que todavía podía pasar cualquier cosa». Esa es, para él, la gran novedad: «El Tour ahora no se decide hasta el último metro. Pogacar podía haberse caído con la lluvia. Todo estaba abierto. Eso crea emoción y es una cualidad nueva».

Respecto a Pogacar, Kittel se muestra impresionado por su actitud competitiva incluso con una lesión que no trascendió hasta después: «Es increíble cómo pudo mantenerse concentrado. Yo he pasado por caídas importantes y estás a un milímetro de abandonar. Seguro que él tuvo esas dudas. Pero su equipo lo apoyó mucho, crearon la atmósfera que necesitaba». Incluso se pregunta si parte de esa agresividad forma parte del personaje competitivo que el esloveno ofrece al público: «A veces me pregunto si siente que no tiene elección, que debe atacar porque así se ha mostrado siempre. Pero al final da igual: lo hace, y eso es lo que lo convierte en un corredor tan especial».
El alemán defiende también la legitimidad de grandes actuaciones aisladas, como la célebre contrarreloj de Vingegaard: «Es excepcional, sí, pero vivimos un momento en el que más corredores hacen cosas increíbles. La periodización, la preparación, la innovación… todo encaja el día clave, y por eso parecen de otra galaxia». Pero insiste en que admiración y escepticismo pueden convivir: «Podríamos ser menos radicales, dejar espacio para disfrutar del talento. Pero sin ser ingenuos. Eso también es importante».
Marcel Kittel, un sprinter único
Además de su palmarés, Kittel siempre ha destacado por su estilo al sprint. Era un velocista enorme, de cerca de 90 kilos en sus mejores años, capaz de generar cifras de potencia que rozaban lo descomunal. Su forma de esprintar, muy erguida sobre la bicicleta, casi vertical, lo hacía inconfundible. Sobre este estilo, Kittel reconoce que siempre fue atípico: «Era un tipo muy pesado. Para moverme ahí delante necesitaba empujar muchísimos vatios». Esa condición física marcaba su forma de correr y explicaba por qué muchas de sus victorias llegaban desde esfuerzos muy largos: «Mi potencia en 20 segundos era muy alta, y cuando los trenes de lanzamiento empezaron a ser menos importantes, pasó a tener más valor la fuerza individual para mantenerte en buena posición y corregir errores en los últimos 200 o 300 metros».

El problema era que, en comparación con otros sprinters, su posición sobre la bici era menos aerodinámica: «Para mí, la posición en la bici es algo muy natural, que encuentras ya desde joven. Siempre me sentí cómodo sentado así, más alto que los demás». Intentar imitar a otros nunca fue una opción: «Cambiar a una posición como la de Caleb Ewan, con la cabeza casi debajo del manillar, habría sido una lucha enorme para mí. Mis hombros ya eran más anchos y yo era más alto. La ventaja que podría haber ganado era mínima».
Porque hay un hecho claro, en plena tensión del sprint, no se puede reinventar el cuerpo: «Cuando vas al límite es muy difícil cambiar conscientemente a una posición más baja. Estás concentrado en mil cosas. Lo tienes que tener automatizado y yo me sentía bien tal como estaba. Era mi forma natural de esprintar».
De contrarrelojista a sprinter
Sobre su evolución de contrarrelojista a sprinter, Kittel recuerda que el cambio no fue algo planificado: «Cuando empecé a correr, con 12 años, ya era bueno en los sprints. También era fuerte en las cronos, pero sabía que tenía velocidad». Sin embargo, en juniors su trayectoria tomó otro rumbo porque ahí llegaron sus primeros grandes títulos: «En juniors gané el Mundial de contrarreloj y eso cambió mi enfoque. En esos dos años fui muy exitoso: gané casi todas las cronos en las que participé y me convertí en campeón mundial por segunda vez».
Ese éxito temprano moldeó su imagen como ciclista y la dirección que tomó su preparación: «La base estaba ahí. Era lógico concentrarme en la contrarreloj también en la categoría sub-23. Todo el mundo me veía así, y yo también asumí ese camino».
Según explica, la transición real llegó más tarde, ya como profesional, cuando descubrió que su potencia bruta tenía más recorrido en las llegadas masivas: «Cuando di el salto, me di cuenta de que mis características físicas encajaban mejor en los sprints. Y con el tiempo, las cronos dejaron de ser mi objetivo principal». El contexto del ciclismo también ayudó: «En mis últimos años, los trenes de lanzamiento empezaron a ser menos relevantes, y eso hacía que el talento individual, la fuerza pura, contara más. Ahí es donde yo podía marcar la diferencia».


El duelo en París fue Van Aert – Pogaçar, no Jonas.
Pingback: Marcel Kittel habla sobre el dopaje y el futuro del ciclismo - Hemeroteca KillBait
Es ingenuo pensar que, en la hora en la que se mueve más dinero y en la que se están rompiendo todos los records de velocidad y participación (en lo que se refiere a que los corredores top ya apenas seleccionan carreras sino que van a casi todo lo que se mueve), el dopaje no existe.
Pero en ciclismo y en cualquier otro deporte.