Cultura Deportiva

El tercer tiempo de Madrid

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Jugadores del Atlético de Madrid celebran con la afición la victoria ante el Real Madrid en el derbi disputado en el Metropolitano, Madrid, el 20 de septiembre de 2026. Foto: Andrés López Sheridan/Sport Press Photo vía ZUMA Press.

Estadio Metropolitano, domingo 20 de septiembre de 2026. El árbitro pita el final con 2-1 en el marcador y la grada lo celebra a lo loco. Atrás quedan para la mayoría de los asistentes el agarre de Dean Huijsen a Giuliano Simeone dentro del área en el minuto 52, que el VAR convirtiera la amarilla en roja, que Alejandro Grimaldo no perdonara el penalti y que Jonathan David metiera el segundo gol antes de que Antonio Rüdiger lo maquillara en el 89. Diego Simeone saltó al campo para festejar la victoria mientas la afición aplaudía. Poco después, decenas de miles de personas que acaban de ganar un derbi, ajenas a la rueda de prensa que en ese momento daba José Mourinho, guardan una cola ordenada hacia la línea 7, porque alrededor del estadio, en Canillejas, queda poco más que avenidas y aparcamientos, y la euforia tiene que viajar en metro hasta encontrar una barra.

El madridista derrotado dispone, paradójicamente, de mejor infraestructura para el disgusto y si regresa a los alrededores del Bernabéu a pasar el tercer tiempo podrá acudir al Asador Donostiarra o al Mesón Txistu para ahogar las penas con una buena pitanza. David Beckham, cuando ya se había marchado de España, aseguró que lo primero que haría al pisar Europa de nuevo sería sentarse en uno de los dos. El aficionado que paga allí el solomillo viene a prolongar el partido por otros medios, con la esperanza razonable de que el lateral izquierdo ocupe la mesa de al lado, y las noches de derrota el chuletón cumple además funciones de ansiolítico.

A partir de la cena, los itinerarios ya se separan y la crónica deportiva empieza a perder fuentes fidedignas. Unos buscan una coctelería donde todavía se pueda discutir el penalti; otros, una pista de baile o un servicio de adultos en Madrid. La bufanda acaba guardada en el bolso de mano, la riñonera o apretujada en el bolsillo. El grupo que salió del estadio compacto, con un criterio unificado del pérfido arbitraje, se va disolviendo entre quienes consultan el último metro y quienes aseguran conocer un sitio que merece la pena y que está solo a diez minutos andando. Siempre hay uno que anuncia su retirada y sigue allí dos horas después, escuchando cómo otro explica por tercera vez dónde tendría que haberse colocado Huijsen.

Nadie bajó a Neptuno después del partido, porque las fuentes se reservan para los títulos y un derbi de septiembre no da para tanto, aunque la historia de ese reparto explica bien cómo se divierte esta ciudad. A mediados de los setenta fueron los hinchas del Atlético —apenas un millar, tras la Liga de 1977— quienes inauguraron la costumbre de reunirse a los pies de la Cibeles, que durante años acogió por igual a rojiblancos y madridistas. La Quinta del Buitre ganó luego cinco Ligas seguidas y, antes de la final de Copa de 1991, la hinchada atlética anunció con retranca que no pensaba bañarse en unas aguas donde los blancos llevaban un lustro chapoteando. Ganaron al Mallorca y se fueron seiscientos metros más abajo, a la otra fuente que Ventura Rodríguez había proyectado en el siglo XVIII sin sospechar el reparto. Paulo Futre, que levantó aquella Copa, recordaría que al año siguiente el autobús pasó junto a Neptuno sin detenerse, porque entonces los futbolistas no se mezclaban con la fiesta. «Una cena, al hotel y luego en una discoteca», resumió.

El ocio de después depende menos del resultado que del urbanismo, y el atlético que ese día 20 hacía cola lo sabe mejor que nadie. Alrededor del Vicente Calderón, el paseo de los Melancólicos —al que Joaquín Sabina declaró su amor en el himno del centenario— era conocido entre los veteranos como el paseo de los elefantes, por la manera en que la gente volvía a casa tras una derrota, negando con la cabeza como hacen esos animales. Se bebía en vasos de litro, los minis, y en el bar Dakota reconocían que un partido bien colocado en el horario les duplicaba la caja. Con la mudanza de 2017 solo un local, El Doblete, siguió al equipo hasta el nuevo estadio; varios de los que se quedaron echaron la persiana, y donde estuvo el campo se inauguró a finales de 2024 un parque con el nombre del club.

El Real Madrid quiso resolver el asunto por la vía contraria, metiendo la noche dentro del estadio. En la primavera de 2024 Taylor Swift estrenó la agenda de grandes conciertos con mediciones que llegaron a 85 decibelios donde la ordenanza permite 53. Los vecinos de Chamartín, cuyas ventanas más próximas quedan a unos treinta metros, se habían organizado el año anterior en el reservado de un restaurante, como corresponde a Madrid, y entre los asociados figuraban jueces y exconcejales con tiempo y recursos. Los conciertos se suspendieron aquel septiembre, la Audiencia Provincial archivó la querella el pasado mayo, Florentino Pérez prometió que la música volvería «prontísimo» y el alcalde José Luis Martínez-Almeida ha dicho este mes que no tocará la normativa del ruido, de modo que el estadio de los 1.200 millones sigue cerrando, las noches de Liga, a la hora de un ambulatorio.

Queda Vallecas, donde el después nunca necesitó infraestructura porque el campo está encajado entre portales y la calle del Payaso Fofó hace las veces de vestíbulo. En junio, mientras 11.500 rayistas veían en Leipzig cómo el Crystal Palace les ganaba por la mínima la final europea, los vecinos que no habían viajado se juntaron junto al estadio y montaron una fiesta pese al marcador. Algo parecido hizo el atlético en día del derbi en la línea 7, que se bajó en su parada con el 2-1 en el bolsillo y entró en el bar de siempre, el de su calle, donde le esperaban los mismos que le habrían esperado de haber perdido. Un equipo le da a su gente noventa minutos cada quince días y la ciudad, a cambio, pone todas las horas que vienen después.

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