
Llegó a ser el número 21 del mundo en el circuito ATP, donde ganó cuatro títulos, después de haber brillado en el tenis universitario estadounidense. Ya retirado, Steve Johnson, ha dado una de esas entrevistas en The Changeover en la que se comenta con sinceridad el infierno que supuso enfrentarse a Federer, Nadal y Djokovic a los tenistas de nivel medio de esa época.
Sin embargo, lo curioso de su discurso ha sido su denuncia de que Rafa Nadal recibía cierta ayuda de los organizadores de los torneos, que le pondrían la pista a punto, aunque se enfrentara a rivales a los que fácilmente podía ganar. Ocurría tanto en la Copa Davis, dice, como en otras competiciones. En concreto, cita un partido en el que ocurrió lo siguiente:
«Jugué contra Rafa en Madrid un año, creo que fue en 2015 o 2014. Probablemente ya sabía que no iba a ganar ese partido, sobre todo cuando vi que estaban echando carretillas de tierra para hacer la pista más lenta antes del encuentro. Pensé: ‘No creo que eso vaya a cambiar nada, pero bueno, adelante’.
Así que sí, cambian la velocidad de las pistas según quién juegue. Lo hacen, de verdad. Tenían que ‘arreglarla’, ya sabes. Tenían que ‘ajustar’ la pista. Pero salgo a jugar y la línea de fondo estaba más baja que el resto de la pista. Y dije: ‘Chicos, no creo que esto vaya a marcar la diferencia. Se agradece, pero no creo que sirva de mucho’
En la Copa Davis pasa algo parecido, incluso más exagerado. Hay gente que se mete en la pista de madrugada con papel de lija para hacerla más rápida. Y oye, eso me gusta».

Contra Federer la cosa no era distinta, pero en una faceta psicológica. Por todas partes se veía que ese hombre era un dios y él tan solo un humano: «Sales a jugar la cuarta ronda contra Roger y tienes que pasar por toda su memorabilia antes de entrar en la pista. No es fácil (…) En ese momento sabes que estás ante el mejor de todos los tiempos, y que es una experiencia única».
Jugar contra él era como estrellarse contra un muro, en Australia, por ejemplo: «Intenté hacer lo mismo que en Indian Wells, pero él cambió el plan de inmediato. No me dejó entrar en los mismos patrones. Es increíble lo rápido que ajusta su táctica, es como si dijera: “Eso no te va a funcionar otra vez”».
Un monólogo: «Jugar contra Roger en hierba no es fácil. Tiene esa capacidad de ganar sus juegos de servicio en segundos, no te deja respirar. Tú tienes que pelear cada punto para mantener el saque y, cuando menos te das cuenta, te ha roto el servicio y te ha pasado por encima. Te quita la raqueta de las manos. Gana y pierde los puntos en sus propios términos. Es el mejor en hacerlo».
Un imposible: «Puede sacar cuatro veces seguidas al mismo sitio y ganar el juego sin que toques la pelota».
Steve Johnson, otro deportista de elite destrozado por el dolor crónico
También ha revelado que durante sus dos últimos años en el circuito apenas podía sostener la raqueta sin dolor. El cuerpo ya no respondía: «Tenía el cuádriceps roto, ligamentos dañados en el codo derecho… Si hubiera querido seguir, habría necesitado entre nueve y doce meses de rehabilitación, quizá cirugía. Pero ya no tenía fuerzas ni ganas para pasar por todo eso».
Encima, aunque ganase, ya no encontraba placer alguno. «Me daba más alegría que se acabara el torneo que haberlo ganado. Mi cuerpo estaba destrozado, mentalmente agotado. Me dolía todo. Gané un par de Challengers y en lugar de pensar en subir en el ranking, lo único que pensaba era: ‘menos mal que no tengo que jugar mañana’».
Cuando comprendió que su carrera se había convertido en una obligación sin disfrute, decidió parar. Quiso hacerlo a su manera, sin dramatismo, en un lugar que representaba toda una vida en el tenis: Indian Wells. «Fue mi despedida perfecta», dice. «Estaban mi esposa, mis hijas, mis tíos, mis abuelos, todos los que aún podían venir. Fue una despedida perfecta para mí. No he echado de menos el circuito, si eso tiene sentido. Echo de menos algunas cosas —el vestuario, charlar con los compañeros, jugar en Wimbledon o en el US Open—, pero todos esos torneos pequeños, las rehabilitaciones, los viajes, lo tedioso de la vida de un profesional… ya no me encendían nada por dentro. Y no me he arrepentido ni una sola vez de la decisión».
Las penurias del circuito
Por otro lado, el descenso a los Challengers fue un golpe de realidad. Johnson lo cuenta echándose unas risas, con todo digerido, y con ese humor amargo de quien ha visto el otro lado del tenis profesional. Los hoteles mediocres, los desayunos imposibles, «huevos en polvo y salchichas de plástico», y las pistas vacías le recordaron todo lo que había dejado atrás.

Durante años solo había jugado los torneos grandes, los que le correspondían a un jugador con ranking ATP. Pero en 2023, con el cuerpo roto y la motivación en caída libre, se vio de nuevo en el circuito menor. «Fue un golpe al ego», admite.
Recuerda especialmente una semana en Lexington, Kentucky. Llegó al hotel, vio el buffet, y lo primero que pensó fue que aquel escenario no podía ser su vida. «Agarré un sándwich del Subway y me dije: bienvenido al tenis obrero». Era su manera de digerir haber pasado de los grandes estadios a los pasillos sin glamour del circuito Challenger.
En Monterrey (México) vivió otra de esas jornadas muy ilustrativas. Después de perder un partido que sentía que debía haber ganado, rompió varias raquetas, reservó un vuelo de vuelta y, para colmo, se quedó atrapado en el aeropuerto por una prueba de COVID. «Estaba en el suelo, rodeado de raquetas rotas y con el billete en la mano, y pensé: ¿qué estoy haciendo aquí?» Esa fue, según él, una de las señales definitivas de que su carrera se había agotado.
Autocríticas
En cuanto a su juego, reconoce que su revés cortado fue siempre una limitación, pero también un recurso que terminó por definirle. «Mi revés nunca fue un arma», admite, «pero aprendí a usarlo como una trampa. Lo lanzaba bajo, buscaba que el rival jugara por arriba, y entonces entraba con la derecha. No era bonito, pero funcionaba».
Ahora cree que en el tenis actual hay un cambio profundo. «Hoy todo es más plano, más rápido, más de fondo. Antes había más variedad, más ajedrez», explica. «Ahora todo pasa por dominar desde la línea. La gente no construye tanto los puntos, simplemente te pegan hasta que no puedes más».
Y deja una frase que suena a crítica: «Si hoy entrenara a un chico de 15 años, le diría que se quede en la línea de fondo y que le pegue fuerte a todo. No hay otra. Hoy se trata de eso: pegar y no pensar demasiado».
Aprender a perder
Todo esto habiendo aprendido la lección de lo que realmente es el tenis desde que era muy joven. Johnson había ganado absolutamente todo en la universidad, cuatro títulos por equipos y dos individuales con la USC, pero el circuito ATP le enseñó enseguida lo que era perder. «En mi primer torneo como profesional, en Newport 2012, perdí contra un tipo que había jugado de número 8 en Duke», recuerda. «Salí de la pista pensando que iba a dejar el tenis. Venía de ganar setenta y pico partidos seguidos en la NCAA y, de repente, me di cuenta de que en este nivel todo el mundo es bueno».

El contraste fue brutal. Acostumbrado a dominar, se encontró con una sucesión de derrotas que minaban su confianza. «Pasé de sentirme invencible a no saber si podía ganar un partido. Cada semana perdía con alguien distinto y empezaba a pensar que quizá no estaba hecho para esto».
Tardó casi dos años en ajustar la cabeza a esa nueva realidad, en entender que perder forma parte del oficio: «Aprendí que no puedes sobrevivir en el tenis profesional si no te haces amigo de la derrota. Todos perdemos cada semana. La diferencia está en cómo lo asimilas y en si te levantas a entrenar igual al día siguiente».
Good old times
Al final, sus buenos tiempos fueron aquellos en los que fue una leyenda del tenis universitario. Entre 2009 y 2012, llevó a la Universidad del Sur de California a conquistar cuatro títulos nacionales por equipos y dos individuales de la NCAA, una hazaña sin precedentes en la historia del programa. Aquel periodo, dice, lo marcó más que cualquier temporada en el circuito ATP. «La universidad fue el mejor tiempo de mi vida. Ganar con mis amigos, con gente que veía todos los días, significaba mucho más que hacerlo solo. Había un sentido de familia, de lucha compartida, que nunca volvió a repetirse».
Su dominio fue absoluto. Cerró su etapa universitaria con una racha de 72 victorias consecutivas, una cifra que aún hoy se menciona como una de las más impresionantes del deporte universitario estadounidense. Pero, lejos de tirarse el pisto por eso, Johnson dice que nunca jugó pensando en ese récord. «En mi último año, mi única motivación era ganar el cuarto título con el equipo. La racha no me importaba nada. Si perdía pero el equipo ganaba, me daba igual».
Habla con enorme respeto de su entrenador, Peter Smith, a quien considera una figura decisiva. «Peter fue quien me enseñó a competir, pero también a ser líder. Sabía cuándo apretarme y cuándo dejarme respirar. Me hizo entender que el tenis no es solo pegarle fuerte a la pelota: es un trabajo de mentalidad, de confianza, de cómo te comportas cuando todo va mal».

Y no olvida a sus compañeros, que menciona con afecto: Robert Farah, Daniel Nguyen y Emilio Gómez. «Eran mis hermanos. Compartimos cuatro años de locura, de viajes, de victorias y derrotas. Cuando pienso en por qué seguí en el tenis después de la universidad, fue por ellos y por lo que vivimos juntos».
Para concluir con un consejo: no cambiar de raqueta por dinero. «Lo aprendí por las malas», admite. «Cambié de Babolat a Yonex porque me ofrecieron un contrato mejor, pero nunca llegué a sentir la misma confianza. Al final volví a mi modelo antiguo, al que conocía desde niño. Cuando algo funciona, no lo toques. En este deporte, la cabeza vale más que el cheque».


Linda entrevista!
Un perdedor con muy mala uva
Claro, seguro que los organizadores pensaban «va, hay que echar más tierra a la pista para ayudar a Rafa». Que la pista ya fuese más rápida de por sí, a pesar de ser de tierra batida, por estar en Madrid, seguro que no tenía nada que ver.
Lo gracioso es que cuando «hay gente que se mete en la pista de madrugada con papel de lija para hacerla más rápida», le gusta. Si se hace algo en tierra batida para que la pista sea más lenta, entonces está mal y a Nadal le ayudaban.
Otro lloron que tiene envidia del dios Rafa Nadal y trata de ensuciar la leyenda y gestas ahora que se ha retirado.
Estas declaraciones son suficientes para echarle de los circuitos…
el mallorquín era arrechisimo y el suizo un pinga de llorón
Otro frustrado que tiene que rajar de Federer o de Nadal. No dice que ambos trabajaban muchísimo más que él y tenían y tienen atributos y virtudes que él no tendrá en la vida.
Que manera de hechar carretillas de tierra sobre si mismo.
Cuando los payasos salen a la pista es para hacer reír, tú eres un buen payaso
Que mala es la envidia.
Señores en todos los campos, de cualquier deporte se adecúan a las necesidades del equipo que juega en casa. En el fútbol, por ejemplo se riega el cesped antes y en el descanso del partido para mover mas rápido la pelota. Y los campos son de distinto tamaño. Tienen unos límites, pero eso marca la diferencia.
Steve qué? Pero usted quién es? De qué me conoce?
Me encantaba Steve Johnson. Era un tenista limitado por su físico y sus golpes, pero lo daba todo.
Me alegro que ahora cuente la verdad del trato de favor que vivió Rafael durante décadas.
Muy duro todo lo que cuenta de su última etapa y muy bonito todo lo que cuenta sobre la universidad.
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