
Pocos juegos de naipes han recorrido un camino tan curioso como el bacará. Nacido en la penumbra de las cortes renacentistas, sobrevivió a prohibiciones, escándalos aristocráticos y guerras mundiales para acabar convertido en el motor económico de los casinos de Macao, donde hoy genera más ingresos que todos los demás juegos juntos. La revolución digital ha completado el viaje. Un juego que durante siglos exigió esmoquin y salón privado se juega hoy desde cualquier pantalla, con crupieres reales retransmitidos en directo desde estudios de Malta, Letonia o Manila, y las versiones en línea del bacará figuran de forma constante entre los juegos de mesa más demandados del sector, por delante incluso de clásicos como la ruleta en buena parte de los mercados asiáticos. Plataformas especializadas en análisis del sector, como Zamsino, destacan además el crecimiento sostenido del bacará en los casinos en línea y recopilan reseñas sobre las principales salas y sus distintas modalidades. Su historia es la de un rito de salón que atravesó cinco siglos sin apenas cambiar de reglas y que, por el camino, sentó a un futuro rey de Inglaterra en el banquillo de los testigos.
El origen exacto del juego sigue siendo materia de disputa entre historiadores. La versión más extendida sitúa su nacimiento en la Italia de finales del siglo XV, donde un jugador llamado Felix Falguière habría codificado sus reglas a partir de juegos anteriores como la macao o el tarrochi. La propia palabra «baccara» significaría cero en algún dialecto italiano, en alusión al valor nulo de las figuras y los dieces. El problema es que ningún filólogo ha encontrado rastro de ese dialecto ni de ese significado, de modo que la etimología canónica del juego descansa sobre una leyenda repetida durante generaciones. También circula un relato aún más pintoresco que vincula el juego con un antiguo ritual etrusco en el que una virgen lanzaba un dado de nueve caras para decidir su destino. Un ocho o un nueve la convertían en sacerdotisa, un seis o un siete le permitían seguir viviendo, y cualquier cifra inferior la condenaba a morir ahogada en el mar. La historia es demasiado redonda para ser cierta, y casi con seguridad fue inventada a posteriori para dotar al juego de un pedigrí milenario, pero explica de maravilla por qué el nueve es la cifra sagrada del bacará.
Lo que sí está documentado es su arraigo en Francia. Los soldados de Carlos VIII habrían traído el juego de las campañas italianas hacia 1490, y la nobleza francesa lo adoptó con tal entusiasmo que sobrevivió a la prohibición general del juego decretada por varios monarcas. Durante el reinado de Luis Felipe de Orleans, en 1837, los casinos fueron declarados ilegales en Francia, lo que lejos de acabar con el bacará lo empujó a los salones privados y le añadió el atractivo de lo clandestino. De aquella época proceden sus dos variantes clásicas. En el baccarat banque, un solo jugador asume la banca de forma permanente. En el chemin de fer, la banca circula de jugador en jugador como un ferrocarril que avanza por la mesa, y de ahí su nombre, acuñado cuando el tren era la gran novedad tecnológica del siglo.
El chemin de fer fue durante décadas el juego de la alta sociedad europea, y su templo estaba en los casinos de Deauville, Biarritz y Montecarlo. Allí operó entre los años veinte y los cincuenta el llamado Sindicato Griego, un consorcio de jugadores profesionales liderado por Nicolas Zographos, un ateniense con una memoria prodigiosa capaz de recordar todas las cartas ya jugadas de un sabot de seis barajas. El sindicato mantenía una banca abierta bajo el lema «tout va», todo vale, sin límite de apuesta, y contra ella se estrellaron aristócratas, magnates y maharajás. Zographos murió rico, algo insólito en la historia del juego, y su hazaña contable sigue estudiándose como uno de los primeros ejemplos de ventaja matemática aplicada de forma sistemática en un casino.
Antes de eso, el bacará ya había protagonizado uno de los mayores escándalos de la era victoriana. En septiembre de 1890, durante una reunión en la mansión de Tranby Croft, en Yorkshire, varios invitados acusaron a sir William Gordon-Cumming, teniente coronel de la Guardia Real, de hacer trampas en una partida de bacará en la que participaba el príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII. A cambio del silencio de los presentes, Gordon-Cumming firmó un documento comprometiéndose a no volver a tocar una carta. El pacto se filtró, el militar demandó por difamación a sus acusadores y el juicio de 1891 obligó al heredero de la corona británica a declarar como testigo, algo que no ocurría desde el siglo XV. La prensa descubrió de paso que el príncipe viajaba con sus propias fichas de bacará grabadas con plumas, y la reina Victoria tuvo que soportar sermones públicos sobre los vicios de su hijo. Gordon-Cumming perdió el juicio, fue expulsado del ejército y de todos sus clubes, y se casó al día siguiente del veredicto con una heredera estadounidense que lo esperaba pese a todo.
La consagración literaria del juego llegó en 1953, cuando Ian Fleming eligió una partida de bacará como duelo central de Casino Royale, la primera novela de James Bond. Fleming, que había frecuentado los casinos portugueses de Estoril durante la guerra como oficial de inteligencia naval, entendió que el chemin de fer era el escenario perfecto para un enfrentamiento entre caballeros con esmoquin. Bond jugó al bacará en el papel y en las primeras adaptaciones cinematográficas hasta que la versión de 2006 lo pasó al póker, señal inequívoca de qué juego dominaba ya el imaginario popular.
Mientras Europa refinaba el ritual, el juego cruzó el Atlántico y mutó. En los años cincuenta, el empresario Tommy Renzoni importó a Las Vegas la variante conocida como punto banco, que había triunfado en los casinos de La Habana antes de la revolución cubana. La diferencia es sustancial. En el punto banco no existe decisión alguna del jugador, pues las reglas de pedir o plantarse están fijadas de antemano en el llamado tableau, y el resultado depende por completo del azar. Esa simplificación, que a los puristas europeos les pareció una vulgarización, resultó ser la clave de su éxito planetario, porque convirtió un juego de iniciados en un producto industrial apto para cualquier casino del mundo.
El último capítulo de esta historia se escribe en Asia. En Macao, el bacará representa de forma sostenida más del ochenta por ciento de los ingresos por juego de la antigua colonia portuguesa, y las salas VIP dedicadas a este juego movieron durante años cifras que hacían palidecer a Las Vegas entera. La superstición forma parte del espectáculo. Los jugadores doblan las esquinas de las cartas antes de descubrirlas, soplan sobre ellas para «espantar» los puntos sobrantes y destrozan literalmente cada naipe, que solo se usa una vez. Por esas mesas pasó en los años ochenta y noventa Akio Kashiwagi, un promotor inmobiliario japonés que apostaba doscientos mil dólares por mano y que llegó a ganar seis millones en una sola sesión en el Trump Plaza de Atlantic City, antes de morir asesinado a espada en su casa junto al monte Fuji en 1992, con deudas millonarias pendientes con varios casinos. Y por ellas planeó también el caso de Phil Ivey, el jugador profesional que entre 2012 y 2014 ganó más de veinte millones de dólares en Londres y Atlantic City gracias al edge sorting, una técnica que aprovecha imperfecciones milimétricas en el reverso de los naipes. Los tribunales británicos y estadounidenses fallaron en su contra y le obligaron a devolver las ganancias, en sentencias que todavía se citan para delimitar dónde acaba la astucia y dónde empieza la trampa.
Quizá esa sea la verdadera curiosidad histórica del bacará. Un juego sin apenas decisiones, cuyo desenlace está escrito antes de repartir la primera carta, ha fascinado durante cinco siglos a reyes, espías, matemáticos y supersticiosos por igual. Nadie juega al bacará para demostrar nada. Se juega para mirar de frente al azar puro, que es, al fin y al cabo, lo más parecido al destino que ofrece una mesa de fieltro.

