Ciclismo

Bradley Wiggins: «Buena parte de la prensa sabía lo que hacía Armstrong y lo que pasaba en todo el deporte, era una pandemia»

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Bradley Wiggins (Foto: Cordon Press)
Bradley Wiggins (Foto: Cordon Press)

En uno de los encuentros de Cyclist Magazine, se han dado cita el ciclista Bradley Wiggins y el jugador de cricket Ian Botham para hablar de los temas típicos del retiro: la presión, la fama, las lesiones y la vida después de haber estado en la cresta de la ola. El que fuera el primer británico en ganar el Tour de Francia se ha prodigado últimamente por contar cómo la exposición mediática le condujo al alcoholismo, pero no se había pronunciado sobre la gran figura de su tiempo, el caído en desgracia Lance Armstrong.

Cuando estalló el escándalo, dice Wiggins que vio limitada su libertad de expresión por su vínculo con el equipo Sky. Al haber ganado el Tour, explica, se convirtió en portavoz del ciclismo oficial. «Tuve que decir lo que me decían que dijera», afirma con amargura. «Me dijeron lo que tenía que decir sobre Lance Armstrong».

A falta de fantasmas tras su agitada trayectoria, aquí suma otro, haber sido uno más en la omertá. Hoy lamenta profundamente haber seguido el guión que le dictaron: «Ojalá hubiera dicho lo que pensaba. Es uno de mis grandes arrepentimientos».

Wiggins denuncia además la hipocresía generalizada de los medios de comunicación, que durante años miraron hacia otro lado ante las prácticas del ciclismo profesional, y que después se escandalizaron como si nunca lo hubieran sabido. «Mucha de la prensa sabía lo que estaba pasando. Sabían lo que hacía Armstrong, lo que pasaba en todo el deporte. Era una pandemia en ese sentido».

La entrevista entra entonces en un terreno más incómodo: la supuesta condición de víctimas de los propios compañeros de Armstrong. Ante la mención de Levi Leipheimer, excompañero del estadounidense y uno de los que testificó contra él, Wiggins no es condescendiente. «No creo que tengan derecho a quejarse. Todos tuvieron una elección. Eran adultos».

Bradley Wiggins (Foto: Cordon Press)
Bradley Wiggins (Foto: Cordon Press)

«Muchos de esos ciclistas son víctimas de sus propias decisiones», insiste Wiggins. El daño infligido por Armstrong a sus colegas se basa en una lectura parcial de la historia, según él, ya que en el ciclismo de élite cada corredor debe hacerse responsable de sus elecciones, por muy problemático que sea el sistema.

En ese punto, curiosamente, le defiende. No niega la presión que ejerció Armstrong sobre sus colegas. «¿Quién no ha sido un poco cabrón con alguien alguna vez?», dice con ironía. Wiggins pasa de sostener ahora un relato moralista, dramático o afectado. «El deporte de élite es brutal», afirma. Y precisamente por eso, sostiene, es absurdo esperar que todos los participantes sean héroes o mártires.

Y desde luego, si alguien no fue un héroe, es él. «Yo representaba a Sky», pone como excusa sobre su silencio acerca de un problema que sigue coleando igualmente. «Aún hoy, cada vez que alguien gana el Tour, siempre hay dudas», señala. «Lo que está haciendo Pogacar, lo que haga quien sea… siempre tendrá que enfrentarse a ese escepticismo». La herida que dejó Armstrong no ha cicatrizado aún.

El ciclismo es puritano

Ya en clave de humor, el ciclista se compara con los jugadores de críquet de los 80, como Botham, y se queja de que su deporte era profundamente exigente y solitario. Tenían que hacer sacrificios extremos, «el ciclismo es casi monástico. Pan, agua, y un hotel a 3.000 metros», mientras los del críquet estaban disfrutando de su tiempo libre en pandilla, los ciclistas sufren una disciplina casi militar. Todo se basaba en entrenamientos salvajes para que las carreras fuesen «más fáciles» en comparación. «Nuestro lema era: train hard, race easy». Esta mentalidad, dice, era la única forma de afrontar la dureza del Tour de Francia.

A él mismo, al retirase, le diagnosticaron osteoporosis. «Tenía la densidad ósea de una mujer de 65 años», confiesa. A raíz de esto, participó en un estudio de la Universidad John Moores de Liverpool en el que, mediante ejercicios de carga y aumento de la ingesta de colágeno, logró mejorar su salud ósea. Para Wiggins, es muy importante hablar del peligro de los deportes sin impacto óseo, como la natación o el propio ciclismo, especialmente en etapas clave del crecimiento.

El lado oscuro de Bradley Wiggins

Siguiendo su línea de las últimas entrevistas, ha entrado en aspectos de su vida privada y familiar que le han atormentado durante años. Como la relación que tuvo con su padre, también ciclista profesional, y cuya vida terminó trágicamente asesinado. «Mi relación con mi padre me hizo y casi me destruye. Me impulsó, pero también dejó heridas que me golpearon después de retirarme», admite. Aunque, durante su carrera, ese pasado tormentoso le sirvió como motivación secreta.

Bradley Wiggins (Foto: Cordon Press)
Bradley Wiggins (Foto: Cordon Press)

Además, Wiggins lamenta el rumbo que ha tomado el deporte profesional, particularmente el ciclismo, donde echa en falta figuras más carismáticas y auténticas. Ve a los nuevos líderes del pelotón como personajes distantes, desconectados de la gente corriente. «El elitismo del deporte ahora hace que mucha gente piense que nunca podrá aspirar a ese nivel», explica preocupado. Y reivindica a los «personajes imperfectos» que marcaron su infancia y juventud: Paul Gascoigne, Shane Warne, Chris Eubank Sr., personajes llenos de contradicciones pero humanos, imposibles de olvidar y cercanos.

Tras la jubilación

Después de retirarse, Wiggins confiesa haber atravesado una crisis de identidad, al descubrir que gran parte de su persona pública había sido una construcción moldeada por las exigencias del deporte. «Tu identidad queda atada a un personaje. Pero yo ya no soy solo ‘el ciclista’». Encima, te distancias de los que han sido tus compañeros. Según su experiencia, la verdadera camaradería en el ciclismo profesional suele llegar tarde, cuando ya no hay nada en juego. Durante su carrera, las tensiones, los egos y la presión de rendir impedían establecer vínculos genuinos con otros corredores. «Durante 20 años apenas hablaba con algunos, y ahora son amigos. Cuando se va el ego, te das cuenta de que no eran tan imbéciles como pensabas».

Al final, quedan pocos recuerdos. El suyo es la bicicleta con la que corrió los Juegos Olímpicos de Londres 2012. «La bici estaba guardada y ni la miraba. Ahora la tengo en casa y me emociona verla», admite. Aunque lo que guarda con más cariño, reiterando en su nueva faceta emotiva, dice que es el maillot de su padre.

 

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