
Está sin equipo y eso le deja tiempo para hablar, para repasar su vida. Hace poco contó cómo fue caer en desgracia y acabar viviendo en un coche, pese al nivel que mostró en la NBA, y ahora ha profundizado más en sus orígenes en All the smoke. Vivía en el mismo barrio que Kevin Durant y las condiciones en las que creció fueron muy duras.
Sin embargo, nunca se lo pareció al principio. En esa época, todo aquello para él era la normalidad: «Yo crecí en el mismo barrio que Kevin Durant. Íbamos a los mismos gimnasios, jugábamos en las mismas canchas. Para nosotros era lo normal: él tenía cucarachas en su casa, yo tenía cucarachas en la mía. Subíamos al mismo autobús, yo me bajaba en su casa o él en la mía, y nunca lo vimos como pobreza. Era simplemente nuestra vida».
Pero al menos aprendió algo. Kevin Durant le enseñó a centrarse en el deporte: «KD fue el primero que me hizo enamorarme del baloncesto. Cuando lo conocí, tendría nueve o diez años. Él vivía en el gimnasio, y gracias a eso empecé a estar allí cada día también. Mientras yo me preocupaba por lo que pasaba en la calle o quién quería pelear conmigo, Kevin solo pensaba en entrenar. Él me enseñó que el baloncesto podía ser una salida».

Solo se dio cuenta de que algo fallaba cuando fue a casa Nolan Smith por primera vez, jugador que hizo dos temporadas en Portland y luego acabó en Europa: «Yo no supe que era pobre hasta que empecé a quedarme en casa de Nolan Smith. Con Kevin Durant, todo era igual que en mi casa: las cucarachas, las sirenas en el barrio, la misma rutina. Pero cuando fui a casa de Nolan vi otra realidad: él tenía sótano para sí solo, nevera llena de zumos, había hasta un bar ahí abajo. En ese momento entendí que lo mío era necesidad y que había gente que vivía con comodidades».
Pero, sin duda, las frases más crudas sobre su situación las pronuncia cuando recuerda a su madre, su profesión, lo que tuvo que hacer para sacarlos adelante: «Mi madre trabajaba tres empleos. Se levantaba temprano para el turno de la mañana, luego hacía otro trabajo de seis a diez, y después entraba en el de la noche, el ‘último turno’. Muchas veces no la veíamos: cuando nos despertábamos para ir al colegio ella estaba llegando, y cuando volvíamos de clase ya se iba otra vez. Pero siempre se aseguraba de que hubiera comida en casa, que mis hermanos y yo estuviéramos acostados y que no nos faltara nada».
El día que descubrió a qué se dedicaba fue de casualidad: «Cuando iba a su último trabajo, nos dejaba un número para llamar si pasaba algo. Una vez discutí con mi hermano y marqué ese número. Me contestó un hombre y me dijo: ‘Tu madre está trabajando, llámala de nuevo en dos a cinco minutos’. Colgué, conté hasta veinte, volví a llamar… y otra vez lo mismo. Mi madre luego me gritó por estar molestando, pero desde entonces me quedó la duda de qué significaba aquello de los ‘dos a cinco minuto’. Años más tarde, ya siendo jugador en Miami, estaba en el club Tootsie’s con una bailarina. Yo quería irme con ella y le dije que fuera a cambiarse. Ella me contestó: ‘Vuelvo en dos a cinco minutos’. En ese momento lo entendí todo. Llamé a mi madre y le dije: ‘¿Tienes algo que contarme?’. Ahí confirmé que uno de sus trabajos era en clubs nocturnos. Pero siempre lo digo: mi madre trabajó durísimo, incluso en los clubs, para que nunca nos faltara nada».
Etapa en Oak Hill y juventud
Beasley también se detiene en sus años de instituto en Oak Hill Academy, una etapa donde reconoce que su mayor problema era el tiempo libre; una época en la que se buscaba problemas porque era incapaz de soportar el aburrimiento: «En Oak Hill siempre me metía en líos. No podía evitarlo. Soy más listo de lo que a veces aparento, y cuando tenía tiempo muerto encontraba la forma de que pasara algo. Si me dejas sin supervisión adulta, armo un fuego. Me buscaba historias, traía chicas al campus, me escapaba, lo que fuera. El peor enemigo para mí siempre fue el tiempo libre».

Al repasar esa época, también recuerda lo especial que fue su generación, la hornada de 2007, en la que coincidió con algunos de los nombres más importantes del baloncesto estadounidense. Para Beasley, enfrentarse a ellos era un reto y toda una lección cada vez: «Derrick Rose fue el primero al que quise parecerme. Era tranquilo, frío, con un aura increíble en la cancha. O.J. Mayo, en cambio, era como Michael Jordan desde séptimo grado: todos lo veíamos como el número uno y yo pasé años persiguiéndolo hasta que en el último año de instituto pude adelantarlo en los rankings. Kevin Love no era tan dominante en secundaria, pero ya entendía el juego colectivo mejor que nadie: en Minnesota lo vi transformarse en un killer de 30 puntos y 20 rebotes. Y Eric Gordon también estaba allí, un anotador tremendo. Nuestra clase fue de perros, competidores de verdad».
El escándalo en el Rookie Transition Camp
Beasley a continuación le comenta al entrevistador uno de los episodios que más marcaron su reputación en la NBA: la noche del Rookie Transition Camp. Estaba en una habitación junto a Mario Chalmers y Darrell Arthur cuando irrumpieron los responsables de seguridad y personal de la liga: «Estábamos esperando a unas chicas que traían marihuana, pero cuando llegaron sacaron unos porros malísimos, de esos que yo ya ni fumaba porque llevaba meses fumando bien desde que tenía dinero. Cuando me pasaron el turno, dije que no, que yo no quería eso. Y justo en ese momento empezaron a golpear la puerta. Miré por la mirilla y vi a todo el mundo: seguridad del hotel, gente de la NBA, parecía una puta película de Marvel. Yo pensé en saltar por la ventana, aunque estábamos en un tercer piso. Al final, me escondí en un armario, detrás de la puerta, sentado en la caja fuerte. Cerraron la puerta y nadie me vio. Estuve ahí dentro hasta las seis de la mañana».
Aunque creía que había burlado a los investigadores, las consecuencias llegaron igualmente. Afirma que él no fumó, que simplemente se escondió, pero aun así recibió el castigo más duro: «A ellos (Chalmers y Arthur) los multaron con 20.000 dólares. A mí me cayeron 100.000, perdí el contrato de zapatillas que ya tenía firmado y mi nombre en la NBA quedó marcado. Me hicieron pagar como si hubiera sido el responsable de todo, cuando ni siquiera le di una calada al porro».
Lo que más le dolió, sin embargo, no fue el dinero ni el contrato perdido, sino la sensación de traición. Estaba convencido de que Mario Chalmers había guardado silencio para protegerlo, pero más tarde se enteró de que lo había señalado indirectamente: «Lo que me rompió fue descubrir que Mario habló. Yo pensaba que me había cubierto, que había mantenido la boca cerrada. Pero después supe que dijo mi nombre, que me metió en la historia. Eso fue lo peor: sentir que alguien de mi propio equipo, con el que iba a compartir vestuario, me había dejado vendido. Yo estaba dispuesto a cargar con mis errores, pero no con mentiras».
Michael Beasley en la NBA
Beasley no pudo triunfar en la NBA, pero se convirtió en un jugador de culto. Un ‘lo que no pudo ser pero pudo haber sido’. Cuando comenta esta situación, arranca reconociendo errores de juventud. Ya no culpa a su primer entrenador en la NBA, sino que entiende que ambos estaban debutando en un escenario igual de complicado para ambos: «Cuando era más joven culpaba a entrenadores como Erik Spoelstra, que fue mi técnico en mi año de novato en Miami. Siempre decía que no me dejaba jugar, que me cortaba las alas. Pero ahora, con perspectiva, me doy cuenta de que él también estaba debutando. Mi año rookie fue su primer año como entrenador jefe. Yo estaba asustado y él también lo estaba, incluso más que yo, porque venía de ser el tipo de los vídeos. Al final éramos dos novatos intentando sobrevivir».

El exnúmero dos del draft también admite que su carácter lo traicionaba. No había día en el que no tuviera un arrebato: «El problema es que yo no sabía cómo mostrar mi frustración más que con rabia. Cuando algo no salía como quería, explotaba. No tenía otro registro. Tenía 19 años y la única manera que encontraba de desahogarme era con enfado. No sabía expresarme de otra forma, así que la gente veía a un jugador conflictivo en lugar de un chaval perdido».
También se detiene en la falta de referentes claros en aquel vestuario de Miami, donde al principio se sintió excluido. Pero con el tiempo entendió que los que él veía como veteranos aún estaban buscando su sitio en la liga: «Esperaba más ayuda de los veteranos del vestuario, y cuando no la encontré, me frustré. En ese momento pensaba que Dwyane Wade o Udonis Haslem me estaban dejando solo, que no me daban la guía que necesitaba. Ahora lo veo distinto: Wade estaba entrando en su etapa de celebridad, rodeado de todo lo que eso conlleva; Haslem era el señor Miami y me llevaba a todos los barrios y fiestas, pero todavía estaba peleando por contratos. En realidad, todos ellos estaban encontrando su camino también».
En ese panorama, destaca a un jugador que sí cumplió con ese rol. Jermaine O’Neal se convirtió en el hermano mayor que necesitaba en un momento así: «El que realmente se comportó como un veterano conmigo fue Jermaine O’Neal. Jo me enseñó cómo empezar a ahorrar dinero, cómo invertir, cómo moverme como un profesional. Me mostró cómo debía comportarme fuera de la pista. Fue el primero que intentó convertirme en un hombre, aunque yo aún no estaba listo para todas esas lecciones».
En cambio, su relación con Pat Riley fue distinta: paternal, intensa y a veces incómoda. Beasley reconoce que no estaba preparado para recibir tanta disciplina a esa edad: «Luego estaba Pat Riley. Pat me trató como a un hijo. Me hacía entrar en su despacho cada semana, quisiera o no, me sentara a escuchar o no. Me enseñaba valores que hoy sigo aplicando. Pero entonces, con 19 o 20 años y demasiado dinero en los bolsillos, no estaba preparado. A veces era como cuando tu padre quiere abrazarte delante de tus amigos: solo quieres escapar, aunque lo que te está dando sea cariño y disciplina».
Lo que le lleva a una conclusión que ya sabe todo el mundo. Su carrera no era responsabilidad de sus entrenadores ni de sus compañeros, era suya: «Miro atrás y sé que no estaba preparado para nada de eso: ni para Spoelstra, ni para Pat Riley, ni para el rigor que exigía Miami. No tenía la madurez para entenderlo. Hoy acepto que no fue culpa de nadie más: yo era el denominador común en todo lo que me pasó, lo bueno y lo malo. Y esa es la parte más difícil, asumir que, aunque con 19 años no entendiera nada, era mi responsabilidad».


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