
En el invierno de 2011, se encontraron en Barcelona Ronald Reng, periodista y escritor y Heinz Höher, un personaje respetado en la Bundesliga durante décadas. No era una reunión casual. Höher, entonces de 73 años, había llamado horas antes y dijo que la cita era urgente. «No puedo hablar de esto por teléfono», añadió. El periodista voló ese mismo día. Cuando se encontraron, llevaba una mochila Adidas amarillo neón, de otra época. Dentro no había equipaje, sino restos de una vida, recortes de prensa, informes de jugadores, cartas de bancos, huellas de una relación chunga con el alcohol. Y una historia que había permanecido enterrada durante más de tres décadas.
Heinz Höher no fue una estrella del fútbol alemán, pero sí una figura que había estado pululando por la Bundesliga permanentemente. Jugador, entrenador, director deportivo, estuvo presente desde los inicios en 1963 hasta bien entrado el profesionalismo moderno. Su carrera como técnico se consolidó en el VfL Bochum, donde dirigió al equipo durante siete años, y se convirtió en el entrenador más longevo del club en la élite.
Esos años son historia setentera de la liga alemana. El Bochum recibió el apodo de «El insumergible», porque siempre lograba salvarse de bajar a segunda, pese a que no tenía un duro. En 1974, de hecho, le metieron un 3-0 al Bayern de Munich que no es poca cosa, teniendo en cuenta que ahí estaban Franz Beckenbauer y Gerd Müller y eran uno de los mejores equipos de la historia de Europa, que es como decir del mundo. Aunque más histórico aún fue el 5-6 que firmaron en 1976, remontada de los bávaros, en la que todo el Bochum acabó emborrachándose en el vestuario, deprimidos y hundidos, para olvidar que iban ganando 4-0.
Siguen siendo descojonantes sus tácticas, tanto por su nombre como por lo avanzadas que eran. La «emboscada Bochum» era una variante de la trampa del fuera de juego del Ajax, que se desencadenaba cuando uno gritaba «fuera» y buscaba situar dos hombres sobre el que llevase el balón para montar una contra y, si no, que el delantero que recibiera estuviera en fuera de juego.
Y luego tenía grandes ideas, fue pionero del marcaje en zona, en unos años donde todo se regía por el hombre a hombre. También puso sobre el césped onces sin delantero centro, con apariciones dinámicas en el área que dieron sus frutos, como una histórica goleada 5-0 al Hertha Berlin.
Aunque en la parte más prosaica, la física, parecía Francisco Ibáñez. Hacía entrenar a sus hombres con chalecos de plomo y proponía ejercicios de dos contra dos en espacios reducidos, pero con cuatro porterías. Debido a su alcoholismo, sufría graves insomnios. Eso le llevó a tener un amigo imaginario, Winzlinger, que era quien le sugería estas tácticas que luego aplicaba. Una de esas ideas era entrenar sin beber agua para que los músculos se desarrollaran más. Felizmente, esa práctica está hoy desmentida por la ciencia.
Su Bochum nunca tuvo grandes plantillas. Era un equipo mediano, con la supervivencia como objetivo. Pero con pedigrí. Instalado en el corazón industrial del Ruhr, lejos del brillo de Múnich o Hamburgo, como diría don Javier Clemente, «vete tú a robar una pera al Ruhr». Durante los años setenta, su objetivo era simple: no descender. Pero sus aficionados y cuadros directivos era gente acostumbrada a la dureza de la vida y a mantener los pulsos hasta el final, hasta la luxación en el codo. En ese contexto se entiende mejor lo que ocurrió en febrero de 1976, el misterio que Höher había decidido confesar en Barcelona.
El invierno en Bochum era áspero. Frío, nieve, infraestructuras precarias. La Bundesliga todavía no era el producto global que hoy se exporta. Los clubes vivían, en gran medida, de la taquilla. El Bochum ese año iba tieso de ingresos y deportivamente. Estaba a un punto del descenso y tenía por delante un derbi contra el Schalke 04.
La noche del 15 de febrero, Höher salió de su casa sin dar explicaciones. Condujo hasta el estadio de la Castroper Straße. Allí le esperaban dos hombres de confianza del club. No eran conspiradores ni mafiosos, eran empleados de club en una época en la que todo era más rudimentario, y hacer todo por tu club se traducía en hacer, como suena, todo por tu club. Así de simple.
El plan que urdieron parecía algo infantil. Iban a congelar el campo. Accedieron a las instalaciones, llenaron cubos de agua en las duchas, que en aquellos años compartían ambos equipos, y se dirigieron hacia el césped. Eligieron una zona concreta, una de las áreas. Allí vertieron el agua sobre la nieve y confiaron en el frío.

Desde un punto de vista deportivo, la decisión les podía beneficiar. Un campo hecho un cristo era bueno para el Bochum, un equipo donde lo más destacado era el físico y la necesidad de puntos, desesperada. Sin embargo, el presidente, Ottokar Wüst, había visto otra oportunidad. Si el partido se suspendía y se trasladaba a un estadio más grande, como el de Dortmund, la recaudación podría multiplicarse. En una época en la que los ingresos televisivos eran irrelevantes, pasar de 150.000 a medio millón de marcos era como si te hubiese tocado la lotería.
Al día siguiente, el estadio fue inspeccionado. Funcionarios municipales, representantes de la Bundesliga y el entrenador del Schalke, Max Merkel, dieron un paseo sobre el césped. A simple vista, no parecía haber nada anormal. Solo nieve.
Pero el que controlaba era Merkel, que clavó los talones en la nieve y le dijo a los presentes que eso no era un campo de fútbol, sino una pista de hielo. Ahí no iban a jugar sus chicos. Podrían matarse, directamente. La decisión se tomó en el acto, partido suspendido. El plan había funcionado.
El encuentro se disputó semanas después en Dortmund. La asistencia fue masiva. Para llegar, hubo atascos de kilómetros. Luego el Bochum perdió 4-1, pero eso era secundario, a los conspiradores les daba igual. Habían ingresado el mismo dinero que en varios partidos juntos.
Para colmo, en la rueda de prensa, el presidente agradeció a Höher su «valor» por renunciar al factor campo. La palabra desconcertó a los periodistas. Höher no explicó nada. No podía hacerlo. Estuvo años callado. Solo cuatro personas conocían la verdad. Una de ellas murió sin hablar. Las otras guardaron el secreto.
La Bundesliga, mientras tanto, cambió. Se profesionalizó, se globalizó, se hizo más transparente, al menos en apariencia, y esta historia permaneció fuera del relato oficial hasta esa cita misteriosa en Barcelona. Que Höher quisiera hablar tenía su interés, puesto que era famoso por sus silencios. Era extremadamente introvertido y se podía pasar horas en grupo sin abrir la boca, generaba inquietud en todos los que le rodeaban.
En 2011, Höher decidió que no quería llevarse aquello a la tumba. Eligió a Ronald Reng porque era un periodista que le caía bien. No es que fuese especialmente bueno o malo, sino alguien con inteligencia social para poder ponerse en el lugar del otro y comprenderle, aunque no comparta sus puntos de vista. Algo que las nuevas generaciones han ido olvidando.
La noche en que congelaron un área no fue un acto de sabotaje. Fue, más bien, una forma primitiva de gestión. No había palancas e ingeniería financiera. Solo imaginación y valor de barra de bar. No por casualidad, la camiseta del equipo la protagonizaba Osborne, con toro y todo.
Höher murió en 2019, después de una vida marcada por la botella y una relación neurótica con el fútbol, al que dedicó su vida. Y Reng, una de sus mejores obras deportivas, Spieltage (Piper Verlag GmbH, 2013). En estas páginas se entiende perfectamente por qué realizó una idea tan disparatada como congelar su propio campo para forzar una recaudación mayor. En 1979, cuando el Bochum iba a inaugurar por fin su nuevo estadio, dimitió. Sintió que ya había cumplido su misión.

