Copa del Mundo Opinión

Dejando a un lado los derechos humanos, el fútbol en Qatar también da vergüenza

Ya está. El Mundial ha empezado con mucha más pena que gloria. A las que nos gusta el fútbol (personas, aclaro, no vaya a ser que en la segunda línea ya dejen de leer los hinchas del masculino genérico) lo raro ya no es que se celebre en Qatar, ni en noviembre, sino el inútil empeño por hacer pasar todo por normal, aquí no hay nada que ver, circulen, por parte de la organización y la FIFA. A estas alturas, si algo es evidente es que el discurso oficial no cuela y que los intentos en sentido contrario producen vergüenza ajena. Éste es un Mundial postizo, de pega, de cartón piedra. Un decorado enorme en medio del desierto. 

Hasta dejando a un lado la vulneración de derechos humanos fundamentales (que es mucho dejar) y centrándonos única y exclusivamente en lo deportivo, el partido inaugural Qatar-Ecuador fue un chasco gigantesco.

Al descanso, con 0-2 ya en el marcador, el estadio Al Bayt (una joya arquitectócnica, eso sí) estaba semivacío y los extras, según contaban los enviados especiales de diferentes medios de comunicación allí presentes, se afanaban por rellenar los huecos para disimular. Al final, no había ni diez mil aficionados en las gradas. No hay ninguna tradición futbolística en el emirato y a pesar de todo el dineral que han invertido con academias, césped, entrenadores y medios de comunicación, no hay nada después que apele a la emoción, la pasión, que es justo lo que sostiene al mundo del fútbol y permite que el negocio a su alrededor florezca. 

Ni los más viejos del lugar recuerdan un partido tan desangelado y triste como presentación de un Mundial. No hay precedentes. Lo mismito que la ceremonia de inauguración con un Morgan Freeman de maestro de ceremonias al que relacionamos con Nelson Mandela por su papel en la película Invictus y de la que se borraron Shakira, Black Eyed Pies, Rod Stewart o Alicia Keys. Y así, con el disfraz de peli de Hollywood, empeñándose en otorgar legitimidad, peso y autoridad al cartón piedra, se escribe la historia. Y está tan a la vista, es tan descarado, que resulta imposible mirar hacia otro lado a pesar del bochorno.

El delirante discurso de Infantino 

Hablando de bochornos, el discurso de Gianni Infantino un día antes de la inauguración será difícil de olvidar. Con tono afectado y pausas dramáticas, teatrales, incluidas, el presidente de la FIFA, se inmoló con un discurso delirante en el que afirmó sentirse africano, árabe, qatarí, gay, discapacitado y trabajador migrante. Hasta puso la guinda con el detalle de saber bien lo que es ser un marginado porque él de pequeño era pelirrojo. No, no me lo invento. Sobre las mujeres no dijo ni pío. Al parecer ya están -estamos- bien. Asunto arreglado. 

Infantino, el africano, nació a una distancia de diez kilómetros de su antecesor en el cargo- Joseph Blatter-, en Brig (Suiza) y tenía como misión modernizar la organización y limpiar de polvo y paja la imagen de la FIFA. Lo tenía relativamente fácil porque fue Blatter el presidente que anunció en el 2010 que Rusia y Qatar serían los países organizadores de los Mundiales de 2018 y 2022. Él era el majete, el simpático, que coordinaba los sorteos de la UEFA y podía desmarcarse, dar un paso atrás y presentarse como una alternativa seria y apañada tras los escándalos de corrupción y sobornos, pero pasará a la posteridad con el «me siento africano, árabe, qatarí, discapacitado y trabajador migrante». 

El error estratégico, y el sonrojo, ha sido también mundial, aunque pocos dirigentes se hayan atrevido a expresarlo. Una de las excepciones ha sido la del presidente de la Federación danesa, Peter Möller, que no se ha mordido la lengua: «Cuando vi a Infantino me quedé impactado. Y en ese momento también me dio vergüenza ser parte de este torneo. Sus palabras fueron vergonzosas. Este es el hombre que da forma a la imagen del fútbol y que debería mostrar lo que el fútbol puede hacer. Estoy preocupado por el futuro de la FIFA y del fútbol en general. Ves a más y más personas, dentro y fuera del fútbol, diciendo: ¿Es esto realmente lo que queremos? Cada vez hay más aficionados que nos dan la espalda». 

El debate sobre la desafección, la distancia entre el aficionado y el fútbol no es menor en un momento en el que, por ejemplo, el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, lidera la rebelión para organizar una Superliga europea argumentando que será más democrática y que los jóvenes no conectan con el formato actual de la Champions. De los derechos televisivos y la pasta ya hablamos otro día. Al poder establecido empiezan a acecharle los que están deseando quedarse con el pastel, que muerden como pirañas y que seguirán vendiendo valores democráticos y razones humanitarias con descaro. Si los otros han podido, nosotros también, debe ser el lema. 

Infantino, por cierto, tenía sentado a su lado en la ceremonia de inauguración a Mohamed bin Salman, el príncipe heredero de Arabia Saudí y principal sospechoso  del asesinato del periodista saudí y residente estadounidense, Jamal Khashoggi. Arabia Saudí, vecino y rival geopolítico de Qatar, pretende organizar el Mundial del 2030 junto a Grecia y Egipto. Porque si Qatar ha podido, ellos también. 

Ha empezado el Mundial, sí. Y para las que nos gusta y hemos esperado cuatro años después de Rusia (un detalle con importancia), es una tortura. Dejando a un lado los derechos humanos (que es mucho dejar), esto tampoco vale.

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