
Estaba viendo la charla de Willie Walker con Christian Vande Velde y George Hincapie de la pasada semana, cuando una frase del presentador me ha hecho reflexionar. Le dice Walker a Hincapie: «Tu amigo Lance atraía, ya sabes, cinco, seis, siete millones de espectadores por etapa del Tour de Francia. Según tengo entendido, ahora en EE.UU. una etapa típica la ven unas 400.000 personas. […] Estamos más o menos igual que en el pico de 2009, cuando Lance volvió de su retiro —ese fue un gran año».
Por supuesto, en el coloquio no se menciona el dopaje. Se da este dato de forma neutral y se sobreentiende que Hincapie tuvo una estrecha relación con él. Pero ese pequeño factor parece no importar a la hora de valorar las audiencias. Hubo etapas como la 20 de 2008, entre Montélimar y Mont Ventoux, que fue vista por 44 millones de personas en todo el mundo. Llegó quinto y logró ponerse tercero en una general presidida por Alberto Contador, que al año siguiente daría positivo por clembuterol.
Hace cinco años, unos académicos daneses analizaron si los escándalos de dopaje afectaban a las audiencias del Tour de Francia. Analizaron los datos entre 1993 y 2015 y comprobaron lo evidente, que el tipo de etapa importaba mucho a la hora de definir los picos de audiencia, así como si caían entre semana o en sábado y domingo.
Estos criterios se mantuvieron inalterables independientemente de los casos de dopaje que iban surgiendo a lo largo de los años. Si hubo algo que atraía a los espectadores era el nacionalismo o la identificación nacional. La presencia de un ciclista danés con el maillot amarillo elevaba notablemente la audiencia. Las noticias sobre dopaje, que no fueron pocas, no influían más que el tipo de etapa o si al frente de la clasificación general había alguien de casa.
Por eso, cuando Armstrong se retiró y Ullrich fue suspendido, en Estados Unidos y Alemania hubo un hundimiento de las audiencias. La organización tuvo que salir a hacer declaraciones al respecto y tranquilizar a los patrocinadores asegurando que Floyd Landis, estadounidense, podía hacer remontar el share. De hecho, ese año el quebradero de cabeza del banco Rabobank fue que uno de sus corredores, Michael Rasmussen, había ganado una etapa de montaña, pero para los clientes de la compañía no era un héroe porque era danés y no holandés. Poco tiempo después, Rasmussen admitía que se había dopado. Landis, también.
El único impacto reseñable se produjo en 2007 cuando las cadenas de televisión pública alemanas ARD y ZDF retiraron su cobertura en directo del Tour de Francia en plena carrera. El culpable fue el alemán Patrik Sinkewitz, positivo por testosterona. Se llegó a decir que el ciclismo era como el boxeo u otras modalidades de lucha que no tenían cabida en un medio público. En 2011, las dos cadenas decidieron dejar de dar el Tour por el dopaje, pero también porque había disminuido el interés del público, decían.
Y decían mal. No tardaron en retomar las retransmisiones y, desde 2024, también el Tour femenino.
Si el público no penaliza el fraude y el atentado contra la salud que es el dopaje, lo único a lo que podemos agarrarnos es a la responsabilidad de los medios. No hace falta que se hagan el hara-kiri como la televisión alemana hace quince años, pero sí que deberían no ser indulgentes con las prácticas corruptas.
No existe el dopaje en solitario, como un error personal, son siempre entornos, redes y decisiones jerarquizadas las que hay detrás. Cuando ciclistas que han formado parte de ellas siguen activo como directores de equipo o periodistas, se está fomentando el dopaje. Por parte de los patrocinadores y los medios. También cuando nos fingimos imbéciles y hacemos entrevistas como si no supiéramos de la existencia del dopaje y de cómo lo ha condicionado todo.
Todos los que participan en una trama de dopaje deberían temer algo más que a la justicia, al ser descubiertos, nunca más deberían volver a formar parte del mundo del deporte. Lo contrario es hacer que la rueda siga girando y girando.


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En el 2008 el Tour lo ganó Carlos Sastre, Lance Armstrong no participó y el equipo Astana de Alberto Contador tampoco (“Astana, al Tour”, reivindicaba Contador en la Challenge Mallorca en febrero). Fue el 2008 el Tour de la exhibición de Ricco, Piepoli y el equipo de Matxín en Pirineos, con el colofón de Hautacam y posterior descalificaciones, la EPOgoldenage.
El Tour al que te refieres es el del 2009, del que después fue descalificado Armstrong, reaparecía con el Astana y se vivió una lucha interna entre Contador, vencedor final, y él.