Golf

Golfistas volátiles, volcánicos… y radiactivos

Es noticia
Bobby Jones, 1921

El golf es una disciplina plagada de estereotipos y lugares comunes, algunos de ellos merecidos. Ya sea por el eterno debate sobre su naturaleza como deporte o por su asociación a las élites, el común de los mortales se ha hecho una imagen mental de este juego de origen incierto y tradición riquísima. Y una de las imágenes que evoca el golf es la de los bombachos, el tweed, los chalecos de cuadros y los deportistas atildados y relamidos, protagonistas de aquellos relatos irónicamente refinados de P. G. Wodehouse. El genial escritor inglés, por medio de su «mano armada narrativa», ese socio decano que, igual que Jeeves o Bertie Wooster, diseccionaba de manera sutil las miserias de la sociedad inglesa por medio de divertidos relatos golfísticos, contribuyó en gran medida a crear ese divertido arquetipo que todavía puebla la imaginación de más de uno.

Y quien se guíe por esa vara de medir tal vez piense que el golf no es un deporte asociado a los enfrentamientos barriobajeros y las broncas, sino que los buenos modales imperan y las discusiones se resuelven mediante afilados intercambios dialécticos. Siguiendo esa línea teórica, en el fragor de la batalla, en lugar del liberador «te voy a arrimar dos guantazos» cabría esperar que el agraviado dijera algo así como «créame, señor, pero noto dentro de mí algo así como un deseo que propende a causarle un deterioro parcial de su faz», como decía José Luis Coll en su relato Insultos de hombres educados. Sin embargo, a lo largo de la historia de este deporte abundan los ejemplos de golfistas desquiciados que han decidido pasarse por el arco del triunfo las reglas de etiqueta y se han echado al barro verbal o físico.

Hace poco menos de un año Keegan Bradley y Miguel Ángel Jiménez, el carismático jugador malagueño (y «golfista más interesante del mundo» según los estadounidenses, que lo comparan con el personaje larger than life de los anuncios de cerveza Dos Equis), rozaron el cuerpo a cuerpo después de una agria discusión de reglas en el Cadillac Match Play, mientras que pocos meses después era el caddie del insufrible Robert Allenby el que se quedaba con ganas de ajustarle las cuentas en pleno campo a su patrón. Las amenazas de violencia física son la evidente excepción a la regla, pero los piques velados, las miradas airadas y los gestos de desprecio más o menos disimulados son algo más habituales, sobre todo en los torneos por equipos más señeros, la Ryder Cup y la Solheim Cup. En estos enfrentamientos entre Europa y Estados Unidos, el juego limpio y la deportividad a veces comparten incómoda cama con la picardía y las ganas de ganar a toda costa, contando incluso con la complicidad de las respectivas aficiones (y no peco de chovinista si afirmo que el público estadounidense suele ser más proclive a la bulla fuera de lugar). En este terreno resulta curioso el contraste etimológico entre sportmanship, la deportividad que se espera de todo atleta, y gamesmanship, esa pillería que bordea lo legal y que suelen emplear quienes creen que el pobre Maquiavelo escribió aquello de que el fin justifica los medios. Deporte contra juego, recurriendo a la traducción zafia y literal del sustantivo que da origen a ambos términos…

Y nos estamos centrando en algunos ejemplos a vuelapluma de los incidentes más llamativos con varios implicados, pero en el interior de todo golfista profesional no hay un abanderado, como afirmaba aquel anuncio, sino un personaje de Tarantino que ansía la libertad. A veces los reveses se acumulan poco a poco y van haciendo mella hasta que el vaso de la paciencia rebosa y un modélico jugador se convierte en aizkolari improvisado y la emprende, armado de su palo de golf, contra la vegetación circundante. En otras ocasiones, el jugador decide seguir los pasos del mítico Tommy Bolt, el carácter más explosivo que ha dado el golf, e imitar a Miguel de la Quadra-Salcedo en sus tiempos mozos, cuando el español tenía el récord de lanzamiento de jabalina gracias a su estilo a lo «helicóptero». También hay quienes pecan de palabra y son cazados por los micros de ambiente, que violan la intimidad furiosa del jugador y delatan las retahílas de f-bombs, es decir, los fucks de toda la vida para los mojigatos medios estadounidenses. Basta con un golpe fuera de sitio o un leve desliz para que el golfista en cuestión parezca escapado de la famosa escena de aquel capítulo de The Wire y supere en crudeza a McNulty y Bunk en aquella habitación. Por cierto, si al deslenguado le pescan las cámaras o hay alguna queja del respetable, le caen dos mil quinientos dólares del ala por «conducta impropia de un profesional̕». El más castigado a lo largo de la historia del circuito, claro está, Tiger Woods. Su pecado: ser bueno, ser mediático (es decir, salir mucho por la tele) y tener gatillo fácil con los tacos.

También hay a quienes les pierde la boca de manera menos pirotécnica, aunque acaben arrastrados igualmente por la avalancha que desata su soberbia. El canadiense Stephen Ames, por ejemplo, afirmó poco antes del World Match Play Championship de 2006, donde jugaría su primer partido contra Tiger Woods, entonces número uno del mundo, que «podía pasar cualquier cosa, sobre todo por cómo le está pegando a la bola». El resultado: perdió los nueve primeros hoyos de este cruce en formato match-play y su partido finalizó en el hoyo 10, a falta de ocho por jugar, registrando la paliza más abultada de la historia de este torneo. Otro ejemplo reciente de golfista con vocación de azuzador de colmenas es Nick Faldo, que en 2008 se prestó a salir con guantes de boxeo y guardia alta en la portada de la revista Golf World. El entonces timonel europeo de la Ryder Cup se dejó retratar de esa guisa mientras declaraba «The Yanks are going down!» pocos meses antes de protagonizar la capitanía más calamitosa de la historia moderna de la competición y dejar a su equipo a los pies de los caballos estadounidenses en Valhalla.

Tiger Woods durate ‘The Open’, 2022

Los ejemplos se multiplican y nos llevan a preguntarnos qué lleva a un profesional del golf hasta el límite. ¿Por qué dejan de lado la prudencia y las buenas maneras que se les presuponen, como el valor en la extinta mili? En pocas palabras, por la propia naturaleza de este deporte de carácter individual. Además de la dificultad técnica que entraña, el golf es un deporte de perdedores, el único en que los jugadores caminan por la cuerda floja a lo largo de setenta y dos hoyos de duelo mental contra uno mismo, sabedores de que las probabilidades de victoria están en su contra y de que su destino en el torneo se puede decantar por un solo error. El que posiblemente sea mejor jugador de la historia, Tiger Woods, tiene un porcentaje de victorias en torneos del 24 % y ha necesitado veintiún años en la élite para alcanzar los setenta y nueve triunfos. A Novak Djokovic solo le han hecho falta poco más de diez temporadas para alcanzar los sesenta y dos trofeos que figuran en el palmarés (un 32 % de los que ha jugado, con un 82,77 % de victorias individuales).

Los golfistas son modernos Sísifos que libran una batalla eterna contra sus impulsos. «El golf competitivo se juega en un campo de unos quince centímetros. El espacio que separa tus orejas», dijo Bobby Jones, el mejor jugador amateur de la historia del golf, en cierta ocasión. Y Jones, gentleman estereotípico y padre intelectual de Augusta National, sede del Masters, sabía bien de qué hablaba. Años antes de dejar para la posteridad su célebre sentencia, Jones era conocido por su carácter volcánico. El punto de inflexión para su carrera lo supuso el Open Championship de 1921, el primero que jugaba el golfista de Atlanta, con solo diecinueve años, en el suelo sagrado del Old Course de St. Andrews, en Escocia, la cuna del golf.

Después de maravillar al público local durante las dos primeras vueltas, el joven Jones tuvo que vérselas con un vendaval e hizo cuarenta y seis golpes en los primeros nueve hoyos de la tercera jornada, un resultado impropio de su categoría. Pese a que Jones aún optaba al título, la serie de catastróficas desdichas prosiguió en el hoyo 10, de donde salió con un aparatoso doble bogey (es decir, dos golpes por encima del par del hoyo), y continuó en el hoyo 11, un par 3 no demasiado largo, donde el estadounidense cazó con su primer golpe uno de los búnkeres que custodian el green. Hasta cuatro veces intentó sacar la bola de la arena, y otras tantas la esfera blanca acabó rodando mansamente hasta acabar cerca de sus pies. Algo estalló en el interior de Jones, que cogió la bola, se la metió en el bolsillo y salió del búnker. A continuación, rompió en mil pedazos la tarjeta donde tenía la obligación de anotar sus resultados y tiró la prueba de su ignominia al estuario del río Eden. Los espectadores escoceses no daban crédito. Nadie abandonaba nunca un torneo de golf, y muchos menos un Open Championship, el torneo más señero del calendario, y mucho menos en St. Andrews. Era como escupir en la jarra de clarete que se otorga al ganador. La indignación cruzó el charco y «niñato malcriado» fue lo más suave que Jones tuvo que leer en la prensa de su país. A raíz de aquello, Jones jamás volvió a dejar que se le llevaran los demonios y se convirtió en el paradigma de la corrección y la caballerosidad en un campo de golf.

Pero aquellos lodos vinieron de polvos anteriores. En 1916 Bobby Jones se estrenaba en el National Amateur Championship, el denominado U. S. Amateur, su primer torneo de alcance nacional, en el Merion Golf Club. El prodigio de Atlanta finalizaba ocupando el liderato después de la primera jornada de la fase previa con setenta y cuatro golpes, aunque los nervios llegaron en la segunda vuelta vespertina, donde acababa con ochenta y nueve impactos. Aun así, Jones remataba la prueba en la decimoctava plaza (de ciento cincuenta y siete participantes) y se clasificaba para los cruces directos reservados a los treinta y dos mejores con solo catorce años. El chaval, un «potro sin domar» en palabras del periodista de Golfers Magazine P. C. Pulver, tenía que vérselas en la primera eliminatoria con Eben Byers, el hijo de un rico industrial de Pittsburgh que ya había sido campeón del torneo una vez y finalista en dos ocasiones. A Jones no le impresionó el palmarés de su rival de treinta y seis años. «Cuanto más grandes sean, más dura será la caída», declaró tomando prestada la frase atribuida a los boxeadores Joe Walcott y Bob Fitzsimmons y que sirvió de inspiración para aquella película protagonizada por Humphrey Bogart. Enseguida quedó claro que Jones no se iba a dejar amedrentar, pese a que Byers era también conocido por su fuerte temperamento.

Los congregados en Merion no tardaron en olerse que el partido podía ser un auténtico choque de trenes y entre ellos estaba Grantland Ricepope del periodismo deportivo estadounidense y autor de semblanzas de Jack DempseyBabe Ruth o Walter Hagen, además de ser el primer periodista de golf reputado que concedía al golf el peso que tenían otros deportes de masas. Rice, que cubría el torneo para el New York Tribune, nos ofrece una versión dulcificada del enfrentamiento (posteriormente reflejada en la película Bobby Jones, la carrera de un genio, protagonizada por Jim Caviezel), pero las tiranteces empezaron desde antes de ejecutar el primer golpe. Byers, humillado por verse emparejado con un pipiolo de catorce años que bien podía ser su hijo, hizo esperar más de la cuenta a su rival en el tee de salida con la intención de sacarle de quicio con esa picardía. Pese a todo, se encontró con un Jones risueño que le ofreció un chicle (que Byers rechazó) nada más llegar, gesto que el público allí reunido vitoreó. Una vez puestos en marcha, Jones no tardó en cobrar ventaja, pero los ánimos enseguida se caldearon. Más que jugar al golf, los dos adversarios parecían protagonistas de un slapstick de Mack Sennett. Hubo más aspavientos airados y palos volando en todas las direcciones que buenos golpes, e incluso los miembros del partido que iba por detrás de ellos declararon que parecían más malabaristas que jugadores de golf. En el hoyo 12, Byers se enfadó hasta tal punto que lanzó un palo por encima de un seto y le dijo a su caddie que ni se le ocurriera ir a recuperarlo. A esas alturas quedaba claro que Jones no iba a aprender etiqueta de su rival, pero el adolescente se las apañaba para volver a meterse en el partido inmediatamente después de cada uno de sus arranques, mientras que Byers seguía sumido en el más negro nubarrón.

Bobby Jones ganando su cuarto US Open, 1930

En el descanso, Jones llevaba tres hoyos de ventaja y se dedicó a ir de acá para allá, despreocupado y contento, mientras Byers se encerraba en el vestuario para tomar un refrigerio rápido. En la reanudación, pese a algún amago puntual, Jones mantuvo su margen y consiguió derrotar al de Pittsburg en el penúltimo hoyo, su primera victoria en un torneo de carácter nacional. «Le gané porque Byers se quedó antes sin palos», bromeaba Jones años después recordando la exhibición de lanzamientos que protagonizaron ambos. Sin embargo, el joven astro fue presa de su carácter más adelante, en el partido de cuartos de final contra Robert Gardner, cuando este salió de tres trances inverosímiles en la fase decisiva del partido y consiguió imponerse a un Jones que acabó desconsolado y comportándose como el niño que era. «Es una pena, pero Bobby nunca tendrá éxito como golfista. Tiene demasiado genio», dijo entonces el profesional escocés Alex Smith. Por suerte para la historia del golf, el rumbo de Jones cambió radicalmente en aquel Open Championship que disputaría cinco años después y el augurio de Smith se quedó en el cementerio de las «famosas últimas palabras».

Su rival de aquel día en Merion, Eben Byers, siguió una trayectoria radicalmente diferente y muy pintoresca. Aunque sus mejores años golfísticos ya habían quedado atrás (fue campeón del U. S. Amateur en 1906 con veintisiete años, nada menos que ante George Lyon, campeón olímpico en St. Louis), Byers siguió practicando el deporte de sus amores y alternándolo con sus obligaciones como presidente de la empresa fundada por su padre. Pero a Byers le tiraba más la buena vida que el trabajo en una oficina, y tenía fama de donjuán impenitente. En noviembre de 1927, mientras volvía de ver el partido de fútbol americano entre Harvard y Yale, su universidad, en un tren fletado para la ocasión, Byers celebraba el triunfo de su equipo en la litera superior de un coche-cama (se dice que acompañado y bastante achispado). No sabemos si fue por el traqueteo del tren o el de otras actividades lúdicas, pero acabó cayendo de la litera y se hizo daño en un brazo. Aquella lesión se convirtió en la némesis de un Eben Byers obsesionado por recuperar la movilidad y el nivel de juego. Por ello visitó a innumerables médicos sin que ninguno consiguiera aliviar sus dolores. Hasta que uno de ellos le recomendó que probara con un medicamento novedoso, el Radithor, que a grandes rasgos era una solución de radio (sí, el elemento radiactivo) en agua destilada.

Aunque parezca mentira, en los años veinte del siglo pasado se tenía una idea bastante equivocada de los efectos del radio y había mercachifles sin escrúpulos que se aprovechaban de la novedad de estas sustancias para asignarles supuestas cualidades curativas y  comercializarlas en todo tipo de productos radiactivos (tónicos capilares, cremas, pasta de dientes, jabones, laxantes, mantas…). Entre estos vendedores de aceite de serpiente estaba William Bailey, un timador que había pasado por la cárcel y que, después de haber estado un tiempo colocando estricnina como afrodisiaco, empezó a vender el Radithor, que supuestamente curaba ciento cincuenta dolencias. Aunque conceptualmente fuera similar a las pulseritas milagrosas de nuestra época (Power Balance y similares, que solo sirven como detectoras de bobos) o a los inocuos compuestos homeopáticos, solo dañinos para el bolsillo de los crédulos (o para su anatomía si no los complementan con medicamentos tradicionales), huelga decir que el Radithor era tremendamente nocivo, aunque Bailey lo comercializara con el llamativo eslogan «Rayos de sol embotellados».

Sin embargo, Eben Byers creyó sentir una mejora inmediata, se convenció de que el Radithor era la solución para sus problemas físicos, golfísticos e incluso amorosos, y decidió consumirlo como si no hubiera un mañana (expresión tópica que no le iba a quedar muy lejos). En poco más de tres años, Byers ingirió más de mil botellas de Radithor y su entusiasmo por el producto le llevó a enviar cajas enteras a socios y a algunas de sus «amiguitas» (e insistirles en que lo consumieran), convencido de su poder curativo y afrodisíaco. Luego empezó a perder pelo y a quejarse de malestar en todo el cuerpo, síntomas que llegaron acompañados de tremendas migrañas y un dolor terrible en la mandíbula. Poco después llegaron las primeras fracturas y la pérdida de dientes, hasta que un radiólogo de Nueva York identificó el origen de su mal y lo asoció al sufrido por las llamadas «chicas del radio», obreras que habían muerto durante la Primera Guerra Mundial después de ingerir pequeñas dosis de radio al mojar con los labios los pinceles con los que pintaban esferas de relojes. Para que se vieran bien las horas, se hacía que la pintura fuera fluorescente por medio de radio, un veneno que resultó letal para las pobres muchachas.

Dada la brutal ingesta de Radithor, Byers tenía los días contados. No obstante, su destino sirvió para que la Comisión Federal de Comercio abriera una investigación sobre este y otros productos supuestamente inocuos que contenían elementos radiactivos. El golfista prestó declaración en su domicilio, ya que estaba demasiado enfermo para presentarse en el juzgado, y gracias a tu testimonio el Radithor se retiró del mercado en diciembre de 1931, tres meses antes de su fallecimiento. Como se leía en el titular que le dedicó el Wall Street Journal, «el agua con radio le iba bien hasta que se le desprendió la mandíbula». Durante la autopsia se disipó cualquier duda acerca de la causa de la muerte de Byers cuando los forenses situaron algunos dientes y un fragmento de su mandíbula sobre una película fotográfica y la radiación la reveló como si se hubiera usado en una máquina de rayos X. De hecho, Eben Byers fue enterrado en un ataúd de plomo en el mausoleo familiar del cementerio de Allegheny para evitar males mayores. No se tiene constancia de cuánta gente murió a causa del Radithor (del que se vendieron más de cuatrocientas mil botellas), pero la celebridad de Byers y su tirón mediático sirvió para visibilizar un problema oculto en las grietas del sistema.

Irónico final para el de Pittsburgh, que pasó de desesperarse en el campo de golf, como algunos de los jugadores mencionados a lo largo de este artículo, a consumirse de manera literal y perturbadora. Una metáfora lejana de hasta qué punto la obsesión en la búsqueda de la perfección, ese santo grial esquivo que persigue todo deportista profesional, la causa última de sus inseguridades y sus reacciones desaforadas, puede resultar destructiva.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*