Natación

Michael Phelps: «La segunda vez que me detuvieron por conducir bajo los efectos del alcohol no quería estar vivo»

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Michael Phelps (Foto: Cordon Press)
Michael Phelps (Foto: Cordon Press)

Hace años, en el programa Undeniable with Joe Buck, el nadador Michael Phelps reveló con un nivel de franqueza poco común todas las adversidades que había tenido que superar en su carrera y en su vida. Para empezar, el trauma que le supuso a su familia que volvieran a detenerlo por segunda ver por conducir bajo los efectos del alcohol.

El nadador admite en esta entrevista que fue el momento más oscuro de su vida: «No quería estar vivo». Reconoce que llegó a pensar que «el mundo estaría mejor sin mí», atrapado por la sensación de haber fallado a todos sus seres queriodos, a su familia, a quienes confiaban en él y a sí mismo. Se encerró durante días, apenas comía, no quería hablar con nadie y solo se comunicaba por mensajes. «No quería existir», resume, al recordar ese estado mental.

Finalmente ingresó en un centro de tratamiento, una decisión que vivió con miedo extremo. «Estaba aterrorizado», explica. Los primeros días se resistió al proceso, enfadado, cerrado, sin ganas de participar. Ver en televisión la noticia de su suspensión mientras estaba internado fue otro golpe difícil de asimilar. Sin embargo, algo cambió con el paso de los días. «Estoy aquí y voy a afrontarlo con los brazos abiertos», se dijo a sí mismo. A partir de ese momento empezó a implicarse de verdad en las terapias, a hablar, a escribir cartas y a enfrentarse a todo lo que llevaba años acumulando sin expresar.

Phelps describía ese periodo como la primera vez que dejó de huir de sí mismo. El tratamiento le obligó a mirar de frente a su infancia, a la ausencia de su padre, a la presión constante y a una manera de vivir basada en compartimentar emociones y no sentir. «Durante años fui muy bueno cerrando puertas y no lidiando con nada», reconoce.

Michael Phelps (Foto: Cordon Press)
Michael Phelps (Foto: Cordon Press)

Si hubo algo especialmente decepcionante en todo ese suceso fue que él, desde niño, tenía claro que había nacido para ser un personaje público. Recuerda que, siendo todavía un niño, ya había aprendido a pensar a largo plazo: «Cuando tenía 11 años tracé un plan de carrera de 12 años. En ese momento no sabía exactamente todo lo que había al otro lado, pero sí tenía claro que quería llegar a los Juegos Olímpicos y que para hacerlo tenía que concentrarme, trabajar duro y no faltar a ningún entrenamiento». Aquel esquema infantil estaba basado en objetivos concretos: «Soñar, planificar y lanzarte a por ello. Si fallas, te levantas y lo intentas otra vez. Es así de simple».

Ese enfoque no surgió en un contexto fácil. Phelps recuerda que de niño fue diagnosticado con ADHD, tenía dificultades para concentrarse y una energía desbordante que necesitaba canalizar: «No podía quedarme quieto, tenía muchísima energía y me costaba enfocarme. La natación se convirtió muy pronto en una manera de sacar todo eso y de encontrar un lugar donde podía concentrarme de verdad». Con el tiempo, ese espacio acabó siendo algo más que un deporte: «La piscina fue el sitio donde empecé a entender quién era y hasta dónde podía llegar si hacía las cosas de una manera distinta a los demás».

Si hizo algo fue sacrificarse precozmente en aras de alcanzar una meta. «Si quieres ser el mejor, tienes que hacer cosas que otros no están dispuestos a hacer. Entrenar cuando otros descansan, volver a la piscina cuando otros celebran, estar ahí todos los días», sostiene.

Michael Phelps, de Baltimore y de clase trabajadora

Phelps tenía muy presente a su madre, Debbie Phelps. Fue la que más se tuvo que sacrificar para que él pudiera entrenar: «Jugaba a lacrosse, béisbol, fútbol y nadaba, todo al mismo tiempo. Mi madre me llevaba de un campo a otro, de una piscina a la siguiente».

Michael Phelps (Foto: Cordon Press)
Michael Phelps (Foto: Cordon Press)

A partir de los 11 años, el contexto se volvió aún más exigente: «Crecí en un hogar monoparental. Mis hermanas y yo vimos a mi madre trabajar, estudiar, asegurarse de que no nos faltara nada. Es de quien aprendimos todo». Siempre le ha estado agradecido: «Es la persona más cercana a mí y siempre lo será. Todo lo que soy y cómo actúo viene de verla a ella».

Su entrada en la piscina no tuvo nada de épico. Fue una decisión práctica, casi doméstica: «Mi madre nos metió en el agua por seguridad. Ese fue el único motivo». Al principio, incluso, el miedo dominaba la experiencia: «No quería meter la cara en el agua. Empecé nadando de espaldas porque era la única manera en la que me sentía tranquilo». El punto de inflexión llegó cuando decidió enfrentarse a ese temor: «Un día puse la cara bajo el agua, superé el miedo y me enamoré del deporte».

También hablaba con naturalidad de su diagnóstico de ADHD y de cómo condicionó su infancia: «Tenía muchísima energía, no podía quedarme quieto y me costaba concentrarme». Durante años tomó medicación: «Tomé Ritalin hasta más o menos sexto grado. Un día le dije a mi madre que no quería seguir tomándolo y que sería capaz de concentrarme».

Si algo le empujó a ello fue que su madre siempre le puso por delante los estudios: «Para mi madre, la educación siempre fue lo primero. Si la escuela no iba bien, no iba a poder nadar». Esa norma también le ayudó a organizarse desde muy pequeño: «Me aseguraba de hacer todo bien fuera de la piscina para poder hacerlo todo dentro».

Y así fue como encontró su refugio. Phelps describe la piscina como un espacio íntimo: «Mirar la línea negra del fondo podía volverme loco, pero también me ayudaba a concentrarme». Durante los entrenamientos, cantaba, pensaba, dejaba salir lo que llevaba dentro: «Era mi manera de soltarlo todo. En ese momento estaba solo conmigo mismo en la piscina». En un contexto familiar complejo, ese aislamiento tenía un valor especial: «Era una escapatoria de todo lo que pasaba fuera. No tenía que pensar en nada ni enfrentarme a nada. Solo estaba yo, nadando».

Proyecto nuevo 25

Aún así, si algo marcó a Phelps en la edad más vulnerable fue la ausencia de su padre durante gran parte de su infancia y adolescencia: «Mi padre estuvo muy ausente durante gran parte de mi vida. Durante unos veinte años puedo contar con una mano las veces que lo vi», explica. Creció con la sensación constante de que faltaba algo esencial: «Siempre quise tener un padre, alguien con quien jugar, lanzar una pelota o simplemente estar. No lo tuve».

Ese vacío fue ocupado en parte por su entrenador, que asumió un rol que iba más allá del deporte: «Mi entrenador actuó, de alguna manera, como una figura paterna para mí». Pero la progresión fue vertiginosa: «De pequeño nadaba con chicos cuatro, cinco o seis años mayores que yo. Nunca me dejaban pasar delante, así que tenía que adelantarles».

A partir de ahí empezó a construir un método que aún hoy considera vigente. Phelps explica que, siendo un niño, escribió un documento con objetivos y tiempos concretos: «Escribí una hoja con mis metas. Primero escribí que quería ganar una medalla de oro, pero pensé que era demasiado y lo taché. Le di la vuelta y escribí que quería ir a los Juegos Olímpicos». En la parte inferior dejó una frase que resume su filosofía: «Alcanzaré mis objetivos concentrándome, trabajando duro y yendo a todos los entrenamientos». Con los años, esa idea se convirtió en un lema: «Soñar, planificar y hacerlo. Si fallas, te levantas y lo intentas otra vez. ¿Qué es lo peor que puede pasar?».

Esa mentalidad también explica su relación con los referentes históricos del deporte. Phelps nunca quiso ser una copia de nadie: «No quería convertirme en el segundo Mark Spitz. Quería ser el primer Michael Phelps».

Primeros éxitos

Pero antes de empezar a triunfar, tuvo que aprender a fracasar: «Perdí una carrera y lancé el gorro y las gafas. Era un niño muy testarudo». La reacción inmediata de su madre fue una lección que aún hoy le acompaña: «Me dijo que no había ganado la carrera, pero que en ese momento todo el mundo me estaba mirando y que lo importante era cómo reaccionaba al no ganar. Que tenía que comportarme como quería que me vieran esas personas».

Su debut olímpico fue bastante precoz. Phelps recuerda la impresión que le causó competir en Sydney 2000 con solo 15 años: «Salí a una piscina en la que la natación era el deporte más importante. El suelo temblaba del ruido, de la energía que había allí dentro». Los nervios le jugaron malas pasadas: «No me até el bañador antes de tirarme al agua. Había muchas cosas que probablemente podría haber hecho mejor».

Aun así, asumió aquella experiencia como parte del aprendizaje: «No sabía muy bien qué hacer, simplemente salí y nadé. Mientras otros se tomaban vacaciones, yo estaba al día siguiente de nuevo en la piscina entrenando». Seis meses después, ese enfoque tuvo recompensa: «Seis meses más tarde batí mi primer récord del mundo».

Cuatro años después, en Atenas 2004, Phelps vivió la consagración definitiva. Describe su primer oro olímpico como la materialización de todos esos años de trabajo: «Escuchar el himno nacional desde lo más alto del podio, con la mano en el pecho, sabiendo que todo el esfuerzo había merecido la pena, es algo difícil de explicar». El momento más íntimo llegó justo después, lejos de los focos: «Bajé del podio y vi a mi madre detrás de una valla. Le pasé la medalla a través de la malla y le dije: ‘Lo hice’». Para Phelps, ese gesto resumía toda su historia: «Ella había estado conmigo en cada paso del camino, y compartir ese momento con ella fue algo muy especial».

Problemas fuera del agua

Tras los Juegos de Atenas, Phelps pasó de ser una promesa extraordinaria a convertirse en un rostro reconocible en cualquier lugar. «Después de 2004 me di cuenta de que todo lo que hacía, daba igual qué fuera, la gente estaba mirando en todas partes», explica. Esa exposición permanente, admite, tiene un coste emocional muy alto: «Eso puede desgastar mucho a una persona». La sensación de estar siempre observado, juzgado y sometido a expectativas ajenas se convirtió en una carga diaria: «Hay un peso que llevas encima porque sabes que ya no eres solo tú. Representas algo para mucha gente, te miran de otra manera».

Michael Phelps (Foto: Cordon Press)
Michael Phelps (Foto: Cordon Press)

La primera detención por conducir bajo los efectos del alcohol llegó en ese contexto de presión constante y marcó una fractura profunda. Phelps aún recordaba con nitidez el impacto emocional de aquel momento: «Volví a casa y estaba en el despacho de mi abogado cuando vi la cara de mi madre. Esa expresión no quiero volver a verla nunca más». El golpe no fue solo legal o mediático, sino íntimo: «Ella nunca nos enseñó a hacer algo así. Ver su decepción me destrozó». A partir de ahí comenzó un periodo oscuro: «Creo que fue una de las primeras veces en las que entré en una depresión».

Reconoce que durante años desarrolló una forma dañina de gestionar lo que sentía: «Era muy bueno compartimentando las cosas, cerrando puertas y no enfrentándome a nada». Todo quedaba reprimido hasta que salía de golpe: «Si algo aparecía, lo apartaba, lo dejaba acumularse, y luego explotaba». Ese patrón se repetía incluso en su relación con el entrenador: «A veces una discusión pequeña era suficiente para que todo saltara por los aires».

En un momento dado, no quedó más remedio que reconocer que el nivel de exposición que alcanzó le hizo perder algo básico: «Por lo que he hecho y por lo que represento, he renunciado en gran parte a mi privacidad». Aun así, no se escondía tras ese argumento para justificar sus errores: «Nadie me obligó a hacer nada. Yo me puse en esa situación. Tomé una decisión y alguien hizo una foto».

Acepta que vivir bajo el foco implica límites muy claros: «Hay cosas que tengo que hacer siempre de la misma manera. Cuando estoy en público, sé que me están mirando». Por eso explicaba su necesidad de espacios protegidos: «No salgo mucho de casa. Quiero poder sentarme, ver una película, comer tranquilo. Soy una persona normal que tuvo la suerte de ser muy buena en la natación».

No obstante, perdió el rumbo durante años: «El entrenamiento entre 2008 y 2012 fue una broma». La rutina era irregular y sin compromiso real: «Había fases en las que nadaba una semana y luego desaparecía una o dos. Decidía no ir a entrenar porque quería jugar al golf, viajar o simplemente ser un chaval».

El punto de inflexión real llegó durante el proceso terapéutico posterior a su segunda detención por conducir borracho, cuando Phelps dejó de resistirse y empezó a enfrentarse a lo que llevaba años evitando. Describe ejercicios que, en su momento, le parecieron extraños pero resultaron realmente curativos: «Escribí una carta a mi padre, escribí una carta a mi madre y escribí una carta con la mano izquierda a mi niño interior».

Ese último gesto le permitió reconectar con una versión de sí mismo que había quedado enterrada: «Recordé al niño que estaba en el jardín de mi antigua casa, el que no se preocupaba por lo que pensara nadie, el que simplemente era él mismo». Al preguntarse por qué había dejado de ser así, llegó a una conclusión reveladora: «Empecé a preguntarme por qué cambié quién era realmente».

Michael Phelphs (Foto: Cordon Press)
Michael Phelphs (Foto: Cordon Press)

A partir de ahí, algo se desbloqueó: «Empecé a mostrar más quién soy de verdad, a abrirme y a dejar de actuar solo como una imagen pública». Phelps subraya que hablar, sacar las cosas a la superficie y dejar de esconderlas le quitó un peso enorme de encima: «Poder decir las cosas en voz alta y hablar de ellas me liberó mucho». Por eso no duda al afirmarlo con rotundidad: «Este es el verdadero Michael Phelps».

Ese proceso también le permitió recomponer relaciones que habían estado marcadas por el silencio y la distancia. En el caso de su padre, habla de una reconciliación progresiva y sincera: «Ahora siento que mi padre se está convirtiendo en mi amigo otra vez». No lo presenta como un final perfecto, sino como un camino que por fin ha empezado a recorrer: «Es algo que siempre quise y por lo que estoy muy agradecido».

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