
Hace un par de semanas, en pleno debate por el Balón de Oro, Universo Valdano emitió la entrevista concedida por Lamine Yamal. En relación a su cuestionada incidencia en la Copa del Mundo, Lamine explicó que en la jugada del gol de la final, por ejemplo, él fue imprescindible aunque no asistiera porque atrajo a dos rivales. Concluyó: «Los que saben de fútbol sabrán valorarlo».
El pasado martes, en la victoria de la Selección ante Croacia por la Nations League, sucedió una nueva exhibición de Lamine, esta vez acompañada de un par de goles. Su partido fue, como dijo De la Fuente, una expresión de talento al servicio de los compañeros.
Entonces, apenas tres días después del partido, en Marca vieron el momento de publicar una columna titulada Lamine, un elegido que debe saber asimilar su sueño, donde se avisa al crack de lo siguiente: «(…) para estar en el olimpo de los elegidos de la historia grande, hace falta mucho más que ser bueno o buenísimo. Hay que saber recorrer un largo camino con firmeza, con modestia, con resultados, con constancia, con compromiso, con el ego tranquilo y con la admiración, no solo de tu parroquia, sino también de tus compañeros y lograr hasta que te aplaudan en los estadios rivales».
La opinión de Amalio Moratalla solo refleja el juicio recurrente que cae sobre Lamine, cuya vida y temperamento parecen escamar, aunque con 19 años haya ganado todo excepto la Champions y lleve para cuatro temporadas repitiendo actuaciones memorables en todos los sentidos.
El periodista, finalmente, acude a Messi para concluir la idea de que no es suficiente con ser el más talentoso y resolutivo para permanecer en la memoria del fútbol, sino que todo futbolista ha de comportarse de un modo ejemplar a ojos de la sociedad. «Los goles, las asistencias, los regates y las cosas que pasan en el césped son vitales, pero lo que sucede fuera, también».
A propósito del talento, lo perdurable y de la importancia de ese «lo que sucede fuera», leyendo la columna me vinieron a la mente vida y obra de grandes escritores muertos. A saber:
En enero de 1970, el norteamericano Charles Bukowski dejó su trabajo en la oficina de correos para dedicarse a ser escritor a tiempo completo, porque «trabajar de nueve a cinco es una de las mayores atrocidades que ha sufrido la humanidad». En adelante, Bukowski pasó a llevar una vida ociosa y escribió lo más destacado del Realismo sucio.
Pero si Bukowski dijo que prefería morirse de hambre antes de seguir con su jornada laboral, el británico Anthony Trollope, tiempo atrás, había publicado 47 novelas mientras trabajaba precisamente en Correos. No quería perder el sustento económico y, según aseguró en su autobiografía, «tres horas al día producen todo lo que un hombre debería escribir».
Un año después de la muerte de Trollope nació el poeta William Carlos Williams, quien compaginó trabajo y arte por elección propia, no debido a la necesidad. Cuando el autor de La carretilla roja era preguntado sobre cómo podía mantener su función de pediatra y la escritura, él respondía que «son dos partes de un todo. No son dos trabajos en absoluto. Uno descansa al hombre cuando el otro lo fatiga».
Y si Bukowski, Ernest Hemingway, Dylan Thomas o los Beat creaban desde una vida disoluta, otros como Ernesto Sábato agradecían lo contrario. En varias conferencias, el argentino habló del «apoyo sistemático» de su esposa a la hora de publicar sus obras. Mientras ella, Matilde Kusminsky, precisó para El País que Sábato buscaba «un muro de cariño, de comprensión y de ternura que le era necesario para liberarse de sus obsesiones y traumas, así poder escribir».
Sábato, sin embargo, compartía con Bukowski lo de ser escritores por inspiración. Aunque si en ellos decidía la musa, en Haruki Murakami y Mario Vargas Llosa lo hacía la rutina. «Yo trabajo de una manera muy disciplinada. No podría terminar una novela si no trabajara con una continuidad, con unos horarios muy rigurosos», dijo el Nobel para la revista Mester.
Hoy, en la sociedad del individuo uniformado y los elogios al esfuerzo, cada opinante exige que un artista como Lamine tenga la disciplina laboral de Vargas Llosa, la firmeza conyugal de Sábato y de Messi, la obsesión física de Cristiano Ronaldo. Sin saber que Messi y Cristiano no buscaron ese estilo de vida para rendir más en el campo, sino que ser como eran fue precisamente lo que les llevó a su nivel futbolístico. Ellos no cambiaron hacia lo modélico, sino que sencillamente disfrutan del tiempo en familia o de las horas de gimnasio.
Y esa misma pureza es también la que tuvo, a su distinto modo, Maradona, espíritu rebelde que disfrutaba más de la fiesta en compañía que de la calma familiar. Fue el orgullo lo que aguzó su ingenio ante Inglaterra en el 86, o le permitió crecerse ante los italianos que les abucheaban en su país, dejándolos sin la final.
Sin su irreverencia Maradona no hubiera sido el mejor de la historia, como Romario no podría haber abusado de los defensas como lo hizo sin la honestidad de sus declaraciones («La noche siempre ha sido amiga mía») o el coraje para decirle a Cruyff que era mejor que él, porque sin ese carácter no se hubiera sentido lo superior al resto que en realidad era.
De haber actuado Maradona como Messi, y viceversa, la obra futbolística de ambos no hubiera existido, ya que el artista se debe a su personalidad y el gran arte brota de cada uno a su manera.
Mientras alguien escribe una nueva columna sobre qué sendero ha de seguir Lamine para entrar en no sé qué inventado olimpo, Lamine ha vuelto a marcar un gol propio de dioses, esta vez a la República Checa. Así que dejemos que Lamine sea como es y que su fútbol se grabe en nuestro corazón como lo hizo el del disciplinado Pelé pero también el del ligero Ronaldinho.
