
George Gervin (Detroit, 1952), The Iceman, es una de las leyendas de la NBA en un tiempo en el que el baloncesto era muy diferente a lo que conocemos hoy. En una época donde las defensas estaban cerca de ser pura violencia, él destacó por su elegancia. Fue máximo anotador de la NBA en cuatro ocasiones, miembro del Salón de la Fama y nueve veces All-Star (doce si se suman sus años en la ABA), fue el símbolo de los San Antonio Spurs durante los años setenta y primeros ochenta. Era el número uno hasta la irrupción de Michael Jordan, a quien ha recordado en una entrevista en All the smoke.
Lo primero que ha hecho es una comparación entre Julius Erwing y Jordan: «Yo empecé con el Dr. J y terminé con Mike. La gente siempre me pregunta quién fue el mejor, y los dos lo fueron. No me gusta compararlos. Pero Jordan… ese tipo estaba loco, pero era una locura buena. Jugaba duro todo el tiempo. A todos nos gusta ganar, pero ese hermano… era diferente. Me alegra haber tenido ese año con él en los Bulls. Pude hablar con él un poco, y era especial. Esos dos, Doc y Mike, eran dos tipos realmente especiales».
Sobre su enfrentamiento en el All Star del 85, las revelaciones han sido de peso sobre Jordan, que tuvo ese día uno de los peores partidos de su vida: «¿Congelarlo? [no pasarle el balón] ¡Pero si jugábamos en equipos distintos! Fíjate lo que puede hacer la prensa. No, yo quería destrozarlo. Antes de irme, que sintiera un poco al Ice. Solo quería ganarlo porque era un novato».

Gervin fue sincero con Jordan: «Se inventaron todo ese rollo y me decepcionó, porque le dije a Mike: ‘¿De verdad te creíste eso, hombre? Soy un adulto, ¿cómo voy a dejar fuera a un chaval?’. Él era solo un crío. Y recibió mucha atención porque, cuando me estaba vistiendo, los periodistas entraron a preguntarme cómo me sentía al jugar contra Mike. Les dije: ‘¿Por qué no le preguntáis a Mike cómo se siente al jugar contra Ice? ¡Si todavía no ha tirado ni un tiro!’. Pero así es la prensa. Todo fue exagerado, totalmente fuera de proporción. Ya había tenido mi momento, y cuando jugué con él, me demostró que, efectivamente, mi turno había pasado».
Pero ninguna aspereza pudo llegar muy lejos, porque luego jugaron un año juntos en los Bulls. Ahí Ice se dejó de historias y descubrió lo que tenía delante, aunque aún pudo darle alguna que otra lección: «Al año siguiente fui a jugar con él. Yo sabía que mi momento ya había pasado. Había estado doce años en una franquicia siendo The Man, y ahora llegaba a otra donde él era The Man. Tengo sentido común, lo entendí. Pero él se lesionó, y mientras estuvo fuera, yo asumí ese papel por un tiempo. Estaba viejo, pero aun así promedié 17 puntos ese año. Siempre digo que estaba viejo, pero el viejo Iceman todavía aparecía de vez en cuando. Recuerdo un partido en Dallas: tenía como 33 puntos al descanso y acabé con unos 40 y pico. Y él me dijo: ‘¿Qué ha pasado ahí?’. Le contesté: ‘Solo es para enseñarte cómo solía ser esto antes’».

Al final, quedó una relación de respeto mutuo. Gervin lo pudo sentir cuando Jordan habló muy elogiosamente de él en su documental, algo que Ice no esperaba: «Mike dijo una vez: ‘Si hablas de los mejores jugadores de baloncesto de todos los tiempos y no mencionas a George Gervin, es que no has visto suficiente baloncesto’. Y mira quién lo dijo. Eso, en sí mismo, ya es una declaración. Yo no tengo que venderme. Sé que podía jugar, trabajé para poder hacerlo. Cuando alguien como él o como el Dr. J le dice al mundo quién eres, eso ya es suficiente para mí. No necesito más».
Eso sí, el respeto fue siempre tal que no llegaron a picare nunca: «¿Si tuvimos duelos uno contra uno? No. No quise ninguno. Estoy siendo honesto: ya había tenido mi momento. Ahora, él probablemente no hubiera querido enfrentarse al viejo Iceman, pero yo tampoco quería enfrentarme a Mike. Podía lanzar tan bien como él; creo que en ese momento todavía tenía mejor tiro en suspensión. Era bastante efectivo. Mike tuvo que aprender a tirar. Al principio de su carrera era solo un anotador; luego se convirtió en un anotador y un tirador».
Una curiosa amistad de George Gervin con Larry Bird
Sobre otra de las grandes figuras de la época, Larry Bird, lo más alucinante que cuenta es cómo este intentaba subir la intensidad de los partidos lanzando a los rivales contra sus propios compañeros. En este caso, a Gervin le trataba de manipular para que se picase con Danny Ainge, que era bastante irascible:
«Larry Bird hacía más trash talk que nadie, pero a veces iba en serio. Lo quiero mucho, de verdad. Larry solía venir y decirme todo el tiempo:
—‘Danny te tiene miedo, cárgatelo’.
Y yo le decía:
—‘Pero si está en tu equipo’.
Y él me contestaba:
—‘No importa, machácalo, le das miedo’.
Así que contestaba: ‘No hay problema, me encargo’.
Larry era especial, sabía jugar, sabía ganar. Era un tipo extraordinario, enamorado del juego. No le tenía miedo a nadie, y tú tampoco podías tenerle miedo a él. Eso era lo que más me gustaba de él».

Contra el Dr. J
Sobre Erving, recuerda que todo fue psicológico, que para poder medirse a él después de los entrenamientos no tuvo que aprender nada, sino simplemente no dejarse intimidar, lo que fue una de las lecciones más importantes que aprendió en toda su vida: «Verlo fue increíble. Era como cualquier joven que se encuentra con alguien que admira, con alguien como el Dr. J. Una vez que entré en el equipo, él y yo jugábamos uno contra uno todo el tiempo después de los entrenamientos. Era intimidante, claro. Yo tenía solo diecinueve años. Él era un poco mayor y ya estaba hecho como jugador profesional. Me ganaba siempre, todos los días. Pero eso fue lo que más me gustó de él: me ayudó a fortalecer mi autoestima, mi confianza. Hasta que me di cuenta de que yo también podía jugar. Cuando superé la intimidación, ya no me ganaba tan fácil. Aún hoy, cuando nos vemos, él tiene setenta y cinco o setenta y seis y yo setenta y tres, todavía me llama rook, novato. Y yo sigo sintiéndome como un novato cuando lo hace».
Empezó jugando con Erving, como novato, y acabó con Jordan, siendo el novato él. Una trayectoria envidiable que le permite comparar a los dos grandes: «Los dos eran especiales. Con el Dr. J aprendí qué significaba tener hambre y amor por el juego. Con Michael entendí cuándo había que pasar el testigo».
Un inicio muy musical
George Gervin nació y creció en Detroit, una ciudad que a mediados del siglo XX solo era baloncesto en la calle y música en cada esquina. Mientras los parques se llenaban de jóvenes lanzando a canasta, las ondas de radio sonaban a Motown. Stevie Wonder, The Supremes, The Temptations o Marvin Gaye fueron la banda sonora de su adolescencia.
De hecho, con Marvin Gaye le unió una amistad real, no una anecdótica. En la entrevista recuerda cómo el cantante lo recogía en coche cuando llegaba a Los Ángeles para llevarlo al estudio, verlo grabar y compartir con él su entusiasmo por el baloncesto.
Su primer intento serio de salir adelante en el baloncesto fue en Long Beach State, bajo las órdenes del mítico Jerry Tarkanian. Gervin cuenta que el cambio de ambiente le resultó abrumador: «Venía del centro de Detroit, y de pronto me encontré con los vientos de Santa Ana, el calor, un mundo distinto. Me sentía en otro país». Pese a su juventud, su talento no pasó desapercibido. Tarkanian lo animaba a tirar sin miedo, algo que encajaba con su instinto ofensivo natural. Pero el desarraigo y la falta de experiencia lo empujaron de vuelta a casa.
Regresó a Eastern Michigan, donde se reencontró con su antiguo base del instituto, Gary Tyson, y un entrenador con mentalidad ofensiva, Jim Dutcher, que lo ayudó a estabilizarse. Sin embargo, su etapa universitaria terminó abruptamente por un episodio que lo marcaría para siempre. Durante un partido, en medio de la tensión, golpeó a un rival, Jay Piccola, y fue expulsado del equipo. Décadas después, Gervin recuerda aquel momento como uno de los errores más graves de su vida: «No pensé, y eso casi me cuesta todo. Podría haber acabado con mi carrera o con la vida de otro».

Con el tiempo, el destino les dio una segunda oportunidad: Piccola, ya convertido en presidente de Puma, lo invitó a su fiesta de jubilación. Allí se abrazaron entre lágrimas. «Por fin pude decirle que lo sentía. Fue un momento de redención. Aprendí que en un segundo puedes perderlo todo si no controlas tu cabeza».
Su salto al profesionalismo llegó casi por accidente, como muchas historias de aquella época. Tras abandonar la universidad, un amigo lo puso en contacto con Sonny Vaccaro, que se convertiría en su primer agente. Vaccaro, una figura mítica del baloncesto de los setenta, descubridor de talentos y pionero en los contratos de patrocinio, lo llevó a hacer una prueba con los Virginia Squires, el equipo de Julius Erving en la ABA. Allí, después de una exhibición en la que no falló casi nada, firmó su primer contrato en una servilleta, literalmente, como Zidane: «Ellos me querían, y Sonny solo dijo: ‘Hazlo’. Así que firmé tres años por 50.000 dólares al año. Pasé de hacer cola para el pan a salir en los titulares».
La ABA (American Basketball Association) era un mundo aparte, tan divertido como precario. Los equipos compartían pabellones, los jugadores viajaban en vuelos comerciales y dormían en moteles baratos, pero nadie se quejaba. «Jugábamos en Norfolk, Hampton o Richmond, y nos quedábamos en moteles de carretera. Pero yo era profesional, nada de eso me molestaba».
En esa liga forjó su identidad y su estilo: el juego rápido, los movimientos creativos y una mezcla de baloncesto y espectáculo que más tarde la NBA absorbería por completo. Allí también nació su apodo eterno: «Iceman». Se lo puso su compañero Fatty Taylor, fascinado por su elegancia dentro y fuera de la pista. «Era por mi estilo. Vestía bien, hablaba tranquilo, jugaba sin alterarme. Al principio me llamaba Iceberg Slim, pero le dije que de proxeneta no tenía nada, así que lo dejó en Iceman».
La vida en la ABA tenía algo de rock and roll: coches lujosos, música soul a todo volumen y fiestas hasta el amanecer: «Ganaba 500 dólares por fin de semana, me sentía rico. Me compré un Cadillac negro con frontal de Rolls-Royce, tenía música, ropa cara, me sentía alguien. No sabía nada de inversiones ni de futuro, pero amaba el baloncesto. Era joven y libre».
Aterrizaje en la NBA tras la fusión con la ABA
Cuando los Virginia Squires comenzaron a tener problemas financieros, San Antonio compró el contrato de Gervin. Aquel movimiento, que en su momento pareció un simple trámite administrativo, se convirtió en el punto de inflexión de su vida. «No me dieron todo lo que pedí, pero lo acepté, y fue la mejor decisión que tomé. Llegar a Texas cambió mi carrera y mi forma de ver el mundo».
En San Antonio encontró estabilidad, una ciudad que lo adoptó y un club que apostó por él como piedra angular del proyecto. «No sabía nada del Álamo ni de la cultura mexicana. Pero pronto entendí que ese era mi lugar. Allí crecí como jugador y como hombre».
Con la fusión entre la ABA y la NBA en 1976, Gervin pasó de los moteles a los grandes pabellones, pero también fue testigo de un cambio mucho más profundo, el estilo libre y creativo de la ABA revolucionó el baloncesto profesional. «Solo entraron cuatro equipos Indiana, Denver, Nueva Jersey y San Antonio, pero diez jugadores del primer All-Star después de la fusión veníamos de la ABA. Cambiamos la liga. Le dimos ritmo, juventud, aire fresco».

Gervin nunca ha dudado que la influencia de la ABA revolucionó la NBA. Sabe que la historia suele señalar a Magic Johnson y Larry Bird como los salvadores del torneo, pero él tiene otra versión: «Ellos la elevaron, pero nosotros la revivimos antes. La ABA salvó la NBA. Trajimos espectáculo, anotación, alegría. El público quería ver a gente corriendo, no partidos de 80 puntos. Nosotros pusimos los cimientos; ellos construyeron encima».
Cuestión de estilo
Para George Gervin, anotar no era cuestión de volumen, sino de eficiencia y precisión. Nunca se consideró un tirador compulsivo. «Muchos dicen que son buenos tiradores y encestan un 40%. ¿Eso es ser bueno? Yo podía meter 30 puntos lanzando solo doce veces».
Su secreto estaba en la selección y en la calma, lanzar solo cuando el cuerpo y la cabeza estaban alineados. Promedió más de un 51% de acierto en su carrera, un dato excepcional para un escolta, y lo logró sin obsesionarse con el triple, que por entonces apenas se utilizaba. «El triple llegó tarde, pero yo no lo necesitaba. Prefería atacar, recibir contacto y aun así anotar. Ese era mi tipo de tres puntos».

Su sello fue el finger roll, una parábola delicada que definió su juego. No lo inventó, lo aprendió viendo a Wilt Chamberlain, Connie Hawkins y el propio Dr. J, pero sí lo llevó a la perfección. «Tomé un poco de cada uno y desarrollé mi versión. No fui el primero, pero fui quien lo hizo famoso». En su familia, dice, solo su hijo lo superó: «Él podía hacerlo con la izquierda; yo no. Por eso le tengo envidia».
En la charla, Gervin repasa su respeto por otros anotadores que, como él, entendían el arte de anotar sin forzar. Alex English ocupa un lugar especial: «Ese hombre metía 2.000 puntos siete u ocho temporadas seguidas. Nadie habla de él, pero fue un genio silencioso». También menciona a Kareem Abdul-Jabbar, a Bernard King y a Kevin Durant, a quien ve como su heredero espiritual: «KD es muy eficiente, suelto, elegante. Dicen que nos parecemos, pero solo por el tamaño. Él es más tirador; yo tenía más variedad de recursos».
Sobre el baloncesto actual, Gervin muestra una mezcla de orgullo y distancia. Le maravilla cómo el juego se ha globalizado, «cuando yo empecé apenas había europeos; ahora hay por todas partes», pero también percibe un cambio en la relación con el dinero. «Yo no me preocupo por lo que ganan. Que hagan todo el dinero que puedan. Lo importante no es cuánto haces, sino cuánto aprendes a conservar». Y aunque el baloncesto de hoy le parezca más controlado y menos físico, no lo critica: lo ve como una evolución natural. «Cada época tiene sus reglas. A nosotros nos tocó abrir camino; a ellos les toca disfrutarlo».


Pingback: George Gervin recuerda sus duelos y amistad con Larry Bird y Michael Jordan en una entrevista - Hemeroteca KillBait
«Irving» no, es «Erving», Julius Erving.