
En España, el aficionado que entona lo de Odio eterno al fútbol moderno echa de menos los años 80 (finales) y 90, la época en la que la televisión tenía al espectador cautivo y, gracias al satélite, el impulso que recibió el negocio del fútbol, en forma de millones, lo convirtió en un entretenimiento para toda la familia. Aquello marcó a un par de generaciones y, por lo que sea, se considera más auténtico que lo actual. En cambio, de los setenta poco se habla. No hay vídeos, no hay youtubes, y las historias pertenecen a aficionados de la generación Ducados, tristemente extinta por el hecho biológico. Y de los sesenta, sencillamente, ni se habla.
En Inglaterra, en cambio, tienen otra vara de medir. Para ellos, el fútbol se fue a tomar por saco cuando se abolió el salario máximo en 1961. Así lo narra, al menos, Jon Henderson en When footballers were skint: a journey in search of the soul of football (Biteback Publishing, 2018) En 1901, los inventores de este deporte fijaron un tope salarial en cuatro libras semanales, una cifra que fue aumentando lentamente hasta alcanzar las 20 en 1961.
Este sistema sirvió para muchas cosas, pero la más importante fue para crear un vínculo entre aficionados y jugadores, ya que ganaban más o menos lo mismo. Las estrellas de aquellos tiempos no pasaban de largo en un Ferrari a la salida del entrenamiento. En tiempos en los que los trabajadores poblaban las gradas, muchas veces mineros y otros profesionales de especialidades duras y peligrosas, los cracks vivían puerta con puerta con los currantes y cogían los mismos autobuses para ir al tajo cada mañana.
Se podría pensar que, al fin y al cabo, el futbolista seguía siendo un privilegiado si no tenía que bajar al pozo de una mina, pero tampoco era así. Muchos tenían doble jornada. Para poder mantener a sus familias, tenían que trabajar. Hubo casos, como el de Tom Finney, que era internacional y llegó a jugar las Copas del Mundo de 1954 y 1958, en las que marcó, pero que para llegar a fin de mes tenía que trabajar de fontanero. En no pocas ocasiones, cuando le arreglaba el váter a alguien, encima tenía que discutir de fútbol con él. Encima, esa generación de profesionales destacó por su inmovilidad. Alec Jackson, extremo del West Bromwich Albion, era hijo de un obrero de fábrica y un ama de casa. Vivió toda su vida en la misma casa en la que había aprendido a jugar al fútbol pateando latas de conserva, porque su familia no tenía dinero para un balón.
Cuando Stan Anderson, hijo de un minero, fue a negociar su contrato con el Sunderland junto a su padre, consiguieron un contrato de seis libras a la semana. Para el padre aquello fue un shock. Nunca en su vida había visto un billete de cinco libras. Conservó esos billetes en el bolsillo durante diez años. Los sacaba en el pub para que los vieran sus amigos. Nadie en el pueblo había tenido uno jamás.
La situación era tan cruda que los jugadores del West Ham, cuando cogían el trolebús para ir a comer cada día, el conductor solía no cobrarles. Bill Slater, también internacional, después de jugar y perder la final de Copa de 1951, tuvo que coger un tren de regreso a Leeds para dormir en su colegio mayor, ya que era estudiante universitario, y no pasarse de la hora. Si llegaba más tarde, le podían echar. Y en el tren volvió con todos los aficionados del Newcastle, que iban celebrando el triunfo, mientras él se hizo un ovillo en un rincón para que nadie le reconociera.

Cliff Jones, un extremo galés internacional, tenía un timing igual de chungo. En una ocasión, en 1955, jugando en Cardiff contra Inglaterra, marcó el gol de la victoria. Las masas lo llevaron en volandas por toda la ciudad, pero a las 7:30 de la mañana del lunes tuvo que estar como un clavo en su trabajo de chapista en los muelles de Swansea. Jones consideraba el fútbol «un pasatiempo muy bien pagado» y nada más.
Incluso, jugar bien al fútbol y tener una carrera longeva en la máxima categoría era algo propio de soñadores, de utópicos, de los primeros hippies. Tommy Banks, del Bolton, fue lateral izquierdo de la selección inglesa, jugó el Mundial de 1958, y durante muchos años compaginó el balón con una mina de carbón. Cuando daba entrevistas, estaba contento con haber disputado un mundial, pero echaba en falta la mina, porque ahí habría ganado mucho más dinero que como futbolista. Pagó un precio por perseguir sus sueños. Tras colgar las botas, trabajó cargando ladrillos en la construcción hasta los 65 años y por fin pudo ganar algo de dinero.
Alex Dawson, del Manchester United, cuando se retiró se puso a trabajar en la acería de Corby Town, donde realizaba tareas peligrosas como limpiar maquinaria pesada o pintar enormes tanques de gas. Su mujer, cuando llegaba a casa cubierto de óxido, le bautizó como «el Yeti rojo». Sin embargo, se levantaba 100 libras a la semana con las horas extra. Mucho más de lo que había ganado en su mejor temporada como futbolista.
A veces era mejor dejar el deporte cuanto antes, aunque te quisiera fichar el mismísimo Liverpool. Ese fue el caso del portero Roy Wood, que debutó en el New Brighton porque al club le dolía pagar los gastos de viaje al guardameta titular porque vivía muy lejos. Wood empezó así su andadura en el fútbol, porque vivía cerca. Pero malo no era, ya que fichó por el Leeds United y, en la cumbre de su carrera, con la oferta de los diablos rojos, renunció y se fue a trabajar a un local de apuestas. Un trabajo de verdad.
Que se lo digan a George Eastham. En 1960, ya llevaba 100 partidos con el Newcastle cuando llegó la hora de casarse. Su situación económica era miserable. No podía comprarse su propia casa. De hecho, lo normal era que los clubes facilitaran vivienda a sus jugadores descontándoles un pequeño alquiler de su diminuto sueldo. A Eastham le habían dado un hogar que, según sus palabras, era «bastante cutre», y el club le contestó ayudándole a buscarse un trabajo para desempeñar después de los entrenamientos. Como no le encontraron nada, cortó por lo sano y dejó el fútbol profesional. Se mudó a Londres y se puso a trabajar vendiendo corcho. La paradoja fue que era tan conocido ¡llevaba años en primera! que empezó a vender corcho como churros puerta a puerta.
El Arsenal, escandalizado, sacó a Eastham de la venta ambulante y lo fichó, y se exigió que se acabara con el límite salarial. Llevó al Newcastle a juicio por no cumplir con sus obligaciones contractuales. En el proceso, se demostró que un futbolista no podía vender libremente su trabajo. Se abolió la cláusula y, aunque los salarios no subieron inmediatamente, la nueva situación legal sirvió para que los futbolistas tuvieran la sartén por el mango. Cuando luego llegó la televisión con fajos de billetes, la historia es bien conocida hasta hoy. El juez que llevó el caso era Richard Wilberforce, tataranieto de William Wilberforce, promotor de las primeras leyes contra la esclavitud.
Venían de un periodo en el que los clubes hasta podían activar una cláusula de retención cuando se acababa el contrato de un jugador. Si el club no daba el visto bueno a su fichaje, podían anularlo, dejarle sin equipo, y encima no pagarle. Era un sistema de propiedad total sobre los deportistas. Tras el caso Eastham todo cambió. Cuando Johnny Haynes llegó a las 100 libras a la semana, lo que marcó un récord, los aficionados bromearon con que se iba a lesionar si tropezaba con su propio monedero. No les quedaba nada por ver.


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