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Ferguson y Giggs, la gestación de los «Fergie Babes»: los años salvajes

Ryan Giggs y Alex Ferguson

Alex Ferguson no prestó mucha atención al nombre del chico. Se llamaba Ryan Wilson, uno más de los miles de jóvenes prometedores de los que le llegaban noticias. Sí le importó que fuera hincha del Manchester United y jugara en las inferiores del City.

––¿Ves? Por cosas como esta hace años que no ganamos la liga. Si es tan buen jugador y, además, es hincha del United, ¿cómo es que juega en el City? ––le contestó a su ayudante. Después volvió a preguntarle por el nombre del chico.

Hacía menos de un mes que el escocés había sido nombrado manager del United y enseguida tomó conciencia de que el club necesitaba una completa reorganización. Sabía que los veinte años sin ganar un título de liga se explicaban también por la anticuada organización de la cantera. No bastaba con gastar dinero en grandes figuras como Bryan Robson o los daneses Olsen y Sivebaek, las inferiores del Manchester United tenían que surtir también al primer de equipo de los mejores juveniles del Reino Unido. Así fue como Matt Busby hizo grande al United y así estaba dispuesto a hacerlo él ahora.

Unos días más tarde se acercó a ver un partido de los juveniles. Al terminar, encolerizado por la actitud mostrada por los jugadores, no dudo en entrar al vestuario y dirigirse a ellos, sacando a relucir ese carácter temerario que siempre le ha caracterizado. Las palabras de Alex tuvieron gran impacto en los chicos, sin embargo, al responsable de los juveniles, Eric Harrison, no le sentó muy bien que se entrometiera en su trabajo. Al día siguiente fue a verlo a su despacho y ambos se enzarzaron en una fuerte discusión. Alex le recriminó la poca cantidad de jugadores que llegaban al primer equipo. Eric se defendió: «consígueme jóvenes con más calidad y te daré más jugadores de primer nivel». Solo escuchó dos palabras más del nuevo manager: «los tendrás».

Ryan Giggs

Tiempo después, el teléfono sonó en casa de los Wilson y Ryan estalló de alegría cuando escuchó que le llamaban para una prueba con el Manchester United. Lo que no sabía era que esa prueba era un mero trámite. El día que se enfrentó a los sub-15 del United en la ciudad deportiva del club, mientras él hacía un hat-trick en el terreno de juego, Ferguson observaba desde su oficina. Le impresionó la manera en la que aquel joven se movía por el campo. Fino, con un gran equilibrio y driblando rivales como si bailara con el balón. Por eso, el día que cumplía catorce años, al volver de la escuela, Ryan vio un Mercedes dorado aparcado en la puerta de casa y, al entrar, encontró a Ferguson tomando un té en el sofá del salón.

El Manchester United estaba inmerso entonces en su segunda temporada con Alex Ferguson a los mandos, la primera en la que dirigía al equipo desde el inicio. Había fichado a los defensas Steve Bruce y Viv Anderson, además del delantero escocés Brian McClair y parecía que el equipo mejoraba poco a poco. Terminó la liga en segunda posición, lejos de los números del campeón, su eterno rival, el Liverpool. No estaba mal, pero el club sumaba ya tres temporadas consecutivas sin títulos y esa era una losa que cada vez pesaba más.

Para la siguiente campaña Alex reforzó el equipo a conciencia. Trajo de vuelta al delantero Mark Hugues y para la portería fichó al escocés Jim Leighton, a quien el propio Ferguson había hecho debutar durante su etapa en el Aberdeen. Al mismo tiempo dejó marchar al danés Jesper Olsen y, para ocupar su lugar en la banda izquierda, trajo a Ralph Mine. No era un jugador brillante, pero Alex sabía que ese puesto lo tenía asegurado de cara al futuro. Sólo tenía que esperar a que la joya de la cantera madurara y asegurarse de que su talento no se perdiera por el camino.

Ryan seguía despertando la admiración de los responsables de las inferiores del club en cada partido que disputaba, al tiempo que pasaba por momentos muy difíciles en su vida personal. La relación entre sus padres había estado siempre marcada por las continuas peleas y discusiones; hasta que su padre se marchó de casa, poco después de que el joven recibiera la llamada del United. Ryan había estado siempre muy apegado a su madre y, al ir tomando conciencia del trato que su padre le había dado a lo largo de los años, decidió renunciar a su apellido para adoptar el de su madre. A partir de ese momento sería Ryan Giggs.

Tenía entonces dicieséis años. Había crecido en Cardiff, hasta que, a los seis años, a su padre le ofrecieron un contrato con los Swinton Lions de rugby league. La familia entera se trasladó entonces a la localidad de Salford, un suburbio del Gran Manchester, perfectamente descrito en la canción Dirty old town de The Pogues. Un típico barrio obrero, en el que el color de piel más oscuro de Ryan no pasaba desapercibido para sus compañeros y le hizo sufrir muchos momentos de acoso escolar.

El enorme talento del joven y su contexto familiar y social hacían que, en el United, resonara el nombre de George Best y la leyenda de cómo Matt Busby lo había llevado a lo más alto del fútbol mundial y no había sido capaz de frenar su decadencia, hasta dejar Old Trafford a los veinticinco años. Alex conocía bien la historia y estaba dispuesto a proteger a Ryan como a un hijo. Él mismo había crecido en un suburbio de Glasgow y conocía muy bien los códigos, el ambiente en el que se movía Ryan. Además, veía en el joven a una persona tímida, obediente, lejos del carácter rebelde de Best.

Mientras tanto, el United de Ferguson seguía sin convencer. En su segunda temporada completa al frente del equipo terminaron en media tabla, con actuaciones que invitaban más al aburrimiento que a la ilusión. Y, en adelante, la situación no hizo más que empeorar. Alex se encerraba en largas charlas con la plantilla, entrenaba para corregir cada uno de lo errores que observaba, pero no era capaz de darle la vuelta a la situación y la frustración y los síntomas de falta de confianza entre los jugadores empezaban a ser evidentes.

El 23 de septiembre de 1989 el United perdió por 5-1 frente a sus vecinos del City y las críticas se recrudecieron. En Old Trafford apareció una pancarta que decía «tres años de excusas y todavía una basura. Adiós Fergie», mientras el público empezaba a cantar «Fergie out» y el grito era amplificado, a través de la prensa, por las declaraciones de alguna vieja gloria del club. En su casa, Alex y su familia recibían llamadas con insultos como «vuelve a la jodida Escocia» o «eres un inútil». Su mujer y sus hijos le pedían que renunciara, pero Alex seguía confiando en que, el suyo, era un proyecto a largo plazo y tarde o temprano terminaría dando resultado.

El 7 de enero del 90, el United se enfrentaba al Forest en la copa. Para entonces, con el equipo en decimoquinta posición en la liga, la copa se veía como la única manera de salvar la temporada. La prensa parecía unánime en afirmar que aquel partido era un ultimátum para Ferguson y, aunque la víspera el presidente le había garantizado que seguiría en el cargo cualquiera que fuera el resultado, Alex había vivido lo suficiente en el mundo del fútbol como para saber que, si perdían, la presión para echarlo sería muy grande.

El United saltó al campo con la conciencia de que se jugaban mucho más que una eliminatoria de copa. No fue un partido brillante, pero el solitario gol de Mark Robins en el minuto cincuenta y seis dio la victoria al equipo y aseguró la continuidad de Alex. Además, como si de un hechizo se tratara, aquel gol cambió la dinámica del United.

Después del Forest eliminaron en la copa al Hereford, Newcastle, Sheffield United y Oldham Athletic; hasta que, el 17 de mayo del 90, en el estadio de Wembley, superó al Crystal Palace en la final. Era el primer título de Alex con el United, el primero del club desde el 85 y el que dio al entrenador el tiempo que necesitaba para seguir construyendo el club que tenía en mente.

Diez meses después de aquella final Ryan Giggs debutó con el primer equipo del United. Tenía apenas diecisiete años y era tan delgado que el público temía que se lo llevara el viento en cuanto empezara a soplar. Ajeno a la reacción en las gradas, Ryan se colocó pegado a la banda izquierda y, a los pocos minutos, controló un pase largo, dejó atrás a un rival y siguió hacia portería hasta que lo derribaron con una dura entrada. Enseguida se levantó y se encaró con el defensa. Ferguson también le había estado preparando para esos momentos.

A partir de entonces Alex incrementó la protección sobre el joven. Se aseguró de rodearlo de los compañeros adecuados, de que no lo atosigaran con entrevistas y, si hacía falta, se presentaba a cualquier hora de la noche en una fiesta para sacarlo de allí. Dosificó sus apariciones con el primer equipo y no lo sacó como titular hasta dos meses después. Cuando, en mayo de aquel año, el United venció al Barcelona en la final de la Recopa, Giggs ni siquiera entró en la convocatoria. Ferguson lograba un nuevo título, mientras la joven perla se iba consolidando poco a poco.

Al año siguiente ganó el premio al mejor jugador joven de Inglaterra, pero Alex todavía lo bajó al equipo juvenil para que disputara la final de copa junto a una generación de jugadores que Ferguson había ido cuidando con mimo y en la que tenía puestas muchas esperanzas. El Manchester United ganó aquella final con Giggs como capitán y rodeado de jugadores como Gary Neville, David Beckham, Keith Gillespie o Nicky Butt. Alex había cumplido con el compromiso adquirido años antes ante Eric Harrison. Había mejorado el departamento de ojeadores del club y le había conseguido a los mejores juveniles del Reino Unido. Harrison, por su parte, también cumplió el acuerdo y se ocupó de entrenarlos para que se convirtieran en futbolistas de primera división.

En la temporada siguiente y ya con Giggs asentado como titular, el United ganó, por fin, el título de liga; 26 años después de su última victoria y casi siete después de la llegada de Ferguson. Habían desaparecido ya todas las críticas y Alex se había ganado la tranquilidad necesaria para formar el equipo que siempre había querido.

Esa misma temporada debutaron los mencionados Neville, Beckham, Butt y Gillespie. Un año más tarde lo harían Scholes y Phil Neville. Ferguson les exigió mucho, pero también los cuidó como había hecho antes con Giggs. Llegado el momento, no dudó en prescindir de grandes futbolistas como Paul Ince, Kanchelskis o Mark Hugues, para dar paso a una nueva generación de canteranos que ya eran conocidos como los Fergie Babes. Desde fuera se veía como un riesgo muy alto, Alex, en cambio, estaba convencido de que no le fallarían.

Tres títulos de la Premier y dos FA Cups más tarde, el 26 de mayo de 1999, en el Camp Nou, el Manchester United se impuso al Bayern Munich en una inolvidable final de la Champions League. Aquel día Ferguson alineó a Gary Neville, Butt, Beckham y, por supuesto, Ryan Giggs. En el banquillo estaba Phil Neville, mientras que una sanción obligó a Scholes a seguir el partido desde las gradas. Los Fergie Babes, la mejor generación de jugadores surgida de la cantera del United, habían llevado al club a lo más alto del fútbol mundial. Alex había tardado trece años, pero terminó por completar su sueño.

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