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El Mundial de los entrenadores intercambiables

A Hannibal Smith, del Equipo A, le encantaba, y no se cansaba de repetirlo capítulo tras capítulo, que los planes salieran bien. En la película «Aupa Etxebeste», la familia del mismo apellido planea una treta para fingir que se encuentra de vacaciones, cuando en realidad permanece oculta en casa durante semanas, todo con el objetivo de mantener las apariencias ante sus vecinos y evitar que conozcan su delicada situación económica. Existen cientos de películas y libros cuya premisa es la elaboración y ejecución de un plan. Si tuviera que elegir uno, me quedaría con «El Conde de Montecristo», la venganza más poética, misteriosa y a la vez calculada de la historia de la literatura. Un plan en apariencia perfecto, francés en su concepción, minuciosidad y frialdad, pero tan exagerado, pretencioso y emotivo en el desarrollo que perfectamente podría ser un anuncio argentino para el Mundial.

Bleus y albicelestes le habían regalado a la organización la final soñada, un choque intergeneracional entre las dos principales estrellas de su club-estado, el PSG, para dirimir, y que Gramsci me perdone, si el viejo mundo de Messi se moría y era sustituido por uno representado a la imagen y semejanza de Mbappe, o por el contrario la pulga conseguía, por fin, ser uno y trino en su Argentina natal. Para completar la cita, ya antes de que el árbitro pitará el inicio, sabíamos que los monstruos del claroscuro estaban sentados en los sillones aterciopeladosdel palco.

En la previa, dos magníficas selecciones, la eterna Croacia y la poderosa y extenuada Marruecos, disputaron el partido más irrelevante de cada cita mundialista. Sorprende, por irracional, el poco valor que se le da a la posibilidad de escalar al tercer escalón de un Campeonato del Mundo. Es un fenómeno propio del fútbol e impensable en la práctica totalidad de las grandes competiciones deportivas, donde cada muesca en el palmarés es reconocida y celebrada. Ni croatas ni marroquíes necesitaban un partido más para reivindicar su magnífico campeonato, pero pareciera que los Regragui, Hakimi, Modric o Livakovic eran el elefante en el gigantesco y hortera salón de Catar. Aún así, resultó conmovedor ver a un campeón de casi todo como Luka Modric besar el bronce.

Como cierre de campaña de esta gigantesca y sangrienta operación de sportswashing, difícil imaginar un colofón más icónico que el de ver a Maradona levantando la Copa de 2022, a imagen y semejanza de Messi en 1986. O quizá haya sido al revés, no lo descarto, al fin y al cabo se trata de una cuestión de fe: algunos creen en el Antiguo Testamento, y otros en el Nuevo. Sea como fuere, Messi tiene su Mundial, y el mundo del fútbol un debate absurdo menos. Sobraron el Emir, Infantino y la túnica, llevando la contraria una vez más a Maradona, y demostrando que la pelota se mancha hasta límites obscenos.

Un debate acallado por el resultado, como sucede con todas las controversias basadas en el marcador, principio y final para quienes no entienden el juego ni tienen el más mínimo interés en hacerlo. Como decía Marcelo Bielsa, “el mismo argumento que se utiliza para amplificar un comportamiento en la victoria es el que se usa para condenar en la derrota”. Si gana, Messi no deambula, camina; No tiene la mirada perdida, sino que observa, acechante, como un felino a su futura presa; No le falta liderazgo, al contrario, incluso se pasa de frenada, contagiado por la cultura del exceso tan propia de los argentinos. Y sobre todo, si gana, la edad se convierte en experiencia y no en un insulto.

Mientras todas estas disputas absurdas llevaban tiempo revoloteando a su alrededor, la respuesta del diez rosarino se ha resumido en su mejor mundial hasta la fecha, con algunas de las, sino mejores, si más emocionantes actuaciones de su carrera, dos goles decisivos en la final, y una frase de tanta utilidad en tantas situaciones que podemos perdonarle el exabrupto: “¿Qué mirás, bobo? ¡Andá para allá, bobo!”.

Desde que asumió la responsabilidad de dirigir al combinado argentino, el plan de Scaloni ha consistido en contravenir aquello de que el orden de los factores no altera el producto: en lugar de buscar que todo orbitara alrededor del 10, ha procurado que sea él quien orbite alrededor de los demás. Puede parecer lo mismo, pero no lo es.

Volviendo a «El Conde de Montecristo», en sus primeros años de trayectoria en la selección albiceleste Messi parecía el Edmond Dantes pesaroso y encarcelado, encorvado por el peso de la historia, perseguido por el fantasma de Maradona, incapaz de entender si lo de Barcelona y su selección era el mismo deporte, y acosado por una prensa tan tóxica como despiadada. Tras años de penurias y desencuentros, tanto futbolísticos como personales, encontró su tesoro en la final de la Copa América de 2021, en Maracaná, y desde entonces su historia y la de su selección ha dado un vuelco. Scaloni le ha proporcionado un contexto para brillar y hacer brillar a sus compañeros, y Leo por fin ha entendido el arco de su personaje, sus motivaciones, tramas y objetivos.

No ha sido el único acierto del cuerpo técnico argentino en Catar. Más allá de la versatilidad para modificar estructuras en base a las necesidades de cada partido, intervinieron decisivamente la alineación tras los dos primeros encuentros ante Arabia Saudí y México, primero con Julián Álvarez, después con Enzo Fernández y McAllister, y en la final con la providencial entrada del Fideo Di María. En el fútbol de selecciones los entrenadores apenas cuentan con dinámica del día a día para ir construyendo y perfeccionando su propuesta, más allá de las previas, y por ello es fundamental acertar con el once. En el plano táctico, una mayoría apuesta por la practicidad en detrimento de la complejidad. Las obras de autor suponen un bien escaso, y en este Mundial no han salido especialmente bien paradas.

John Herdman presentaba en sociedad a Canadá, joven y revolucionaria, con una apuesta radical basada en la continua movilidad de sus piezas y la clara preponderancia de los roles por encima de las posiciones (¿De qué ha jugado Davies a lo largo del Mundial?). Pese a algunos tramos de genialidad y otros tantos de caos y desorganización, queda la sensación de haber asistido al making of del fútbol del futuro.

Algo similar ha sucedido con la España de Luis Enrique, que llegaba a la cita mundialista con la intención de confirmar los buenos augurios de su pasado más reciente, Eurocopa y Liga de Naciones, y con el paso de los partidos, desde el brillante debut contra Costa Rica hasta la inesperada eliminatoria ante Marruecos, ha viajado mucho más atrás en el tiempo, por lo menos hasta Rusia 2018. Cortar de raíz un proyecto con tanto potencial y un entrenador de talla mundial por dos partidos más o menos desafortunados parecería algo descabellado en cualquier otro orden de la vida, pero en el fútbol no solo es habitual, sino que incluso hay quien lo ha visto pertinente y necesario. Luis Enrique había conseguido algo difícil, casi insólito en el fútbol moderno: una selección con hechuras, personalidad y comportamientos de club, como si esos jugadores se vieran cada mañana y no una vez cada cuatro meses. Con sus aciertos y errores, representaba una brillante excepción dentro del circuito mundialista, y hay quien ha percibido esta singularidad como una amenaza desde el principio. En una tesitura similar o incluso peor, la Federación Alemana ha decidido renovar la confianza en su seleccionador e iniciar un proceso interno de reflexión y adecuación de su modelo al contexto actual.

Para finalizar con la categoría de equipos construidos a imagen y semejanza de su entrenador, y sin olvidarnos de la maratoniana Japón de Hajime Moriyasu, cabe destacar a Louis Van Gaal, un genio demasiadas veces incomprendido y vilipendiando, pero capaz de dotar a sus equipos de las herramientas necesarias para dar su mejor versión en casi todos los contextos y circunstancias. El segundo gol de Países Bajos ante Argentina es ya historia de los Mundiales, y representa un ejemplo perfecto del departamento de I+D que ha tenido alojado en su cabeza el entrenador neerlandés a lo largo de toda su carrera, por mucho que en su paso por Barcelona nos los presentaran, de forma genial, todo sea dicho de paso, de cemento y ladrillo.

El de Catar ha sido el mundial Smart Box, el de los planes. Las 32 selecciones tenían su cajita sin abrir entre las manos, con las diferentes opciones de alojamiento y actividades, pero algo en común: los guías turísticos. Si uno atiende al perfil de la mayoría de las selecciones favoritas, sus entrenadores podrían intercambiarse el banquillo y nadie se daría cuenta: no cuesta demasiado esfuerzo imaginarse a Southgate dirigiendo a Portugal, A Fernando Santos en Francia, a Tite en Inglaterra, y al subcampeón Deschamps en Brasil. Son de esos entrenadores que no construyen sus equipos, los arman, y partiendo de esa premisa, gestionan el ingente talento del que disponen con la frialdad de un corredor de bolsa, calculando costes y beneficios. Siendo justos, Inglaterra ha tenido tramos de gran fútbol a lo largo del campeonato, aunque cabe preguntarse qué serían capaces de hacer en manos de un seleccionador menos dubitativo y conservador. Un perfil en el que encajaba Roberto Martinez hasta este Catar 2022, donde hemos visto la versión más crepuscular de la generación de oro belga.

En el caso concreto de Francia, podría haber ganado la cita mundialista con un once compuesto únicamente por jugadores que ha ido perdiendo en este ciclo mundialista, tal es su sobreabundancia. Aun así, el mérito de llegar a dos finales consecutivas apenas tiene precedentes, y conviene poner en valor el trabajo de la selección francesa y su indisimulado arte para el engaño. Cuesta imaginarse a Deschamps con «El Conde de Montecristo» en su mesilla de noche, pero sí quizá con «El arte de la guerra». Un breve repaso a la obra de Sun Tzu nos revela un cita que podría aplicarse palabra por palabra al combinado galo: “Cuando se está cerca, se debe parecer lejos, cuando se está lejos, se debe parecer cerca. Se muestran carnadas para incitar al enemigo. Se finge desorden y se lo aplasta”. Así consiguió sobrevivir en la final, pese a 80 minutos lamentables, y así estuvo a punto de ganarla, subido a la cuadriga de un Mbappe sobresaliente.

No he escuchado las declaraciones de Leo Messi tras la final, pero estoy seguro de que ha asomado por la zona mixta con el puro entre los dientes, se ha plantado frente al micro, y ha exclamado: “¡Me encanta que los planes salgan bien!”.

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