
El pívot de los San Antonio Spurs, Victor Wembanyama, ha conversado con Loïc Prigent en el pódcast Louis Vuitton [Extended] sobre su irrupción en la NBA, la cultura de los Spurs y de Estados Unidos, su manera de entrenar (de Shaolin a la pista), sus pasiones creativas, de la cerámica a la pintura, y un objetivo doble: revolucionar el desarrollo físico-técnico del baloncesto y ayudar a que el baloncesto francés alcance su máximo potencial.
Victor Wembanyama no se conforma con ganar partidos, quiere dejar huella. Su ambición va más allá de marcarse unos buenos partidos: «Mi prioridad es ser un ganador: conquistar cuantos títulos NBA y franceses sea posible. Quiero dejar huella y ayudar a desarrollar aún más el baloncesto francés, hay muchísimo potencial, en infraestructuras, en lo deportivo y en lo cultural».
De hecho, es fiel al equipo que le eligió y quiere darlo todo para ellos: «En la NBA, me gustaría que al final me vieran como un ganador leal al equipo que me drafteó, los Spurs, y también ‘revolucionar’ ciertos aspectos: me interesa la técnica y la gestión y el desarrollo del cuerpo. Quiero influir en cómo miramos el desarrollo físico y técnico en el baloncesto de futuro».

El francés es consciente de que su figura, 2,24 metros y una movilidad de base, está redefiniendo los límites de su posición: «Probablemente inspiro a los muy altos y ayudo a romper encasillamientos», explica. Pero no se atribuye el mérito en exclusiva: «No soy el único; grandes jugadores de años anteriores iniciaron ese movimiento, pienso en Kevin Durant y Giannis, que revolucionaron el baloncesto». Su objetivo es continuar esa línea: «Ojalá dentro de muchos años digan lo mismo de mí».
Lo que nunca olvida es lo que se siente cuando uno es elegido número uno del draft, por una etiqueta que pesa en la NBA: «Fue una noche movida, el first draft pick básicamente significa el mejor jugador de ese año, del grupo. Los equipos eligen entre todos los que aún no están en la NBA, universitarios, Europa… los mejores jóvenes del mundo, y los Spurs ganaron el derecho a elegir primero y me escogieron a mí».
Aquella elección lo convirtió en el primer francés seleccionado como número uno y encendió la fiebre en San Antonio. Después, fue elegido el mejor novato: «Mis momentos más memorables han sido muchas primeras veces: la Summer League, la primera victoria en casa…».
Incluso su mejor recuerdo es la primera vez que saltó a la cancha en San Antonio: «Salir del túnel y ver el pabellón a reventar media hora antes del partido es una experiencia increíble; aquella primera vez no sentí presión, solo diversión».
Porque Wembanyama sonríe al recordar su llegada a Texas. «Me recibieron de maravilla. Sentí que media ciudad estaba esperando fuera cuando aterrizó mi vuelo», cuenta. Aquella primera imagen de San Antonio, con cientos de aficionados esperándolo en el aeropuerto, le sirvió para entender que el baloncesto allí no es solo un deporte, es identidad local, como en Europa.

El francés se asombra todavía de la locura que desató: «En San Antonio te encuentras murales con tu cara; forma parte de la cultura de allí, los jugadores están muy integrados en la comunidad. A veces, incluso antes de que un jugador llegue, ya lo están celebrando».
El trabajo mental de Victor Wembanyama
El joven reconoce que a veces le resulta extraño convivir con esa fama, aunque lo hace con naturalidad: «Conducir por la mañana y ver tu cara… es raro, claro, pero te hace sentir en casa». Pero lo que más valora es la normalidad con la que lo tratan: «Son parte del tejido de la ciudad y nosotros también. En San Antonio no se sorprenden al vernos por la calle; eso nos da comodidad».
En una liga donde la presión mediática y competitiva puede devorar a los jóvenes talentos, Wembanyama ha explicado que gestionar la presión es la clave en la elite profesional del deporte: «Encontrar el equilibrio es difícil, pero es mejor pecar de un poco demasiado confiado que de demasiado humilde, porque la humildad en exceso te limita: nos creamos bloqueos y ataduras».
Eso sí, el francés admite que a veces hay que arriesgar, incluso a costa de parecer temerario: «Si eres demasiado confiado, quizá te pasas de osado… pero a veces funciona, y merece la pena».
Aunque en la NBA abundan los psicólogos deportivos, Wembanyama prefiere apoyarse en varias figuras de confianza: «No tengo mental coach como tal; tengo varias personas con las que tengo relación cercana y de todas aprendo». Para él, la fortaleza mental es tan importante como la preparación física: «Una gran parte del trabajo está en la mente. La NBA es dura, no comparada con trabajar en una fábrica, pero mentalmente sí lo es».
Wembanyama, ídolo de masas
Por otro lado, a Wembanyama le divierte ver cómo muchos descubren el baloncesto a través de él: «A mucha gente que no veía baloncesto le sorprende la intensidad y lo entretenido que es: siempre está pasando algo». Esa adrenalina, sin embargo, tiene un precio: «Pero dentro es una batalla, una pelea», reconoce. Le recuerda a que no es como disciplinas deportivas solitarias: «En natación todo va en línea recta y es superación; en baloncesto hay gente que intenta pararte». Las huellas quedan en el cuerpo. «Tengo muchísimas cicatrices y moratones; cada noche aparece alguno nuevo».

Sobre la evolución de su estilo, dice que no ha parado en ningún momento: «Mi juego está evolucionando mucho; definirlo sería definir el pasado, aunque sea de hace unos meses». Durante su formación probó casi todo: driblar, tirar, defender, jugar por dentro y por fuera. Esa variedad, admite, fue un arma de doble filo. «Diría que era muy variado, quizá demasiado. He variado muchísimo para desarrollar cosas diferentes y construir bases muy amplias, tuve entrenadores que me dejaron hacerlo y estoy agradecido a mi ‘yo’ del pasado».
Ahora, el objetivo es distinto. «No puedo contar demasiado por no dar ventaja a mis rivales», sonríe, aunque deja clara su prioridad: «Ahora no es momento de desarrollar; es momento de ganar. Me estoy centrando en cosas simples».
Europa y Estados Unidos, dos mundos
Wembanyama también ha descubierto las diferencias culturales entre su país y su nuevo hogar. «En Estados Unidos no tienen miedo de entusiasmarse con los deportistas; llevan la pasión más lejos que en Francia», dice. Lo ha vivido en carne propia: cada actuación suya genera titulares, memes y camisetas en cuestión de horas: «A veces es demasiado, se trata a los atletas como dioses, pero como deportista es el mejor país para hacer carrera», reconoce.

Aunque hay algo que nunca se olvida, el papeo: «Echo de menos cosas de Francia: una panadería francesa abrió y voy a por pan y cruasanes; echo de menos la comida francesa». Porque fuera de la pista, Wembanyama es muy curioso y tiene inquietudes culturales: «Para descansar tengo muchos intereses: series, cine, libros… y actividades creativas», cuenta. Y no solo como espectador pasivo, también tiene dotes artesanas: «Últimamente pruebo con cerámica y escultura; dibujo y he empezado a pintar». Lo que más le atrae no es el resultado, sino el rato que echa distrayéndose: «Me gusta el proceso: por eso me gusta Lego. Añades una pieza, una línea, un detalle… y dos horas después te apartas y has construido algo, con mil pequeños fallos y detalles».
El pívot de los Spurs habla de esas horas de concentración con el mismo entusiasmo con el que describe una jugada perfecta: «He hecho cuencos, tazas… hasta una salsera con asa». Y a la hora de leer, entre sus fuentes de inspiración figura un clásico de la literatura espiritual: «Un libro que me marcó es El profeta, de Khalil Gibran. Es casi como tener un mentor: te deja principios», explica. No es una lectura rápida para un viaje en avión, son textos que hay que digerir, a los que volver y exigen reflexionar: «A veces vivo una situación y pienso: ‘De esto hablaban en El profeta‘. No aprendí citas de memoria, pero aparecen».


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