
Slaven Bilic ha publicado la segunda parte de la entrevista que le realizó hace un mes a Luka Modrić. En la primera parte, habló de sus difíciles inicios, de la guerra, del duro paso por el fútbol bosnio y de cómo los astros se alinearon para que acabase fichando por el Real Madrid. Ahora, en la segunda entrega, desglosa lo que fueron sus años de blanco, posiblemente la mejor etapa del club en toda su historia y en la que el croata fue la piedra angular del proyecto.
Sus palabras hablan del entorno de máxima exigencia del Real Madrid, en el que no hay espacio alguno para la relajación, ni siquiera tras los éxitos: «Ganas la Décima y ya están hablando de la Undécima. Tú piensas: ‘acabamos de ganar esta, dejadme disfrutar un poco’. Pero ahí no puedes disfrutar demasiado porque enseguida te exigen la siguiente».
E igual que le ha ocurrido ahora a Xabi Alonso, el margen de confianza al comenzar el curso es muy estrecho: «Empieza la pretemporada, pierdes uno o dos partidos y ya se preguntan qué pasa, que algo no va bien, qué hay que cambiar… es increíble».
Lo que conduce, dada la competencia y el escrutinio, a tomar medidas: «En mi segunda o tercera temporada tuve que contratar un entrenador personal. Porque allí prácticamente todos lo tienen. Allí todos hacen trabajo extra. Nadie termina el entrenamiento y se va a la ducha y luego a comer o a casa. No, van al gimnasio, o a masajes, o uno juega al tenis, otro al baloncesto, otro al bádminton… algo hacen. Están activos. Siempre me gustó entrenar, pero ahí fue cuando por primera vez tuve que coger un preparador físico para mejorar aún más mi rendimiento y prevenir lesiones… todo. Eso te lo da el Real Madrid. Te empuja, por decirlo así, a ello. Cuando ves a los grandes trabajar, ¿cómo vas a irte tú a casa?».
Quien mejor se adaptó a esa coyuntura, según el croata, fue Zidane: «Su llegada al equipo, entrar al vestuario a saludarnos… fue un wow. Yo lo veía de niño, uno de los mejores de la historia, y de repente era mi entrenador, te saludaba, hablaba contigo, entrenabas con él… No ganamos tres Champions seguidas por casualidad».

Y lo más importante, no complicaba el fútbol: «Tenía un aura especial, llevaba el fútbol en la sangre, no inventaba cosas raras, sabía exactamente lo que necesitaba el equipo porque había sido jugador y conocía la calidad del vestuario. Nos daba libertad, pero también tenía sus exigencias. Rotaba mucho porque para él todos eran importantes, no solo decía que todos eran importantes sino que también lo demostraba. Hasta el último jugador tenía mínimo 15 o 20 partidos, que es mucho en una temporada. Ese período con él fue muy especial».
Mourinho, la clave para Luka Modrić
No solo habla bien del francés, también tiene un grato recuerdo de José Mourinho, su valedor: «Mourinho era el entrenador que más tuvo que ver con que yo llegara. Si él no hubiera sido el entrenador, quizá nunca habría venido. Me buscaba a mí y a nadie más. En ese momento, el club le ofrecía otros jugadores porque pensaban que al final no iba a pasar nada. Hubo momentos en los que el Madrid creía que no iba a haber fichaje y seguían adelante con Silva, Mata, Cazorla, pero Mourinho tenía el poder y la autoridad en ese momento y dijo ‘o Luka o nadie’ y eso fue decisivo. El Madrid podría haber dicho que no podía esperar más y seguir a por los otros, por eso le estoy inmensamente agradecido. Seguimos hablando, siempre es un placer verlo, lo único que lamento es que no pude trabajar más tiempo con él, solo fue un año».
Sin embargo, sus inicios no fueron fáciles: «Al principio, tuve más oportunidades en los entrenamientos que en los partidos. Fue bastante difícil, en el Madrid no hay margen de error y todo es escrutado. Estaba feliz de estar ahí y poder entrenar con jugadores de esa clase, pero cuando jugaba un partido, en mi opinión bueno, en el minuto 55 o 60 me sacaba, una vez fue en el descanso. Eso me frustraba, porque yo veía y sentía que estaba al nivel, y el ambiente en el club en ese momento no era el mejor, aunque yo todavía no entendía español, podía sentirlo».
Fue durante esos días cuando Modrić tuvo que dar un puñetazo en la mesa y reivindicarse frente al cuerpo técnico: «Después de un partido fuera de casa, creo que contra el Deportivo de la Coruña, que salí en el minuto 55 o 60, al día siguiente vino Rui Faria, a hablar conmigo, a preguntarme cómo estaba, si necesitaba algo, cómo me sentía, qué me molestaba, y ahí lo solté todo. Se lo dije todo porque sabía que se lo diría al entrenador. Lo más importante de esa conversación fue cuando dije ‘dadme tres o cuatro partidos seguidos, si no doy la talla, perfecto, no volveré a decir nada. Solo pido eso, un poco de continuidad’. Y me dijo: ‘no te preocupes, estamos encantados contigo, tu momento llegará’ y a partir de ahí empezó todo».
Concretamente, lo hizo en Inglaterra: «Desde ese día, cambió mi estatus, empecé a jugar más y luego llegó ese partido contra el Manchester donde todo se dio la vuelta. Creo que antes que yo entró Kaká, si no me equivoco, y yo estaba pensando ‘quiero entrar ya, quiero que me llame’, al final lo hizo y pasó lo que pasó, se dio la vuelta todo, también en la prensa».
Exigencia extrema
Por otro lado, Modrić, para describir la competencia permanente que se vive en el club, cita el Bernabéu como un escenario que impone incluso a futbolistas de primer nivel: «Radomir Antić me dijo una vez que el Bernabéu te devora. Y lo entendí perfectamente cuando jugamos allí con el Tottenham. Estábamos calentando Ćorluka y yo y le dije: ‘tengo la sensación de que la afición me está encima de la cabeza’. Miras alrededor y no puedes creer dónde estás».

El croata desmonta además uno de los tópicos habituales sobre el público madridista: «No son ultras ruidosos, normalmente son tranquilos, correctos. Pero cuando hace falta, cuando llegan los partidos grandes, se transforman. Meten un ruido increíble y el apoyo es espectacular». En esa atmósfera, explica, está la diferencia: «Ahí entiendes a los equipos que vienen a jugar contra el Madrid, el respeto e incluso el miedo que sienten. Esa es una de las cosas que pone al Madrid por encima de los demás».
Y esa presión no desaparece nunca. Ni siquiera con el paso de los años o con los títulos acumulados. Al contrario: se intensifica. «En el Real no toleran la mediocridad. Si sienten que estás un poco por debajo de tu nivel, enseguida buscan otras soluciones». La competencia es diaria y explícita: «Detrás de ti siempre hay alguien esperando a que tengas un mal partido para entrar. En un sentido sano, deportivo, pero esa presión está ahí todos los días».
Quizá por eso, explica, el club vive en una renovación constante. Se van leyendas y llegan estrellas sin que el engranaje se detenga: «Se fueron Casillas, Pepe, Cristiano, Ramos, Marcelo, Benzema, Kroos… y llegan otros jugadores top. Eso te da motivación, pero también te obliga a mantenerte arriba si quieres seguir en el Real Madrid». No hay lugar para bajar el ritmo: «No existe ni un segundo para decir ‘voy más despacio’. En el Real eso no existe».
Modrić, el reloj del Madrid
Con el paso de los años, Modrić asentó su rol dentro del equipo, hasta convertirse en una figura central no solo futbolística, sino emocional: «Claro que te preparas, analizas, eres un profesional, pero cuando sales al campo todo lo de fuera parece que no existe. Solo ese césped verde, la pelota y los compañeros». Y añade algo revelador sobre su relación con el juego: «Yo me siento más cómodo en el campo. Incluso cuando tengo algún problema, llego al campo y me olvido de todo. Durante esos 90 minutos no existe nada más».
Ese estado de concentración permanente es, según Modrić, inseparable de la responsabilidad que asume como centrocampista. «Sabes que las expectativas son altas y que como centrocampista no puedes esperar tus diez minutos, sino que tienes que estar al nivel todo el tiempo, mantener el equilibrio del equipo, organizar al equipo, que vean que pueden confiar en ti, que eres tranquilo, sereno, que apoyas a los compañeros, que los guías». Y precisa: «Esa es mi función».
Por eso rechaza una visión reducida de su aportación. «Los goles y ese papel de portada pertenecen a Cristiano, Benzema… más que a los centrocampistas. Pero sin nosotros, sin los centrocampistas, es muy difícil funcionar o tener equilibrio y calidad en el equipo». Una idea que resume con una sentencia clásica: «No dicen por casualidad que el centro del campo lo decide todo».
Cuando se le pregunta por su ventaja diferencial, Modrić duda, pero acaba señalando una cualidad clave: «Creo que en leer las situaciones del juego. A veces veo cosas antes de que ocurran». Y aunque admite que no le gusta hablar de sí mismo, lo hace: «Mi carácter también es muy importante, porque soy un luchador, nunca me rindo. Incluso si la situación parece sin salida, creo que siempre se puede encontrar una solución».

Ese rasgo, insiste, lo ha acompañado siempre y explica su longevidad en el Real Madrid. «Gracias a Dios, he durado mucho. En ese sentido estoy realmente feliz y orgulloso». Y confiesa que, lejos de acomodarse, la llegada de jugadores más jóvenes fue un estímulo: «Desde el Mundial de Rusia para mí eso fue una motivación extra para demostrar que aún podía competir con ellos, que seguía siendo yo. Eso me mantuvo en este nivel».
El liderazgo según Modric
Esa manera de entender el fútbol, como responsabilidad permanente, explica también su forma de liderar. Modrić nunca se sintió cómodo con un liderazgo impostado o ruidoso, y lo deja claro cuando habla de sí mismo: «Nunca fui un líder de levantar la voz. Siempre admiré más a los líderes que lideran con el ejemplo que con palabras».
Esa idea se fue consolidando con el tiempo, especialmente cuando asumió galones mayores tanto en el club como en la selección. «Sabes que tus compañeros esperan de ti calma, serenidad, que vean que pueden confiar en ti», explica. Y añade una frase que define bien su papel en el Real Madrid durante más de una década, un rol tal vez discreto pero que para no pocos analistas fue clave en los éxitos del club esos años: «Mi función es dar equilibrio, organizar al equipo, apoyar a los compañeros y guiarlos».
Modrić insiste en que ese compromiso no distingue entre partidos grandes o pequeños, ni entre competición y entrenamiento. «Soy un perfeccionista», reconoce. «Cuando pierdo un balón que, según mis estándares, no debería haber perdido, me enfado. Y hablo de entrenamientos, no de partidos». No es una pose: «Hoy en día sigo siendo igual».
Ese nivel de autoexigencia, dice, no surge por casualidad. Tiene que ver con su historia personal y con asumir responsabilidades desde muy joven. «Desde muy pequeño aprendí responsabilidad. Me fui solo de Zadar, tenía que arreglármelas solo, prepararme el desayuno, buscar dónde comer, cenar… Esa responsabilidad que tenía fuera del campo, así era también dentro».
Esa desconexión absoluta no implica falta de conciencia. Al contrario. Modrić es muy consciente del peso que supone jugar en el Real Madrid. «Sabes que no hay crédito», afirma. «Sabes que lo esperan de ti tus compañeros, el entrenador, la directiva, los medios, la afición… y al final tú mismo». Y por eso no hay espacio para relajarse: «Tienes que estar arriba siempre, porque si no, vienen otros».

Precisamente, esa presión lo mantuvo alerta durante años. «Nunca pedí privilegios», subraya. «Si alguien es mejor, que juegue él. Yo estoy aquí para competir». Y explica por qué nunca se planteó bajar el nivel o buscar un contexto más cómodo: «No es el dinero lo que me llena. Es esto. La Champions, este ambiente, esta exigencia».
El Balón de Oro
Graciosamente y al contrario que otras estrellas, Modrić admite que el Balón de Oro nunca formó parte de sus ambiciones. No por falsa modestia, sino por puro realismo histórico. «Sinceramente, nunca lo pensé», reconoce. «No porque no creyera que lo mereciera, sino porque jugué en la época de dos gigantes, Cristiano y Messi, que no dejaban que nadie se acercara. Goles, asistencias, títulos… lo que quieras». En ese contexto, explica, la idea ni siquiera se le cruzaba por la cabeza: «Para mí siempre fueron más importantes los títulos colectivos que los individuales. Nunca pensé: ‘quizá puedo ganar el Balón de Oro, quizá puedo ser el mejor’».
El Mundial de Rusia cambió muchas cosas, pero no esa percepción. «Fui el mejor del Mundial, y eso ya me parecía increíble», dice. Y aun así, el reconocimiento tuvo un poso amargo: «Al mismo tiempo estaba triste, porque habíamos perdido la final. Yo habría dado todo por ganarla. Eso es lo que a mí realmente me llena». Por eso insiste en que el Balón de Oro seguía pareciéndole lejano: «El Balón de Oro, no. Ni cerca lo pensé».
La posibilidad empezó a tomar forma semanas después, de manera casi irreal. «Empecé a creérmelo cuando vinieron de France Football y me dijeron que existía la posibilidad», recuerda. Aun así, su reacción inicial fue de escepticismo: «Pensé: ‘bueno, posibilidad… pero difícil’. Porque siempre imaginas que lo van a ganar Ronaldo o Messi. Tenían un monopolio, diez años turnándose».
La llamada definitiva llegó en un momento cotidiano, casi banal, y precisamente por eso se le quedó grabada. «Jugamos la Liga de Naciones en Londres contra Inglaterra, perdimos 2-1, me quedé esa noche allí porque tenía día libre, y a la mañana siguiente, sobre las diez, suena el teléfono: France Football». Modrić recuerda el instante con precisión: «Yo lo miro… porque me habían dicho que solo llamarían si ganaba. Se me llenan los ojos de lágrimas». La reacción fue de incredulidad total: «Le digo a Vanja: ‘espera, déjame calmarme, dame un minuto’. No atendí. Lo dejé sonar».
Minutos después, todavía incrédulo, fue él quien devolvió la llamada. «Pensé: ‘seguro me dicen que estuve cerca, pero no’». Pero la respuesta fue otra: «Y él me dice: ‘Has ganado el Balón de Oro’».
Lo más duro, confiesa, no fue la noticia en sí, sino tener que guardar el secreto. «Lo peor es que no puedes decirle a nadie», explica. «Era noviembre y la entrega era dos semanas después. Dos semanas sin decir nada. Suficiente para volverte loco». Solo unas pocas personas lo supieron: «Vanja lo sabía, claro. A ella se lo dije. Luego a mis padres, a mi tío y a unos amigos íntimos». Y hubo una excepción muy concreta: «La persona a la que se lo dije fue Mateo Kovačić, porque es alguien muy cercano. Con él no podía ocultarlo».
Cuando reflexiona sobre el significado del premio, Modrić no lo reduce a una victoria individual. Al contrario. «Solo mirar quién lo ganó antes y estar en esa lista… es increíble», dice. Pero subraya algo más profundo: «Es un Balón de Oro único, el que más habla de ti». No solo por romper una hegemonía histórica, sino por la reacción que generó: «Todo el mundo estaba realmente feliz de que lo hubiera ganado».

Aun consciente de que siempre habrá debate, Modrić se queda con que en su caso no fue así. «Sé que tuve una temporada increíble con la selección y con el Real Madrid», afirma. «No me gusta decirlo, pero jugué a un nivel increíble, no solo ese año, sino dos años seguidos». Y concluye con una convicción serena, sin grandilocuencia: «La diferencia en los votos fue enorme. Muy clara. No fue casualidad».
Sus entrenadores
Cuando Modrić repasa a los técnicos que tuvo en el Real Madrid y le condujeron hasta este éxito, confiesa que se quedó con algo de cada uno: «Cada uno es especial a su manera», explica. «No me gusta compararlos porque cada entrenador tiene su forma de trabajar, su carácter; uno es muy cercano al equipo, otro no tanto; uno trabaja mucho la táctica, otro menos». Pero deja claro que de todos aprendió algo esencial: «De todos aprendí muchísimo».
Con José Mourinho, el vínculo es especial desde el origen, como ha quedado claro. «A Mourinho le tengo un cariño especial porque me trajo». Y elogia su franqueza, algo muy preciado en ese club: «Es muy sincero y directo. Te dice lo que piensa, te señala el error. No se queda mirando a ver si te ofendes o no». Para él, esa claridad era una virtud incuestionable: «Si te dice algo, es porque es así al cien por cien».
De Carlo Ancelotti, el recuerdo es doble: deportivo y humano. «Carlo tuvo una primera etapa increíble», resume. «Ganamos la Décima, la Copa, luego volvió y ganamos dos Champions más, dos Ligas…». Pero más allá de los títulos, Modrić insiste en la persona: «Una persona extraordinaria, como entrenador y como ser humano. Absolutamente genial». Y aprovecha para desmontar tópicos muy extendidos: «Cuando la gente dice que Ancelotti no sabe de táctica… son tonterías. Es imposible. Es italiano». Y aclara su enfoque: «Sabe todo de táctica, solo que en el Madrid sabe que no te va a machacar con cien mil detalles».
Algo así quizá le pasó al siguiente en la lista, con quien el croata tuvo problemas por su golpeo exterior. De Rafa Benítez Modrić no entra en valoraciones polémicas y se limita a constatar: «Benítez estuvo poco, pero también aprendí cosas». Y ya.
Con Zinedine Zidane, el tono cambia. Hay admiración explícita y una sensación casi emocional. «Y Zizou… tres Champions seguidas, increíble», dice de entrada. Modrić rechaza cualquier idea de casualidad en aquel ciclo irrepetible, como ha sido frecuentemente acusado el equipo. «No ganamos tres Champions seguidas por casualidad», insiste. «Nos daba libertad, pero también tenía sus exigencias», explica.
Sangre balcánica
Cuando Modrić reflexiona sobre si los futbolistas de los Balcanes comparten algo diferencial, no duda demasiado en contestar. «Creo que sí tenemos algo especial», afirma. Y cuando se le pide concretar, apunta directamente a la determinación: «El carácter. Esa lucha. Somos guerreros, nunca nos rendimos».

Esa identidad, explica, nace de un contexto poco amable, lejos de las comodidades habituales en otros países. «No crecimos con las mejores condiciones», recuerda. «No teníamos cien campos, todo perfecto». Al contrario: «Cuando eras niño había una pelota, un campo, y a esperar». Y ahí no había atajos: «O te peleas con los mayores, o les ganas».
Modrić cree que esa falta de facilidades no fue un obstáculo, sino un motor. «Tal vez si hubiéramos tenido mejores condiciones no seríamos tan buenos», dice sin dudar. Y lo lleva aún más lejos: «Si lo tienes todo servido, cien campos, todo perfecto… quizá no desarrollas eso». La dureza, insiste, selecciona a los mejores: «Es más difícil triunfar y más fácil abandonar».
En su caso, aquella escasez temprana se convirtió en una escuela de resistencia. «No tener abundancia nos hizo más fuertes», explica. Y lo ilustra con un ejemplo casi doméstico, pero revelador: «Si no tienes agua caliente, dices: ‘no me voy a duchar con agua fría, no entreno más’». En cambio, si sigues adelante con todas las adversidades: «Si pasas todas esas pruebas, ahí está la clave». Además: «Es bonito. Sabes que te lo has ganado, que nadie te ha regalado nada».


El balón de oro debió ser para Griezman.
Otro robo. La supercopa tiene que ser para el Madrid. Ayer, ni falta a Bellingan, ni roja a Asensio. Lo de la posible mano de Rudiger es una vergüenza, estaba viendo en directo como ponían la repetición del chute previo y cuando van a hacer el chute que golpea en Rudiger van y pinchan una cámara enfocando la cara de un jugador del Atlético por al menos 5 segundos para luego quitar la repetición. En cuanto a la falta inexistente a Bellingham en el canal que estaba viendo yo, no se si ESPN o movistar, literal uno de los comentaristas dijo por lo bajo que era una falta poco pitable y luego ya no dijeron nada más sobre el tema en todo el partido. Se esperaba un atraco, pero esto ya…Pobre Barça. la qué le viene…
Simeone ha tenido el valor de hacerle frente a Vinicius, que no ha tenido nunca Xabi Alonso. Agradecido tenía que estarle. Lleva siendo un tibio desde que llegó al Madrid y ahora se pone digno. El brasileño ni defiende. Con Mou no jugaría.
Ni robando gana el Madrid.
El árbitro lo pitó todo a favor del Madrid. Para que luego hablen de Negreira.
Toca llorar otra vez
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Si naces mas pesado, tu madre se cae de la cama durante el parto