
En 2017, Bjorn Borg fue nombrado capitán del equipo europeo en la Laver Cup, la competición entre continentes que enfrenta a Europa con el resto del mundo, y ha desempeñado el cargo hasta septiembre del año pasado, cuando el torneo se celebró en Berlín. Ese ha sido su máximo contacto con el tenis, además de seguir de cerca a su hijo Leo Borg, que precisamente se enfrentó a Rafa Nadal en julio del año pasado. El ya ex tenista superó sin problemas al heredero, que solo tiene 21 años.
Estos dos motivos, la carrera de su hijo y su segunda jubilación, llevaron a Borg padre a dar una serie de entrevistas, algo poco habitual porque siempre ha sido muy reacio, incluso cuando triunfaba como tenista. En ellas, se ha podido conocer mejor a alguien que siempre ha estado rodeado por cierta aura de misterio y, sobre todo, sus gustos tenísticos, que es lo más importante.
Por ejemplo, en The Athletic, a Borg le preguntaron qué tenista moderno le recordaba a él y la respuesta fue muy clara: «Crecí en tierra batida. Nadal creció en tierra batida. Él es». De hecho, se deleitaba viéndolo: «Verlo jugar en canchas de tierra batida fue fantástico. Increíble. Cómo movía a los jugadores por la cancha…»
Además, en Clay Tenis ya había declarado su amor incondicional por el español: «He visto todos sus partidos en París. Mi mujer y yo hemos estado ahí muchas veces. Rafa es increíble. Roger y Rafa son increíbles, probablemente los dos mejores de todos los tiempos. Me alegré mucho cuando batió mi récord. Su juego en tierra batida es increíble».

Y como uno más, se emocionó cuando le vio llorando junto a Roger Federer, según reconoció a Tennis Magazine: «El hecho de que llorara demuestra lo mucho que Roger ha significado para él; han compartido grandes partidos, dándonos un tenis increíble. Rafa estaba triste por despedirse de un amigo y un rival que dejaba el circuito; algo que demuestra también quién es Rafa. Lo siento por ambos, pero también fue muy emotivo para mí».
Luego, en El Español, explicó que era una de sus debilidades, «uno de mis jugadores favoritos entre todos los que ha habido en la Historia del tenis». Entre sus facultades, destacó la tenacidad: «Exhibía una personalidad fortísima. Además, puedo asegurar que es una buena persona, eso no siempre coincide».
Todo ello en un tenis que ya no es el que conoció, tanto por la técnica como por la expectación. Y eso que él firmó una saga de enfrentamientos con McEnroe que se han convertido en historia sagrada de este deporte: «Ahora golpean la pelota con más fuerza, jugar con ellos es mucho más agotador. Además, está el aspecto televisivo, son grandes estrellas».
Por no mencionar los apoyos. Borg fue de los primeros en su día en viajar con entrenador, algo pionero. Ahora los jugadores llevan todo un séquito: «Tienen grandes equipos a su alrededor y es gente que hace un trabajo increíble. A mí me fue bien, aunque me retirara pronto, pero nunca tuve un equipo tan grande de gente con el que dar la vuelta al mundo y que me hiciera sentir tan apoyado. Fui el primero que viajó con entrenador. Hoy todos tienen un entrenador y un fisioterapeuta».

Avances que son lo que necesitaba este deporte, «el tenis es un deporte muy exigente, es muy duro porque estás solo en la cancha, y necesitas todo ese apoyo», aunque, en su carrera, algo le acabó desgastando más por la parte anímica que por la física: «Era muy feliz como jugador, pero no tenía motivación. Y si no tienes motivación para entrenar y competir todos los días, no puedes concentrarte en lo que haces y en lo que necesitas hacer».
Una serie de dificultades que, ahora que tiene a su hijo veinteañero en las pistas comprende mucho mejor: «Te pones más nervioso viendo jugar a tu hijo, sigo sus partidos y hay mucha presión. Me encanta verlo, pero es difícil. Como padre, no tienes el control. Solo cuando estás en la cancha tienes cierto control. Me es más fácil verlo en el sofá por televisión, es mucho peor en persona».
En su caso, como explicó en la citada Clay Tenis, llegó a un límite en que detestaba su propia vida, «se estaba convirtiendo en un circo». Su relación con la prensa fue difícil: «Escribían sobre mí todos los días durante años. Nuestra relación se tensó el día que me mudé a Mónaco en 1974. Me había convertido en un blanco fácil y surgió lo de ‘no debes irte de Suecia, quieres más dinero, no pagar impuestos, eso no está bien’, etc… Me convertí en un dolor de cabeza para ellos, buscaban algo y lo encontraron cuando salí de Suecia».
Ahí explicó también por qué decidió volver en 1991. Una paradoja, si antes había perdido la motivación con el deporte, en la vida normal también le pasó lo mismo: «Quise volver porque me aburría. Probé otras cosas en la vida, algunas con éxito, otras no, pero quería volver a involucrarme en el tenis. Probablemente, la decisión de volver directamente a Montecarlo sin haber jugado no un solo partido antes no fue la más inteligente».
Para 2025, se espera una autobiografía de Borg, que escribirá su mujer Patricia. Al tenista sueco, mejor deportista de la historia de su país, le han dedicado numerosos libros durante los años. Antes de su retirada, en 1980, Gene Scott, gran jugador y editor de la revista Tennis Week (además de mentor de John McEnroe) publicó My life and game, que ya contaba con importantes relevaciones del jugador.
Allí, hace cuarenta y cinco años, ya cargaba contra la prensa. Decía que si contestaba con monosílabos era por la mediocridad de los reporteros: «Las preguntas sobre mi edad y la tensión de la raqueta son particularmente molestas porque ambas están registradas públicamente e indican que el periodista no ha hecho sus deberes».

En esas páginas también dejaba claro por qué era tan hierático y callado. No era por reserva, sino para no perder los papeles: «Si mi rival hace trampa o si cae sobre mí un error del árbitro, no digo nada. Por dentro, lo digo todo, pero si protestara en voz alta, sé que me pondría tan nervioso y me sonrojaría tanto que estoy decidido a no hacerlo nunca».
Además, venían valiosas opiniones de sus rivales de entonces, McEnroe decía: «siempre llega antes a la bola. Yo no. Se concentra durante todo el partido, si yo me desconcentro unos segundos y llego tarde, el partido se ha acabado». Y él decía de McEnroe: «Es un maestro de lo inesperado. Nunca puedo anticipar sus tiros. Para vencerlo, tengo que mantenerlo en la línea de fondo con una longitud perfecta en mis golpes. Si sirve bien, crece su confianza. Si sirve mal, baja su confianza rápidamente. Y dice que se aburre jugando desde el fondo de la cancha contra mí. No creo que se aburra, creo que tiene la confianza para mantener un intercambio desde la línea de fondo».
Jimmy Connors también destacaba su regularidad durante todo el partido: «Para vencer a Bjorn, tengo que hacer lo que mejor hago, atacar. Pero tengo que ser más paciente y no fallar después de tres o cuatro golpes. Te lo devuelve todo. Constantemente mantiene la presión, porque siempre devuelve la bola. En el Garden (Masters 1980) estábamos intercambiando quince o veinte golpes por rally, que era lo que la gente quería ver. Fue un tenis increíble, no creo que hubiera un perdedor esa noche».
Y Borg sobre Connors: «Al principio, me intimidaba con su potencia y tenía un récord de victorias sobre mí importante, pero creo que lo jugaba mal al intentar la estrategia de otros profesionales: golpear slices, suaves y cortos, para romper el ritmo. Cuando desarrollé más confianza, sentí que podía golpear la bola tan fuerte como Jimmy y, además, era más constante. Esa era mi estrategia, y funcionó. Me enfrenté a él siete veces en 1979 y no perdí ni una sola vez».
Más adelante, el libro más destacado que apareció fue The Golden Boy of Centre Court, de Graham Denton, donde había un relato pormenorizado de otros momentos clave menos conocidos, como cuando un sanción de la Federación Internacional al yugoslavo Nikola Pilic desencadenó un boicot de la ATP que secundaron 81 profesionales.

Wimbledon se quedó en cuadro, no había jugadores. Tuvieron que descender de categoría para encontrarlos y eso permitió a un chaval de 17 años, el joven Borg, participar en el torneo y mostrar sus dotes. Cayó ante Roger Taylor en cuartos en un partido de dos horas y cuarenta y cinco minutos. Con esa hazaña, se convirtió en un ídolo de masas cuando solo era un adolescente. Cosechó una legión de fans femeninas que, de hecho, cuando perdió ese partido, se lanzaron a consolarlo.
Eso sí, él contestó ante el fenómeno con su conocida aridez: «Las chicas aquí me hablan durante los partidos. No es tan malo en la Pista Central, porque están más lejos, pero en otras pistas es un poco molesto». Una muestra de, como concluye el autor, el carácter meticuloso y perfeccionista de este deportista quien, quizá por ese motivo, nunca se sintió a gusto bajo los focos.
Sus rituales eran de traca. Llevaba siempre exactamente diez raquetas alineadas en orden descendente según la tensión de las cuerdas, ajustadas por un hombre de su confianza, Mats Laftman.
Tomaba siempre la misma ruta hacia el All England Club, cruzando el puente de Hammersmith en un coche con radio, además, usaba siempre el mismo vestuario y, lo más importante, pedía siempre la misma cantidad de toallas. Cuatro días antes, se afeitaba y no volvía a hacerlo durante el torneo. Hasta sus padres estaban en el ajo, solo iban a verle los días impares.
Los medios detectaron el TOC, como es su obligación, y pronto se desarrolló una relación entre ambos que oscilaba entre el odio y la admiración. En una de las citadas entrevistas, la de Clay Tenis, Borg remataba una respuesta sobre los reporteros reconociendo «pero sé que me querían, me querían».
La realidad era que se había convertido en un icono global, pero tanta introversión y reticencia a abrirse ante los medios frustraba a los periodistas, que querían su ración de titulares. Así, se exageraron sus lesiones y se alimentaban rumores de que quería retirarse, como finalmente, casualidad, acabó ocurriendo. Al mismo tiempo, se exageraban sus errores porque estaban deseando poner en cuestión su estatus. De alguna manera, eso le acabó secando la moral.


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