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El día en que el miedo acabó con Luis Enrique y el “putoloquismo”

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que las decisiones de Luis Enrique desafiaban tanto a la lógica y salían tan bien de una manera tan inesperada que me dio por inventar el término putoloquismo para definir a la selección española. Tal y como yo vivía la experiencia, después de los horribles seis años del tedio (2012-2018), aquello era una fiesta a la que todo el mundo estaba invitado. ¿Tienes dieciocho años y empiezas a dar tus primeros pasos en el Villarreal? Invitado si te atreves. ¿Tienes diecisiete y acabas de debutar en el Barcelona? Adelante, no preguntes.

Desde fuera al menos, la consigna parecía esa: juventud y valentía. No tener miedo ni pensar en términos históricos ni cargar con responsabilidades ajenas. Divertirse, sin más, como único modelo, como único sistema. Atacar en tromba y defender a la desesperada. Eso fue para mí Luis Enrique y eso fue para mí el putoloquismo, algo por lo que, desde luego, no va a ser recordado el equipo que se vino abajo contra Alemania en los últimos veinte minutos, contra Japón en la segunda parte y contra Marruecos durante todo el partido.

España se va del Mundial con un balance paupérrimo: un tiro al poste en el minuto 121 y otro que despejó Bono sin que se supiera bien si aquello era un disparo o un centro. Tanto miedo le tuvo España al miedo que, a cada pase vertical, Juan Carlos Rivero les pedía a gritos a los jugadores que no la perdieran, que cuidado con la contra. Y de tanto temer la contra, de tanto temer la eliminación, vino la eliminación y se nos plantó en el salón de casa.

El partido fue en general una oda a la mediocridad. España adoptó el rol de equipo ordenado y Marruecos el de aguerrido que no tiene nada que perder. Insisto, me gustaba más cuando era al revés. Nada salió como tenía que salir y aquí hay que repartir muchas responsabilidades: el partido de Ferran Torres fue espantoso, pero en su descargo hay que decir que no recibió un balón en condiciones. La primera parte de Marcos Llorente fue un despropósito. El rol de Marco Asensio no quedó claro: el falso nueve ha de retrasar la posición para sacar a los centrales, pero ¿de qué sirve eso si Busquets se adelanta tanto que le acaba comiendo el terreno?

Nico Williams lamenta una ocasión

De hecho, el único peligro que provocó España en la primera parte -y diría que en el partido- llegó tras dos desmarques en largo del jugador madridista. Para eso, más habría valido haber jugado con un nueve de verdad, aunque solo había uno convocado. España no se salió nunca de la ortodoxia y con la ortodoxia se fue a su casa. No hubo balones filtrados con ventaja, no hubo primeros toques, no hubo la claridad ni la serenidad para acertar en pases de cinco metros, algo impropio de jugadores de élite.

Unos cambios a la altura del partido

Hay que decir, por supuesto, que los cambios no ayudaron en nada. Estos cuatro años de Luis Enrique han acabado creando un efecto perverso en la crítica: esta ha sido tan desmedidamente negativa en algunas ocasiones, que se ha perdido la perspectiva del trabajo del entrenador. Brillante en la Eurocopa y las dos Nations League que ha dirigido. Muy pobre en este Mundial, tanto en los planteamientos como en las correcciones a esos planteamientos.

De los cinco suplentes, solo Nico Williams estuvo a la altura del cometido. El jugador del Athletic atacó el espacio, tiró de carrera y acabó completamente desfondado apoyado a una valla tras el enésimo centro. También se podría salvar a Morata porque, en general, no se espera gran cosa de él, así que cualquier acción nos vale. Eso sí, tras un arranque prometedor, se acabó sumergiendo en la mediocridad generalizada.

Más grave fue lo de Carlos Soler y, sobre todo, lo de Ansu Fati. Pareció que no quisieran estorbar. Si el requisito hace tres años, cuando Luis Enrique retomó su puesto, era atreverse; hoy parecía lo contrario: no fallar, no ser el que provocara el gol rival con un mal pase. A Soler no le vimos tratar de imponer jerarquía alguna, a Fati, directamente, no le vimos de ninguna manera. Estaba completamente superado por la situación y es normal: lleva dos años y pico sin jugar con un mínimo de continuidad al fútbol. No es el hombre indicado para que te decida un partido eliminatorio de un Mundial.

Baldé sí estaba con ganas, pero a Baldé apenas le buscaron porque, al fin y al cabo, tampoco tenía mucho sentido. “Que centren”, decían desesperados en la cabina de comentaristas, pero ¿centrarle a qué? ¿A una isla llamada Morata? Luis Enrique fio todo el campeonato a una versión superlativa de Pedri y esa versión solo se vio durante cuarenta y cinco minutos contra Costa Rica. A partir de ahí no se ha sabido nada del canario. Si la exigencia de “tirar del carro” se llevó al Raúl de la selección por delante, esperemos que no suceda lo mismo con el mediocampista del Barcelona.

El despropósito de los penaltis

Pedri jugó con el mismo miedo que sus compañeros y eso no puede permitírselo. Al menos, Gavi se metió en todas las peleas, pero a Gavi, no me pregunten por qué, lo sacó Luis Enrique del partido a los sesenta minutos. Visto lo visto, todos llegamos a los penaltis seguros de que España iba a perder. Si estábamos convencidos de que un pase vertical de diez metros iba a acabar con un rival solo en nuestra área (y a menudo fue así), ¿cómo imaginar que íbamos a sacar esto adelante en una muerte súbita?

Carlos Soler lanza su penalti a Bono

La tanda fue un despropósito, pero al menos fue consecuente con el resto del partido. El primero lo falló Sarabia, que saltó al campo con una cara de pánico que se mezclaba con un lógico cabreo. Luis Enrique no había contado con él ni un solo segundo en todo el campeonato y ahora quería que asumiera la responsabilidad máxima. Frente a un inmenso portero como es Bono -el menos goleado de la liga española el año pasado-, quiso apurar tanto su disparo que se fue al poste.

El resto, lo dicho: miedo, miedo y más miedo. El penalti de Carlos Soler, un hombre acostumbrado a estas lides fue lamentable. El de Busquets, propio de alguien que habrá tirado dos o tres penaltis en toda su vida. Mientras Achraf se inventaba panenkas, a los nuestros les temblaban las piernas. Ni rastro de la efusividad pasada, ni sombra del huracán que le pasó por encima a Costa Rica hace apenas dos semanas. Se habla a menudo de la “maldición de cuartos” en los mundiales, pero se obvia que España solo ha pisado esa ronda en cuatro ocasiones desde que recibe ese nombre. Dos en los últimos veinte años.

Si uno mira el estado actual del fútbol español, si mira la convocatoria de Luis Enrique y si atiende a lo visto en los dos partidos pasados, el resultado no puede ser una sorpresa. El problema es que nos hemos metido en una burbuja de ataques y defensas personales que nos han impedido ver la luna de tanto centrarnos en el dedo. España no tiene equipo para mucho más. No, desde luego, para aspirar a un campeonato del mundo. Podría haber ganado este partido e incluso el siguiente, pero la gravedad, tarde o temprano, habría hecho su trabajo.

El asunto, ahora, es intentar pensar en para qué han servido estos cuatro años, qué se ha hecho bien y qué se ha hecho mal y construir a partir de ahí. No sé si se hará. Nos falta prácticamente una generación entera, la que se saltó -creo que con buen criterio- Luis Enrique. Su adiós será también el de Alba y Busquets y la cosa quedará plagada de postadolescentes. No hay mucho más. O más de treinta años o menos de veinticinco. Eso es un problema en un deporte donde el esplendor se suele alcanzar en torno a los veintisiete o veintiocho.

Lo que podía salvar a este equipo inexperto era su atrevimiento, pero eso lo perdió en algún lugar del camino y nadie ha podido encontrarlo. El reto del siguiente seleccionador será ese: recuperar la osadía, reivindicar la locura y confiar en que estos jugadores recuerden la frustración y prefieran no repetirla. Porque, no nos engañemos, en la próxima competición, serán, básicamente, los mismos.

3 Comentarios

  1. Igual que contra Rusia hace 4 años…De pena

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