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Deportes extremos en la ficción: la profecía de Rollerball

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Imagen promocional de Rollerball, 1975

El rugido de las motos se mezcla con el estruendo de los cascos al chocar. En el centro de la pista, una esfera metálica brilla bajo los focos como si contuviera en su interior el alma del mundo. Un jugador la atrapa con un guante imantado y acelera, perseguido por una manada de cuerpos acorazados que se estrellan contra los bordes del circuito. Las gradas rugen, la cámara gira, la sangre salpica el acero. Todo parece un rito: velocidad, violencia, obediencia. Así comienza Rollerball, la película que imaginó el deporte del futuro antes de los bonos de casinos sin deposito y terminó retratando el presente.

Todo empezó con una sospecha: que el deporte, ese refugio del esfuerzo y la noble competencia, estaba dejando de ser humano para convertirse en espectáculo. En 1973, el guionista William Harrison escribió un relato corto titulado Roller Ball Murder para la revista Esquire. Era una fábula futurista sobre un juego violento inventado por corporaciones que habían sustituido a los gobiernos, y sobre un jugador que, sin proponérselo, se convertía en símbolo de la rebeldía individual. Harrison había observado el auge del entretenimiento deportivo en la televisión y comprendido que la violencia domesticada era el nuevo opio de las masas. Su historia llamó la atención de Norman Jewison, director canadiense que venía de filmar Jesucristo Superstar y que buscaba un proyecto que le permitiera hablar del poder sin parecer panfletario.

Jewison compró los derechos y convenció a la United Artists de producirla. La idea parecía arriesgada: una película de ciencia ficción sin robots ni naves espaciales, ambientada en un futuro cercano donde la violencia se institucionaliza como herramienta de control. En lugar de efectos visuales espectaculares, Rollerball prometía mostrar el espectáculo del control mismo. Harrison adaptó su propio relato en un guion que Jewison reescribió con precisión quirúrgica, eliminando lo panfletario para centrarse en la figura del héroe: Jonathan E., un jugador de Rollerball que encarna la última chispa de individualismo en un mundo sin alma.

El director imaginó una estética sobria, casi documental. No quería un futuro reluciente, sino un mundo corporativo que se pareciera demasiado al presente. La película se rodó en 1974, en plena crisis del petróleo, y la atmósfera industrial del momento impregnó cada plano. Los escenarios fueron localizados en Alemania y en el Palacio de Deportes de Múnich, donde se construyó la pista circular que se convertiría en el símbolo de la película: una especie de coliseo moderno de acero y plexiglás que parecía diseñado por una mente fascista. Allí, Jewison filmó las escenas de acción con un realismo que aún hoy impresiona. Los actores —liderados por James Caan— entrenaron durante semanas con patines y motos, sin especialistas en muchas secuencias. El propio Caan sufrió varias lesiones, y el director, lejos de detener la producción, incorporó la fatiga real al tono físico de la película.

La violencia de Rollerball fue polémica incluso antes del estreno. Jewison insistía en que no se trataba de una apología, sino de una advertencia. Para él, el juego era una alegoría del capitalismo tardío: un sistema que mantiene la ilusión de libertad mientras destruye cualquier forma de voluntad individual. Por eso el partido final —filmado con cámaras que giraban en torno a los jugadores y micrófonos escondidos entre los cascos— no es solo un espectáculo deportivo, sino una misa televisada de la obediencia. Cada golpe es una metáfora de la resignación.

El guion de Harrison introdujo un elemento clave: la imposibilidad de acceder al conocimiento. En una de las escenas más perturbadoras, Jonathan E. acude a un centro de datos donde una supercomputadora, llamada Zero, almacena toda la información del mundo. Pero Zero ha empezado a borrar datos, a olvidar. “Las decisiones ya no las toma nadie”, explica un técnico. “Se toman solas”. Era 1975, y ya se estaba anticipando la lógica de los algoritmos y la opacidad de la inteligencia artificial corporativa. Jewison quiso rodar esa secuencia como una pesadilla burocrática, iluminada con luz blanca y fría, sin música, solo el zumbido de las máquinas.

El resultado final era una mezcla extraña de espectáculo y reflexión, una película de acción que se negaba a ser divertida. Cuando Rollerball se estrenó en junio de 1975, la crítica se dividió. Algunos la consideraron un exceso de moralina, otros la entendieron como una profecía. Lo cierto es que su impacto fue inmediato: el público acudió en masa, atraído por el deporte ficticio y por la figura de James Caan, que acababa de triunfar con El Padrino. En Alemania, Estados Unidos y Japón se organizaron partidos de Rollerball reales, con patinadores profesionales y motocicletas, lo que horrorizó a Jewison. “Era justo lo que queríamos evitar”, declaró. “La gente no entendió que la película era una advertencia, no una invitación”.

El éxito comercial fue notable, pero más duradera resultó su influencia. Rollerball se convirtió en referencia obligada para todo un subgénero: la distopía deportiva. Sin ella no existirían Perseguido, Los juegos del hambre o Black Mirror: 15 millones de méritos. Jewison había logrado lo que buscaba: filmar un espectáculo que denunciara el espectáculo, una epopeya sin esperanza donde la épica consistía en resistir. Y lo hizo en una época en que el cine todavía creía en los héroes trágicos.

Con los años, la película se volvió incómodamente actual. Su estética corporativa, sus torres de acero, sus directivos hablando en salas sin ventanas, se parecen demasiado a las sedes de las grandes tecnológicas. Su mensaje, también: que la humanidad, hipnotizada por el ruido del entretenimiento, corre el riesgo de olvidar que alguna vez jugó por placer. Jewison, con Rollerball, convirtió el deporte en metáfora de la servidumbre moderna. Y aunque se filmó hace medio siglo, todavía suena el eco de aquella bola metálica girando en la pista, como si el partido nunca hubiera terminado.

 

Un comentario

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