
Cuando René Pierotti le pregunta al director general de Ducatti Corse qué es lo contrario del miedo, Gigi Dall’Igna respira y responde que la calma, porque incluso en los momentos más complicados lo que salva al piloto es el autocontrol, esa capacidad de no precipitarse que permite acertar con la decisión justo cuando equivocarse puede salir caro. Con esa respuesta arranca una conversación larga, publicada Moto.it el 20 de agosto, en la que Dall’Igna repasa el crecimiento de Aprilia, la manera de gestionar el riesgo dentro de un departamento técnico, los dos años que lleva trabajando con Marc Márquez y la marcha de Pecco Bagnaia, que dejará Borgo Panigale al final de temporada.
Lo más interesante de la charla está centrada en el riesgo, planteado menos como asunto de ingeniería que como cuestión de carácter. Las decisiones se toman al principio de cada temporada y dependen de lo que uno imagine que va a pasar en la siguiente, de modo que hay que arriesgar más cuando toca acercarse a un rival que va por delante y menos cuando toca defenderse de quien aún tiene camino por recorrer. La trampa que describe a continuación es la buena, porque ir en cabeza desaconseja tocar nada —cualquier novedad que implementes en la moto puede pasarte una factura inesperada, una avería, una complicación— y esa prudencia se acaba pagando con menos evolución, con menos moto para el año siguiente. Que Aprilia haya llegado más fuerte a 2026 lo vive como un estímulo, aunque matiza que la motivación depende menos de lo que ocurre alrededor que de lo que uno quiere conseguir, y que él la encuentra sobre todo en la gente con la que trabaja.
De Márquez habla como un técnico consciente de haber tenido la suerte profesional de su vida. Recomienda a cualquier ingeniero pasar por la experiencia, porque un piloto así da el cien por cien en cualquier circunstancia, entrenamientos incluidos, y aunque ese cien por cien no siempre sea el que uno espera, la constancia con que lo pone encima de la mesa termina contagiando al grupo entero. Muchos pilotos, sostiene, subestiman esa capacidad de tirar de los demás. Si Márquez ha escrito con su nombre la historia del motociclismo moderno es porque hace encima de la moto cosas que el resto no sabe hacer, lo cual no le impide reconocer que no es el mejor en todas las fases de la conducción, solo en algunas, aunque en esas no tenga rival.
Cuando Pierotti le pide una anécdota de esas que se cuentan a los amigos, Dall’Igna desmonta la pregunta y contesta que de Márquez no impresiona en ningún episodio específico, sino su manera entera de funcionar. De ahí sale la frase del titular, la de que teniendo delante a una estrella uno se encuentra con el más modesto de la parrilla, el piloto que más veces admite el fallo propio incluso cuando ese fallo ha sido mínimo. Lo enlaza con una idea de gestión que muchos jefes de equipo firmarían y pocos aplican, la de que las personas capaces de ayudar a un piloto no siempre están en el box, muchas veces trabajan en la fábrica y no pisan el circuito, y también a ellas hay que motivarlas, razón por la cual las críticas se miden para que empujen a todo el mundo hacia arriba en lugar de hundirlo.
La pregunta de si el mayor rival de Márquez ha sido Márquez recibe una respuesta que se extiende a media parrilla, porque a Dall’Igna le parece frecuente que la virtud y el defecto de alguien sean la misma cosa —él se define como un testarudo incorregible y lo cuenta como quien confiesa un vicio del que no piensa curarse—, de manera que las caídas del de Cervera vienen de un objetivo innegociable, el de acabar delante al margen de la moto que tenga él y de la que tengan los demás, un planteamiento que de vez en cuando pasa factura.
El bloque dedicado a Bagnaia se parece mucho a una despedida. Su mejor recuerdo sigue siendo Valencia 2022, un día que todavía le emociona y que además le dio su primer título de pilotos en MotoGP. Del origen de la relación cuenta algo bonito, que se buscaron el uno al otro, porque Ducati necesitaba entonces a alguien capaz de hacer lo que aquel chaval hacía en Moto3, pelear y ganar carreras con una moto inferior, y porque el propio Bagnaia quería Ducati, ya que toda su carrera se había construido alrededor de la marca. Ponerse de acuerdo resultó sencillo. El primer año en Pramac no fue fácil ni lucido, y ahí deja la moraleja que explica buena parte de la última década roja, la de que una decisión tomada en serio merece sostenerse aunque durante un tiempo parezca que el barco va sin rumbo. Se separan, dice, después de haber hecho cosas magníficas juntos y con la certeza de que seguirán apreciándose.
La gran rivalidad entre Márquez y Bagnaia que esperaba el paddock entero y que jamás llegó a cuajar la despacha encogiéndose de hombros, porque la vida pone zancadillas de vez en cuando, forman parte del juego y, por mucho que uno intente esquivarlas, termina yendo donde le da la gana. De aquellos años se queda también con Malasia 2024, la carrera que Bagnaia ganó cuando ya había perdido el mundial y que promete volver a ver con frecuencia cuando se jubile, una costumbre que practica ya con su familia los domingos que pasa en casa, siempre carreras y nunca sesiones de entrenamiento.
Pierotti cierra con el juego de construir el piloto ideal, y el resultado dibuja sin querer un mapa del talento reciente de la marca, con Bagnaia como mejor frenada —advierte que muchos lo han ido imitando a base de estudiar telemetrías ajenas— y también como mejor gestor de carrera, con Fabio Di Giannantonio mandando en las curvas a derechas y Márquez en las de izquierdas, con Jorge Martín en los cambios de dirección y con el propio Márquez llevándose el trato con la prensa y la etiqueta de piloto más completo. En la vuelta rápida se niega a dar un solo nombre para no dejar mal a nadie, lo cual, viniendo de alguien que acaba de repartir méritos con precisión de laboratorio, suena a diplomacia deliberada. Y si tuviera que ser una sola pieza de la moto elegiría el motor, porque al final es el que más grita.
Queda el futuro, que Pierotti le plantea como un asunto de dos gallos en el mismo corral, Márquez y Pedro Acosta, y ahí Dall’Igna no se esconde, porque un equipo con esos patrocinadores y esa marca detrás necesita dos pilotos fuertes, los ha querido siempre y los seguirá queriendo. Después de haber definido el valor como calma, la respuesta encaja mejor de lo que parece, ya que la única forma de convivir con dos aspirantes en el mismo box consiste en no perder los nervios el día que empiecen a hacerse daño.

