
El origen del deporte en Alemania fue tan conflictivo como solía serlo ese país hace un siglo. Por un lado se encontraba la turnbewegung, el movimiento gimnástico que había crecido al calor del nacionalismo alemán tras la unificación de 1871. Sus defensores concebían el ejercicio físico como una herramienta de formación moral y patriótica. El cuerpo debía ser fuerte, pero el deportista obediente. Las prácticas se desarrollaban en espacios cerrados, bajo normas estrictas y con una clara jerarquía. Era, al fin y al cabo, una forma de enseñar orden. Y enfrentado a este concepto estaba el spielbewegung, o movimiento de juegos, que proponía una relación más abierta con el deporte. Inspirado en Inglaterra, defendía el valor del juego al aire libre, la competición y la iniciativa individual. Era algo más lúdico y recreativo. Si algo promovía, era la cooperación. Y por ahí se coló el fútbol.
Cuando empezó a ser popular, los gimnastas veían el fútbol como una importación extranjera, una moda pasajera que podía diluir los valores nacionales. El balón, con sus trayectorias caprichosas, rompía la disciplina lineal de los ejercicios gimnásticos. Era un sin dios. Además, el origen británico tocaba la moral a los nacionalistas: ¡qué era eso de importar nada de un país hostil!
Pero el fútbol tenía algo que la gimnasia no podía proporcionar. Era emocionante. Todo ello por la incertidumbre de la puñetera bola. Podía pasar de todo y encima unos se imponían sobre otros; aparecieron nuevas identidades colectivas. Era imposible que no se juntasen curiosos alrededor cada vez que se jugaba al fútbol a ver cómo acababa eso que llamaban partido.
Las ciudades desempeñaron un papel clave en la adopción del fútbol. Berlín, Leipzig o Múnich se convirtieron en focos de difusión del nuevo deporte. Jóvenes estudiantes, comerciantes y profesionales que habían tenido contacto con Inglaterra actuaron como mediadores culturales. Trajeron balones, reglas y una manera distinta de entender el juego. A partir de ahí, el fútbol comenzó a organizarse en clubes y asociaciones.

En Múnich, el conflicto con los gimnastas se hizo evidente dentro del MTV 1879, un club de tradición gimnástica que había incorporado el fútbol como sección secundaria. Los jugadores de fútbol buscaban mayor autonomía y se les negaba. Eran tolerados, pero nada más. No podían tener protagonismo. Sin embargo, ellos querían competir, integrarse en redes regionales y desarrollar su propia identidad. La resistencia de los dirigentes gimnásticos terminó por provocar una ruptura de la que nacería el Bayern de Munich.
Todo sucedió la noche del 27 de febrero de 1900. En una taberna de Múnich, un grupo de once hombres decidió romper con su club de gimnasia y fundar una nueva entidad solo para pelotear. Sabían que para jugar bien al fútbol tenían que convertirse en un club e integrarse en un torneo. Franz John fue el fundador. Junto a él estaban Gustav Manning y Josef Pollack, pero lo que la historia oficial del Bayern silenció durante décadas es que Manning y Pollack eran judíos. Y que sin ellos, el club más laureado de Alemania nunca habría existido.
La historia de Manning es un novelón. Su padre, Gustav Wolfgang Mannheimer, era un comerciante judío de Frankfurt que en los años setenta del siglo XIX había establecido un negocio en la City de Londres. Allí, en la ciudad que había inventado el fútbol moderno, los hijos aprendieron a jugar. Cuando la familia regresó a Alemania y se instaló en las afueras de Berlín, el joven Gustav, que ya había anglificado su apellido a Manning para parecer más británico, se convirtió en uno de los grandes propagadores del fútbol en el país. Era un hombre de talento excepcional, estudió medicina, llegó a ser secretario de la Asociación de Clubes de Fútbol del Sur de Alemania con apenas veintiséis años, y fue uno de los artífices de la fundación de la Federación Alemana de Fútbol (DFB) en Leipzig en enero de 1900. Un mes después, ayudaba a fundar el Bayern.
Josef Pollack, nacido en Friburgo en 1880, también era hijo de un comerciante judío. Manning lo había conocido en el Freiburger FC, donde Pollack jugaba como delantero centro y lo calificó, años después, como el jugador más creativo que había visto en Alemania. Fue Pollack quien llegó primero a Múnich, se unió al MTV 1879 e introdujo a Franz John en el club. Fue también Pollack quien estableció el contacto entre los futbolistas del MTV y la red de clubes que Manning dirigía desde fuera. Cuando la ruptura llegó, él fue el primer secretario del recién creado FC Bayern.
Franz John, el tercer nombre en esta historia, era diferente. No era judío, era hijo de un funcionario de correos de Pankow y llegó a Múnich casi por casualidad, en septiembre de 1899. Pero tenía algo fundamental, determinación, ese rasgo de carácter que luego ha distinguido a este club. Fue él quien ejecutó el plan, quien convenció a los otros diez de levantarse de la mesa del MTV 1879 aquella noche de febrero y cruzar la calle hasta el restaurante Gisela’s de Schwabing. Fue el primer presidente del club. Pero la mente estratégica, el hombre que había diseñado el tablero, era Manning.

El propio John lo reconoció años más tarde en sus memorias, citadas por el historiador Heiner Gillmeister. Cuando llegó a Múnich, escribió a Manning para comunicárselo y este le contestó que necesitaban un hombre en Baviera, el estado más grande del sur de Alemania y el único que aún no tenía un club integrado en la asociación regional. «Tienes que hacer todo lo posible para que el MTV se una a nuestra federación», le decía. John lo intentó. Y cuando fracasó, siguió el plan B, fundar un club nuevo.
Aquel primer Bayern fue un equipo de forasteros. Sus miembros venían de Sajonia, de Hamburgo, de Prusia, de Bremen, de Friburgo. No había ni un solo bávaro entre los fundadores, pese al nombre del club y los colores azul y blanco que tomaron prestados de la bandera regional. El fútbol entonces era una afición cosmopolita, una ida de olla de jóvenes.
Sin embargo, funcionó de inmediato. En su primer año, el Bayern ganó todos sus partidos en Múnich con una contundencia que asombró a la prensa deportiva de Berlín. Cincuenta y siete goles a favor, solo cuatro en contra. Dos victorias por 15-0 y 18-0. El golpe de gracia al MTV 1879, el club del que habían salido, fue una derrota de 7-1 en julio de 1900, en el Schyrenplatz, ante una multitud. El Bayern se unió a la Asociación del Sur de Alemania ese mismo verano. La jugada de Manning había salido perfecta.
Los años siguientes confirmaron que el Bayern no era de broma. El club creció, fichó al delantero holandés Willem Hesselink, en lo que fue el primer gran traspaso de la historia del fútbol alemán, y se consolidó como el referente del fútbol en Baviera. Manning se había marchado ya a Estrasburgo a trabajar como médico, pero siguió ejerciendo su influencia desde la secretaría de la asociación regional. Pollack emigró a Estados Unidos en 1902, donde su historia daría otro giro sorprendente, se convirtió en un exitoso empresario del sector textil y llegó a presidir el Thread Institute de Nueva York. John volvió a Pankow, donde abrió un estudio fotográfico y vivió una vida tranquila hasta su muerte en 1952.
Manning, en cambio, no paró. En 1905 también emigró a Nueva York, donde ejerció como especialista en enfermedades intestinales. Pero el fútbol no lo abandonó. En 1913 fundó la United States Soccer Football Association y fue elegido su primer presidente. Quería hacer del fútbol el deporte de invierno número uno en Estados Unidos. No lo consiguió del todo, pero su huella fue enorme. En 1950, durante el Mundial de Brasil, utilizó su posición en la FIFA para lograr la readmisión de Alemania en la organización internacional, abriendo el camino que llevaría a la selección alemana a ganar el Mundial de 1954. Murió en Nueva York en diciembre de 1953, días antes de cumplir ochenta años, al contraer una neumonía en París durante una reunión del comité ejecutivo de la FIFA. Está enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington.
La historia de estos hombres es también, inevitablemente, la historia de lo que vino después. Cuando los nazis llegaron al poder en 1933, el fútbol alemán no fue ajeno a la persecución. En el Bayern, el presidente Kurt Landauer (judío, el dirigente que había llevado al club a su primera gran época de éxitos durante los años veinte y treinta) fue forzado a dimitir en 1933 y deportado brevemente a Dachau. Logró escapar a Suiza antes de la guerra. Muchos de sus conocidos no tuvieron tanta suerte.
El Bayern fue señalado por la prensa nazi como Judenclub, club de judíos, con intención despectiva, obviamente. La acusación era, en el fondo, históricamente precisa, el club lo habían fundado en gran medida judíos, lo habían presidido judíos, y habían sido los judíos quienes lo habían llevado a su primera gloria. Pero en el contexto del Tercer Reich, la etiqueta era una sentencia. El club sufrió años de marginalización y mediocridad forzada.

Landauer regresó a Múnich después de la guerra. Los pocos dirigentes que quedaban lo recibieron de nuevo como presidente honorario. Murió en 1961. Su figura ha sido reivindicada en los últimos años. El Bayern ha reconocido su deuda con él, y hay un busto suyo en el Allianz Arena. Es uno de los pocos gestos de memoria que el club ha tenido hacia sus orígenes judíos.
Porque la otra parte de la deuda sigue sin saldarse. Los fundadores, Manning, Pollack, y John, llevan décadas en cierto olvido institucional. El centenario del club en 2000 pasó sin que se hiciera un esfuerzo serio por recuperar sus historias. Heiner Gillmeister, que dedicó años a reconstruir el paradero de cada uno de ellos, encontró que la tumba de Franz John, en un cementerio de Fürstenwalde, al este de Berlín, no tenía ni una lápida. Ahí el club sí se portó y, en el centenario, le puso una. La de Manning está en Arlington, lejos de la ciudad que ayudó a construir futbolísticamente. Y la de Pollack, en un cementerio de Brooklyn.
Edward Pollack, el hijo de Josef, vivía aún en la Florida a finales del siglo XX. Fue difícil entrevistarlo, se negaba a hablar con ningún alemán, fuera bávaro o prusiano. Los nazis habían matado a toda su familia.
El Bayern de Munich es hoy uno de los clubes más ricos y poderosos del mundo. Sus títulos se cuentan por decenas, en cada cita acuden decenas de miles de personas al estadio. Sus jugadores son estrellas globales. Pero en el principio de todo hubo una noche de febrero de 1900, una taberna en Schwabing, once hombres que querían jugar al fútbol sin que nadie les dijera cómo hacerlo, y un médico judío de Frankfurt que llevaba años tejiendo la red desde la sombra. Sin Manning, sin Pollack, sin John, no habría Bayern. Y sin el Bayern, el fútbol alemán sería otro.

