Historia del ciclismo

Stephen Roche: «En La Plagne en el 87, dejé que Pedro Delgado pensase que estaba muerto, le dejé ir y casi se me va de las manos»

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Stephen Roche (Foto: Cordon Press)
Stephen Roche (Foto: Cordon Press)

En una entrevista en Cyclist, Stephen Roche ha comentado los recuerdos que conserva de las grandes vueltas. Todo ello después de una serie de entrevistas donde solo hablaba del dopaje. Sobre el Tour de Francia de 1987, el que ganó, ha explicado cómo tuvo que doblegar a su gran rival, Pedro Delgado.

Primero fue en el Alpe d’Huez el 22 de julio: «sabía que Delgado era mi principal rival para ganar el Tour, y sabía que la contrarreloj final era en Dijon. Así que, para poder mantener mis ambiciones de ganar, tenía que estar a un minuto de Delgado el último día, porque sabía que en 40 km podía meterle un minuto en la contrarreloj. Y el Alpe d’Huez era mi peor subida. Así que mantuve a Delgado a una distancia de ataque y rodé a mi propio ritmo, y creo que terminé algo así como a 45 segundos o un minuto de Delgado, lo que me dejaba, probablemente, a un minuto o así de él en la general. Así que mi Tour seguía abierto».

Sin embargo, en La Plagne dos días después se vivieron emociones fuertes: «sabía que Delgado me iba a atacar de inmediato. Entonces dudé: ‘¿qué hago? ¿Voy con él? ¿Qué hago?’ Así que pensé: ‘Vale, le dejo ir, que piense que estoy muerto, y luego ya veremos qué pasa’. Lo dejé irse 20, 30, 40 segundos… un minuto, un minuto y diez. Entonces pensé: ‘Uf, esto se me está yendo de las manos. Si no reacciono ahora, va a terminar con más de un minuto por delante y mis opciones de ganar el Tour se habrán acabado’. Así que decidí: ‘Bueno, lo que haré será acelerar un poco, una vez que me haya recuperado, y ver qué pasa’. Así que aceleré suavemente y me di cuenta de que ya no me sacaba más tiempo. Entonces me di cuenta de lo que había: ‘Vale, quizá esté contento con haberme metido un minuto y medio, o quizá simplemente no pueda ir más rápido’. Así que intenté mantenerlo a la vista hasta que quedaran 5 km, y en cuanto pasé la pancarta de 5 km di todo lo que tenía… y, para mi gran sorpresa, logré alcanzarlo y terminé como a 4 segundos de él. Simplemente, giré la última curva y allí estaba».

Stephen Roche (Foto: Cordon Press)
Stephen Roche (Foto: Cordon Press)

Y al final, lo remató al día siguiente: «en Morzine, le metí 18 segundos para reforzar mi moral. Para mí, eso fue clavar el último clavo en el ataúd: demostrarle que, tras ser llevado en ambulancia el día anterior, podía ganarle en la montaña. Eso lo desestabilizó antes de la crono final. En Dijon, en los 40 km de la última contrarreloj, le metí 1’01” y gané el Tour por 40 segundos, la diferencia más estrecha desde 1968».

La estrategia ya la traía premeditada desde antes de empezar, quiso que sus rivales se expusieran y que mostraran ellos sus cartas sobre la mesa en lugar de marcar protagonismo: «No iba a ponerme al frente a tirar y a cazar a cualquiera todos los días, porque mi actitud era: «Si queréis ganar vuestra gran vuelta este año, os toca a vosotros». En aquellos días, la Vuelta era en abril, el Giro en mayo y el Tour en julio. Así que, si alguien no había hecho nada en la Vuelta o en el Giro, tenía que salvar la temporada en el Tour».

Aquel Tour fue especialmente largo, por lo que planear una carrera conservadora fue algo que consensuó con todo su equipo: «Mi idea era que solo haría que mi equipo tirara cuando fuera absolutamente necesario, en momentos de todo o nada. No desde la primera semana, especialmente porque la carrera era de más de 4.000 km, uno de los Tours más largos en mucho tiempo. Sabía que iba a durar tres semanas y media, así que, si quería tener alguna oportunidad de ganarlo, no podía empezar a gastar energías desde la primera semana».

Stephen Roche y Jeannie Longo (Foto: Cordon Press)
Stephen Roche y Jeannie Longo en 1987 (Foto: Cordon Press)

Además, la carrera era larga en general, pero también en contrarrelojes, su punto fuerte: «Estaba bastante confiado porque había unos 130 o 140 km de contrarreloj en total: una larga en Futuroscope de 87 km, otra en Dijon de 40 km, una crono en el Mont Ventoux de unos 35 km, más el prólogo. En total, más de 130 km contra el crono, que era mi especialidad o, al menos, un terreno donde estaba a la altura de cualquiera de los favoritos».

El problema era que no confiaba del todo en las habilidades como escaladores de sus compañeros: «También sabía que no tenía un gran equipo para la montaña, y cuando corres contra gente como Pedro Delgado, Jean-François Bernard, Charlie Mottet, Lucien Van Impe… tienes que ser muy cuidadoso. No puedes simplemente dispararte y esperar mantenerles a raya: a mí me podían dejar atrás y meterme mucho tiempo con facilidad. Así que mi planteamiento en la montaña era afinar al máximo para no perder demasiado tiempo».

El primero en asomar la cabeza fue Bernard: «En la contrarreloj del Mont Ventoux, Bernard ganó con un tiempazo y metió dos o tres minutos a todos los rivales directos. Salió en televisión diciendo lo encantado que estaba, lo confiado que estaba para ganar el Tour porque aún quedaba la crono de Dijon, y que no tenía ninguna preocupación. Lo escuché y pensé: ‘Ha cometido un error, está hablando como si ya estuviéramos en París… pero todavía quedaban muchas etapas. Charlie Mottet me dijo: ‘Steph, conozco muy bien la etapa de mañana. Si miras el mapa, verás que la zona de avituallamiento está en una carretera muy estrecha, un poco en subida. Si pasa algo ahí, será un caos’».

De derecha a izquierda: Stephen Roche, Miguel Induráin y Erik Breukink en 1992 (Foto: Cordon Press)
De derecha a izquierda: Stephen Roche, Miguel Induráin y Erik Breukink en 1992 (Foto: Cordon Press)

La estrategia que planearon con el avituallamiento fue una verdadera locura, pero funcionó: «Así que miramos los mapas y decidimos que ese tramo podía ser decisivo. El plan era fingir que íbamos a parar a comer, pero pasar a toda velocidad y acelerar, para crear cortes. Incluso hicimos que los auxiliares llevaran musettes llenas de piedras para que pareciera que había comida, así nadie sospecharía. Como en aquella época no se podía coger comida del coche, metimos la comida sólida en bidones cortados y sellados con cinta para ir alimentándonos después. Cuando llegamos a la zona de avituallamiento, ya íbamos deprisa y pusimos el pie a fondo. Otros equipos parecían tener planes similares. Bernard tuvo que cambiar del plato grande al pequeño, se le salió la cadena, perdió tiempo y, en el caos, se quedó atrás. Delante estábamos todos los favoritos, y el ambiente era increíble, como diciendo: ‘Ayer creíste que el Tour estaba acabado, pero todavía hay batalla’».

Roche también recuerda el Mundial de Carretera de 1987, disputado en Villach, Austria, donde en un principio tenía que trabajar para su compatriota Sean Kelly, pero sabía que ese trazado, con continuos repechos, no le iba bien a un velocista puro. La carrera se rompió en el último giro y Roche, que se había mantenido atento a cada corte, vio su oportunidad a falta de dos kilómetros. Saltó junto a varios corredores que, sobre el papel, eran más rápidos que él en un esprint reducido. Ahí tuvo que improvisar una táctica defensiva: evitar que tomaran la iniciativa y cerrarles el paso en cada movimiento: «Sabía que no podía dejarles hueco. Si les daba un metro para que lanzaran el esprint, estaba perdido. Así que ocupé la parte buena de la carretera y obligué a todos a arrancar desde mala posición. Al final, lancé yo primero y, aunque venían pegados, no pudieron pasarme. No era el más rápido, pero ese día sí fui el más listo».

Sobre el Giro, que también se llevó en ese, su gran año, también tuvo que ‘traicionar’ a un compañero, en este caso Roberto Visentini, que empezó vistiendo la maglia rosa. El plan inicial era compartir responsabilidades, pero la tensión estalló en la etapa de Sappada, cuando Roche atacó a un Visentini líder. Aquella maniobra cambió el rumbo de la carrera y le colocó como líder, pero también lo convirtió en un miserable traidor para los aficionados italianos: «El ambiente se volvió hostil de inmediato. Había gritos, insultos y, en algunos lugares, gente que quería empujarme fuera de la carretera. Empecé a preocuparme por cosas que normalmente ni piensas: si dejaba la bici sola o si me daban algo en el avituallamiento, podía ser un problema. Llegué a aislar mi alimentación y mi bicicleta para evitar cualquier sabotaje. Todo eso me obligó a estar alerta las veinticuatro horas. En los hoteles también iba con cuidado. Evitaba hablar o pasar tiempo con gente que no conocía, porque en ese ambiente nunca sabes quién puede tener interés en perjudicarte. Prefería quedarme en mi habitación o con un par de compañeros de confianza, lejos de cualquier situación rara».

Stephen Roche junto a Jacques y Bernadette Chirac, y Jeannie Longo (Foto: Cordon Press)
Stephen Roche junto a Jacques y Bernadette Chirac, y Jeannie Longo (Foto: Cordon Press)

Y otra vez, una estrategia conservadora pensando en la contrarreloj fue lo que le llevó al éxito: «Después de Sappada, cada día era como ir con una diana en la espalda. Sabía que no podía gastar fuerzas innecesarias, así que corrí de forma muy conservadora. En la montaña me limité a seguir a los rivales directos, sin entrar en batallas que no aportaran tiempo real en la general. Tenía que defender segundos, no dar espectáculos. En la contrarreloj final lo di todo, y allí consolidé la victoria. Pero no voy a mentir: aquellas dos semanas después de Sappada fueron agotadoras, no solo físicamente, sino sobre todo mentalmente. Ganar el Giro fue un alivio, porque había sido una guerra dentro y fuera de la carretera.»

Sin embargo, tenía ya mucho bagaje para poder soportar ese tipo de tensiones, ya que sus primeras pedaladas las había dado en Peugeot, un equipo especialmente duro para los extranjeros que llegaban: «Cuando llegué a Peugeot, era un equipo con mucha historia y con una estructura muy francesa. Al principio, como joven extranjero, no era fácil encajar. Tenías que ganarte un sitio, y eso significaba trabajar para otros, aceptar órdenes y, a veces, dejar pasar oportunidades. Recuerdo en el Gran Premio de Mónaco, en mi primer año, que me dijeron que tenía que dejar ganar a un corredor francés. Lo hice, porque entendía que, para el equipo, un titular local valía más que mi victoria».

De puertas adentro, ese equipo era una bomba a punto de estallar en muchas ocasiones y había que imponerse, marcar la ley del más fuerte: «En las reuniones de equipo, a veces surgían discusiones fuertes. Yo decía lo que pensaba, aunque no siempre gustara. Hubo una vez que, delante de todos, le contesté al director Morris De Witte cuando me estaba recriminando algo. Pensé: ‘Bueno, si esto me cuesta el contrato, que así sea’. Años después me dijo que, en realidad, aquello le hizo respetarme más».

Stephen Roche en Peugeot, Sean Kelly y Laurent Fignon (Foto: Cordon Press)
Stephen Roche en Peugeot, Sean Kelly y Laurent Fignon (Foto: Cordon Press)

Pero eso fue con el director, los compañeros no eran tan comprensivos y el único lenguaje que entendían era el del dinero: «La relación con algunos compañeros fue buena, pero con otros había celos. En equipos así, si ganabas, había quien pensaba que debía ser él el que estuviera ahí. Por eso aprendí pronto que era importante compartir las primas: un porcentaje para los corredores, otro para los mecánicos y masajistas. Así, todos estaban motivados para trabajar para ti».

Para acabar teniendo una salida surrealista del equipo: «Cuando terminé tercero en el Mundial, pensé que era momento de mejorar mi contrato. Peugeot no quiso moverse mucho y entonces surgió el interés de La Redoute y Carrera. Hubo un tira y afloja legal, y al final corrí para Carrera… pero con pantalones cortos con publicidad de Peugeot durante dos años. Era una situación extraña, pero así se resolvió».

 

 

 

 

2 comentarios

  1. Pingback: Stephen Roche recuerda su estrategia clave en el Tour de Francia de 1987 contra Pedro Delgado - Hemeroteca KillBait

  2. Déjese de rollos, señor Roche. Todos vimos que en La Plagne no siguió a Delgado porque no pudo. Luego el segoviano se desfondó, pero usted recibió ayuda seguro. Nunca vimos imágenes suyas hasta meta. Fue todo muy raro. Jamás dirá la verdad. Para mí siempre estará la sombra de la duda

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