Entrevistas de fútbol

Guillermo Esteban Coppola: «Yo fui la pierna izquierda de Maradona»

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Guillermo Esteban Coppola (Foto: Cordon Press)
Guillermo Esteban Coppola (Foto: Cordon Press)

El 26 de noviembre de 2020, con el tapabocas empapado por las lágrimas, Guillermo Esteban Coppola hizo lo que jamás pensó que haría: sostener la manija del ataúd de Diego Armando Maradona.

El día anterior, el mejor futbolista de la historia había traicionado el pacto que firmaron en el aire durante una década: que el manager se iría antes de este mundo que su ex representado.

Maradona, ese «hermano, amigo, socio, hijo» con el que sólo le faltó «mantener sexo» dejó de respirar a los 60 años, luego de una insuficiencia cardíaca mientras millones de argentinos estaban confinados en sus casas ante la pandemia de Covid-19.

Coppola también dejó de respirar unos segundos el 25 de noviembre, cuando sonó su teléfono y la noticia imposible se confirmó. «¿Cómo me hiciste esto, Diego?», lanzó furioso, desencajado, como si le hablara al viento. «Me cagaste, dijiste que me ibas a despedir vos a mí con la música que más me gustaba».

«Guillote», conocido durante casi veinte años como «el representante de D10S» tiene ahora 76 años y sigue siendo una figura hipnótica de la farándula y del fútbol de la Argentina, mezcla de encantador de ilusionista y cuentacuentos con un realismo mágico a la altura de Gabriel García Márquez.

Imán, después de un libro biográfico en cuya portada metafórica fuma un cigarro bajo el agua, se prestó a una serie de ficción (Coppola, el representante, original de Star+) que retrata con vehemencia las noches de fiesta frente al Vesubio napolitano en la era Diego y Nápoles, su paso por una cárcel argentina tras «unos gramos de droga plantada» y ese «matrimonio» con Maradona que terminó en divorcio doloroso.

«¡Más de veinte años después de haberme separado de Diego, en noviembre de 2003, las cosas siguen sucediendo! Me eligen las compañías como Disney y seis o siete más, que se pelean para contar mi vida», dice a Jot Down Sport el también llamado «Capa Bianca». Canoso, enérgico, efusivo, abre su catálogo de recuerdos minutos antes de entrar a la radio en la que trabaja a diario en Buenos Aires. En el aire de La 100, la frecuencia modulada líder de su país, improvisa y dispara anécdotas descomunales.

¿Qué quería mostrarle al público con una serie biográfica ahora, blanquear qué?

No quería mostrarle nada. Me buscaron y me vino bien económicamente. Yo me muestro tal cual soy hace 76 años, con mis altos y mis bajos, con errores y virtudes. La perfección no existe, pero me gustaría que encuentres a una persona que te diga que no me quiere.

¿Por qué Maradona aparece poco en su serie?

Para preservarlo. Lo sigo amando. Muchos me dicen: el Diego que estuvo con vos (de 1985 a 2003) era un Diego feliz. Nos amamos de una manera única. Yo fui su pierna izquierda, su manager, el hombre que según los médicos le salvó la vida en Punta del Este, Uruguay, cuando sufrió la descompensación (por una sobredosis). Compartimos infinidad de veces hasta la misma cama, sin sexo claro.

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¿Y por qué se separaron de un modo tan conflictivo? En la ficción usted deja entrever que él a esa altura era ingobernable, como si toda la culpa fuera de él…

Nos separamos como se separan los matrimonios, por desgaste natural. Fue después del cumpleaños 43 de él. Decidí tomar distancia, él no lo entendió. Cuando nos reencontramos en el Mundial de Rusia en 2018 él me dijo: «nunca dejé de amarte» y yo le dije: «Yo tampoco».

¿Pero qué pasó específicamente para que él saliera a decir que usted se había quedado con dinero que correspondía a sus hijas?

Diego también era el que decía esas cosas. Una vez te decía que eras su corazón y otro el que se había quedado con algo que no le pertenecía. Era así. Un día él fue al baño con la puerta abierta y no me gustó, como ocurre con cualquier pareja… Yo me fui vacío de su lado, sin nada, perdí departamento, perdí todo, devolví poderes, devolví sociedades. Pasé de manejar las mejores camionetas a conducir el Ford K que me prestaba mi novia de entonces, Analía. Mi agradecimiento es total a su familia, porque el día que él murió me dieron esa manija para llevar, la primera del cajón, porque entendieron que me fui de su lado de un modo transparente.
…………………….

«Diego no es una persona, ni siquiera una marca, es una ilusión y nadie sabe mejor que yo venderle esa ilusión a la gente», promovía Coppola en 1985, tal como muestra la serie protagonizada por el actor Juan Minujín. Fue aquel año cuando Guillermo se encargó de la carrera de «El Pibe de oro», luego de que el primer representante de Diego, el que lo apuntalaba desde el equipo infantil Cebollitas, Jorge Cyterszpiler, se separara del astro.

Estamos ante un personaje inabarcable, que conoció el oro y el barro: de una cuna modesta a un pasar económico de clase media gracias a su trabajo en un banco. Luego, fortunas amasadas en la representación de jugadores de fútbol, summum junto a Maradona, champagne, mujeres y en 1996, la prisión luego de que la policía encontrara 400 gramos de cocaína en un jarrón de su casa y los medios más amarillos tejieran teorías hasta de conexiones narco.

El ex juez Hernán Bernasconi envió a prisión a «Guillote» y en 97 días el hombre aprendió la real magnitud del silencio, conoció el frío, la vulnerabilidad, la desprotección. Fregó, lloró, temió y terminó encantando a los peores matones del pabellón. Afuera lo esperaba entre lágrimas el «último Diego futbolista», el que lo defendía acérrimamente y que se retiraría del fútbol días después de que le concedieran la libertad, tras un Superclásico River-Boca que el equipo boquense ganó 2 a 1.

Futbolista frustrado que pasó por las divisiones inferiores de Racing club de Avellaneda, Coppola aterrizó en ese universo de las finanzas futboleras «accidentalmente», desde el Banco para el que trabajaba.

Su formación universitaria en el rubro Administración de empresas fue un plus cuando lo contactaron para colaborar con un intermediario en compra y venta de jugadores. «En 1974 me pidieron que acompañara a unos ejecutivos a Europa para ayudar con los números de una transferencia. Se trataba del pase de Osvaldo Santos, guardavallas de Lanús, al Barcelona de España. Finalmente Santos actuó en la filial del Barca. Mi nombre empezó a aparecer en diarios», detalla.

«En 1975 ocurre otro hecho importante. Un día el gerente general del banco me mandó a llamar, porque sabía que yo era hincha de Boca Juniors. Él estaba reunido con el defensor Vicente Pernía, figura de Boca Juniors, que se quería hacer cliente. Le abrí una cuenta y a los pocos días me llevó a La Candela, el mítico lugar de concentración de Boca. Épocas en que los jugadores guardaban los ahorros en el colchón, o la almohada, y yo los asesoraba en cómo invertir. Al tiempo ya tenía a 180 futbolistas que me pedían que los ayudara».

En 1978, por ejemplo, Coppola llevó a Alberto Tarantini al Birminghan City en Inglaterra; en 1982, a Juan Barbas al Real Zaragoza. Su desempeño llegó a oídos de Maradona, que en 1985 se interesó por sus servicios y rompió con su primer representante. No hubo que repartir el tiempo entre Diego y el pelotón de colegas: Guillermo dejó todos sus otros compromisos laborales y se dedicó 100% a Diego.

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Hijo de Juan Carlos Esteban y de Diana Preciosa Juana Di Fiore, padre de cuatro mujeres de cuatro relaciones, en su juventud llegó a enamorarse de una monja que a veces visitaba a su madre. «Ni se te ocurra, Guillermito», imploraba Doña Diana, que conocía el espíritu aventurero de aquel incorregible. «Llegamos a besarnos, la gente veía azorada a una mujer de sotana besuqueando a un joven», suele narrar, con un remate imprevisto: «Décadas después, me crucé a una mujer a la que no reconocí, acompañada por esposo e hijos. ‘Tengo que agradecerle: por usted me desperté y tengo esta familia’, me dijo la ex religiosa».

Como El gran pez de Tim Burton, cuesta creer muchas de sus memorias, recubiertas de una pátina como cinematográfica. La anécdota más narrada por él, en repetición, con agregados cada vez más coloridos, da cuenta de la astucia que Coppola tenía para la negociación: en 1986 Diego quería comprar una Ferrari Testarossa, pero le pidió a Coppola que la consiguiera en color negro. El manager logró una cita con el mismísimo Enzo Ferrari, viajó de Milán a Monza, acordó que pagarían poco más de 400 mil dólares, pero puso el reparo, necesitaba que la tonalidad fuera oscura.

«Mis Ferraris sólo son rojas», se ofuscó el dueño de la emblemática escudería. Coppola mandó a pintar la máquina de negro y se despachó luego con el negocio de su vida. «Corrado Ferlaino, el Presidente del Napoli, me preguntó qué regalarle a Diego para levantar su ánimo y le dije que la Ferrari negra. Le expliqué que me había costado 800, el doble, y así recuperamos los 130 mil de pintura y algo más», se ríe.

En el último capítulo de su serie tragicómica -no está Maradona para certificar o desmentir los hechos- Coppola lidia con el Diego más oscuro, el que destruye casas, provoca incendios, es parte de supuestas orgías y hasta enfurece a los dueños del Hilton. Guillermo se comporta entonces, más que como manager, como niñero de un inmaduro e irrefrenable ídolo que parece pedir auxilio. El desborde termina en quiebre de un vínculo que los argentinos aún intentan analizar.

Tal vez Coppola jamás pueda despegarse de ese recuerdo popular de la etapa de los peores demonios de Maradona, una era sombría. Ya lo dijo unos años antes de morir el propio Diego, a puro llanto en una entrevista intimista con el actor Gastón Pauls: «Pienso en la primera vez que tomé droga. Ahí yo siento que la cagué. Si la probás, chau. ¿Sabés que jugador hubiera sido yo durmiendo esos tres días que no dormí. Hubiera hecho desastre».

¿De qué vive económicamente hoy, Guillermo?

Soy un aprendiz de la radio, soy comunicador ahora, un privilegiado. Además, hace 12 años que formo parte de la organización de la Copa Argentina, competencia organizada por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), que se juega anualmente y en la que participan equipos de las cinco categorías del fútbol argentino. Además, me contratan para dar charlas sobre gestión, motivación, vida…

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Sigue siendo casi un rockstar, ¿Por qué cree que atrae tanto su figura todavía, cuánto tiene que ver Maradona en ese magnetismo popular?

Mucho. La trascendencia internacional la tuve por Diego. Yo representaba a 200, pero él fue mi gran impulsor porque él era el tipo más conocido del mundo. Pero es la gente la que debería responderte. Yo sólo sé que soy un gran celebrador de la vida, me cuido y ahora me levanto a la hora en que antes me acostaba. Se dijo mucho eso de «rey de la noche», un título que nunca fue de mi agrado, pero yo me la pasaba trabajando en Nápoles, arreglando asuntos y cuando volvía a la Argentina quería exprimir el tiempo. Con Diego vivíamos concentrados y cuando volvía a la Argentina me comía la noche. Amalia Yuyito González (hoy novia del Presidente argentino Javier Milei), mi mujer entre 1983 y 1987, me hizo un planteo: yo me dedicaba más a Diego que a ella y me planteó: o él o yo.

Y no hubo dudas….

Lo elegí a Maradona…

Sabe Coppola que nunca más volverá a aquella vida de inmortal, que no hubo paz posible junto al hombre más nombrado del mundo y que nunca más conseguirá el anonimato. Maradona muerto vive en los muros callejeros, en los himnos que se multiplican, en los bares, en las escuelas. Guillermo lo ve resucitado a cada paso. Está aprendiendo a relacionarse con este otro Diego, el que no es carne.

«Yo fui sus huesos, su bastón, su todo. ¿Qué hubiera pasado ese 25 de noviembre de 2020 si yo formaba parte todavía de la vida de Diego? No sé con certeza, pero lo seguro era que Maradona hubiese tenido la ambulancia en la puerta de su casa. En la próxima vida quisiera encontrar un amigo como yo».

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