
En la semana en la que la UCI ha suspendido provisionalmente a Oier Lazkano por «anomalías inexplicables» en su pasaporte biológico, lo que le ha valido ser apartado del Red Bull-BORA, ha salido Mark Cavendish a dar la enésima entrevista sobre la limpieza del ciclismo y los tiempos oscuros que ya quedaron atrás.
El ciclista británico, que corrió entre 2005 y 2024, ha reconocido que lo que pasó no se puede borrar: «Nunca podremos escapar de nuestro pasado como deporte, ya sabes. Pero, al mismo tiempo, diría que lo que hizo el ciclismo para combatir el dopaje le ha dado… Seguirá habiendo gente a la que pillen haciendo trampas y cosas así, pero eso es porque pones tiempo, esfuerzo y dinero en atrapar tramposos».
Eso sí, la cuestión es que hacer trampas no cree Cavendish que sea cosa del ciclismo en exclusiva; está presente en todos los ámbitos de la vida: «No es que alguien diga: ‘Soy un tramposo, así que voy a ser ciclista’. No funciona así. Pasa en todos los deportes, pasa en el entretenimiento, en los negocios: donde hay dinero, aparecen personas que hacen trampas. Y si pones tiempo, esfuerzo y dinero en atrapar tramposos, los vas a pillar. Eso fue lo que hizo el ciclismo a gran escala, y sí, tuvo una reputación dañada, no me malinterpretes: si tuvo ese daño es porque había gente que hacía trampas».
Más adelante, indirectamente, ha reconocido la omertà que impera en el pelotón. Todos saben lo que hay, pero nadie decía nada. Algo extensivo, asegura, al resto de deportes: «Sí, podías, podías [notar los cambios de nivel de forma]. Pero creo que, como deportista, también puedes verlo en todos los deportes, supongo… ya sabes, sin ser, eh, un experto. No se limita solo al ciclismo».

Intervención coronada con parabienes para Lance Armstrong: «Lo fue cuando crecía [un ídolo], ya sabes. Y Lance fue muy bueno conmigo». No se sabe de qué manera, pero, sea como fuere, Cavendish asocia sus éxitos al presunto final del dopaje: «Yo no podría haber hecho lo que hice en este deporte si el ciclismo hubiese seguido siendo como era en el pasado, ¿sabes? Y creo que, aun así, ahora, 20 años después, sigo respondiendo preguntas sobre ello, y siempre será así. Creo que he competido en uno de los, si no el que más, deportes más limpios del mundo, porque se hacen cosas para combatir el dopaje».
La mononucleosis de Cavendish
Lo que sí es cierto es que la mayor amenaza que tuvo el corredor durante su carrera fue una mononucleosis. En 2017 le diagnosticaron el virus de Epstein-Barr, una dolencia que suele pasar inadvertida en la mayoría de la población, fiebre, cansancio, inflamación de los ganglios, pero que en un deportista de élite puede convertirse en una sentencia de inactividad prolongada. «Básicamente es una fiebre glandular», explica. «La mayoría la contraemos de adolescentes, pero en los atletas de resistencia puede reactivarse cuando el cuerpo está sometido a fatiga extrema».
En su caso, el diagnóstico llegó tarde y mal. «Estuvo mal identificado y me dejó de rodillas durante un par de años», admite. Lo que comenzó como una sensación de agotamiento se convirtió en un calvario físico y psicológico. Pasó de ser el mejor velocista del mundo a no poder completar una etapa, y esa impotencia se trasladó al terreno personal: «Era un infierno vivir conmigo. Cuando no puedes rendir a tu nivel, no eres tú mismo. Es tu vida, tu identidad, todo lo que eres».
La mononucleosis le hizo comprender, dice, la fragilidad del éxito. Los equipos dejaron de llamarle, los patrocinadores desaparecieron y el círculo que antes le rodeaba se estrechó hasta casi vaciarse. «Cuando todo va bien, tienes un montón de gente alrededor. Cuando las cosas van mal, ese grupo se hace pequeño. Pero al final aprendes quién está realmente ahí».
Su recuperación fue lenta, casi artesanal, basada más en la paciencia que en la potencia. Cavendish aprendió a convivir con la fatiga crónica y con el estigma de un campeón que parecía acabado: «Lo que más me dolía era que nadie me creyera. Yo sabía que algo iba mal, que no era cuestión de forma ni de motivación. Cuando por fin supimos lo que era, al menos pude empezar a buscar una solución».

La enfermedad no solo le apartó del pelotón, también le cambió la forma de entender el deporte: «Te das cuenta de que no eres indestructible. Y que la salud mental y física van unidas. Aprendí a escuchar mi cuerpo, a respetarlo. Todo lo demás vino después».
Competitivo hasta casi los 40
A los 39 años, cuando la mayoría de los ciclistas ya han colgado la bicicleta o se dedican a carreras testimoniales, Mark Cavendish seguía peleando en los sprints del Tour con las mismas ganas que un debutante. Su mentalidad fue siempre su principal fortaleza: «Estuve diecinueve años corriendo. Gané todo lo que podía ganar. Y lo hice siendo ya un viejo, con casi cuarenta años».
Para mantenerse en la élite, Cavendish sacrificó casi todo lo que no fuera pedalear: «El trabajo que hay detrás cuando eres mayor es brutal: el cuerpo ya no responde igual, necesitas más tiempo para recuperarte, para afinar. Tenía que estar siempre hambriento, literalmente. Pasaba hambre todo el tiempo». Se pasaba los días pesándose y calculando la nutrición según cada gramo de más que tuviera. Lo que se conoce hoy, ni más ni menos, como deporte moderno.
Una situación estresante que le produjo un desgaste agotador: «Me estaba matando hacerlo, pero lo hice igual. El ciclismo no solo te deja exhausto físicamente, también te pasa factura en la cabeza. Estás fuera de casa, siempre cansado, sin margen de error. Pero, aun así, seguía. Porque si no sufrías, no ganabas».
Sin embargo, en sus últimos años toda esa experiencia le sirvió para compensar su edad. Ya no era cuestión de fuerza bruta, sino de inteligencia y estrategia: «Aprendes a leer la carrera, a entender a los demás, a anticipar lo que va a pasar. Sabes cuándo moverte y cuándo no gastar energía. Todo se vuelve instinto». A esas alturas, Cavendish competía tanto con sus rivales como contra su propio cuerpo: «Era viejo, sí, pero seguía siendo rápido. Lo difícil no era ganar, sino seguir queriendo ganar».
Y si le queda algún orgullo, es el final en alto de su carrera: «Terminar arriba, sabiendo que lo diste todo, eso no lo consigue casi nadie».
Superar a Eddy Merckx
A lo largo de diecinueve temporadas, Cavendish acumuló 165 victorias profesionales, un registro al alcance de muy pocos y comparable solo con las grandes figuras de la historia del ciclismo. Por eso su nombre quedó definitivamente grabado en 2021, cuando alcanzó los 35 triunfos de etapa en el Tour de France, lo que suponía superar el récord que durante 48 años había ostentado Eddy Merckx, el llamado «Caníbal».

La gesta tuvo algo de superación personal, casi al modo de Rocky. Venía de años oscuros, de lesiones y enfermedades, de contratos que no llegaban y de una sensación general de agotamiento. Pero Cavendish volvió a lograrlo: «No sé si fue un regreso espectacular, pero sabía que podía volver a hacerlo. El problema no era la capacidad, era tener la oportunidad».
Su estilo, eléctrico y agresivo, contrastaba con sus estrategias de carrera totalmente meditadas: «Tenía una memoria casi fotográfica de los recorridos. Sabía exactamente dónde estaba, en qué curva podía pasar y dónde tenía que salir. Era como ver la carrera antes de que ocurriera».
Superar a Merckx no fue solo un récord, sino un acto simbólico: la confirmación de que un ciclista nacido en la era del escepticismo, marcada por el dopaje y la sospecha, podía devolver al sprint la épica sin laboratorio. El propio Cavendish lo resume con sencillez: «No soy el más fuerte ni el más talentoso, pero he sabido ver huecos donde otros no los veían».
Elogio de lo colectivo
Aunque su nombre aparezca en los registros como ganador individual, Cavendish nunca ha dejado de insistir en que el ciclismo es un deporte de equipo disfrazado de competición personal: «Es un deporte individual con un solo ganador, pero sin los demás no eres nadie».
Un equipo en el Tour se construye como una orquesta, ha explicado: cada uno con su papel, cada pedalada al servicio del plan. «El Tour son veintiún días. Lo ideal es tener un especialista para cada jornada, para cada terreno. Si tienes un buen escalador, un rodador y un sprinter, puedes pelearlo todo. Pero si no hay presupuesto, si no tienes a los mejores, entonces hay que fabricar la oportunidad».
En términos futbolísticos: «Si tienes un goleador como Haaland, construyes el equipo para que le llegue el balón. Pues yo era ese jugador, el que remata al final».


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