
En una entrevista en First Team, Damien Inglis, la gran promesa francesa que ha acabado en Japón, ha revelado cómo fue su paso por Estados Unidos y por qué no fue capaz de coger el tren de la NBA. Para explicarse, como contraejemplo, ha puesto a Giannis Antetokounmpo. Según ha confesado, el griego recibió una master-class de Kobe Bryant, una charla en un restaurante, que fue como una aparición, desde entonces no volvió a ser el mismo, adquirió hábitos casi militares y así ha llegado a ser quien es hoy, uno de los grandes del torneo por excelencia.
En palabras de Inglis: «Cuando llegué a la NBA, Giannis había sido drafteado un año antes que yo. Ya nos conocíamos de un torneo entre Francia y Grecia. Al llegar a Milwaukee, nos hicimos muy cercanos: dos europeos en Estados Unidos, siempre juntos, entrenando, saliendo, compartiendo todo. Él ya tenía cierto reconocimiento, pero seguía siendo muy joven. Un día, estando en Los Ángeles, Jason Kidd le llamó mientras estábamos cenando para decirle que fuera a un sitio. Fui con él. Llegamos y era un restaurante privado donde estaba Kobe Bryant con Kidd. Cuando entramos, Kobe abrazó a Giannis y empezó a hablar con él. Yo me quedé un poco apartado, escuchando. Lo que le dijo fue un auténtico lavado de cerebro: que podía ser el mejor jugador de la liga, que tenía que separarse de ciertas personas, que debía entrenar más, ganar siempre dos minutos al rival. La típica Mamba Mentality. Al día siguiente, Giannis cambió por completo. Me dijo que se iba al hotel y no volvió a salir. Desde entonces ya no pasábamos tanto tiempo juntos: estaba en el gimnasio constantemente, incluso aprovechando los descansos de 30 segundos entre ejercicios para tirar a canasta mientras estaba cansado. Ahí entendí que Kobe había sido el detonante de su cambio de mentalidad, y que eso le llevó a ser el jugador que es hoy».
Sin embargo, ese tipo de motivaciones no siempre funcionaba. También hubo casos, recuerda, que ante la más mínima presión, optaban por el abandono: «En la NBA también coincidí con compañeros como Larry Sanders. Recuerdo que un día, en un entrenamiento malo, Kidd mandó hacer suicides [carreras de ida y vuelta a máxima intensidad, sprints] y Larry, harto, dijo ‘yo no corro’. Se fue a casa y nunca volvió; se retiró y se dedicó a la música. Eso te enseña cómo, en Estados Unidos, tener mucho dinero y perder la motivación puede acabar con tu carrera».

En su caso personal, fue una mezcla de ambas cosas. Perdió rápido la concentración debido, especialmente, a una lesión demasiado pronto: «En mi caso, no conseguí hacer carrera en la NBA por varios motivos. Llegué lesionado: me había lastimado justo antes del draft. Y fui solo, sin familia, pensando que sería como cuando dejé la Guayana para ir a Francia. Gran error. Allí, si no estás bien mentalmente y rodeado de la gente adecuada, puedes perderte rápido: hay demasiadas distracciones, dinero, fiestas, gente que te ofrece de todo. Con 18 años, sin educación financiera ni emocional, es fácil desviarse».
La convalecencia le dejó demasiadas horas solo y sin nada que hacer. En ese lapso, tan joven, se perdió: «Al no jugar por la lesión, no tenía la ‘cobertura’ de rendir en la pista para que se me perdonaran errores. Perdí el foco: me alimentaba mal, pasaba noches jugando a la consola, iba a entrenar sin la energía necesaria. En Estados Unidos, los hábitos lo son todo, y yo no mantuve los que tenía antes. Además, los entrenadores quisieron cambiar mi juego: yo era un alero muy atlético y querían reconvertirme en un Draymond Green defensivo y pasador. No me adapté».
Curiosamente, le dice al presentador que no volvió a centrarse como un deportista profesional contemporáneo hasta que jugó en España, donde los deportistas tienen un nivel de autoexigencia que no es el habitual: «Después de dejar la NBA, recuperé la disciplina en España, en Bilbao. Allí me di cuenta de la diferencia con Francia: en Francia hay menos jugadores disciplinados y la vida fuera de la pista pesa mucho; en España, la mayoría de la plantilla cuida la dieta, el descanso, la preparación. Eso me devolvió el foco y me permitió volver a rendir al máximo nivel».
Damien Inglis con la selección francesa
Aparte de la NBA, donde más se esperaba que Inglis marcara una época era en la selección francesa, sin embargo, esa relación también acabó en fiasco: «Mis relaciones con la selección francesa son que… ya no hay más. Ya no hay nada. Pero cuando vuelvo a Europa sé que soy un jugador top de EuroLeague, lo sé por talento y por juego».

Aun así, no ha perdido las esperanzas: «Tengo 30 años y quedan tres para los Juegos Olímpicos. No he hecho una cruz sobre el equipo de Francia. He tomado una decisión de carrera, pero sigo siendo el mismo jugador. Ahora estoy comprometido por dos años en Japón, así que lo que digo es: vengan a ver lo que pasa aquí. Pero ellos ya saben lo que ocurre. Simplemente han optado por convocar a jugadores como Alexandre Sarr y otros en mi posición. Son muy buenos, representan el futuro, pero yo soy quien soy».
Destino Japón
La insistencia con lo que él mismo llama «su exilio» es porque fue una decisión rebelde con la forma de funcionar en Europa. Tras su paso por Valencia Basket en la EuroLeague, Inglis decidió cambiar de rumbo por cómo se hacían aquí los fichajes: «En la EuroLeague siempre tienes que esperar a que firmen los grandes nombres de tu posición. El año anterior había sido Toko Shengelia, y hasta que no firmaban ellos no se movía nada para los demás. Yo no quería esperar hasta julio, me cansó la política, me cansó todo eso». En ese momento, su agente le propuso China o Japón. La primera opción la descartó rápido: «China no me interesaba, son contratos de un mes, no es para mí. Japón me llamó la atención, empecé a preguntar y todo el mundo me dio buenos comentarios».
No fue solo una cuestión de escapar de Europa; también pesó el respeto y el protagonismo que allí le ofrecían: «Yo voy donde hay un interés mutuo, donde me valoran como soy y donde disfruto jugando. Aquí en Japón tengo las tres cosas. Me siento respetado, y eso para mí es clave». Además, veía un futuro prometedor en el campeonato: «El año que viene empieza la superliga, 24 equipos, sueldos que se van a doblar… Va a haber un nivel increíble y muchos jugadores top de EuroLeague van a venir. Es mejor llegar antes que los demás».
La llegada a Japón, sin embargo, no fue sencilla. Inglis admite que el primer día fue un choque fuerte: «Llegué de noche, muerto después de 15 horas de vuelo, y me llevaron a cenar… a una gasolinera. Me dieron comida congelada para calentar en el microondas. Yo pensaba: ‘¿Qué es esto?’. El primer mes incluso pensé en irme, los apartamentos eran pequeños, todo era muy distinto». Con el tiempo se adaptó, se mudó a un loft en el centro y empezó a disfrutar de Yokohama, a 20 minutos de Tokio: «Si no te abres de mente y no aceptas su cultura, aquí es imposible. Hay que soltar lo que traes de Europa y adaptarte a su forma de hacer las cosas».

Sobre la vida diaria, describe una ciudad con mucha mezcla cultural y más opciones de las que pensaba: «En Tokio tienes la parte japonesa que todos imaginan, pero también una parte muy occidental y afroamericana. Yo desayuno pancakes y pollo frito si quiero. Aquí hay de todo». También encontró comunidad: «Hay bastantes negros, no somos miles, pero cuando te cruzas con uno siempre hay un saludo, un ‘what’s up’, y enseguida te llevan a los buenos sitios».
En lo deportivo, el cambio también fue grande. El estilo de juego en Japón es rápido y muy ofensivo: «Aquí es ‘run and gun’ puro. Los japoneses son bajitos, pero tiran bien y corren mucho. La posesión rara vez dura 24 segundos, normalmente en 15 ya has tirado». Explica que la liga está muy americanizada, con muchos entrenadores de Estados Unidos y algunos europeos, y con una norma que limita a tres extranjeros por equipo (solo dos pueden estar en pista) y un cuarto jugador que debe ser asiático. El objetivo de estas reglas es proteger y dar protagonismo a los locales.
Las diferencias económicas con Europa son grandes y él las pone sobre la mesa sin rodeos: «En Valencia ganaba entre 350.000 y 400.000 euros. Aquí gano 750.000, netos, como francés. Y con extras: billetes para traer a mi familia desde Guayana, buena vivienda, viajes en primera clase… todo lo que pedí lo cumplieron». No oculta que negoció a fondo: «Siempre hay que negociar. Vinieron con una buena oferta, pero si hago este cambio quería un poco más. Lo hablamos, tardó unas semanas porque los japoneses son muy meticulosos, pero al final dijeron que sí».
Sin embargo, para él, ganar más no es solo cuestión de dinero, sino de estrategia de carrera. Lleva años apostando por sí mismo y firmando contratos cortos para poder renegociar desde una posición de fuerza: «Yo no quiero conformarme. Prefiero jugar un año, demostrar lo que valgo y que el siguiente contrato sea mejor. Así no me subestiman. Si un club no me da lo que pido, me voy a otro sitio que sí lo haga».


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