
Los hermanos Bob y Mike Bryan son la pareja más laureada en la historia del dobles masculino. Cuentan con 16 títulos de Grand Slam y un oro olímpico, aparte de una carrera caracterizada por la complicidad que solo el ADN puede facilitar. Hoy, ya retirados, siguen vinculados al tenis desde los banquillos, con Bob al frente del equipo estadounidense de Copa Davis y Mike integrado en el cuerpo técnico, y mantienen intacta la pasión que les convirtió en referentes del vestuario y del público. Sobre todo a la hora de contar anécdotas de dentro del vestuario, como en esta entrevista en USTA Eastern.
Como la que sueltan de Rafa Nadal a la hora de contar lo supersticiosos que eran. Bob dice que Mike doblaba la ropa antes de los partidos de la misma manera y la dejaba siempre en el mismo sitio preparada junto a la puerta, entre otras muchas manías, a lo que contesta Bob: «Tienes tu ducha en el US Open, y tienes que usar esa. Yo dibujaba una carita sonriente en mi raqueta y tenía que hacerla en el grip. Nos sentábamos siempre en las mismas sillas. Siempre teníamos que evitar pisar las líneas de la pista…».
Momento en el que Mike le interrumpe para recordar «pero Nadal era el peor». Y va soltando: «Tiene un montón de supersticiones, me acuerdo en Montecarlo, aquello fue una locura. ¡Bob estaba usando su ducha! Nadal siempre usaba la ducha más al fondo». Y su hermano acaba la historia: «Era el último día del torneo, ya no quedaba casi nadie. El vestuario tenía 25 duchas. Veinticinco. Yo estaba como en la tercera empezando por la izquierda. Y veo una sombra y pienso: ese tiene que ser Nadal. Ya sabes, haciendo sus saltitos ahí detrás. A mí me gusta ducharme un buen rato antes de los partidos, para estirar un poco. Así que pensé: ‘no me voy a mover de aquí’. Entonces oigo que se enciende la ducha del fondo. ‘Y pensé: bueno, se habrá rendido’. Salgo, me seco y cuando estoy saliendo fuera del vestuario oigo cómo esa ducha se apaga, escucho unos pasitos y entonces se enciende mi ducha».

«Sí, está igual de loco que nosotros», replica Mike. Para sentenciar: «Yo todavía no piso las líneas y hace años que no juego».
Los primeros ídolos de Bob y Mike Bryan
A los Bryan, la pasión por el tenis les llegó mucho antes de convertirse en profesionales. Crecieron prácticamente dentro de un club, acompañando a sus padres cada día: «Estábamos enganchados. Nos sabíamos el segundo nombre de cada jugador profesional, teníamos pósteres de Agassi en la pared como si fuera nuestro dios y éramos miembros de su club de fans. Y estábamos allí, día tras día, metiendo horas sin darnos cuenta».
También iban a animar a las gradas. Su primera experiencia como aficionados en la Copa Davis fue cuando todavía eran niños: «Teníamos nueve o diez años y fuimos a una eliminatoria México contra Estados Unidos. Llevábamos banderas americanas, teníamos la cara pintada y estábamos alucinados con la energía que había allí. Desde ese día dijimos: sí, queremos jugar la Copa Davis. Esto es súper emocionante, es increíble. Y desde entonces ese fue siempre nuestro mayor sueño».
El salto al profesionalismo fue progresivo. Pasaron por el circuito de futures y challengers antes de asentarse en el circuito ATP. Iban superando etapas casi como si fueran niveles de un videojuego: «Estábamos ganando a algunos de los mejores equipos, como los Woodies», recuerdan en alusión a Todd Woodbridge y Mark Woodforde, la pareja dominante de los noventa.
Sin embargo, había un listón muy claro que condicionaba su carrera, la Copa Davis. El entonces capitán estadounidense, Patrick McEnroe, se lo dejó claro desde el principio. «McEnroe nos dijo que la única manera de jugar la Davis era ser número uno y ganar un Grand Slam».
Ese salto llegó en 2003, en Roland Garros. Decidieron viajar una semana antes a París para preparar el torneo de forma obsesiva: «Jugamos el mejor tenis de nuestra vida. Solo perdimos un set en todo el torneo. Pero el aprendizaje no fue lineal. Tras ese primer éxito vivieron lo que ellos mismos describen como una especie de bajón de segundo año».

Empezaron a jugar con más miedo a perder que con ambición de ganar. «Llegábamos a las finales y no íbamos a por ello. Pensábamos demasiado en el resultado». En ese periodo perdieron cinco finales consecutivas de Grand Slam, incluida una especialmente dolorosa en Wimbledon 2005 ante una pareja procedente de la fase previa. «Era un equipo que nadie conocía y nosotros éramos el número uno del mundo. Estábamos estresados».
La respuesta llegó con un cambio de mentalidad impulsado por su entrenador, Dave Macpherson. «Nos dijo: ‘Cuando lleguéis a la final, soltad el brazo. Jugad a tope’». La clave era dejar de proteger el ranking y volver a la agresividad original que los había llevado hasta allí. La oportunidad de redención llegó en la final del US Open, frente a sus grandes rivales, Jonas Björkman y Max Mirnyi. «Jugamos el mejor partido que hemos jugado nunca. Les ganamos en 49 minutos».
Las rutinas
Los entrenamientos se convirtieron desde entonces en su mayor exigencia: «Eran muy intensos, manteníamos el listón altísimo, casi éramos un poco insanos cuando salíamos juntos a la pista; si él fallaba un revés le miraba, si yo aflojaba él me lo hacía notar, jugábamos cada entrenamiento como si fuera un partido en la pista central, como si estuviéramos visualizando una final».
Esa exigencia mutua era constante y, a veces, incómoda. No había jerarquías ni concesiones entre hermanos. Se conocían demasiado bien como para esconder debilidades: «Podíamos decirnos cualquier cosa, porque somos hermanos, pero en momentos de presión se decían cosas duras, y entendimos pronto que cuanto menos habláramos en los partidos grandes mejor funcionábamos; usábamos señales, miradas, sabíamos dónde dolía al otro y evitábamos tocar ese botón».

El trabajo diario estaba lleno de rituales. No eran solo supersticiones de partido como las citadas anteriormente, también había una liturgia en la preparación: «Nunca llevábamos agua a la pista, sentíamos que podíamos hidratarnos antes o después, pero que durante el entrenamiento había que aguantar; muchas veces salíamos solo con un par de pelotas y hacíamos en una hora lo que otros hacían en mucho más tiempo, éramos clínicos con lo que trabajábamos».
De esta manera, competir durante más de dos décadas en la élite no fue casualidad: «Terminamos número uno en 2003 y volvimos a terminar número uno más de diez años después porque el juego evolucionaba y nosotros teníamos que evolucionar con él; cada año nos marcábamos objetivos, los escribíamos, íbamos al gimnasio juntos, buscábamos pequeños ajustes en el cuerpo, en la estrategia, en la mente».
Y cuando ya lo habían ganado todo ¿de dónde seguía apareciendo la motivación? Del juego en sí: «Amábamos el juego, nos encantaba hacerlo juntos, y siempre había algo que mejorar, un detalle táctico, una transición más rápida, una cobertura mejor; mientras sintiéramos que podíamos ser un poco mejores que el año anterior, seguíamos teniendo una misión».
El reverso de esta dedicación, es que toda su vida transcurría en torno al tenis. Durante años celebraron sus cumpleaños en el mismo torneo, en Barcelona. «Cada año estábamos en Barcelona el día de nuestro cumpleaños y acabábamos en el mismo restaurante chino; nos traían una pequeña tarta y así fue durante quince años seguidos».
La vida social, inevitablemente, quedaba limitada al entorno del tour. Compartieron rivalidades intensas con parejas como Jonas Björkman y Max Mirnyi, pero también respeto y camaradería. Y con figuras individuales como Roger Federer, Rafael Nadal o Novak Djokovic.

Al final, han ganado 16 grandes, han levantado trofeos en todos los escenarios importantes del circuito, pero si tienen que quedarse solo con un triunfo, ese es el olímpico: «La medalla de oro es la que todo el mundo quiere ver cuando viene a casa; todos quieren ponérsela al cuello. Es la que llevo al colegio el día de ‘career day’ con mis hijos».
Su juego
A la hora de valorar el dominio que tuvieron durante más de una década, el hecho de que uno fuera zurdo y el otro diestro fue de una importancia capital: «Si podíamos encontrar una manera de ganar jugando de izquierda a derecha, eso añadía más efecto a mi saque abierto; y luego tener las derechas en el centro nos encantaba». Colocar las derechas en el medio les permitía asumir el mando del punto desde la primera pelota. «Si servían a mi lado más débil en el lado de iguales, yo golpeaba, pero luego me desplazaba para tener mi mejor golpe el resto del punto».
Uno de sus patrones favoritos era el saque abierto del zurdo y el movimiento agresivo en la red del diestro. «Nuestro mejor patrón era Mike restando y yo en la red con un poach largo de zurdo, con el brazo largo; podía cubrir mucha pista y ser muy imponente».
No obstante, la estrategia no era rígida. Aunque durante la mayor parte de su carrera jugaron con las derechas en el centro, al inicio no siempre fue así. «Empezamos nuestra carrera los primeros años jugando al revés, y justo antes de Roland Garros, cuando ganamos nuestro primer Grand Slam, cambiamos. Siempre guardábamos ese cambio en la bolsa por si nos enfrentábamos a un equipo duro que nos hubiera ganado un par de veces; hacíamos un pequeño cambio y eso nos ayudaba».

En los primeros años como profesionales, intentaron compatibilizar individuales y dobles, compitiendo en challengers mientras su progresión en pareja avanzaba con mayor rapidez. «Jugamos individuales y dobles durante los primeros años en el circuito, pero en dobles empezamos a entrar en los grandes torneos y en individuales estábamos más en challengers».
En un partido en el US Open contra Andre Agassi, el ídolo de su infancia, llegó una lección: «Me tocó jugar contra Agassi por la noche y me movió de lado a lado como un yoyó, me destrozó las piernas, y los dos últimos sets fueron rapidísimos. Fui a su habitación y le dije a mi hermano: ‘Oye, ¿qué te parece si vamos a por el dobles?’».
Simplemente, juntos les iba mejor que por separado: «Siempre disfrutábamos más haciéndolo juntos, y no habríamos durado veinte años en el circuito si hubiéramos estado cada uno por su lado jugando individuales. Llegaba a ser solitario estar en el circuito, viajar todo el año y hacerlo solo; hacerlo juntos era lo que realmente nos gustaba».


Roy Keane: «El FC Barcelona es una institución futbolística más grande que el Real Madrid. El Barcelona construyó su identidad con estilo, filosofía, la Masia… ¿El Madrid? Mucha publicidad y decisiones que siempre parecen favorecerles. Esa es mi opinión».
Honor. 🫡
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