Tribuna Escalada Montaña

«Corre, hijo de puta, corre», el Thatcherianismo montañero

Ultra Trail Mont Blanc

El sietemil tayiko-kirguís que en tiempos se llamó Pico Lenin, hoy se llama Pico Avicena: un cambio onomástico que resume una era. Pero el líder revolucionario sigue dando nombre a la carrera que, desde 2012, organiza allá la Russian Skyrunning Association: catorce kilómetros de trail desde el campamento base, a cuatro mil metros de altitud, hasta la nívea cumbre que hollara por primera vez, en 1934, una accidentada expedición soviética. Una alpiniada. Tal era el nombre que la Unión Soviética daba a sus expediciones montañeras, ahormadas por una filosofía en consonancia con la del Estado obrero: frente al afán individualista, ególatra, que se consideraba característico del alpinismo occidental, marchas colectivas, masivas a veces, colocación en la cumbre de decenas de expedicionarios de importancia equivalente. Una manifestación, un desfile, en las alturas. El rechazo, también, de la dimensión deportiva del alpinismo; de que los montañeros fueran los conquistadores de lo inútil del célebre libro de Lionel Terray. Útil debía ser el soviético; no podía ascender a las montañas simplemente porque «están ahí», como dijera George Mallory. Cada expedición tenía que justificarse en pos de una excusa investigadora, científica: colocar aparatos en la cumbre, explorar yacimientos geológicos, etcétera. El alpinista soviético —escribe Cédric Gras en Los alpinistas de Stalin«jamás pronuncia las palabras “ascenso” o “expedición” sin añadirles algún adjetivo como “científico”, “militar” o “de prospección”. Decir únicamente “ascenso” sonaba burgués». El alpinista «es un proletario como cualquier otro, un obrero del vértigo. No está allí para engolfarse beatamente en la belleza de los paisajes. “¡Nada de contemplación! ¡Minerales!”, ordena un día […un jefe de una] misión. Admirar el paisaje se considera una tara pequeñoburguesa». La alpiniada debía ser asimismo una empresa ingenieril, puntillosamente preparada, prolijamente provista, asistida exteriormente; lo contrario de la soledad y la limpieza románticas que más tarde proclamaría el estilo alpino de los Buhl, Messner y compañía. Otro asedio a la naturaleza en el país de la heráldica de presas rebosantes y torres de alta tensión.

Hoy se celebra allá la Lenin Race; una entre las miles de carreras y maratones de montaña que han proliferado en todos los espacios naturales del mundo en los últimos veinte años. Un boom más o menos repentino: si bien existen carreras fundadas con anterioridad al cambio de siglo, casi ninguna de las más famosas del momento tiene más de dos décadas. La Everest Trail Race nepalí nace en 2011. La costarricense Coastal Challenge, en 2005. La Transvulcania canaria, en 2009. El Tor des Géants italiano, en 2010. El Ultra-Trail de Mont Blanc, en 2003. La Zegama-Aizkorri vasca, un año antes, en 2002. Los números concretos de esta última ilustran bien los del boom. Tras consistir, durante un decenio, en poco más que una competición entre amigos, apenas conocida fuera de Guipúzcoa, en 2014 la Zegama-Aizkorri recibió más de cuatro mil quinientas solicitudes para doscientas cincuenta plazas. En 2016 se sobrepasaron las siete mil, en 2017 se recibieron cinco mil en cuarenta y ocho horas y en 2018 se sobrepasaron las ocho mil quinientas. En 2022 fueron más de doce mil quinientas.

Ultra Trail Mont Blanc

Estas grandes carreras son solo la Primera División de una oferta vastísima. Las carreras aparecen por todas partes, se organizan de todas las distancias y niveles de dificultad, compiten, ellas mismas, entre sí por la atención de las masas runners, pregonando el marketing de alguna característica singular. La Lenin Race se ofrece como la más alta del mundo. Valporquero de Torío (León, España) organiza un así llamado EspeleoTrail que discurre por el interior de las cuevas que llevan el nombre de la localidad, una catedral espeleológica que se visita recibiendo la indicación de no hablar alto y ponerse la mochila por delante en lugar de a la espalda, para evitar el riesgo de pegarle un mochilazo a una estalactita. La revisión a la baja de reglamentos de protección de las reservas naturales que las acogen, para eliminar cláusulas que las imposibilitarían, no es inhabitual en la puesta en marcha de estas carreras en las que muchos municipios rurales, hermosos pero despoblados, encuentran un aflujo de turistas y recursos. En Asturias, el DesafíOSOmiedo, la carrera más importante de la región, se celebra con la indignación de los ecologistas, que denuncian que atraviesa las arandaneras a las que acuden a alimentarse los últimos osos pardos de la cordillera cantábrica. No lejos de allí, se trata de arovechar un vacío legal para organizar otra maratón en el protegidísimo bosque de Muniellos, el mayor robledal de España y uno de los mayores de Europa, hogar de una especie aún más amenazada que el oso pardo: el urogallo, cuyos cantaderos se pretende atravesar.

A todo lo largo de la edad contemporánea, cada sociedad, cada régimen, cada cofradía política, ha subido a las montañas a desplegar sobre su escenario una pedagogía de sí mismo. La URSS organizaba las alpiniadas; antes, las construcciones nacionales del siglo XIX habían promovido la fundación de clubes patrióticos que subieran a los picos a explorar las posibilidades de refugio ante una invasión extranjera, vigorizar a una juventud afeminada o visitar a los paisanajes que habían conservado de manera más prístina la lengua y las costumbres nacionales. A principios del XX, grupos esperantistas organizan excursiones para practicar el idioma del doctor Zamenhof nombrando con él las cosas del camino; los nudistas, para desnudarse; los anarquistas de Barcelona, para buscar escondrijos y pasos pirenaicos por los que militantes perseguidos puedan escapar a Francia de la persecución de la patronal o la policía. Los nazis organizarían expediciones al Tíbet en busca de los veneros de la raza aria. La Unidad Popular de Salvador Allende, acampadas masivas para niños de las barriadas de Santiago y otras ciudades, que en los parajes andinos descubrieran que también para ellos había derecho a la belleza, y si ese, todos los demás.

Hoy el turbocapitalismo organiza carreras, pedagogía conjunta del individualismo, la competitividad, la velocidad y el consumo, los cuatro jinetes del apocalipsis thatcheriano. Carreras pergeñadas o esponsorizadas por hidroeléctricas, por bancos, por aseguradoras, por marcas de material de aventura que las aprovechan para promocionarse. La imagen del runner es instrumentalizada en carteles motivacionales, libros de autoayuda y otras chácharas entrepreneuriales. Si los alpinistas soviéticos eran obreros del vértigo, los skyrunners son del vértigo emprendedores; empresarios de sí que se afanan en hacer más con menos; subir y bajar más rápido durmiendo menos, comiendo menos, pensando, como los alpinistas soviéticos, ¡nada de contemplación!, preocupados tan solo del mineral del oro de la medalla que luchan por ganar. Mientras tanto, una tendencia paralela nos habla también del momento presente: la decadencia, en todo el mundo, del asociacionismo montañero. En España como en Chile, Suiza o Francia, en todas partes, los clubes de montaña tradicionales ven menguar el número de sus afiliados y la implicación de los que les quedan, e incrementarse su media de edad. El presente hincha el yo al tiempo que marchita el nosotros; cualquier nosotros que no se acoja a cierta teoría de las tres ges de la sociabilidad contemporánea, según la cual nos juntamos tan solo con nuestros semejantes en género, generación y gustos. Si buscamos a los otros, buscamos en ellos una caja de resonancia de nosotros mismos. La sociedad se forma con diferentes, no con iguales. Y de la sociedad decía Margaret Thatcher, madre de la era, que no existe. No era cierto cuando lo dijo, pero era un programa, un objetivo. Y se va consiguiendo.

Transvulcania

Habla el filósofo alemán Hartmut Rosa del totalitarismo velocitario que se adueña de nuestra era. «Las fuerzas de la aceleración, por más que no estén articuladas y sean completamente despolitizadas, ejercen una presión uniforme sobre el individuo moderno que llega a configurar un régimen acelerador totalitario», escribe. Un tiempo en el que, según las estimaciones de Karlheinz Geißler, la velocidad de la comunicación se ha incrementado 107 veces, la del transporte 102, y 1010 la del procesamiento de datos, nos ha acelerado también a nosotros. La velocidad cumple, dice Rosa, los cuatro indicios fundamentales del totalitarismo: ejerce presión sobre las voluntades y acciones de los sujetos, es ineludible (todos los sujetos son afectados por ella), es omnipresente (no afecta tan solo a tal o cual área de la vida social, sino a todos sus aspectos) y ha conseguido que sea casi imposible criticarla y combatirla. Nos dice, como cierta canción de Egon Soda: «Corre, hijo de puta, corre» en altavoces que escuchamos en cada orden de nuestra vida. Nos atenaza con todos los grilletes de su campo semántico: la eficiencia, la productividad… Y coloca cronómetros inéditos en la muñeca del montañero. Del profesional y del amateur. La búsqueda obsesiva del récord conduce a extremos disparatados: en Yosemite, los rangers se las ven y se las desean para contener a los fanáticos del vuelo libre o salto base, que está prohibido practicar en el parque, pero en el parque se practica: acelerar el descenso de las cumbres conquistadas saltando al vacío con un traje con alas, el wingsuit.

El neoliberalismo proclama que hay sitio para todos en nuestros montes: para los corredores y para los caminantes, para el montañismo competitivo y el recreativo, para Kilian Jornet y para los émulos de John Ruskin, que en los Alpes que amaba se detenía a mirar y dibujar las formaciones rocosas y las flores (y también la miseria de los campesinos suizos o las primeras sutilísimas manifestaciones del cambio climático). Que hay libertad para ser lo que uno quiera bajo el orden del capital. Pero llega a no ser cierto. En el Grupo de Montañeros Vetusta de Oviedo cuentan que, en una ocasión, viajaron a Soria con la intención de hacer una ruta que, al llegar al punto de inicio, descubrieron que no podían recorrer. Con malos modos, vinieron a decirles que el camino estaba alquilado para una carrera, respondiendo a sus quejas posteriores con un argumento que lo dice todo: «nosotros hemos pagado». Unos caminantes no estorban a otros; a los corredores sí les estorba, en el camino, todo aquel que no corra.

Una senda caminada es un ágora lineal en la que uno entra en diálogo y debate con los que andan con él, con aquellos otros caminantes con los que se encuentra, consigo mismo gracias a la puesta en marcha del cerebro que la de las piernas facilita (Kierkegaard calculó que la mente funciona de manera óptima cuando se marcha a cinco kilómetros por hora), con su entorno, con los habitantes de la montaña —pues la montaña tiene habitantes, para fastidio de quienes, partícipes de una misantropía también muy del siglo, aman los parajes inhóspitos, expurgados de toda huella humana—. Caminar nacionaliza, fraterniza; correr, en cambio, privatiza, transforma el sendero no ya en ágora sino en palacio o castillo, hermética fortaleza de la egolatría del corredor. Corriendo no dialogamos; no lo hacemos ni con otros, ni con nosotros mismos, pues dialogar con otros ralentiza y nos impide arañar segundos al cronómetro y correr no facilita el pensamiento, sino que lo aturde; consagra toda la masa encefálica del runner a la autoletanía del «tú puedes, tú puedes».

Se alquilan los caminos y las montañas, se venden, se mercadea con ellos. Nuestra cultura del usar y tirar se abate también sobre ellas, y las consume compulsivamente. El turbocapitalismo organiza sus propias alpiniadas, sus propios batallones de montañeros en cumbres emblemáticas como el Everest, el Aconcagua o el Cervino, abarrotadas de colas de excursionistas que —careciendo con frecuencia de experiencia montañera previa—, se imponen el desafío de subirlas, y pagan a una agencia de sherpas o guías para que los suba. En la cumbre, se harán una foto —harán cola para hacérsela— en la que parezcan solos, que colgarán en redes sociales: el challenge accomplished de la fantasía de la individualidad; del individuo gloriosamente autosuficiente. La Unión Soviética animaba —cuenta Gras— «a las etnias de los valles remotos a ascender a sus montañas con el propósito de que se convencieran de que no albergaban divinidades». El neoliberalismo nos envía a ellas a convencernos de que lo somos nosotros mismos. Y a ellas nos allegamos dejando detrás nuestro el rastro pavoroso de basura que es subproducto de todo estajanovismo del capital. El Everest es el vertedero más alto del mundo. Botellas de oxígeno vacías, latas de comida, kilómetros de cuerda, y hasta heces depositadas y no recogidas, que, congeladas, van acumulándose, y amenazan en algún punto con provocar un alud del que se teme que contamine cabeceras de ríos. Víctor Muiña llama a esto purines de hipster.

Pero toda barbarie hace florecer en su seno las semillas de su propia destrucción, y también esta. Chile nos ofrece un ejemplo maravilloso. Los clubes de montaña de allá están típicamente vinculados a las clases medias y altas del país; a gente, por tanto, más bien conservadora. Pero el amor por la montaña los conduce a organizar, año a año, una manifestación contra una lacra de allá; una de tantas en la Cuba neoliberal: la existencia de montañas privadas, propiedad, ya de individuos, ya de empresas, vetadas al excursionista. Se da el caso de cumbres fronterizas que son privadas por el lado chileno, pero reserva natural protegida por el argentino. Tal vez no se den cuenta, pero, en esas manifestaciones en las que exigen romper las concertinas que cercan el patrimonio que debiera ser de todos, esas clases altas, esas gentes conservadoras, demandan lo mismo que Allende en su sobrecogedor último discurso en Radio Magallanes, mientras las bombas caían sobre el Palacio de la Moneda: demandar la apertura de las grandes alamedas, por las que pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. También nos roban la montaña, pero Karl Polanyi nos enseñó que toda sociedad sobre la cual se abate la metástasis del mercado genera mecanismos espontáneos de rechazo y de disidencia; baluartes de protección contra la utopía disolvente de un mundo completamente mercantilizado.

Otro montañismo es posible, y será seguro.

The Coastal Challenge

3 Comentarios

  1. Miguel Ángel Blasco

    Entiendo y comparto la mayoría de lo expresado. Ahora, se nota la falta de experiencia en carreras de montaña del autor.
    Corriendo dialogamos igualmente, y no nos molesta nadie que vaya andando. De hecho muchas subidas se hacen andando también.
    Menos prejuicios y más conocer.

    • Buenos días, claramente no todo el mundo es igual, pero cuando tienes miles de personas haciendo una cosa el porcentaje de gente que no se comporta adecuadamente es más elevado. Luego está la gente que simplemente no es consciente de los que es ir por una zona natural o paraje protegido. Yo trabajo en un Parque Natural, y tengo mucha experiencia con usuarios que corren, los últimos años la caterva de gente que viene a correr se ha incrementado de manera brutal. Cosa curiosa, cierto que subiendo no corren tanto, pero bajando van como un tiro y hemos visto que se están creando multitudes de sendas secundarias y con mucha erosión, y estas son de bajada, es decir, de subida no ves bien cómo tomarlas o no son cómodas, son de bajada, para recortar tiempo, para ir mas deprisa, para batir a ese monstruo de mil cabezas que es la comunidad de la APP de turno a donde cada uno sube sus marcas y «sus» sendas. Si señor, la gente ya no se para a ver las señales, por que tiene prisa.
      Como ejemplo. En el STRAVA hay una senda que empezaron a usar unos cuantos corredores locales hace unos años y que pasa por una de las zonas de mayor protección del Parque y de difícil acceso ahora (a pesar de carteles y explicaciones varias) la erosión en las pedreras fósiles y en el entorno es brutal. Que hacemos? Ponemos un policía permanente allí? Confiamos en los «buenos corredores».
      Mucha gente que se apunta a esto ( y conozco a unos cuantos) no lo hacen por el amor a las montañas, o a la naturaleza, lo hacen por hacer algo más difícil, más complicado y para inflar su ego.
      La Conservación está reñida con el Uso Público Masivo y el que no lo quiera ver es que es un ciego o un necio. Y ahora está de moda el correr

  2. La superioridad moral del individuo que escribió esta nota es abrumante. Sería interesante que nos contara porque tanta animaversión con el logro y con la velocidad, tan inherentes a la naturaleza humana.

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