Daniel Moukoko (Camerún, 1997) no llegó a España persiguiendo la gloria, si no buscando vida. Recorrió 5.000 kilómetros durante un año para alcanzar y superar la valla de Melilla. Al otro lado encontró un país extraño, un idioma nuevo y, durante un tiempo, la calle como techo. Un cura le sugirió hacer deporte y Dani probó con el boxeo. Desde hace tres años noquea como profesional. Pero su gran KO acaba de producirse. Después de numerosos asaltos con abogados, promesas incumplidas y eternas esperas, Moukoko ha conseguido los papeles tras una angustiosa década en España.
La escuela Azteca Box nos abrió sus puertas para conocer a ‘El hombre tranquilo’. Rápido comprobamos que no lo es por falta de intensidad sobre el ring, sino por la calma con la que afronta lo que para otros sería inasumible. Dani golpea por justificar cada paso de aquel viaje que empezó en Camerún y terminó en A Coruña, lugar donde conoció a Luis Suárez, alma mater del gimnasio, entrenador y un segundo padre para él. Al púgil todavía le cuesta expresarse con soltura en castellano, las palabras no siempre salen al ritmo de los pensamientos. Ahí, como siempre desde hace siete años, aparece Luis, que no solo le da indicaciones desde la esquina, sino que le traduce silencios y emociones. Un guía en la vida y en el cuadrilátero que también nos acompañó en una entrevista que describe un relato de esos que algunos prefieren obviar: el de quien conoce el hambre, el miedo y el frío.
¿Cómo era tu infancia en Camerún?
Nací en Douala, vivía con mi familia, pero mi infancia fue un poco jodida. Vivía en unas condiciones muy complicadas. Dejé de estudiar a los nueve años y no tenía nada que hacer. Un día escuché a los amigos hablar que iban a irse y, con dieciséis años, me vine a España andando desde Camerún.
¿Cuánto tiempo tardaste y cómo fue?
Cuando salí de mi país pasé Nigeria, después Niger, Argelia, Marruecos y llegué a España. Tardé un año en llegar, pero no fue fácil. Tuve la suerte de conocer gente en el camino que me apoyó para comer o para otras cosas.
¿Ibas siempre a pie o en algún momento fuiste en algún vehículo?
Fuimos en algún vehículo, pero no era fácil. Íbamos andando casi siempre. Para cruzar entre Argelia y Marruecos teníamos que caminar toda la noche, era un camino muy largo.
¿Ibas solo o con más gente?
Con conocidos. Salí de Camerún con un amigo, pero él en Nigeria dio la vuelta. Había alguna gente que venía de Marruecos que le dijeron que allí pegaban a la gente, cogió miedo y volvió para casa.
Hacer a pie 5.000 kilómetros y atravesando países problemáticos no tiene que ser sencillo…
Yo vi como a un paisano mío le habían quemado las piernas. Anda con las piernas quemadas. Se lo hicieron en la frontera entre Camerún y Nigeria. No sé si fueron nigerianos o cameruneses. Fue porque estaba pidiendo dinero. Solo por eso te maltratan.
Había varias zonas complicadas. Por ejemplo, en Nigeria nos cogió la Policía y nos llevaron a calabozos. Tuvimos que escaparnos para intentar seguir el camino. La seguridad que hay allí, no la hay aquí. Cada paso hay un militar armado.
En Argelia lo mismo, nos cogió la Policía y nos mandaron de vuelta. Y cuando cruzamos a Marruecos también vimos militares.
¿Por qué os detenían?
Porque no teníamos papeles, éramos de otro país.
Al llegar a España, te volvió a pasar…
En Melilla nos cogió también la Guardia Civil. Cuando saltamos la valla estaban los guardias atentos y nos mandaron de vuelta a Marruecos. Allí nos cogió la Policía y nos soltaron sin hacernos nada. Hoy te alejan de España, pero antes te soltaban en una ciudad cercana.
¿Cuándo lo volviste a intentar?
Al día siguiente pedí un poco de dinero en la calle a la gente para coger el bus e intentar llegar a la frontera otra vez. Fui con algunos conocidos de otros países de África que fui conociendo.
En Marruecos vivíamos en un bosque de Nador, donde mucha gente iba a acampar antes de saltar la valla. Cuando llamaban a la oración aprovechábamos para saltar porque había menos seguridad, estaban más focalizados en rezar.
¿Cómo saltaste la valla sin que te cogiesen?
La primera vez me cogieron encima. ¿Qué hice en la segunda? Me intenté desviar, pasé debajo y salí del otro lado para cruzar la tercera valla. Luego crucé una carretera y había un jardín con plantas que pican. No podía cruzar. Entonces me quité la camiseta y me la puse en los pies para poder cruzarlo.
Cada temporada van cambiando las vallas. Después de que saltase yo, pusieron un alambre que tocas y te corta. Cuando crucé en 2014 no había. Eso sí, metías la mano y no entraba, no podía pasar, porque la valla era doble. Había que ser rápido para poder pasar las tres vallas que había, antes de que llegase la Guardia Civil.
Subimos casi quinientos a saltar y al centro llegamos siete personas. Me vieron y me siguieron porque ya sabía cómo era. Recuerdo que saltamos a las cinco de la mañana y estaba el helicóptero arriba.
Una vez en territorio español, ¿cómo llegáis al CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes)?
No sabía exactamente dónde era, pero empecé a caminar y lo encontré (está a unos 400 metros de la valla).
¿En el centro qué hacíais en vuestro día a día?
Recibimos un buen tratamiento, nos mandaron estudiar castellano, nos dieron de comer, nos llevaron al hospital, te miran si tienes alguna enfermedad…
¿Cuánto tiempo estuviste allí?
Un mes.
Y luego te llevan a Madrid.
Nos mandaron a Málaga primero, a un centro de acogida y luego en autobús a Madrid.
En Madrid vas a otro CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros) …
Sí, primero en Miraflores de la Sierra, luego me mandan a otro en Aluche y después voy a la parroquia San Juan de Ávila.
Tenía muy buen trato con la asistenta social, era amiga.
En esa parroquia inicias una nueva vida…
Sí… Aunque antes pasó algo un poco… bueno… El día de Nochebuena la asistenta nos invitó a varios a su casa para tomar algo. Tenía que ir en metro, al cambiar de línea, en Legazpi, me paró la Policía, me pidió los documentos y me llevaron detenido… Yo no sabía si era la Policía o no, iban de paisano. Cuando me querían esposar, agaché la mano y me cortaron. Me acusaban de desacato porque intenté escapar. Yo al cruzar los países de África no sabía quién era quién, conocía a la Policía cuando iba uniformada. La primera vez que me cogieron iban uniformados, yo subí al coche tranquilamente y luego me soltaron.
¿Qué hicieron contigo?
Me llevaron al calabozo. Al día siguiente salí y estaba muy asustado. En mi cabeza pensaba que me habían hecho una trampa. Fui a la parroquia con todo el miedo que tenía por dentro. No quería salir a la calle, no quería hacer nada… Se preocupó el cura por mí.
¿Cómo era la vida en la parroquia San Juan de Ávila?
Dormíamos en literas de tres personas. Teníamos cocina, lavadora, todo… Era como una familia. Estuve allí tres años y medio.
¿Conseguiste algún trabajo?
Cuando alguien necesitaba ayuda para descargar, me llamaban. También en la huerta de la parroquia hacíamos jardinería. El cura intentaba siempre ayudarnos.
¿Dónde empezaste a boxear?
En Madrid. Me vino a la mente mi primo porque en mi familia boxeaban varios. El cura me pregunto: «Dani, ¿tú qué deporte quieres hacer?». Le dije que me apuntase a un gimnasio. Era de pesas, pero después el cura llamó a otro camerunés y él me llamó para empezar a boxear. Ahí aprendí los pasos.
En 2018 dejas Madrid para irte a vivir a A Coruña…
Vi el cartel de una velada y salía Damián ‘Guinea’. Cuando le vi pensé que si tenía suerte podía ir a pelear también allí.
(Luis Suárez, dueño y entrenador de la escuela Azteca Box, interrumpe para explicar el motivo de su llegada y participa unos minutos en la entrevista)
Luis Suárez: Hicimos una velada a la que vino Sandor Martín, Miriam Gutiérrez, Maravilla Alonso, Guinea… Gente que eran campeones de España, Europa o que disputaron campeonatos del mundo. Chavales que tenían mucha madera. Vio el cartel con esos nombres y le llamó la atención.
En A Coruña llegas un día a la escuela Azteca Box. ¿Cómo los conoces?
Dani Moukoko: Cuando llegué aquí no conocía a casi nadie. Me encontré a algún paisano y un día uno me trajo junto a Luis. Me dijo que fuese poco a poco…
Luis Suárez: Yo cuando entra por la puerta no veo un boxeador, veo un chico necesitado. Era muy tosco por aquel entonces. Lo metieron al ring a sobrevivir. Era un chaval fuerte y el instinto de supervivencia hace mucho. En amateur, en su octavo combate ya lo pusieron contra Miguel Cuadrado, el campeón de España que noqueaba a todos. Dani estuvo ahí a los puntos. No boxeaba bien, pero se defendía.
Comenzaste a mejorar como boxeador, pero tu vida fuera del ring seguía siendo dura…
Dani Moukoko: Al principio estaba en Padre Rubinos (centro de acogida para personas sin hogar en A Coruña). Luego no podía estar más tiempo y me fui a dormir al parque durante unos dos meses o algo así.
Luis Suárez: En la tercera pelea que hizo con nosotros aún dormía en el parque. Me acuerdo de que un combate se le complicó mucho, el rival era jodido, pero a él lo vi con menos fondo… ¿Qué pasaba? Estaba deshidratado de todo. Después me enteré de que no tenía para comer y comía limones. Nada más. Fue a la pelea malnutrido. Vomitó una vez y fue cuando me di cuenta de que había algo raro.
Dani Moukoko: Luis me ayudó con la gente del gimnasio y me empezaron a pagar una habitación. Ahí empecé a progresar en el boxeo, poco a poco.
Así hasta llegar a 2022, año en el que Dani debuta como boxeador profesional.
Luis Suárez: Fue el sábado anterior al Domingo de Ramos y se quedó preocupado por el rival, el KO fue duro. Quedó unos minutos en el suelo… De hecho, la gente estaba aplaudiendo y él mandó callar mientras no se recuperaba el rival. Después llamé de madrugada para ver cómo estaba el chaval. Estaba bien y ya nos quedamos tranquilos. Dani al día siguiente fue a ofrecer el ramo de flores de Semana Santa a la iglesia porque su rival se había recuperado. Él es muy católico.
Fue también un combate especial porque tu madre pudo seguirlo por videollamada desde Camerún.
Sí. Antes no tenía contacto con ellos, yo no tenía teléfono en España ni ellos en Camerún. Gracias a Luis compramos uno y se lo mandamos. A partir de ahí volvimos a estar conectados y hacemos videollamadas.
¿Desde que te fuiste de Camerún en 2013, volviste a ver a tu familia?
No, era la única manera de poder volver a verlos. Ahora la mayoría de la familia tiene móvil. Hasta mi primo que boxeaba se quedó flipado al verme (risas). Nadie se imaginaba eso.
El año siguiente, en 2023, repites victoria en la velada ‘Coruña en Loita’ y decides destinar el premio a tus padres.
Ufff, como siempre la lluvia en Camerún… El viento tiró el tejado de mis padres y no tenían dinero para arreglarlo. Le dije a Luis que si ganaba le enviaba la bolsa pactada por asaltos a ellos. Y lo hicimos.
En 2024, de nuevo ‘Coruña en Loita’ es justo después de la DANA de Valencia y también aportas tu granito de arena…
Veía a los niños que habían perdido los juguetes y casi todo… Había que buscar una forma de ayudar y también doné el premio.
Para ello llegaste al cuadrilátero rodeado de compatriotas que aportan ritmos africanos a tus combates…
Sí, son paisanos, la comunidad camerunesa. Me gusta hacer la salida al ring con los niños, es algo que debemos acostumbrarnos, dar importancia y devolver ese cariño por la gente que está ahí. Hago mucha vida con cameruneses aquí. Hicimos una asociación y a veces nos sentamos, hablamos, buscamos soluciones si alguien tiene un problema…
Y en lo personal, después de haber padecido mucho, la vida también te sonríe.
Sí, me casé con una mujer de Carballo (A Coruña) y voy a ser papá en cualquier momento.
¿Has sufrido algún caso de racismo o rechazo?
Hay detalles… He vivido una situación en Madrid. Boxeando, uno le dijo negro a otro chaval de color. Yo me concentro en lo que estoy haciendo, no voy a dejar de hacer lo que hago.
¿Y fuera del ring?
Buscar piso siempre es complicado. Por ser de color no me lo querían dar a mí alguna vez. Me dijeron que «a gente así no la cogemos».
Luis se ha levantado a las seis de la mañana para ir a una cita conmigo. No una vez, varias veces. Podía estar en su cama descansando muy bien… pero vino conmigo. Detalles que hay que valorar.
¿Qué es Luis para ti? ¿Cómo lo definirías?
¡Un padre! Es todo, no solo entrenador, es un padre. No sé cómo te podía decir. Hizo casi todo por mí. Estoy donde estoy gracias a él.
¿Un sueño por hacerse realidad?
Ya está cerca: tener una familia, tener un hijo, estar tranquilo…








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Un gran ejemplo para aquellos que piensan que venir a Europa es hacer lo que les salga de los riñones porque ellos sólo tienen derechos y ninguna obligación. Mucha suerte en la vida, Daniel.