Mágico abre sus puertas —o debería decir sus botas— el martes 3 de noviembre, a las 18.45, en el Gran Teatro Falla de Cádiz. Jorge Alberto González Barillas, el futbolista al que está dedicada esta docuserie, pasó buena parte de su carrera manteniendo una relación bastante discutible con los relojes por lo no esperen verlo ese día a la hora acordada. Ahora su vida ha quedado organizada en cuatro capítulos de cuarenta minutos. No sabemos qué habría pensado él de tanta puntualidad. La serie, dirigida y escrita por Gonzalo Lamela y Javier Krause, compite en la sección oficial de no ficción del South International Series Festival como una coproducción de Uruguay, España y Estados Unidos que pretende contar al jugador, al hombre y al mito, tres personajes que no siempre se hablaban entre sí y que rara vez llegaban a la misma hora.
El primero de ellos nació en San Salvador en 1958 y llegó a España después de un Mundial, el de 1982, en el que su selección encadenó un revés tras otro, el mayor de los cuales fue un humillante 10-1 ante Hungría, todavía la peor derrota en la historia de la competición. Mientras El Salvador analizaba las dimensiones de sus carencias, algunos observadores se fijaron en un prometedor futbolista que recibía el balón como si todos los demás en el campo hubieran firmado un pacto para no quitarle la pelota. Aquel verano lo fichó el Cádiz y no los habituales Real Madrid y Barcelona aconstumbrados a quedarse con el talento allí donde lo encuentran. El Cádiz, en aquel momento en Segunda le ofrecía al salvadoreño una ciudad hecha para él. El equipo cerró la primera vuelta de aquella temporada en el puesto decimotercero, con el entrenador en entredicho, y a falta de cinco jornadas seguía fuera de los puestos de ascenso; ganó los cuatro partidos siguientes y se lo jugó todo en la última jornada, el 22 de mayo de 1983, en Carranza y frente al Elche, donde Mágico marcó el segundo de los tres goles de una victoria por 3-1 que devolvía al Cádiz a Primera. Con él se podía ganar, por mucho que nunca estuviera del todo claro cómo conseguir que se presentara cada mañana al entrenamiento.
No es que fuera solo un regateador vistoso, aunque también lo era. Lo que todos recordamos es esa que tenía una forma de detenerse en seco, acelerar de nuevo y cambiar de dirección que descomponía cualquier lógica defensiva, de manera que el adversario interpretaba una jugada mientras Mágico ejecutaba otra, y su «culebrita macheteada» convirtió una finta en patrimonio oral de una afición. Los goles importaban, desde luego, pero en el Carranza había tardes en las que el público estaba más pendiente de lo que iba a intentar a continuación que de lo que decía el marcador.
La carrera pudo haber sido distinta. En 1984 viajó a Estados Unidos de gira con el Barcelona, el Barcelona de Diego Armando Maradona, y durante años aquella proximidad alimentó la pregunta que persigue a casi todo gran talento crecido en la periferia: qué habría sucedido en un club mayor. La hipótesis resulta seductora precisamente porque no exige demostrar nada, de modo que al Mágico imaginario se le pueden adjudicar sin esfuerzo Copas de Europa y Balones de Oro y, de paso, la puntualidad y la profesionalidad que al verdadero nunca se le conocieron.
Solo que no fue así, y aquí es donde la historia se vuelve menos pulcra e infinitamente más interesante. Hubo sanciones, ausencias inexplicables y desencuentros con los entrenadores; en enero de 1985 acabó cedido al Valladolid, regresó al Cádiz en 1986 y permaneció allí hasta 1991. La indisciplina no era un detalle encantador y prescindible, puesto que afectaba al equipo, a sus compañeros y a su propia carrera, y resulta bastante fácil despachar todo esto como la triste historia de un potencial no realizado siempre que uno no se detenga a pensar de quién eran exactamente las expectativas que no cumplió. Para Mágico, el éxito nunca pareció identificarse sin más con acumular dinero, ganar trofeos o construir una marca personal.
Contar su biografía únicamente como la de un espíritu libre perseguido por entrenadores sin alegría tiene, a su vez, un peligro evidente: la libertad puede explicar una decisión personal, pero no convierte automáticamente todas las conductas en admirables. El 3 de mayo de 1991, el Juzgado de lo Penal número 1 de Cádiz lo condenó a seis meses y un día de prisión menor —que no llegó a cumplir, por carecer de antecedentes y ser la pena inferior a un año— y a una indemnización de cuatro mil pesetas por un delito de abusos deshonestos y agresión sexual, a raíz de unos hechos ocurridos en su propio domicilio en julio de 1989. Buena parte de Cádiz se puso de su lado y despachó a la denunciante como una oportunista, y él abandonó la ciudad un mes después, tras una temporada en la que apenas había jugado. Es un episodio que no encaja en ninguna recopilación simpática de hazañas nocturnas. Desconocemos si la docuserie lo abordará; mito o no mito, forma parte de su historia.
La producción lleva tiempo persiguiendo precisamente esa distancia entre la persona y la figura legendaria. En 2024 sus responsables mostraron un adelanto en el mismo festival gaditano y contaron que habían hablado con docenas de personas, excompañeros de club y de selección incluidos, y rodado en más de treinta estadios de medio mundo. El proyecto regresa ahora al South con un primer episodio completo, y su desafío no consiste tanto en desenterrar imágenes inéditas de los regates —quedan muchas por encontrar en internet— como en averiguar por qué siguen fascinando décadas después, tanto a quienes los vieron en directo como a quienes nunca lo hicieron.
Hay también la historia de un hombre permanentemente a medio camino, que no pertenece del todo ni aquí ni allá, porque en El Salvador Mágico es un héroe nacional y en Cádiz se le recuerda como al vecino de la esquina. Su nombre está grabado en un estadio salvadoreño y en las conversaciones de varias generaciones de cadistas, dos mundos dispares unidos en la mitificación de un futbolista que nunca ganó los grandes títulos.
Quizá por eso resulta tan apropiado que Mágico encuentre pantalla en el Gran Teatro Falla. En un tiempo que registra cada carrera, cada presión y cada kilómetro recorrido, los cuatro episodios intentarán reconstruir la trayectoria de alguien cuyo atractivo escapaba a esas mediciones. El 3 de noviembre se encenderá el proyector, comenzarán a correr las imágenes y, durante cuarenta minutos, un hombre que rara vez hizo lo que se esperaba de él tendrá que obedecer, por una vez, al orden previsto por un guion.

