
Ha tenido que ser en un reality, Special Forces donde Marion Jones ha comentado cómo se siente después de convertirse, como Ben Johnson y otros caídos en desgracia, en una de las grandes figuras del deporte asociadas de por vida al dopaje. En su caso, porque acabó en la cárcel después de ser acusada de mentir a las autoridades federales de Estados Unidos, además de un fraude con cheques bancarios.
En un momento del programa, en uno de los famosos confesionarios de este tipo de espacios, ha dicho: «Cuando me sentenciaron, tenía dos hijos pequeños, demasiado pequeños para que lo entendieran, pero sabían que había actuado mal». Por ese motivo: «Para mí, lo más duro fue pensar que un día mis hijos sabrían la verdad y tendrían que enfrentarse a la realidad de las decisiones de su madre».
Sigue completamente arrepentida de lo que ocurrió: «A lo largo de los años, he compartido mis más sinceras disculpas por haber decepcionado a tantas personas y ya es hora de seguir adelante. No es una respuesta que contente a todo el mundo, pero así es como me siento ahora».

Pero apechuga con lo que hay: «No puedo volver atrás y cambiar las cosas, pero he venido aquí para darle un ejemplo a mis hijos de que el valor es dar un paso al frente cuando no quieres hacerlo, con la posibilidad de que haya críticas, que haya opiniones, pero sin desaparecer».
Ese paso al frente incluía una pelea cuerpo a cuerpo con Kayla Nicole en el que Marion Jones se ha roto las costillas. Un momento que la ex corredora aprovechó para recordar que ya se había visto en una situación así en prisión, cuando pasó 49 días en régimen de asilamiento por una pelea. Por una disputa sobre la lavandería, una reclusa la atacó y ella se defendió: «Sentí que mi vida estaba en peligro, le golpeé la cabeza contra un refrigerador y le di patadas en las costillas».
Y lo que van a descubrir sus hijos es que su marido en aquel momento, CJ Hunter, campeón mundial de lanzamiento de peso, dio positivo. El problema desde entonces estuvo muy claro, porque ambos compartían entrenador, Trevor Graham. Después la red se amplío, la investigaron por Balco, el laboratorio californiano que producía sustancias indetectables para mejorar el rendimiento. En una reunión con un investigador federal, junto a sus abogados, Jones mintió.
Le sacaron un frasco y le preguntaron si alguna vez lo había consumido. Según su testimonio, era el suplemento nutricional que le había proporcionado su entrenador. En ese momento se dio cuenta de que era el esteroide indetectable de Balco. Negó haberlo visto antes, pero la investigación ya tenía en su poder los libros de contabilidad del laboratorio donde aparecían las siglas «Marion J» y «MJ» en los calendarios de dopaje.

Su defensa fue un ataque. Contrató al gabinete de comunicación que había tenido Bill Clinton con el escándalo de Monica Lewinsky. Se sometió a una prueba de polígrafo, la pasó y luego demandó a Víctor Conte, director de Balco, por difamación después de que reconociera que la velocista había consumido las sustancias que producía. Sin embargo, el problema llegó cuando su marido, Hunter, dijo que la había visto inyectarse hormona del crecimiento.
Pasó de ganar al año tres millones a entrar en deudas. Un banco la embargó su casa de 2,5 millones en Chapell Hill, Carolina de Norte. Aun así, decidió no llegar a ningún acuerdo y fue a juicio. Tuvo que reconocer que mintió al agente federal y de paso dar explicaciones por una estafa con cheques en la que estaba involucrado otro de sus ex novios, Tim Montgomery.
En un libro que apareció en 2010, On the right track, contó cómo fue esa experiencia en el centro penitenciario de Carswell en Fort Worth. Su marido, Obadele Thompson, la visitó con frecuencia, pero la situación era tan dura que ella no permitió nunca que se acercaran sus hijos. De hecho, cuando su marido la llevó para que ingresase, tuvieron que parar varias veces para que vomitara. Solo llevaba consigo un reloj, su anillo de casada, unos pendientes de plata y la Biblia.
Para que sus hijos no vieran que estaba presa, los envió a vivir a Barbados, con los padres de su pareja. Les envió por correo todo tipo de regalos y vídeos en los que les cantaba cumpleaños feliz. Parece que necesitó varias tomas para hacerlo sin llorar.
El día que llegó, no quería que ninguna reclusa la viera llorar, así que salió a la pista de atletismo con lo puesto y se puso a correr. Días después, compraría pantalones cortos y zapatillas en el economato de la cárcel, pero ese día lo hizo con la ropa que le habían dado al ingresar en el centro penitenciario. Cuando se quiso dar cuenta, casi todas las reclusas las estaban mirando desde las ventanas de sus celdas y las del comedor. Ante ellas, hizo repeticiones de series de 200 metros, su prueba favorita.

Compartía celda con cuatro mujeres. Dormía en una de las literas de arriba. Sus compañeras le enseñaron a qué otras presas tenía que evitar, cómo negociar con las compañeras para conseguir manicuras y peluquerías. Ganaba 12 centavos la hora por trabajar en la cocina, la panadería y barriendo.
Pero no estaba sola. Cada día recibía del orden de 30 cartas y algunos fans le ingresaban dinero en la cuenta de la cárcel. Pudo leer biografías del Che Guevara, Fidel Castro y Martin Luther King y leer todo tipo de prensa, pero para lo que no estaba preparada era para que los Juegos de Pekín le pillasen ahí dentro. Las demás reclusas veían la tele cada noche y ella aprovechaba para esconderse y no enterarse de nada.
La pelea en la cárcel de Marion Jones
En la obra también describe la prisión como violenta y sucia, aunque llegó a establecer vínculos afectivos con algunas compañeras y, de paso, aprendió a cocinar. Sin embargo, tras esa pelea, la víctima quedó herida, «con hematomas y ensangrentada». Jones fue a parar a lo que las presas llamaban «el agujero», dijo que eso era «como la siguiente parada al infierno».
Esa experiencia, por dura que fuera, le ha servido a la deportista para dar charlas a jóvenes. Su tema no es poco interesante. Ayuda a los chavales a pensárselo dos veces antes de tomar una decisión precipitada y tomar atajos. Les dice cosas como: «Yo soy la que decidió mentir sobre el uso de drogas para mejorar el rendimiento. Yo soy la que decidió mentirme a mí misma porque estaba tratando de evitar ciertas consecuencias. Perdí mi reputación. Sufrí humillación pública», informó en New York Times.

Ella en 2007 tuvo que declararse culpable por mentirle a un agente federal sobre el consumo de sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento durante los Juegos Olímpicos de 2000. De un golpe, se iba a una celda, se le prohibió competir en atletismo y se le quitaron sus cinco medallas y los récords que había conseguido se borraron de los libros como si nunca hubiesen existido.
La única redención posible, aparte de liarla ahora en los realities de celebrities de todo pelaje, fue jugar al baloncesto. 18 meses después de salir de prisión, probó suerte en un nuevo deporte, el baloncesto, en la WNBA. No era su primera vez, en la Universidad de Carolina del Norte había sido base y consiguió que su equipo ganara la NCAA en 1994. Logró jugar entre el 22 de agosto de 2010 y el 21 de julio de 2011, cuando fue despedida. Sus promedios fueron de 2,6 puntos y 1,3 rebotes por partido.
Un balance muy modesto para alguien que, en los Juegos Olímpicos de Sydney, tenía 24 años y aparecía en numerosos anuncios de televisión o portadas de revistas como Newsweek, Time, Sports Illustrated o Vogue, donde fue la primera atleta en hacer un posado relacionado con la moda. Lo más gracioso de toda esta historia es que su biógrafo, Ron Rapoport, que escribió See how she runs: Marion Jones and the making of a Champion, llegó a la conclusión de que, probablemente, hubiese ganado igual en 2000 sin haber consumido esteroides u otras sustancias.


Con la lectura de esas biografías, no me extraña que se le hiciera dura la estancia en la cárcel🤣🤣🤣. Y eso de que sin tomar drogas hubiera seguido siendo la mejor (un poco como Armstrong) estoy de acuerdo, pero el problema es la propia naturaleza de determinados deportes de alta competición, hace de la mayoría de los atletas unos adictos de manual.
En la cárcel tendría que estar el equipo de enfrente, más un siglo robando.
¿De enfrente de qué? ¿Del manicomio?