
Cuando Javier Brizuela entrevistó a Aleksandar Petrović en Zagreb para Jot Down Sport, le relató al detalle que Drazen Petrović, su hermano, era un competidor absoluto que obligaba a todos los equipos en los que estaba a vivir al límite. El año que estuvo con él en la Cibona, la 84/85, fue el mejor de su vida porque su hermano quería jugar y ganar todos los partidos y arrastraba al resto.
Ahora, en una entrevista X&O ha ampliado ese retrato de un jugador inolvidable. Primero, con información poco conocida. Cuando dejó el Real Madrid, antes de ir a la NBA, se preparó para la NBA a conciencia y se equivocó: «Para entonces, Dražen ya sabía que se estaba preparando para ir a Portland. Ya había cerrado la historia con su agente, Warren LeGarie. En ese período jugaba de una manera muy concreta: todo era salir de los bloqueos, recibir el balón con el timing perfecto y tirar en un segundo».
Sin embargo, priorizó la contundencia física por delante de la velocidad y precisión de su tiro: «Pero en esa temporada europea también era muy fuerte con el balón en las manos. Sin embargo, él ya veía cómo era la NBA. Y ahí cometió un error. Porque durante ese verano, en esos 45 días, ganó intencionadamente entre cinco y seis kilos. Decía: ‘Ahora voy a transformar esto en fuerza’. Quería ser más fuerte en el contacto. Sabía que tendría que competir por el puesto con Clyde Drexler. Sabía cuál era su objetivo. Pero no tenía experiencia todavía. No había scouting, no había nada. Pensó que necesitaba pelear físicamente con esos jugadores NBA. Se puso esos cinco o seis kilos pensando que así podría competir mejor. Pero perdió esa rapidez al salir de los bloqueos, esa explosividad para salir del bloqueo y entrar directamente en el tiro. Y esa fue su desgracia ese año».

Fueron rápidamente conscientes: «Más adelante tratamos todo esto cuando Marko, mi hijo, y yo estuvimos allí y nos reunimos con aquellos jugadores y, por supuesto, con Rick Adelman». El entonces entrenador admitió parte de responsabilidad. «Rick me dijo: ‘Sí, no tuve paciencia, no tenía experiencia’. Era su primer año como entrenador jefe en la NBA. Y lógicamente, siendo debutante… yo lo entiendo como entrenador».
El contexto tampoco ayudaba. «Terry Porter y Clyde Drexler son intocables», recuerda que le dijo Adelman. La jerarquía estaba fijada. Y hubo un episodio que dejó huella en casa: «Terry Porter, con 38 grados de fiebre, no dijo nada y siguió jugando porque no quería permitir que Dražen tuviera esos minutos y pudiera hacerlo bien». Les tocó bien la moral: «Mi padre nunca le perdonó eso a Rick Adelman».
Desde Croacia, el éxito de 1990 se vivió de madrugada. «Cuando Dražen llegó a las Finales con Portland, nos levantábamos para ver los partidos por televisión por cable, que entonces acababa de aparecer». Todavía le duele lo que vio: «Siempre rechinaba los dientes cuando veía que salía Danny Young antes que Dražen».
La serie contra Detroit fue otro malentendido para el joven jugador. «El primer partido fue una paliza. Detroit se puso 1-0. Dražen apenas jugó, solo minutos de basura». En el segundo, con el partido ya inclinado hacia los Pistons, llegó su irrupción. «Adelman metió a los suplentes. Dražen empezó a meter tiros, Portland ganó y empató la serie 1-1». Pero no cambió nada. «Dražen no entendía que en la NBA las rotaciones estaban preestablecidas. No había desviaciones durante la temporada».

La ruptura con Portland llegó de forma bastante natural. La llegada de Danny Ainge se lo dejó todo claro. «En el momento en que trajeron a Danny Ainge, Dražen entendió que su historia en Portland se había terminado». Lo dejó claro, en su línea: «Prácticamente puso a Warren contra la pared y le dijo: ‘Mira, me voy’. No había vuelta atrás».
La salida abrió una etapa distinta en New Jersey. Al principio, desde el banquillo. Pero el crecimiento fue inmediato. «Llegó y empezó desde el banquillo, pero ya en esa primera media temporada dejó su huella». Y después vino la explosión. «En esas dos últimas temporadas, la manera en que jugó… terminó el año con un 47% en triples. Metía 22 puntos por partido en aquel ritmo de juego, con aquellas posesiones y con ese arbitraje. Eso hoy serían 30 puntos por partido. Seguro 30».
Las palabras de Michael Jordan sobre Petrović
Ese rendimiento cambió la percepción que tenían de él incluso los grandes referentes de la liga. «Si Michael Jordan dice: ‘El único que jugó contra mí sin miedo fue Dražen’, eso tiene un peso enorme». Era normal, nadie se había enfrentado a él de esa manera. «Era el único que le respondía. Si Jordan decía algo, Dražen contestaba: ‘Te voy a meter ahora, no te preocupes’». En los duelos entre Bulls y Nets no había sumisión. «Jordan metía 40, pero Dražen metía 30. No era el juego del gato y el ratón».
También en el terreno técnico llegaron reconocimientos inesperados. «Reggie Miller, uno de los mejores tiradores del mundo dijo: ‘No, no… hay alguien con una salida de tiro más rápida que la mía. Mucho más rápida. Y ese es Dražen’». La frase le impresionó especialmente. «Eso era lo que de verdad le importaba. Ese reconocimiento» Porque más allá de los números, Petrović medía su lugar en la liga por el respeto de los mejores: «En esos dos últimos años estaba en el nivel más alto. Eso ya no era adaptación. Eso era él».
Obsesión por los números
Dražen no solo competía, también estaba obsesionado con los números, era un precursor en ese aspecto. «Amaba las estadísticas», explica Aleksandar. No era una exageración. «Ya en tiempos de Cibona sabía exactamente cuántos puntos había metido cada uno. No solo él. También los compañeros. También los rivales. Sabía todo. Sabía cuántos tiros había hecho, cuántos había metido, cuántos había metido el otro. Lo tenía todo en la cabeza».

Por eso el reconocimiento oficial en la NBA tuvo para él un valor especial. «Cuando fue elegido en el Third Team de la NBA, y eso significa estar entre los quince mejores jugadores de la liga, para él fue enorme. Eso le importaba muchísimo».
Y, sin embargo, esa misma temporada llegó la frustración. «En el momento en que fue nombrado Third Team, consideró una gran injusticia no ser invitado al All-Star». No entendía la incoherencia. Si estaba entre los quince mejores de la liga, ¿cómo no podía estar en el partido de las estrellas?: «Eso le dolió. Mucho».
Pero al menos les quedó un recuerdo histórico de todo aquello: «Estaba tirando triples en ese evento paralelo del All Star, cuando se tomó la famosa foto en la que aparece Dell Curry con su hijo Steph en brazos y Dražen lanzando».
Petrović con la selección de Yugoslavia
De la Yugoslavia de finales de los ochenta poco se puede añadir a estas alturas. No podían ser más temidos: «Cuando Dušan Ivković quería jugar con el cinco nominalmente más fuerte, Dražen iba al puesto de base. En el dos estaban Danilović o Kukoč; en el tres, Kukoč o Paspalj; y los dos pívots eran Rađa y Divac. Los rivales nos tenían miedo». La filosofía estaba clara: «Era como jugar al ajedrez. Los conceptos eran simples, pero estaban construidos sobre las fortalezas individuales»
Verlos jugar era como escuchar ahora sus nombres, algo implacable: «Cada rebote en el otro lado era bandeja o mate. Ni siquiera necesitabas tirar triples, porque básicamente todo era llegar al aro». Sin embargo, incluso en esa superioridad hubo momentos de tensión. Recuerda un partido concreto ante Francia, cuando Ivković decidió dar descanso a Petrović: «Contra los franceses, Duda quiso descansar a Dražen en la primera parte. Y ahí se rompió el concepto. Se fueron al descanso ganando por más de diez».
La reacción fue inmediata. «Dražen entró en la segunda parte y jugó de manera brillante. En una sola mitad metió casi 30 puntos». Pero cuando se le pide que defina el quinteto ideal de aquella generación, no tiene dudas: «Si tuviéramos que elegir, sería Dražen, Danilović, Kukoč, Rađa y Divac». Es, en su visión, el All-star de aquella Yugoslavia.
Pero el recuerdo más personal se remonta a 1982, cuando él mismo era un recién llegado. «Zoran Radović y yo éramos el undécimo y duodécimo jugador en el Mundial de Colombia. No jugamos nada. Ni un minuto». Hasta el partido por el tercer puesto contra España. «El partido se fue a dos o tres prórrogas. Todos estaban eliminados por faltas. Y al final, la medalla la traemos Zoran y yo, que no habíamos jugado nada». En aquella última prórroga, «yo metí seis puntos, él cuatro, y ganamos a los españoles».
El salto generacional fue otro de los ejes de aquella Yugoslavia. «Nosotros éramos el puente. Veníamos después de Kicanović, Dalipagić, Delibašić…». El relevo fue natural y competitivo. En los Juegos Olímpicos de 1984, la preparación también tuvo una lógica particular. «Mirko Novosel organizó un mes en Brasil. Jugamos cinco o seis partidos contra Oscar Schmidt y su equipo. El resultado no importaba. Lo importante era que Dražen recuperara el ritmo». Reconoce que no estaba en su mejor momento tras un año irregular. «Estaba físicamente bien, pero fuera de ritmo».
Y añade un detalle poco conocido: «En un partido en el que ganamos, Peter Vilfan metió 30 puntos. Pero Mirko mandó el informe poniendo los 30 para Dražen». El objetivo era claro, reforzar su figura de cara a la cita olímpica. «A través de ese trabajo en Brasil volvió a estar en forma».

Años después, en el Eurobasket de 1995, en Atenas, se encontraron cuando el país ya se había dividido. Compartieron hotel durante el campeonato. «No era abrazarse», recuerda. «Pero claro que se saludaban. Habían jugado juntos toda la vida». Dice claro que no podían verles siendo amigos: «Privadamente sí. Públicamente, no, pero por primera vez estábamos en el mismo hotel. Rađa, Kukoč… todos allí».
La ética de trabajo
Si hay algo que Aleksandar no admite discusión es la ética de trabajo de su hermano. Se puede debatir si fue el mejor de su generación, si otro tuvo más talento o si alguien alcanzó mayor techo. Pero en un punto no cede ni un milímetro. «Podemos hablar de quién fue mejor, de quién fue el número uno… pero hay una cosa que no se puede discutir: nunca ha habido nadie que trabajara más duro que Dražen».
La prueba no está en una de las más dolorosas para la Cibona. La noche en que Zadar les ganó el tercer partido, 112-111, cuando eran campeones de Europa y la ciudad de Zagreb quedó paralizada. «Fue una de las derrotas más duras que recuerdo. La ciudad estaba hundida. Los jugadores, devastados». La reacción de Dražen fue otra. «A la mañana siguiente cogió el balón y se fue a entrenar».
Tenía incluso un lema que repetía en esos momentos. «Decía: ‘Nadie ha ganado todos los partidos’. Analizaba todo durante la noche, no dormía, pensaba cada detalle. Pero por la mañana era un nuevo día, una nueva página. Se levantaba más fuerte. Mejor».
Esa exigencia era algo incluso íntimo. «Era extremadamente autocrítico. Al final de cada temporada se sentaba y decía: ‘Ahora tengo que trabajar esto y esto’. Nunca se dormía en los elogios».
Su preparación física tampoco era convencional. «Corría con pesas, llevaba peso en los brazos, hacía ejercicios que nadie hacía». No era improvisación caprichosa. «El profesor Milanović le dio una base, le orientó en la primera fase». Pero luego iba más allá. «Todo lo probaba en sí mismo. No había sujetos de prueba antes. Dražen lo intentaba primero».

Ese impulso tenía algo de científico y algo de obsesivo. «Si escuchaba que algo podía mejorar su explosividad o su resistencia, lo hacía. No esperaba a que otro lo validara. No había programa ‘relax’. Cada entrenamiento era al límite». La única pausa real llegaba al final de temporada. «Dos semanas. Quince días. El día quince ya estaba entrenando otra vez».
Una personalidad compleja
Desde muy joven, fue una bestia competitiva. «Jugar uno contra uno contra Dražen era una misión imposible. Era élite por sí mismo. Y si por casualidad fallaba, te pitaba falta. Básicamente no podías hacer nada».
Pero siempre competía con método: «En media pista, en el lado derecho, lo dejabas jugar uno contra uno. Si no venía ayuda, lo resolvía solo. Y si llegaba la ayuda, ya estaba colocada la artillería de tres puntos».
También gestionaba el ritmo emocional del partido. Tenía claro cómo quería empezar. «No quería abrir el partido con un triple. Me decía: ‘Pásame el balón en ritmo para sacar un par de tiros libres’. Primero meto dos o cuatro tiros libres, luego unas bandejas, y después empezamos con el resto». Era una cuestión psicológica. «Si tiro dos o tres triples al principio y fallo, entro en una fase nerviosa. Déjame meter cuatro tiros libres y ya estoy dentro del partido».
Detrás de toda esa obsesión había simple repetición. «Las secuencias de tiro eran de diez en diez. Diez triples, amago, bote, otra serie. Todo bajo condiciones de partido». No había lanzamientos relajados. «Con Dražen no existía el programa ‘relax’».
Sin embargo, Aleksandar cuenta que él no necesitaba la misma repetición obsesiva. «Lo que a él le resultaba incomprensible era cómo alguien que no entrenaba podía venir y tirar así». Eran dos naturalezas distintas. «Para mí era algo dado por Dios».
Mientras Dražen acumulaba repeticiones hasta el agotamiento, Aleksandar confiaba más en la fluidez. «Entrenábamos sesiones de tiro en Cibona y en la selección. Y muchas veces yo ganaba». Aquello desconcertaba a su hermano. «No entendía cómo alguien que no repetía mil veces el mismo gesto podía mantener ese nivel». Dražen necesitaba construir cada ventaja. «Él no creía en el talento sin trabajo».

El episodio más íntimo de esa rivalidad fraterna llegó en Šibenik, cuando ya no eran solo hermanos, sino rivales en la pista. Dražen empezaba a consolidarse en la Sibenka y aquel partido contra la Cibona tuvo un componente personal evidente. Lo que más le dolió no fue la derrota, sino el gesto técnico que lo dejó en ridículo. «Lo que de verdad me dolió, y por lo que no le hablé a Dražen durante dos o tres meses, fue que Dražen me hizo un caño dos veces. Y eso fue una humillación extrema».
La reacción fue radical, silencio absoluto. «No le hablé durante dos o tres meses». En casa intentaron mediar. «Mi madre le decía que se disculpara, él me mandaba cartas, disculpas…». Pero no hubo respuesta inmediata. «No contesté nada. Pero tuve que dejarlo atrás y seguir adelante».
Ante la prensa
El personaje público, desafiante, provocador, seguro de sí mismo, convivía con otro mucho más reservado. «Era mucho más introvertido que yo». Aleksandar reconoce que él era mucho más extrovertido: «Yo era más abierto, más ruidoso. Dražen no. Él escuchaba».
No era un líder de vestuario que diera mucho la chapa: «Cuando hablaba, significaba que algo importante había ocurrido». Su círculo era pequeño. «Respondía y se abría solo dentro de un grupo muy reducido». Fuera de ahí, silencio.
Ese contraste hacía más evidente su transformación en la pista. «Era reservado, callado… hasta que empezaban los partidos». Entonces cambiaba el gesto, la energía, el tono. «En el momento en que el balón se ponía en juego, era otro». El competidor absoluto emergía.
Trash talk
En la Cibona de aquellos años casi todos eran tipos tranquilos. Aleksandar, en cambio, era elemento disonante, el que revolvía el partido cuando hacía falta: «Yo era lo contrario del resto del equipo. Si te fijas: Nakić, Knego, Cutke… eran tíos tranquilos. El único con un poquito de picante era Uvo Ušić… pero aun así, eran calmados». Y él no. «Cuando tienes a alguien tranquilo y luego entra alguien que se pasa el partido discutiendo, con los árbitros o con los rivales… No era a propósito. Es que yo soy así. El trash talk no se inventó hace 25 años. El trash talk se inventó hace más de 40».

Pero con esta actitud les fue bien. «Yo absorbía esa energía negativa hacia mí», recuerda sobre los partidos fuera de Zagreb. Mientras algunos compañeros podían encogerse en pabellones complicados, él se crecía. «Disfrutaba jugando en esos pabellones eléctricos, porque ahí es cuando yo de verdad me convertía en mí. Los demás quizá perdían parte de su calidad. A mí ese ambiente me venía bien». La paradoja era evidente: ídolo en casa y villano fuera. «Era uno de los jugadores más populares en Zagreb, con esos cánticos de ‘Aco, Aco, hey, hey, hey’… Pero al mismo tiempo era el más odiado cuando pisaba una pista fuera. Mis partidos en Zadar y en Belgrado eran legendarios. Porque ¿Quién usa el trash talk? Alguien que es físicamente inferior, más débil…». No se esconde: «Yo era el que lo empezaba. El que provocaba, el que iba de sobrado… incluso un poco vulgar».
El último tiro de Dražen
Por último, recuerda un detalle que no se le va de la mente. Fue en Polonia, durante la concentración de la selección croata previa al Eurobasket de 1993. Estaban preparando el campeonato en un pabellón modesto, una de esas pistas de entrenamiento sin público, sin ruido, sin épica. Una sesión más. Un día más de trabajo. Y, como casi siempre, cuando terminó el entrenamiento colectivo, él no se fue.
Se quedó en la pista para hacer lo que hacía cada día, repetir su rutina. «Terminó el entrenamiento y se quedó tirando, como siempre», recuerda. Se colocó en su lado favorito, el derecho. Hizo sus series habituales. «Diez tiros. Luego otros diez. Siempre igual».
Ese último tiro también lo recuerda como si aún estuviera viendo la escena en aquella pista de entrenamiento polaca. «Tiró… y entró limpio. Nada especial. Un tiro suyo», explica. No hubo pausa ni gesto dramático: «Recogió el balón y se fue. Como siempre. No hubo despedida, no hubo nada raro. Simplemente, no se iba fallando. Necesitaba que el último entrara».


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Estáis obsesionados con petrovic, cada cierto tiempo artículo de él y cuando no entrevista de alguien contemporáneo y se pregunta por el….
Es que hay personajes inolvidables, Este jugador era UN obseso, SI is fijais incluso hoy no hay muchos jugadores blancos o europeos de la estatura de Drazen que triunfaran en la NBA, yo pienso que tenia margen de mejorar y sobre Todo era UN tio con El que contar en Los Momentos calientes, UN Drexler de la vida jamas tuvo sobre sus hombros la responsabilidad que tenia Petro con 18 anos. Una pena esa seleccion Yugoslavia, habrian ganado El mundial de Toronto y planteaso UN partido Al dream team. Ahora Bien, SI estaba Drazen Djordjevic no iba, con los Demas muy Bien, era El base y El lider de ese equipo