
Antoine Semenyo, o Ants, como prefiere que le llamen, llegó al Manchester City en el mercado de invierno. No fue un fichaje de relumbrón, llegó para demostrar que valía. Pero, físicamente imponente, directo y desequilibrante, era el perfil exacto que Pep Guardiola buscaba para reforzar una delantera que ya contaba con Erling Haaland. Sin embargo, la adaptación fue inmediata, alucinante para muchos analistas por su facilidad. Pero lo que marcó el comienzo de todo fue aquella primera conversación en el despacho del técnico catalán, según ha revelado en All Out Football.
«Entré en su oficina y tenía música suave de fondo, olía increíble, yo pensaba que estaba en una sauna o en un gimnasio o algo así. Pero él estaba muy enérgico. Me dijo: ‘Mira, estamos contentos de tenerte aquí. Sigue con tu buen rendimiento del Bournemouth y esperemos competir por el título’». Semenyo lo recuerda con una sonrisa, consciente del peso de aquellas palabras. Guardiola tiene ese efecto sobre los jugadores, una presencia que abruma incluso antes de abrir la boca gracias a esas puestas en escena.
Es una descripción que contrasta con la que hizo recientemente Shaun Wright-Phillips sobre su supuesta némesis, José Mourinho: «Nunca había visto cómo era Mourinho en un vestuario, hasta una vez que entramos al vestuario en el descanso. Había sido una mala primera parte. Yo era suplente ese día, pero todos estábamos ahí. Él estaba en su despacho. Nosotros sentados, en silencio. Nada pasaba. Pasa por delante, como si fuera al baño… y de repente vuelve corriendo y le pega una patada voladora a la mesa. Todas las bebidas salieron volando. Y yo me quedé mirando, porque era nuevo en el club, pensando: ‘¿Qué cojones acaba de pasar?’. Y entonces explotó. Empezó a gritar».

Eso no quita que Semenyo no haya visto las dos caras de Guardiola: «Siento que tiene una presencia especial. Cuando estás fuera de un entorno profesional es diferente, es más relajado. Pero cuando llegas a las reuniones, entonces se pone serio». Se lo hizo ver uno de sus primeros días: «Recuerdo la primera reunión que tuve con él. Estaba paseándose de un lado a otro de la sala. Yo mirando atrás y pensando que era normal. Pero nadie reía. Nadie. Y yo estaba solo ahí. Pero es que es tan apasionado…».
Ese City en el que aterrizó Semenyo lleva semanas encadenando actuaciones que han reducido la distancia con el Arsenal en la cima de la Premier League. El partido frente al Chelsea en Stamford Bridge es el mejor ejemplo. «No puedo decir que fue fácil», matiza el delantero con algo de ironía, «pero conseguimos la victoria que necesitábamos». La diferencia entre la primera y la segunda parte fue abismal. «Pep nos echó una bronca importante antes de salir al segundo tiempo. Nos dijo que teníamos que dar un paso adelante, que los campeones se forjan en momentos así. Y respondimos bastante bien».
En ese segundo tiempo destacó especialmente Nico Riley, que venía marcando goles importantes. Semenyo ya lo había intuido antes del pitido inicial: «Antes del partido le pregunté: ‘¿Vas a volver a marcar de cabeza en el segundo palo?’ Me dijo que no. Y lo hizo. Yo ya lo advertido».

La columna vertebral de esa regularidad tiene nombres propios. Bernardo Silva lleva una década en el club, y Semenyo habla de él como de un verdadero ídolo: «Ha faltado menos de nueve partidos por lesión en nueve o diez años. Es una barbaridad. Desde que llegué me ha hecho sentir muy cómodo». Pero también hay un lado más humano: «Lo que pasa es que lo recibe muchas bromas en el vestuario. No sé por qué, si es una persona encantadora. Subiendo al comedor le veo en el pasillo metiéndole a alguien en una llave de cabeza. Y eso que él no había hecho nada. Tres o cuatro contra él, no tiene ninguna oportunidad. No es el más alto del mundo, el pobre».
John Stones es otro de los pilares de esta plantilla. «En el equipo que ves en el campo puede que no haya tantos que hayan vivido una lucha por el título, pero en el vestuario sí hay mucha gente que sabe lo que es mantener ese nivel de consistencia», explica Semenyo en referencia a él.
La noche del Bernabéu de Semenyo
Antes de que Semenyo llegara al City, hubo otra noche de Champions que marcó la temporada del club, la eliminación ante el Real Madrid en el Bernabéu. Y en ese partido estaba alguien a quien Semenyo conoce bien, Dean Huijsen, su excompañero en el Bournemouth, que fichó por el conjunto blanco en el verano. La historia de ese traspaso merece un capítulo aparte: «Cuando fichó por el Bournemouth ya me dijo: ‘El año que viene voy a fichar por el Real Madrid.’ Y yo le dije: ‘¿De qué hablas? Tienes que ir paso a paso en la Premier, igual que yo’. No era lo que yo había vivido, así que pensé que no iba a ser así para él tampoco».

Sin embargo, las conversaciones previas al partido ante el Madrid fueron de otra naturaleza: «Me estuvo mandando mensajes la noche antes, dos noches antes: que si iba a patear esto, que si iba a hacer lo otro. Yo le decía: ‘Tranquilo, tío, ya estás en el Madrid, relájate’».
Al margen de estos vaciles, el encuentro fue una experiencia interesante para Semenyo. Cuando le preguntan por el mejor estadio en el que ha jugado, contesta que el Allianz Arena, pero el Bernabéu dejó una impresión imborrable: «Miré hacia arriba y seguía subiendo. Las gradas no paraban. Un estadio increíble».
Extremo, delantero, interior
Clasificar a Semenyo es tarea compleja. En el Bournemouth jugaba principalmente por la izquierda. En el City lo hace por la derecha. Pero él mismo matiza su definición: «Puedo jugar en cualquier posición, la verdad. Empecé de nueve, luego pasé al medio y volví al nueve. Pero puedo jugar en todos los sitios». Cuando se le pregunta dónde disfruta más, dice: «Por la derecha y por la izquierda. Con las dos está bien».
Lo que más llama la atención de su juego es la combinación entre la verticalidad de un extremo clásico y la frialdad de un goleador nato: «Creo que si llevas años de delantero lo vas adquiriendo con experiencia y con la ayuda de otros jugadores. Yo simplemente me siento cómodo delante de puerta. No me siento un extremo puro. Diría que soy un interior. Un jugador de dentro».

Semenyo es, ante todo, directo. Un jugador que toma la línea más corta entre dos puntos cuando tiene el balón y un defensa delante. «Me gusta causar pesadillas a los defensas. Ese es mi objetivo. Puedo usar los dos pies, así que no tengo problema en ir por dentro o por fuera». En el City, esa eficacia se multiplica con Jeremy Doku al otro lado: «Ningún lateral quiere aguantar a los dos durante noventa minutos. Es imposible».
Además, Guardiola detectó que tenía buen saque de banda: «Lancé uno y me dijo: ‘Tenemos que usarlo’. En el Bournemouth lo usaba mucho. Pero aquí no creía que a Pep le fuera a gustar eso. Los chicos me dicen que si voy a hacer un saque largo y yo ya no sé. Pep quiere que mantengamos su estilo de juego».
Los comienzos: rechazos, un año sabático y 50 goles de centrocampista
Antes de estar en un equipo top y recibir toda la atención mediática, hubo años de incertidumbre. Semenyo pasó por varios clubes londinenses de formación sin conseguir que ninguno apostara por él. No le gusta la palabra «rechazo». La oye y frunce el ceño. Pero las cosas fueron como fueron: «Como adolescente era duro, especialmente en el colegio. Todos te preguntaban si te habían fichado y tú tenías que decir que no, una y otra vez». En cambio, de aquellos compañeros de infancia, solo uno ha llegado al fútbol profesional, un tal Tanto Olaofe, que juega en el Stockport County. El resto abandonó.
Con 15 años, tras un último intento frustrado en el Crystal Palace, Semenyo decidió dejar el fútbol durante un año. «De los 11 a los 14 fue siempre lo mismo: levantarte, colegio, entrenamiento, casa. No podía ser normal. No podía ir a fiestas ni estar con mis amigos. Me estaba perdiendo esa parte de la vida». El año que se tomó para simplemente vivir lo recuerda como oro en paño: «Me alegro cien por cien de haberlo hecho. Me había perdido demasiadas fiestas».

Esto habla de otro de sus problemas entonces, en los informes de los ojeadores se hablaba de que tenía sobrepeso. Él lo confirma: «Estaba un poco rellenito. No era una barbaridad, pero era bajito y gordito». El estirón llegó a los 17, 18 años, y con él una transformación radical. Hoy mide un metro ochenta y ocho y es uno de los futbolistas físicamente más imponentes de la Premier League. Las fotos de adolescente, que su madre tenía colgadas en Facebook, han empezado a circular por internet.
A los 16 años llegó a un colegio con programa de fútbol en Bristol, donde empezó a competir contra otras instituciones del país. Fue allí donde dio el siguiente paso, de centrocampista a delantero: «Jugábamos contra el Forest Green Rovers y me estaban machacando en el medio. Me pusieron de delantero centro y marqué cuatro goles. Ganamos 4-2. Y nunca más miré atrás». Antes de ese partido, eso sí, había marcado 50 goles como centrocampista.
Con 18 años recién cumplidos se fue a prueba al Bristol City durante dos semanas. «Marqué en los dos partidos de prueba y me ficharon. El resto es historia». Llegaron las cesiones, la dureza del fútbol no profesional en el Bath City, con futbolistas que jugaban por su hipoteca, los codos volando por doquier en los corners…. «Fue duro al principio. Empujones, expulsiones. Poco a poco me fui acostumbrando y empecé a rendir». Y vinieron también las ocho amarillas en una sola temporada en el Bristol City, a las órdenes de Nigel Pearson: «Me dijo que tenía que ser agresivo, que tenía que empujar a todo el mundo. Y lo hice. Demasiado tal vez».
El Bournemouth de Iraola
En enero de 2023, con Gary O’Neil en el banquillo del Bournemouth y el equipo luchando por no descender, llegó Semenyo a la Premier League. La experiencia con O’Neil fue positiva, aunque breve. La noticia del cese del técnico le pilló en la sala de fisioterapia, con el tobillo vendado. «Salió en la televisión que lo habían despedido y miré por la ventana. Le vi saliendo hacia su coche. Todos sorprendidos. Nos había salvado y le echan». Lo que más le asombra, aún hoy, es que los jugadores no reciben ningún aviso previo: «Puedes estar mirando el móvil y te sale en Twitter que han echado a tu entrenador».

Andoni Iraola llegó ese verano. Y con él, un método que tardó en ser aceptado pero que acabó transformando al club. «Cuando llegó tenía su forma de jugar, y era muy nueva para nosotros. La estructura de la semana era diferente a todo lo que conocíamos. No había días libres. Pasamos de tener dos días de descanso entre partidos a no tener ninguno. Y eso es muy duro». Los entrenamientos eran caóticos, físicamente extenuantes: «Jugábamos el sábado y el domingo ya estábamos entrenando. Los que habían jugado hacían los primeros treinta o cuarenta minutos de la sesión. Con las piernas destrozadas haciendo posesión. Pensabas: ¡Dios mío!».
Pero hay ciertos paralelismos con lo que vivió con Roberto Mancini. «Hizo algo parecido. Trajo focos para el campo de entrenamiento, hacíamos sesiones de dos horas y media. No ves el beneficio al principio, solo cuando llegan los resultados». Con Iraola, el punto de inflexión llegó con una victoria ante el Burnley. «Creo que fue ese partido. A partir de ahí todo el mundo fue comprando el sistema y los resultados llegaron solos».
Lo más llamativo es que ese método no ha cambiado. Semenyo lo confirma desde la distancia, porque sigue hablando con los jugadores del Bournemouth: «Todavía está igual. Los chicos me mandan mensajes: ‘otra semana sin día libre’. Pero mira cómo les va. Siguen ganando a los grandes. Eso es lo que hace Iraola: te hace jugar contra el Arsenal o el City sin replegarte. Piensas que te van a pillar en descubierto, pero te adaptas». No por casualidad, esta temporada el Bournemouth ha ganado al Arsenal en el Emirates.
Semenyo reconoce que el club le debe mucho a Iraola, y que él le debe mucho al club. En el verano de 2025 renovó su contrato, en parte para garantizar que el Bournemouth pudiera obtener una cifra récord de traspaso. Siguió jugando hasta el último momento, incluidos partidos ante el Arsenal y el Tottenham, con la incertidumbre de la operación en el fondo: «No quería lesionarme, pero tampoco quería fallarle al equipo. Así que di todo lo que tenía y lo que pasara después, que pasara». El desenlace fue de ensueño. Metió el gol decisivo ante el Tottenham en el Vitality, en su última actuación con los cherries. «¿Lloraste?», le preguntan. «Por dentro sí. Pero no quería que se me notara».

El 17 de mayo, el City visita el Vitality. Semenyo ya recibe los mensajes de sus excompañeros, como le pasó con Hujsen: que si le van a patear, que si le van a encerrar. «Estoy emocionado de volver. Quiero ganar, por supuesto. Pero será bonito ver a la gente de allí». Si marcara ese día y el gol decidiera el título… la pregunta queda en el aire. «Probablemente celebraría. Aunque con las manos arriba, sin más. No creo que pudiera hacer otra cosa».
Ghana, el Mundial y los dioses africanos
Semenyo podría haber jugado con Inglaterra o con Francia. Tenía los requisitos. Pero tomó otra decisión. «Nunca estuve entre los seleccionados para Inglaterra de todas formas. Y cuando Ghana me llamó, en 2021, no podía decirle que no a jugar de titular con mi país». Su padre lo celebró como si hubiera ganado la lotería: «Estaba eufórico, diciendo que menos mal. Toda mi familia apoya a Ghana con una intensidad que no te puedo explicar. Se ponen a gritar, dan patadas a los muebles. Es muy serio para ellos».
Este verano llega el Mundial y Ghana se ha llevado un grupo difícil: Croacia, Inglaterra y Panamá. Semenyo no se hace ilusiones fáciles: «Panamá no es un rival que se pueda subestimar. La gente piensa que va a ser fácil y no lo es. Las condiciones, la presión, el ambiente… todo es diferente. Y luego están Croacia e Inglaterra, que son selecciones de primer nivel. Salir del grupo es lo que queremos, pero no va a ser nada sencillo».
Será su segundo Mundial. En el primero apenas tuvo protagonismo, salió desde el banquillo en dos ocasiones. Ahora es el referente ofensivo del equipo. «La expectativa en Ghana es que cada balón que toques acabe en gol. Si no es así, eres una mierda, te dicen de todo. Así son. Aman el fútbol de una manera total».

Cuando era niño y miraba el fútbol africano, había tres nombres que lo eran todo: Asamoah Gyan, Didier Drogba y Samuel Eto’o. «Jugaban en los mejores clubes, marcaban, bailaban. Todo niño de mi época quería ser como ellos. Espero poder estar a su altura algún día». De los tres, hay uno que marcó especialmente su manera de entender el juego: Drogba. «Giro fuerte, disparo con la izquierda, con la derecha. Ese era él en una frase. Un monstruo. Por eso yo también soy un monstruo». Y se ríe.
La defensa de la figura del marfileño tiene detractores. Hay quien, obsesionado con las estadísticas, le niega el lugar entre los grandes del fútbol inglés, sus números no son los de Thierry Henry, ni los de Sergio Agüero, ni los de Harry Kane. «Pero es que hay que verle con los ojos, no con los números. En los partidos grandes siempre estaba. Siempre. Finales, semifinales, momentos decisivos. Era durísimo, imparable. El fútbol se está convirtiendo en un juego de cifras y eso no es bueno».
Y hablando de cifras, está Erling Haaland. El noruego lleva 31 goles en lo que el propio Semenyo califica, con sorna, de «temporada floja». «Cuarenta y un goles en una temporada. Eso no lo procesas. Y ahora dice la gente que está en racha baja. Es que ha puesto el listón tan alto que treinta goles parecen poco». Semenyo juega a su lado en el club y ve de cerca lo que Haaland genera sobre el campo: «No es solo lo que marca. Es lo que provoca. Le meten tres jugadores encima y eso le da espacio a todos los demás. Sin él, el juego del City no es el mismo». ¿Dónde está entre los mejores delanteros de la historia de la Premier? «Ahí arriba estará. Sus números son un escándalo. Aunque todavía le queda mucho por demostrar para que le pongan al lado de Kane, Shearer o Henry».

