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¿Cómo afecta la vergüenza y la culpabilidad a los futbolistas en categorías formativas?

Burak Yilmaz se retiró de la selección turca después de fallar un penalti contra Portugal y caer eliminados de la repesca del Mundial de Catar [Anadoly Agency]

El pasado 24 de marzo de 2022, Portugal y Turquía se jugaban la primera ronda de la repesca del Mundial de Qatar a un partido. A cinco minutos del final, el árbitro señala un penalti para los otomanos cuando perdían por dos goles a un. Burak Yilmaz, experimentado delantero y leyenda de la selección turca, falla la pena máxima. Su país acaba perdiendo por 3-1 y queda eliminado. Después del partido, Yilmaz anuncia su retirada del combinado nacional con la culpa de haber estropeado el sueño mundialista. Una historia que hace eco en la final de la Copa América 2016, cuando Messi anunció que abandonaba la albiceleste después de perder contra Chile y fallar uno de los tiros de la tanda de penalti. Aunque volvió tres años más tarde, lo dejó después de haber errado. Ambas decisiones vinieron condicionadas por sendas decepciones.

El miedo a fallar, la culpa o la vergüenza por haber cometido ya el error son sentimientos ampliamente investigados por la ciencia para estudiar cómo influye en el rendimiento final de los deportistas y en el desarrollo de sus habilidades. Sobre todo, en edades de formación, ambas sensaciones suelen cortar la progresión del talento. Se conoce como autoeliminación; una manera de refugiarse en la mediocridad –bien entendida y despejada de cargas cobardes o perezosas– para no cargar con la culpa de un posible fracaso.

Los investigadores Erik Hofseth, Tynke Toering y Geir Jordet estudiaron para la Revista de psicología aplicada al deporte (Journal of Applied Sport Psychology) cómo se comportaban los futbolistas con tendencia a la vergüenza o la culpa a las situaciones reales de partido y cuánto afectaba su psicología a la autoanulación y el rendimiento. Para ello, estudiaron a casi seiscientos niños con una edad media de diecisiete años. Esta autoanulación o automanipulación es entendida en todo momento como la búsqueda de una excusa o barrera por parte del deportista, ajena al juego, que limita su rendimiento. Un buen ejemplo sería abandonar la práctica futbolística o entrenar a medio gas; primera es una barrera de conducta y la segunda alegada.

Estudios recientes habían defendido que esta opción de apartarse de un riesgo, ya sea por vergüenza o culpabilidad, reduce el vínculo de los deportistas con la tarea y, por ello, la amenaza de fracaso tiene menor fuerza. Un sentimiento que guarda una estrecha relación con la ansiedad. Ambos comportamientos se traducen a la realidad de maneras diferentes: con la vergüenza, los futbolistas piensan que el fracaso es algo personal, que es síntoma de su falta de talento, lo que les lleva a huir; la culpa, por el contrario, vergüenza provoca un pensamiento de «yo soy malo», general, y la culpa es puntual, «hice algo malo». Aunque se antojen similares, tienen repercusiones distintas en el futbolista.

Messi dejó la selección nacional después de perder contra Chile la final de la Copa América 2015 y fallar un penalti

La vergüenza es un sentimiento difícil de revocar

Lo primero que debemos tener en cuenta es que la culpa es flexible, mientras que la vergüenza es casi definitiva. No tiene remedio y suele proyectarse hacia conductas de autoprotección como dejar el deporte. El ego juega un papel fundamental es en este sentimiento en la medida que el jugador la siente porque se creía más. Ha decepcionado porque no es la persona que le gustaría, en pocas palabras. La consecuencia más común es dejar la práctica total o parcialmente. Como Yilmaz, Messi y tantos otros que se nos vengan a la mente.

En etapas de desarrollo, como viene al caso de los jugadores investigados, la reducción de entrenamiento no solo puede afectar a su rendimiento sino también a sus habilidades. Si un futbolista de diecisiete años entrena a medio gas para explicar algún fallo, no potenciará tanto su regate, disparo o cualidades defensivas como sus compañeros que se esfuercen al cien por cien. A menor nivel, menor gravedad de fallo: complacencia.

Para el estudio, los investigadores realizaron unos tests de personalidad a los casi seiscientos futbolistas para determinar si eran tendentes a la culpa o a la vergüenza. A través de quince preguntas, situaban a los encuestados en un escenario en que tenían que marcar gradualmente el grado de culpa o vergüenza. Un ejemplo real: «Si espero hasta el último momento para entregar un trabajo en el colegio y me sale mal, me siento inútil por ello». Las respuestas, escala de Likert mediante, medían los niveles para cada caso. Si los jugadores estaban muy de acuerdo, para este caso, la propensión a la vergüenza aumentaba. Otro para la culpa: «Algunos jugadores no se esfuerzan en los entrenamientos al cien por cien porque, si les va peor de lo que esperaban, pueden alegar que es por ese motivo». Los futbolistas debían marcar de uno a cinco si ese sentimiento se parecía a ellos o no.

Neymar

A través de estos tests, y de los niveles de habilidad que los entrenadores emitieron para cada uno de sus jugadores, los científicos observaron que la propensión a la vergüenza llevaba a los jugadores a la eliminación conductual –esto es, a abandonar algo–, y esta decisión, a disminuir sus destrezas. La vergüenza y el nivel de habilidad, por lo tanto, estaban directamente relacionados. La manipulación conductual –esforzarse menos– por propensión a la culpa también afecta al nivel de habilidad, pero indirectamente. Los jugadores, al tener objetivos menos ambiciosos para refugiarse de un posible error futuro, ponen barreras a su crecimiento. Joseph Ferrari y Shaun Cowman ya observaron previamente que la autoeliminación influía directamente en los estudiantes. O lo que es lo mismo, el caso tópico de aquellos compañeros de clase que empezaron a suspender desde Primaria y que nunca remontaron por dejadez y abandono; por no creerse buenos.

La revancha

Las investigaciones encontraron que los jugadores son especialmente susceptibles a la automanipulación como respuesta al fracaso. Si bien el abandono parece una solución extrema, la reducción en los niveles de esfuerzo no lo es tanto. Una de las novedades obtenidas fue que los deportistas propensos a la culpa, a veces, consiguen un efecto contrario en los niveles de habilidad; además de la automanipulación, el ego de demostrar cierto nivel también puede empujar a los jugadores a superarse. Sobre todo cuando entienden que pueden tener algún tipo de responsabilidad en el fracaso colectivo.

Este sería el único beneficio que podrían sacar los deportistas propensos a la culpa: la necesidad de enmendar los errores para no volver a quedar señalado. Entendiendo que es un beneficio engañoso, siempre es mejor que los futbolistas en categorías formativas no se sientan estimulados por el miedo a no volver a fallar en público y sí por ambición personal.

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