
Lindsay Davenport ha participado en The Sit-Down durante el Open de Australia, torneo del que fue campeona en 2000, y ha comentado la evolución del tenis femenino desde su generación hasta la actual. De sus rivales, ha señalado especialmente a Serena Williams como el desafío más difícil al que se enfrentó, hasta el punto de reconocer que era un emparejamiento casi imposible no solo por la potencia, sino por la imprevisibilidad de su juego, que le impedía anticipar incluso el saque, una de las armas clave en su propio estilo.
Concretamente, ha dicho: «Para mí siempre fue Serena la más complicada. Todo en su juego era mejor. Su saque, la manera en que podía golpear cada servicio con el mismo lanzamiento de pelota. Fue la primera jugadora a la que me enfrenté con la que eso suponía un problema, porque yo me consideraba una buena restadora y me enorgullecía de intentar leer lo que iba a hacer mi rival, qué lanzamiento de pelota iba a usar, hacia dónde iba a sacar, cuál era su saque favorito».
Era imposible incluso de estudiar: «Veía vídeos, pensaba: ‘En casi todos los puntos de break hace esto’. En aquella época no teníamos datos como ahora, así que teníamos que hacerlo todo nosotros con nuestros entrenadores. Y entonces me enfrentaba a Serena y pensaba: ‘No tengo ni idea de por dónde va a sacar’. Su lanzamiento de pelota no me daba ninguna pista. Siempre fue muy difícil para mí. Y, de manera similar a Venus Williams, con Venus a veces tenías alguna pequeña oportunidad con la derecha, durante un par de años cometía algunos errores. Pero contra Serena salías a la pista y pensabas: ‘No, cada golpe, cada tiro es perfecto’».

Hasta, simplemente, rendirse: «Ese era un enfrentamiento muy complicado para mí. Era la jugadora contra la que pensaba: ‘Uf, no quiero salir ahí fuera contra ella’. Conseguí ganarle alguna vez, pero su balance era claramente favorable a su lado. Contra la mayoría de jugadoras tenía al menos un cara a cara igualado o incluso mejor, pero contra Serena era un emparejamiento imposible para mí».
Los problemas de ansiedad de Lindsay Davenport
Otra revelación interesante es que jugar para ella nunca fue fácil, siempre tuvo demasiados nervios, incluso cuadros ansiosos: «Me ponía muy nerviosa, muchísimo. Tenía una ansiedad enorme para jugar. Y no pensarías que alguien que estuvo tanto tiempo arriba o que jugó tantos partidos importantes sentiría eso, pero cada partido me provocaba un nudo en el estómago. Por eso creo que rendía tan bien en las competiciones por equipos o representando a tu país, porque tenía a alguien como Billie Jean King hablándome, ayudándome a gestionarlo».
Fue, efectivamente, ella quien la ayudó a salir adelante y poder superar esa tenaza mental que la impedía dar todo su potencial: «En los Grand Slams no podías recibir coaching en pista en aquella época, pero en esas competiciones sí, y Billie hacía un trabajo magistral conmigo. Primero, haciéndome creer que podía convertirme en una gran jugadora, y segundo, ayudándome a manejar todo eso. Es una habilidad muy especial que no todo el mundo tiene. Y por alguna razón, todo lo que Billie decía yo lo podía asimilar. Otra persona podía decirte lo mismo y no lo recibías igual, pero con ella sí. Yo estaba muy nerviosa aquel día, eso seguro. Y ella me decía: ‘Vamos, puedes hacerlo. Es un privilegio estar aquí, todo esto…’. Y sí, sé que me lo dijo, pero ni siquiera recuerdo el partido ni nada en concreto».

Aparte, la presión mediática, que es el doble con las mujeres, también fue otro factor añadido a su ansiedad. En el Australian Open de 2000, que ganó, la repercusión llegó a agobiarla más que los propios partidos y rivales que tuvo que superar: «Es curioso porque, normalmente, cuando ganas, puedes relajarte y celebrar, y la WTA hizo un trabajo increíble, pero yo tenía que coger un vuelo a la mañana siguiente para ir a otro torneo. Así que todo tuvo que hacerse en ese mismo momento y yo realmente no estaba preparada para ello. Era mi tercer Grand Slam y yo había decidido que, cuando ganara, lo iba a disfrutar, y de repente fue como: «Vale, tienes que ir a maquillaje, tienes que ir a la sesión de fotos», y la mayoría de jugadoras lo hacen al día siguiente. De repente me llevaron corriendo a hacer todo eso».
Siempre se le hizo detestable: «Nunca fue algo en lo que me sintiera cómoda, todo ese tipo de cosas fuera de la pista. Yo siempre estaba centrada en el tenis. Tuve suerte porque en mi generación estaban apareciendo las hermanas Williams, Anna Kournikova, Martina Hingis… eran jugadoras a las que realmente les gustaba hacer todo eso. Así que yo podía un poco pasar desapercibida y no tener que hacer tanto. Y es irónico que ahora sea yo la que está en televisión cubriendo todo esto, pero bueno, así es la vida».
Su estilo de juego
A la hora de definir sus facultades, se remonta a los orígenes, cuando básicamente la enseñaron a jugar al tenis: «Cuando era pequeña, tuve la suerte de crecer en la misma zona en la que también salieron Pete Sampras y Tracy Austin, y había un entrenador legendario allí, Robert Lansdorp. Él tenía una hija que tenía exactamente mi misma edad y estaba intentando que siguiera en el tenis, así que creó como una academia para menores de 10 años. Fue una suerte increíble. De alguna manera, por estar en esa zona, acabé allí y trabajó muchísimo conmigo. Luego empecé a tener clases privadas y pasábamos horas y horas golpeando, miles y miles de golpes de fondo».

Pero, como ya se ha dicho, la técnica y el talento importan tanto como la determinación. Y en el caso de Davenport el paso adelante lo logró dar al no importarle pasarse horas y horas peloteando desde una edad tan temprana:«Desde muy joven, con 9, 10 u 11 años, yo ya estaba dispuesta a quedarme en pista durante horas. Creo que eso es lo que diferencia a muchos jugadores de deportes individuales frente a los de equipo: desde muy pequeños tienes que tener esa especie de visión de túnel, y yo la tenía. Él enseñaba la perfección, una técnica perfecta. Luego eso fue evolucionando con el tiempo, con más efecto, con los cambios en las cuerdas, pero durante toda mi carrera nunca rompí una cuerda en un partido. Simplemente no ocurría. Tampoco fallaba casi nunca el punto de impacto. Creo que era una habilidad natural que tenía, pero sin duda la técnica perfecta ayudó muchísimo».
Amor por Australia
Más allá de los resultados, Davenport también reflexiona sobre el propio torneo de Melbourne, ya que la entrevista es en Australia. Y lo que más le ha sorprendido es cómo está creciendo el torneo. Seis años después de su última visita, la evolución salta a la vista: «La asistencia es una locura. En mi época jugábamos partidos con las gradas medio vacías. Ahora todo está lleno, cada partido. Es increíble para las jugadoras. Y las instalaciones han cambiado muchísimo, con nuevos estadios como el Kia Arena. Han sabido modernizarlo sin perder el encanto».
Ese vínculo con el torneo no es casual. Fue allí donde, siendo apenas una adolescente, empezó a abrirse camino en la élite: «Jugué la previa en 1993 con 16 años. Llegué a tercera ronda y todo cambió a partir de ahí. Volví al instituto y de repente la gente sabía quién era. Fue el torneo que lo puso todo en marcha para mí».

Pronto llegó su mejor momento competitivo, entre 1999 y 2000, cuando encadenó sus mayores éxitos y alcanzó el número uno del mundo. Sin embargo, también contextualiza ese dominio en una de las etapas más exigentes del tenis femenino: «Pensabas que, cuando se retiró Steffi Graf, se abriría una oportunidad. Pero entonces llegaron Venus y Serena, luego las belgas, después las rusas… Miras atrás y fue una época durísima de principio a fin».
La nueva generación
En ese sentido, también valora el nivel actual del circuito y el dominio de las mejores jugadoras del momento. Aunque evita comparaciones simplistas, sí reconoce una evolución clara: «El nivel ahora es altísimo. Sabalenka, Świątek… lo que están haciendo es increíble. Y jugadoras como Rybakina están en un momento espectacular. Estoy realmente impresionada con esta generación».
Ya en un plano más personal, al repasar los grandes hitos de su carrera, Davenport se queda con dos momentos por encima del resto: el oro olímpico en Atlanta 1996 y su victoria en el US Open. Ambos, más que por lo deportivo, por lo emocional: «El oro fue enorme para mi familia, por todo lo que significaban los Juegos para nosotros. Y el US Open era el torneo con el que soñaba de pequeña. Cuando gané, no podía ni sonreír, solo lloraba. Era como si no me lo creyera».

Esa dificultad para procesar el éxito conecta también con su carácter. Davenport nunca se sintió cómoda con la exposición ni con el reconocimiento público, hasta el punto de mantener su vida profesional casi invisible incluso en su entorno familiar: «En casa no hay nada. Mis hijos se ríen y me dicen: ‘Mamá, eras una jefa, ¿no vas a poner nada?’. Pero nunca me ha gustado hablar de eso. Estoy orgullosa, claro, pero no me define».
Tras su retirada, esa relación con el tenis se ha mantenido desde otro lugar. Ha sido comentarista, capitana de la Billie Jean King Cup y mentora de jugadoras como Madison Keys, a la que sigue muy de cerca. Su triunfo reciente lo vivió con la misma intensidad que si estuviera en pista: «Estaba en Los Ángeles, viéndolo de madrugada, hablando con su agente. Estábamos los dos muy nerviosos. Fue uno de los mejores momentos, me emocioné muchísimo».
Por último, recupera una de las frases más icónicas asociadas a Billie Jean King, «la presión es un privilegio», que en realidad nació en una conversación entre ambas durante una eliminatoria de la Fed Cup. Aunque Davenport admite que ni siquiera recuerda el momento exacto, sí reconoce el impacto que tuvo en su forma de afrontar la competición: «Todo lo que Billie decía yo lo entendía. Es una habilidad especial. Otra persona podía decirte lo mismo y no lo recibías igual. Con ella sí».

