Apuestas deportivas

El hombre que apostó 30 peniques y ganó medio millón de libras

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Boletos de La Quiniela

Hay una clase especial de locura que los británicos dominan mejor que nadie: la de apostar cantidades ridículas a probabilidades astronómicas y ganar. La apuesta combinada múltiple —la acca, en el argot de las casas de apuestas— es la forma más democrática y masoquista que existe de relacionarse con el fútbol. Se elige una serie de resultados, se multiplican las cuotas entre sí, y basta con que un solo partido se tuerza para quedarte fuera. El ingeniero matemático que diseñó este producto sabía perfectamente lo que hacía.

Mick Gibbs era un trabajador de la construcción en Staffordshire. No era aficionado casual. Todo lo contrario, seguía el fútbol con la atención obsesiva de quien ha convertido los resultados del fin de semana en una disciplina casi epistemológica. En 1999 había colocado 2,50 libras en nueve partidos europeos y se había llevado 157.000 libras, una de las apuestas deportivas más legendarias de la historia. La mayoría de los mortales se habría comprado un coche, invitado a comer a los amigos y no habría vuelto a tentar a la suerte. Gibbs no era la mayoría de los mortales.

En 2001, volvió a la ventanilla. Esta vez con 30 peniques —literalmente tres monedas— y una papeleta con 15 selecciones. Las cuotas en su contra eran de 1.666.666 a 1. Su apuesta incluía predecir los cinco primeros clasificados de la liga inglesa y los resultados de partidos de rugby y cricket. No era una combinación de resultados sencillos. Más bien se trataba de dibujar un mapa detallado de lo que debía suceder en el deporte británico durante toda una temporada. El último escollo era la final de la Champions League, que ese año enfrentaba al Bayern de Múnich con el Valencia. Terminó en penaltis. El Bayern los ganó. Mick Gibbs se embolsó 500.000 libras.

Detengámonos un momento en la aritmética del absurdo. 30 peniques se convirtieron en 500.000 libras. Eso es un retorno de inversión del 166.666.600%. Para alcanzar una cifra equivalente en la lotería nacional británica habría que comprar billetes durante varias vidas. Y aun así, Gibbs tuvo que observar una tanda de penaltis —el instrumento de tortura más refinado que ha inventado el deporte moderno — sabiendo que su fortuna dependía de ello.

Pero si Gibbs representa la paciencia metodológica del apostador con sistema, existe una categoría más perturbadora: la del principiante absoluto que gana sin entender exactamente qué ha hecho. En 2017, una ama de casa anónima decidió participar en la afición de su hijo y su marido haciendo apuestas deportivas futbol, y colocó 1 libra en una combinación de 12 equipos. Su criterio de selección era elegir los nombres que le sonaban mejor. Ganó 574.278 libras. No hay eufemismo posible para describir lo que esto le hace a cualquier teoría sobre el análisis deportivo.

La extravagancia, sin embargo, no siempre reside en las cuotas sino en la dramaturgia de lo que ocurre sobre el campo. En algún momento de la primera mitad de los 2000, un apostador londinense hizo algo que roza la patología clínica: colocó 100 libras en ocho partidos que ya estaban en juego, con todos sus equipos perdiendo, con apenas 20 minutos por delante. No apostó a victoria: apostó a que ocho equipos en desventaja remontan o empatan en el cuarto de hora final. Entre las selecciones figuraban West Ham, que perdía 2-0 ante el Stoke, y el Charlton, que necesitaba empatar contra el Sheffield Wednesday mientras también iba por detrás en el marcador. Coventry necesitó un empate en el último minuto. West Ham remontó un déficit de dos goles. Cuando el polvo se asentó, el apostador se llevó 650.000 libras en lo que constituye el mayor payout registrado en la historia del fútbol acumulado.

Caben pocas dudas de que los 20 minutos que duró esa vigilia debieron de ser clínicamente interesantes para cualquier cardiólogo.

El caso irlandés de la Navidad de 2014 añade otro matiz al catálogo. Un punter irlandés colocó 5 euros en una combinación de 20 selecciones el 22 de diciembre, con una trampa deliberada: en lugar de apostar simplemente a que el Manchester City ganara al West Brom, apostó a que lo haría por al menos dos goles de ventaja, multiplicando así la cuota. City ganó 3-1. El retorno fue de 421.000 euros. El retorno sobre la inversión, calculado limpiamente: 8.419.900%.

Lo que une a todos estos casos es algo que las casas de apuestas prefieren no enfatizar demasiado en su publicidad: la monstruosa improbabilidad del evento. Por cada Mick Gibbs existe un número incontable de personas que han colocado combinaciones similares durante años sin ver un céntimo de beneficio. Uno de los ganadores de esta lista llevaba veinte años colocando apuestas parecidas antes de ganar por primera vez. Las casas de apuestas publican estos récords con generosidad genuina: son el mejor anuncio posible para un producto que, estadísticamente, devora el dinero de los apostadores con eficiencia industrial.

Gibbs, al menos, tuvo la elegancia de hacer historia dos veces y retirarse con nombre propio. El techador de Staffordshire que convirtió tres monedas y el conocimiento meticuloso de quince competiciones deportivas en medio millón de libras sigue siendo, décadas después, la escala contra la que se mide todo lo demás en este género menor y fascinante de la épica contemporánea.

Un comentario

  1. Es el periódico texto del Sr. Sastre colando de tapadillo la publicidad de las casas de apuestas… malo es pedir, pero peor es robar.

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