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El documental de Alexia Putellas y otros motivos para decir «ni de coña»

Alexia Putellas

Será que vengo con el corazón tierno como un helecho de culantrillo, por eso de la Navidad, las ausencias y el frío. O será que sufro de una incontinencia al llanto agudizada por los últimos acontecimientos del desastre de mi vida, igual que otros padecen incontinencia de risa en los momentos más inoportunos, en medio del sí quiero de una boda o de la entrada de un cura a un velatorio. O será que la música épica en las producciones audiovisuales me suelta el lagrimal, víctima del terrorismo emocional que supone un zoom a tiempo y un piano sonando en notas graves, como si en vez de mirar fijamente al televisor estuviera picando cebolla. O será que tengo ya en la cabeza demasiados recuerdos que se me van a partes iguales entre llantos y palabras, para que lo que no vaya en lágrimas salga al menos en artículos.

El caso es que la maratón de documentales de fútbol femenino de estas últimas semanas me ha traído, además del recado de escribir, el de llorar. Que me he tragado las imágenes de nuestras futbolistas en la pantalla esquivando el nudo en la garganta, y a veces —por qué no decirlo— al mismo tiempo que me sorbía las lágrimas y los mocos. Esto no se le hace a alguien que ama este deporte y que está harta ya de sufrirlo.

Empecé la liturgia con la segunda temporada de Un sueño Real, el documental de Newtral sobre el Real Madrid Femenino. Qué podía salir mal si la primera parte me encantó, si me sentí identificada en lo de ser un club de barrio porque formé parte de la creación de uno, y ojalá se hubiera fijado un grande en nosotras para poder llevarlo a lo más alto. Esa nostalgia (¿se puede tener nostalgia de algo que no ha pasado?) creía que se iba a quedar atrás con la segunda temporada, que empieza con el equipo en Champions, y no es que el mío no disputara nunca ni la fase de grupos, es que ni siquiera pude aún poner los pies en la grada de un campo donde se juegue un partido de esta competición.

Lo malo de los documentales es que se estrenan a destiempo, cuando ya sabes el final de la historia. Sabes que ese partido el Real Madrid lo va a perder, que van a fulminar a su entrenador, y sabes cómo va a ser la temporada de las jugadoras que salen en pantalla. Sabía que Marta Cardona se iba a lesionar. Pero ver su frustración pagada con una puerta, impacta. Sabía que Esther no iba a dar el mismo rendimiento que la temporada anterior en el Levante, pero escucharla hablar de ello, te baja los pies a la tierra. Y sabía que me iba a reír con Athenea, porque llevo riéndome con Athenea muchos años, pero verla asentada en un club como el Real Madrid, ver su ambición y sus ganas, es otro rollo.

Ahí empezó lo de la nostalgia otra vez. Recordar a la chiquilla que correteaba por la banda de Tanos, que se enfadaba si perdía contra el Oviedo Moderno o el Sporting de Gijón, a la que le cayó un aguacero en un 0-3 que acabaron perdiendo 6-3 en La Toba, jugar en un Camp Nou hasta la bandera y creer en la remontada ante uno de los mejores equipos de Europa tras el gol de Claudia Zornoza que calló a noventa y un mil personas. Athe, mi Athe, ya no era la niña con aparato dental y coleta brincando a cada zancada. En aquel documental, era una estrella que miraba de tú a tú al resto. Qué afilado se siente el pasado cuando se te clava en el presente.

Paula Nicart

Lo del Camp Nou, una semana después, lo vi desde la perspectiva de Alexia Putellas y sus compañeras de equipo. En ese Labor omnia vincit del que también sabía el argumento antes de darle al play. Sabía lo de los Balones de Oro, sabía que perdían la final de la Champions, sabía que se iba a lesionar, y sabía que era una enferma del fútbol. Pero verlo es distinto a saberlo. Porque verlo, y escucharlo, es vivirlo. Y ver a la mejor jugadora del mundo replantearse su futuro, creer que quizá es mejor bajarse, me recordó a otras que sí que se bajaron de este carro después de una lesión que cobra víctimas cada jornada en nuestro fútbol. Me recordó a Lombi, a la tarde en la que me llamó y me dijo que se acabó. Me recordó al comunicado de Nicart. A la entrevista de Andrea Esteban en la que contaba todas sus operaciones. Al vuelco en el estómago con la rueda de prensa de Istillart. Ver a Jana tragar saliva al hablar de la lesión de Alexia, cuando ella ya estaba saliendo de la suya, era ver a ese fantasma del cruzado roto que pasea por nuestros campos, y que se atrevió a ir hasta a por la reina.

Ambos documentales me despertaron esa cosa que creía muerta, no dormida. Lo de mirar al pasado con ojos de ternura. Pensar en cómo ha cambiado todo, y si no sería mejor la vida antes, porque no sabemos a dónde vamos a esta velocidad. Pasar de los campos vacíos a estadios llenos, del ninguneo de la prensa a las agendas apretadas por peticiones de entrevistas, de que niñas como yo no supiéramos que las mujeres podían jugar al fútbol y creciéramos con un poster de Laudrup a las que se cuelan hoy con el nombre de una futbolista en su camiseta y esperan temblando a una foto. Menudo viaje. Vaya forma de llorar pensándolo. Y aguanta… que todavía me queda por ver el documental del Atleti con Virginia Torrecilla.

2 Comentarios

  1. Fantástica la forma de explicar lo que siente y piensa una jugadora o exjugadora.

  2. Ver a Alexia y si, tener ese mismo nudo en la garganta. Orgulloso de las niñas que han jugado a fútbol desde pequeñas en equipos de barrio, en ligas dispares en edad. Años yendo con mi hija y disfrutando y viendo crecer este deporte. Y cansado de leer a periodistas “de renombre” escribiendo de algo que nunca han vivido, fútbol femenino, creando una rivalidad no existente anteriormente entre las futbolistas.
    Por eso es tan importante tu labor, relatando una realidad que desconocen.
    Adelante y gracias

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