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Bloqueos en directo, daños en diferido

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Javier Tebas, presidente de La Liga. (Credit Image: © Leco Viana/TheNEWS2 via ZUMA Press Wire)

Hay un perfil de usuario que resulta especialmente ilustrativo para entender la magnitud del problema. Alguien al que no le gusta el fútbol, que no ve partidos, que no tiene ningún interés en las retransmisiones deportivas, y que sin embargo se encuentra cada semana con que internet le funciona peor precisamente cuando hay jornada de Liga. Ese usuario existe en número considerable, y su caso pone en evidencia una contradicción que los defensores de los bloqueos prefieren no mirar de frente.

La solución técnica está a mano. Buscar una vpn prueba gratis, instalarla en cinco minutos y saltarse las restricciones sin demasiado esfuerzo. Pero que la solución exista no neutraliza la indignación. Y el dato curioso —que no ha pasado desapercibido entre los afectados— es que los bloqueos nunca parecen alcanzar a determinados servicios online de uso cotidiano ni, curiosamente, a las plataformas de apuestas deportivas. La selectividad del corte, voluntaria o accidental, añade una capa de sospecha al asunto.

Lo que hace especialmente llamativo el fenómeno es que no se trata de una medida ilegal ni de una chapuza técnica improvisada. LaLiga cuenta con respaldo judicial explícito. Varios juzgados de lo Mercantil de Barcelona han autorizado a la patronal futbolística a ordenar bloqueos de webs, dominios y direcciones IP vinculadas a la piratería de retransmisiones. El mecanismo tiene incluso nombre propio, bloqueo dinámico, y su funcionamiento es sencillo en teoría. En lugar de volver al juez cada vez que aparece una nueva web sospechosa o un nuevo servidor pirata, se obtiene una autorización amplia y se ejecuta semana tras semana, con la bendición del sistema. Eficiente, desde luego. Problemático, también.

En la temporada 2024-2025 el sistema cruzó una línea adicional. Una sentencia de diciembre de 2024, posteriormente ratificada, autorizó el bloqueo de direcciones IP en tiempo real durante los propios partidos. En directo, sin margen de reacción, mientras se desarrolla el juego se identifican IPs sospechosas y se tumban. Todo ello con sello judicial, todo en nombre de la propiedad intelectual.

Y ahí, precisamente, comienza el problema real. La lógica judicial de lista negra y botón rojo choca frontalmente con la arquitectura técnica de internet. Muchas de las IPs bloqueadas pertenecen a infraestructuras compartidas —Cloudflare o Google, entre otras— que no son servidores de una web concreta sino grandes autopistas por las que circulan miles de proyectos simultáneamente, la gran mayoría absolutamente legales. Cuando se bloquea un rango de IPs de estas características, no cae únicamente el servicio pirata. Caen también medios de comunicación pequeños, tiendas online, portfolios profesionales, herramientas de trabajo, webs culturales, servicios que no tienen relación alguna con el fútbol ni con la piratería. Cuando Cloudflare intentó impugnar estos bloqueos, un juzgado de Barcelona rechazó la queja y avaló la práctica, aun reconociendo explícitamente que afecta a terceros inocentes.

Este es el punto donde, según una parte creciente de la opinión técnica y jurídica, se está tomando el pelo a los usuarios. El daño colateral no es un efecto imprevisto que se intenta minimizar sino un coste asumido, declarado razonable, incorporado al modelo. Se acepta que durante unas horas internet funcione peor para todo el mundo, que servicios legítimos queden inaccesibles y que empresas pierdan ingresos, porque alguien ha decidido que ese es el precio justo para proteger un negocio audiovisual multimillonario. La clásica lógica de matar moscas a cañonazos, solo que en este caso las moscas son todos los usuarios que comparten infraestructura con el objetivo real.

La posición de LaLiga es, en su propia presentación, impecable. Actúa conforme a derecho, los bloqueos son necesarios para combatir la piratería en tiempo real y los datos muestran una reducción significativa de emisiones ilegales. La patronal afirma colaborar con operadores y socios tecnológicos para minimizar el impacto, y sostiene que plataformas como Cloudflare o Google tienen una responsabilidad indirecta al facilitar la continuidad de los servicios piratas. Es un discurso pulido, jurídicamente presentable, pero no responde a la sensación de abuso que queda en el usuario ordinario.

Ese usuario se encuentra en tierra de nadie. No ha hecho nada ilegal, no está consumiendo fútbol pirata, pero de pronto no puede acceder a una web legítima porque comparte infraestructura con otra que ha sido señalada. No hay aviso previo, no hay explicación visible, no hay mecanismo ágil de defensa. Solo hay un bloqueo y, de fondo, un encogimiento de hombros implícito. Mala suerte, hoy hay partido.

El precedente que se está consolidando inquieta por lo que implica más allá del fútbol. Si hoy se acepta que es legítimo degradar el acceso general a internet para proteger los intereses de una industria deportiva, la lógica es transferible. Mañana podría aplicarse para proteger cualquier otro interés suficientemente poderoso y suficientemente bien representado ante los juzgados de lo Mercantil.

 

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