
Cambió la bicicleta de montaña por la carretera casi por accidente y acabó conquistando el Tour de Francia tras años de derrotas al límite. En esta entrevista, Cadel Evans repasa su carrera desde los primeros años, cuando atravesó una infancia difícil hasta que fue campeón, pasando por la pájara que le dejó sin Giro.
Pero lo primero, lo más importante, cómo decidió que su destino estaba pedaleando en Europa, y se debió a un español: «Solía montar en bicicleta de montaña con un amigo que venía a mi casa a ver el Tour de Francia a principios de los años 90. Ver a Miguel Indurain ganar en aquella época plantó una semilla en mi cabeza».
Fue normal que le impactara la tele, Evans creció asilado del mundo entre asentamientos rurales en Australia. Su amigo más cercano vivía a varios kilómetros por un camino de tierra. «Tuve una infancia muy diferente, entre lo que ahora se llama Barunga, que entonces era el asentamiento aborigen de Bamyili en Arnhem Land, en el Territorio del Norte, luego en el norte de Nueva Gales del Sur y más tarde en zonas semi rurales a las afueras de Melbourne. Mi amigo de la infancia más cercano vivía a cinco o seis kilómetros por un camino de tierra. Todo lo que tenía era una bicicleta. Así que lo único que hacía era montar en mi pequeña BMX de 16 pulgadas a todas partes. Veía serpientes y todo tipo de cosas por el camino».

En la soledad y con distancias tan largas, empezó a vivir el ciclismo casi como una religión. «En lugar de ir a visitar a mis amigos del colegio, iba con mi bicicleta de montaña a ver a mis amigos de la bici y nos íbamos a montar. Ahí empezó realmente todo». En la adolescencia reconoce que perdió el rumbo académico durante un tiempo, pero de nuevo le salvó el ciclismo: «En octavo y noveno curso me desvié un poco. No me interesaba el colegio. Luego me metí en el ciclismo y de repente renuncié a mi vida social porque lo único que quería era entrenar. Entendí que tenía que terminar los estudios, así que todo lo que hacía era estudiar, hacer deberes y entrenar. Esa era mi vida».
El salto competitivo llegó pronto. Evans empezó a destacar en la bicicleta de montaña siendo aún muy joven, compitiendo contra corredores mayores y entrando en la selección nacional. Quería convertirse en profesional y, si era posible, competir en los Juegos Olímpicos. «Cuando fui al campamento de selección para el equipo nacional, todo estaba enfocado hacia los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. El mountain bike era por primera vez disciplina olímpica. Por supuesto que quería ir a los Juegos, pero también quería ser profesional. Ser profesional era una carrera más allá de eso».
Desde muy pronto entendió que el talento no era suficiente. Lo importante era convertirlo en rendimiento casi cada día. «Me gusta pensar que, como ciclista, tenía una cierta cantidad de talento, una base a partir de la cual podía obtener resultados. Pero también me gusta pensar que utilicé ese talento lo mejor que pude en casi cada carrera. No se trata solo de tener talento, sino de sacarlo casi cada vez que te pones un dorsal. Hay corredores con muchísimo talento que solo sacan la mitad o tres cuartas partes. Y otros con menos talento que lo exprimen todo».
Cuando Cadel Evans dejó atrás la bicicleta de montaña
Mientras competía profesionalmente en MTB, alternaba pruebas con la selección sub-23 en Italia, preparando el terreno para algo mayor. «No es que dejara de amar el mountain bike. Creo que fue más bien que mi equipo de mountain bike dejó de amarme a mí. Y entonces un equipo de carretera, Mapei, que en ese momento era el equipo más grande del mundo, se acercó y me dijo: ‘¿Te gustaría unirte y desarrollarte como corredor de grandes vueltas?’».

Para Evans, aquello era algo que superaba incluso sus propios sueños. «Para mí ya era un sueño tener una carrera profesional en el deporte como ciclista de montaña. Tener una segunda oportunidad de ser profesional, una segunda carrera deportiva, estaba por encima de todo lo que había imaginado. Así que, por supuesto, acepté la oportunidad y traté de sacar de ella todo lo que pude».
El verdadero aprendizaje llegó cuando entró en la élite y empezó a trabajar con el profesor Aldo Sassi. Venía de una etapa larga con su entrenador australiano, Damian Grundy, pero el salto a un gran equipo implicaba someterse a una estructura completamente distinta. «Cuando llegas a un equipo profesional estás obligado a trabajar con el entrenador del equipo. Y Aldo tenía un mundo entero de experiencia trabajando con profesionales y en las grandes carreras».
Con el tiempo entendió que estaba ante alguien adelantado a su época. «Aunque no lo entendí en 2002, me di cuenta unos años después de que Aldo estaba diez años por delante de su tiempo en términos de hacia dónde iba el ciclismo, lo que estaba estudiando, lo que estaba investigando y sus principios de entrenamiento».
Había, como se hace actualmente, que controlar cada detalle. «El profesor Aldo tenía un enfoque holístico. Se miraban todos los detalles, el corredor en su totalidad. Con Mapei ibas allí, hacías tu entrenamiento, tu posición, el programa de carreras… todo estaba gestionado por el mismo grupo de personas. Incluso tenían alojamiento para los jóvenes corredores extranjeros. Lo cuidaban absolutamente todo. En ese momento fue criticado en el deporte, pero diez o quince años después todo el mundo estaba haciendo lo mismo».

Pasar de pruebas de una o dos horas a competir durante tres semanas consecutivas suponía entrar en otra dimensión. «Nunca había hecho una gran vuelta. Es algo completamente diferente, no solo físicamente, sino mentalmente. En concentración es otro mundo que yo nunca había explorado».
Evans insiste en que el desgaste psicológico es tan exigente como el físico. «Físicamente el Tour de Francia es durísimo, pero la gente no entiende que mentalmente es absolutamente agotador. Estás concentrado todo el tiempo. Una falta de concentración y puedes chocar contra una isla de tráfico a 50 kilómetros por hora y tu temporada se ha terminado».
Cadel Evans en Italia
El Giro de Italia 2002 marcó un antes y un después. Evans aún se consideraba prácticamente un «neo-pro», en su primera temporada completa en la carretera, cuando el equipo lo seleccionó para una carrera que, para una escuadra italiana, era incluso más importante que el Tour. «Ya el hecho de ser seleccionado como neo-profesional para correr el Giro de Italia en ese equipo era algo casi inaudito», recuerda. Contra todo pronóstico, llegó a vestirse de rosa. «El tercer último día en la montaña entré como líder y me puse la maglia rosa. Para un neo-pro fue algo realmente notable». Pero al día siguiente llegó uno de los episodios más recordados de su carrera, la gran pájara.
Evans relata ampliamente lo sucedido. «Habíamos estado corriendo siete horas cuando llegamos al último puerto. Yo estaba motivado, quería hacer lo que tenía que hacer, pero había entrado en una ‘hunger flat’. Había vaciado los depósitos. Había estado comiendo, pero es como cuando el coche se queda sin gasolina. Puedes poner más combustible, pero el motor ya se ha parado y no vuelve a arrancar».
Lo que para él fue una derrota deportiva, para muchos aficionados italianos fue una escena conmovedora. «La cantidad de gente que se me ha acercado después para decirme que su madre, su tía, su abuela estaban sentadas en el sofá llorando por mí aquel día ha sido increíble. Supongo que me gané muchos corazones en Italia». Sin embargo, su mirada como competidor es distinta. «Yo lo veo como que perdí el liderato del Giro, una gran vuelta que me habría gustado tener en mi palmarés».

El recuerdo mezcla orgullo y frustración. «Toda la experiencia fue increíble, pero mi sueño era hacer la contrarreloj final en Milán vestido de rosa. No pude hacerlo realidad».
Las estrategias
Evans define el ciclismo de carretera con una imagen muy precisa: «chess on wheels», ajedrez sobre ruedas. Una disciplina donde nada es casual y todo exige lectura constante. «El ciclismo en ruta puede describirse como ajedrez sobre ruedas. Es muy táctico. Siempre está pasando algo. Vas en el pelotón mirando quién está delante, quién está detrás, quién está nervioso, quién no. ¿Por qué se están apretando las zapatillas? ¿Por qué se están quitando el chubasquero? ¿Viene un valle? ¿Hay viento cruzado? Siempre está pasando algo».
Esa vigilancia permanente forma parte del desgaste mental. Y en medio de esa complejidad aparece una paradoja que define el deporte, es individual y colectivo al mismo tiempo. «El ciclismo es un deporte individual, pero también es un deporte de equipo. Normalmente todos trabajan para un corredor que tiene más opciones de ganar. Ese es el plan A. Pero puedes estar ahí como gregario y, si tu líder se cae, un segundo después eres tú el líder. Y tienes cinco minutos para cambiar de mentalidad».
La gestión de la energía es constante. «O estás en el viento, más seguro pero gastando energía, o estás a rueda, menos seguro pero ahorrando energía. Cuanta más energía ahorras, más tienes al final para ganar la carrera».
En el Tour de 2011, ese equilibrio dependía en gran medida del trabajo de sus compañeros. Evans menciona especialmente a George Hincapie. «George había corrido diez Tours con ganadores. Tenía tanta o más experiencia que yo. Cuando estaba a mi lado podía desconectar mentalmente. Él veía cosas antes que yo. Me decía: ‘Cuidado, estos se están preparando para algo’, y me colocaba donde tenía que estar. Mentalmente el Tour es absolutamente agotador. Una falta de concentración y puedes acabar contra una isla de tráfico a 50 por hora. Con George a mi lado podía ahorrar energía mental».

El trabajo de equipo también se medía en momentos críticos. «Hubo una etapa en Gran Bretaña en la que cambié de bici a 20 kilómetros de meta. Me llevaron de vuelta al pelotón a falta de ocho kilómetros y aun así gané la etapa. Eso fue trabajo de equipo perfectamente ejecutado».
El Tour de 2011
Al Tour de 2011 Evans llegaba después de dos derrotas ajustadísimas, especialmente dolorosas en 2007 y 2008. «Había estado en esa situación antes, en la que ganar o perder el Tour dependía de mí. En 2007 perdí el Tour en la contrarreloj. En 2008 me pasó algo parecido. En 2011, por primera vez, tenía las piernas que necesitaba y podía ver que los otros también estaban un poco tocados psicológicamente».
La contrarreloj decisiva la preparó como un ritual. Cada detalle estaba previsto. «Esto es mi pasado de mountain bike: estos son los neumáticos que voy a usar, este es el desarrollo que voy a llevar en esa curva, aquí entro abierto y giro tarde. Tenía las notas del recorrido y me las iban dando por radio, como a un piloto de rally: ‘90%, curva dura a la derecha, mantente acoplado’. Lo tenía todo listo».
Tenía clara una cosa, nada de celebraciones anticipadas. «He quedado segundo en el Tour por menos de un minuto después de más de 80 horas de carrera. No celebro hasta cruzar la línea en París. Puedes perder una carrera el último día».
Cuando recibió la primera referencia intermedia favorable supo que el trabajo estaba dando resultado, pero mantuvo la calma. «Después de cuatro kilómetros me dijeron que estaba recuperando 20 segundos. Pensé: ‘Quedan 36 kilómetros, hay tiempo de sobra’. Pero aun así todo puede ir mal. Puedes doblar una esquina y que haya algo en el asfalto. En una carrera en bici cualquier cosa puede pasar en cualquier momento».
El momento de cruzar la meta sintió una alegría tan íntima que le costó exteriorizarla. «Cuando crucé la línea no salté de la bici ni me puse a celebrar. Solo quería asimilarlo, apreciarlo. Y luego pensar: llevemos este maillot amarillo hasta París y entonces lo celebraremos. Cruzando la meta en los Campos Elíseos, abrazándonos George, Marcus Burghardt, Manuel Quinziato, Michael Schär, Steve Morabito y yo, eso fue especial. Esas imágenes se emitieron incluso en el descanso de la Super Bowl aquel año».
Ciclismo cultural
Evans explica que su vínculo con Europa no nació con el ciclismo, sino mucho antes. De niño encontró en la biblioteca un cómic de Tintín que le dejó huella. «Un día cogí un libro en la biblioteca, La isla negra. Tenía un barco en la portada y me gustan los barcos. Empecé a leerlo y leí uno y luego otro. Ese personaje se convirtió en mi ídolo de la infancia. Era valiente, inteligente, políticamente correcto… todo lo que uno aspira a ser».

Años después, ya instalado en Suiza, vivió una escena que conectaba con aquel recuerdo. «Había una imagen de Tintín caminando con una baguette al hombro y su perro delante. Y un día me vi caminando con una baguette al hombro, mi perro delante, y pensé: estoy viviendo lo que imaginaba de niño».
Europa era su destino natural. «Incluso antes de irme de Australia ya tenía curiosidad y deseo de vivir en Europa. Eso me ayudó mucho, porque muchos corredores van allí, les gusta competir, pero odian vivir allí. Para mí era parte de la aventura». Italia, en particular, le marcó. «Desarrollé un interés especial por la comida y la cultura italiana. Y todavía lo tengo».
Sin embargo, su hogar siempre estuvo claro. «Como viajero siempre decía que casa es donde está tu pasaporte. Pero si tuviera que elegir un lugar para pasar el resto de mi vida, sería Barwon Heads». La conexión con la zona comenzó casi por casualidad. «Estaba en una carrera en Barwon Heads, me senté frente a una cafetería en Hitchcock Avenue con un café y un muffin y pensé: podría vivir en este pueblo». Años después compró una propiedad allí. «Eso fue en 1999. Y 25 años después sigue siendo mi casa».
Lo que más valora no es el paisaje, sino la comunidad. «Lo que más me atrajo de Barwon Heads no son solo las tiendas, el río o la playa. Son las personas. Hay una gran mentalidad. No es ostentoso, no hay mucha exhibición. La gente vive una buena calidad de vida en lugar de mostrar que la tiene».
Tras la retirada, la relación con la bicicleta cambió por completo. «Ahora salgo a montar y es mucho más fácil disfrutar. Ya no tengo que demostrar nada. No tengo ese peso en los hombros». Recuerda incluso una anécdota que describe muy bien la sensación: «Un día, después de correr 270 kilómetros en Bélgica y volar de vuelta a casa, salí a rodar suave y alguien me gritó desde un coche: ‘No pareces un ciclista profesional’. Años después, en el mismo sitio, otro conductor me dijo: ‘Qué bien verte disfrutando de la bici’. La percepción cambia».


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