
Ex número uno del mundo y ganador de cuatro Grand Slam, Jim Courier pertenece a la generación bisagra que estuvo en la elite del tenis mundial entre dos épocas. En los 90, tuvo que medirse a Pete Sampras y Andrea Agassi en un periodo en el que se estaba pasando del clasicismo de los ochenta a un tenis hiperprofesionalizado dominado por el Big Three. Hoy, como tantos otros, es uno de los analistas más reputados de la televisión y, en una entrevista en Tennis Insider Club, ha hablado de la faceta más decisiva del deporte, la determinación psicológica. Y cómo no, lo ha hecho citando a Rafa Nadal.
«Hay cosas que no se pueden ver en un atleta», explica. «No puedes ver sus agallas, su corazón, su deseo, su voluntad o su inteligencia para la estrategia. Puedes ver su forma física, lo rápido que se mueven, lo alto que saltan, cómo es su técnica… todo eso puede engañarte y hacer que pases por alto a alguien que es realmente grande». Para Courier, la diferencia no siempre está en la pureza del golpe, sino en la exigencia interna, y por eso utiliza a Nadal como ejemplo de esa mentalidad de autoexigencia constante: «La duda es un gran motor. ¿Sabes quién también ha estado impulsado por la duda toda su vida y le ha ido bien por ello? Rafa. Rafa siempre ha estado impulsado por la duda; sentía que tenía que demostrar su nivel cada día».
Para el extenista, la gran transformación del tenis moderno no está solo en la velocidad de la bola o en la preparación física, sino en la eliminación de puntos débiles. «Durante toda la historia del tenis, hasta probablemente hace quince años, podías ser un jugador top teniendo una debilidad», explica. Hoy, en cambio, el margen es mínimo. «Ahora mismo Sinner y Alcaraz no tienen debilidades».

Courier lo ilustra con una comparación generacional. «En mi generación, todo el mundo tenía una debilidad. Incluso Sampras: si le jugabas al revés, estabas a salvo». Esa sensación, dice, ha desaparecido. «Hoy no hay ningún sitio donde te sientas seguro». La velocidad del juego, la homogeneización técnica y la exigencia física han reducido los espacios para sobrevivir con un solo gran golpe o una estructura incompleta.
Eso no significa que antes no hubiera campeones totales. «Rafa acabó sin debilidades. Novak Djokovic, tampoco. Roger cambió de raqueta al final de su carrera para convertir su revés en un arma». Pero la diferencia, subraya, es que esa completitud antes era el resultado de una evolución y hoy parece el punto de partida. El jugador que aspira a dominar necesita ser ofensivo desde cualquier zona, defender como un especialista y mantener la intensidad durante horas.
El tenis de los 90
Cuando llegó su momento, Courier tuvo que enfrentarse al dilema de dedicarse a jugar o seguir estudiando. Al final, se puso a prueba a sí mismo: «No estaba seguro de si iba a ir a la universidad o si iba a hacerme profesional. Fui y pensé: si lo hago bien, sabré que soy lo bastante bueno para jugar con los profesionales; si no lo hago bien, quizá tenga que ir a la universidad».
El resultado inicial fue duro. «No lo hice bien», admite. Perdió pronto y regresó a casa con todavía más dudas. «Volví y pensé: no soy lo bastante bueno». Sin embargo, poco después ganó el Orange Bowl júnior y encadenó una victoria en un Challenger en Chile ante jugadores ya asentados. Esas victorias fueron las decisivas. «Entonces pensé: vale, sí soy lo bastante bueno».

El problema fue que, en el circuito profesional, las dudas fueron todavía mayores. No se lo creía. «Al principio era incómodo», reconoce. «Solo quería sentarme y mirar a todo el mundo». Allí estaban jugadores a los que había visto por televisión: «Dios mío, ahí está John McEnroe, ahí está Ivan Lendl, ahí está Pat Cash…». Durante un tiempo, explica, no sabía si aquello era real o no.
«Parecen dioses», dice. Compartir espacio con ellos, entrenar a su lado o incluso tener que enfrentarse en la pista exigía un proceso de adaptación mental. «Me llevó probablemente un año sentir que realmente formaba parte del circuito». Hasta que, con el tiempo, se dio cuenta de que todos eran como él: «Te das cuenta de que son humanos, con dudas igual que tú».
Después, se marcó objetivos realistas que fueron ampliándose a medida que avanzaba: «Mi primer objetivo era ser top 100. Después quería ser top 50, luego 20… simplemente, iba moviendo la portería».
Tuvo que ser así porque nadie le lanzó. «Nunca me dijeron que iba a ser bueno», admite, recordando que su técnica, especialmente el revés, generaba dudas en entrenadores y observadores. Esa falta de expectativas externas, lejos de frenarle, alimentó su ambición. «Siempre quise demostrar que estaban equivocados».
Aunque era consciente de que no les faltaba razón. «Mi técnica era muy poco convencional», admite, especialmente en el revés. «Había gente que me miraba y decía: ‘¿Cómo puedes ser bueno con eso?’ Si yo viera a alguien jugar así ahora, probablemente también le diría que cambiara esa técnica».

Sin embargo, su carrera se construyó precisamente desde esa debilidad. «Pude jugar al tenis profesional a pesar de mi técnica, no gracias a ella». Lo que no se veía desde fuera era lo que marcaba la diferencia. Esa condición de outsider fue lo que le motivó a hacer la guerra por su cuenta.
Las expectativas
La presión, en su caso, fue muy distinta a la que vivieron otros contemporáneos. Courier pone como ejemplo a Andre Agassi, con quien coincidió desde niño en la academia de Nick Bollettieri. «Andre siempre iba a ser grande. Se veía», recuerda. Su técnica era limpia, precoz, descarada. Y con ella llegó una expectativa enorme. Courier cita incluso su autobiografía para explicar que el éxito no era una opción para él, sino una obligación. «Había tanta expectativa, tanta presión en torno a él…».
En contraste, Courier se movió en un entorno mucho más relajado. «Yo no tenía nada de eso». Si no llegaba, la decepción sería personal, no de todo su entorno: «Tenía mucho margen por arriba y realmente ningún margen por abajo». Esa diferencia, sostiene, le permitió construir una relación más sana con el tenis. «Mis padres solo querían que hiciera lo mejor posible y que volviera a casa para recibir un abrazo».
Y con estos mimbres, tuvo que digerir el éxito cuando llegó. Cuando ganó su primer Grand Slam, en Roland Garros 1991, la sorpresa fue interna. «No sabía realmente que podía ganar un grande hasta que lo hice», confiesa. Hasta entonces nunca había pasado de la cuarta ronda de un grande. La final fue ante Agassi, que ya había jugado dos. «Él tenía la presión. Yo no», recuerda. Para Courier, incluso perder habría sido un paso adelante. Pero ganó, y eso cambió la percepción. «Cuando lo ganas, sabes que puedes hacerlo». Había catado la sangre.
El impacto fue inmediato. «Al día siguiente mi mundo estaba completamente al revés». Tenía más responsabilidades, pero por fin mucha más convicción: «Había mucha más confianza aquí», dice, señalándose la cabeza. La clave, subraya, fue el entorno. «Tenía un gran equipo a mi alrededor que me mantuvo calmado en medio de la tormenta».
El éxito trajo también una exposición nueva que obligó a aprender a gestionar el ruido. Courier describe la fama con una imagen muy gráfica. «Imagina que estás en el centro de una mesa», explica. «En el círculo más cercano están tu familia, tus amigos íntimos y tu equipo. Eso no cambia». El problema, según él, está más lejos. «Cuanto más te alejas de ese círculo, más es una tormenta». Ahí aparecen los intereses, la atención pasajera, el foco que no siempre distingue entre la persona y el ranking.

Para el estadounidense, la clave fue entender esa diferencia. «Tienes que reconocer que esas personas se moverán al siguiente jugador cuando tú ya no estés», afirma. El interés externo no es necesariamente personal, sino circunstancial. Por eso insiste en que el equilibrio pasa por reforzar el núcleo y no dejarse absorber por el torbellino. «En ese momento tienes que mantener más cerca que nunca a los que realmente importan».
El día en que se acaba
La retirada de Jim Courier llegó relativamente pronto, en torno a los 30 años, y no fue fruto de una pérdida de pasión por el juego, sino del desgaste acumulado. «Mi cuerpo empezaba a desgastarse», reconoce. Durante años había construido su carrera a base de insistir, de empujar siempre un poco más. «Solo sabía hacerlo así: empujar, empujar, empujar». Esa mentalidad le había llevado a lo más alto, pero también terminó pasándole factura.
Con la perspectiva que dan los años, admite que habría gestionado mejor los descansos. «Si supiera entonces lo que sé ahora, en la segunda mitad de mi carrera habría descansado más». En un momento determinado entendió que necesitaba parar. «Tenía que bajarme de la rueda del hámster».
Toxicidad de redes sociales
Otro de los asuntos que le preocupan es el impacto de las redes sociales y, en particular, la presión que ejercen los apostadores sobre los jugadores. Courier admite que le entristece la deriva que ha tomado esa parte del entorno digital. «Me pone triste cuando escucho que, cuando pierden, entran en redes y se ven afectados por los apostadores que les atacan. Eso es duro, porque ya es bastante difícil perder».

Para el estadounidense, la derrota en el tenis ya conlleva una carga emocional considerable. «El deporte ya es lo bastante duro. La vida ya es lo bastante dura. No necesitas que la gente te patee cuando estás en el suelo. La mayoría de las veces, incluso después de una buena derrota, ya estás enfadado contigo mismo», explica. «Estás repasando el partido una y otra vez». En ese contexto, el ataque externo puede amplificar un desgaste que ya existe.
La preocupación es mayor cuando habla de los más jóvenes. «Es duro para jugadores de 15, 16 o 17 años que están empezando a recibir todo ese tipo de cosas», advierte. A esa edad, recuerda, muchos todavía están construyendo su identidad personal. Y ahí el daño muchas veces no es reversible: «No puedes volver a meter la pasta de dientes en el tubo».
Porque ahora, insiste, a las diferencias tácticas y físicas entre jugadores, hay que añadir las mediáticas. Cuando él competía, el ruido era mucho menor. «En mi tiempo solo estaban los periódicos al día siguiente», recuerda. Y la solución era sencilla: «Aprendí a no leerlos». Hoy, en cambio, la atención es permanente. «Hay mucho más foco ahora, mucho más vídeo disponible. Me siento muy afortunado de que mi etapa en el foco no estuviera afectada por eso».
El futuro del tenis, según Jim Courier
Como muchos analistas, Courier también reflexiona sobre el futuro de este deporte. Por mucho que se evolucione, al final las líneas de la pista son las que mandan: «La pelota solo puede viajar tan rápido y seguir entrando dentro de las líneas. No sé cuánto más puede crecer el juego».

En cuanto al servicio, Courier sitúa a Pete Sampras dentro de la estirpe de grandes sacadores de su época. Recuerda que en los noventa ya existían jugadores capaces de dominar partidos desde el primer golpe, y menciona a Sampras junto a Boris Becker y otros especialistas del servicio. «Nosotros también golpeábamos muy fuerte», señala, aunque matiza que el techo de velocidad entonces era menor que el actual.
El margen, en su opinión, podría estar más en el cuerpo que en la técnica. «A menos que los jugadores sigan siendo más altos», apunta. La altura amplía ángulos de servicio, permite golpear desde puntos más elevados y, en consecuencia, asumir más riesgo sin perder precisión. «Quizá tengamos jugadores que se parezcan más a jugadores de baloncesto o de voleibol». Pero incluso en ese escenario, tampoco ve mucho margen. «Estamos casi rozando los límites físicos», admite.
En cualquier caso, hay elementos que considera inmutables. «La naturaleza uno contra uno del tenis no va a cambiar. El lado mental del tenis, el hecho de ser un solucionador de problemas y saber manejar la presión del momento, eso no va a cambiar». Más allá de la potencia y la velocidad, sitúa ahí el núcleo permanente del juego.


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