![Ayesha McGowan: «Normalmente [el Tour de Francia] es Demi contra Kasia, pero Paula Blasi las va a tener en vilo» 1 518238824 18510806620034368 2446382384501508305 n](https://sport.jotdown.es/wp-content/uploads/2026/08/518238824_18510806620034368_2446382384501508305_n-1024x1006.jpg)
Ayesha McGowan tiene treinta y nueve años, fue la primera mujer afroamericana en formar parte de un equipo profesional de ciclismo en carretera y hoy vive en España, donde a veces sale a rodar con su perro Blue sobre el hombro. La víspera del Tour de Francia femenino le preguntaron a quién había que vigilar y no dijo el nombre de ninguna de las tres favoritas: dijo el de una catalana de veintitrés años. Mañana, en el Mont Ventoux, sabremos si acertaba.
En una reciente conversación en Good Game, el pódcast diario de Sarah Spain —el primer programa diario del mundo dedicado íntegramente al deporte femenino—, McGowan repasa además su llegada tardísima a la bicicleta, su año como violinista sin dinero y su teoría sobre por qué a este deporte le cuesta tanto ganar espectadores: no porque sea difícil, sino porque nadie se molesta en explicarlo.
La tapada que ya no es una tapada
Sobre el pronóstico, McGowan se declara «bastante agnóstica»: «Quiero que gane todo el mundo, y ya sé que no es posible». Aun así, moja. Demi Vollering es quien tiene la carrera para perderla; Kasia Niewiadoma «nos sorprende constantemente y siempre le está pisando los talones»; Pauline Ferrand-Prévot ganó el año pasado, pero apenas se la ha visto esta temporada. Y luego está su tapada, que ya no lo es tanto: «El caballo negro que no es tan caballo negro es Paula Blasi».
A los lectores de este país no hace falta explicarles mucho: veintitrés años, de Esplugues de Llobregat, campeona de España sub-18 de 800 metros lisos antes que ciclista, subida a una bicicleta de carretera a los veintiuno, ganadora de la Amstel Gold Race en abril y de la Vuelta en mayo tras reventar el Angliru, primera española de la historia en conseguirlo. «Está teniendo un año espectacular. Normalmente esto es Demi contra Kasia, pero creo que Paula las va a tener en vilo, si es que no se lo lleva todo».
Ayer, sin embargo, la carrera empezó a poner las cosas en su sitio. En la quinta etapa, ocho puertos y casi tres mil metros de desnivel entre Mâcon y Belleville-en-Beaujolais, Vollering rompió el grupo en el Mont Brouilly y ganó al esprint a Reusser y a Niewiadoma; Blasi no pudo seguirlas. El maillot amarillo sigue siendo de Marlen Reusser, a la que casi nadie tenía en las quinielas de general, con Vollering a doce segundos y Niewiadoma a 1′ 17». Blasi es ahora décima a 3′ 51», mejor española de la clasificación, y ha perdido el maillot blanco de mejor joven en favor de Antonia Niedermaier. Ferrand-Prévot, la vigente ganadora, anda aún más lejos.
Le queda, eso sí, el terreno que McGowan tenía en la cabeza cuando la señaló. La séptima etapa, mañana viernes, sube al Mont Ventoux, «que es donde se suelen decidir las vueltas por etapas». La octava, el sábado, entre Sisteron y Niza, son ciento setenta y un kilómetros: la etapa más larga de la historia de la carrera. «Las carreras femeninas eran de ciento diez o ciento veinte kilómetros. Que ahora sea tan larga es maravilloso. No creen que se nos vayan a romper nuestros cuerpecitos, y eso me encanta». Cuando Spain bromea con aquello de que se nos va a caer el útero, la respuesta llega seca: «No soy científica, pero no creo que eso vaya a pasar».
La pregunta, entonces, es quién es esta mujer y por qué habría uno de hacerle caso. La respuesta empieza con un violín y una caída espantosa.
Iba a ser otra cosa
La biografía deportiva de McGowan antes de la bicicleta es la de casi cualquier niña estadounidense con energía sobrante. «De pequeña, mi gran sueño era ser estrella del atletismo. Después iba a jugar en la WNBA. Ninguna de las dos cosas salió», resume. Lo que sí salió fue el hockey hierba, su deporte principal en el instituto, y no de manera decorativa: llegó a entrar en el programa Futures, la antesala del circuito olímpico estadounidense.
Y entonces llegó ese momento que aquí todavía nos cuesta creernos: la universidad norteamericana obliga a elegir. «Básicamente tuve que decidir entre lo académico, la música y el hockey. Elegí lo académico y la música». Una carrera deportiva entera se apagó ahí, en un formulario de matrícula, a los dieciocho años, sin lesión y sin drama. Dieciséis años después, la misma persona estaría corriendo en el World Tour.
Cansada de los hombres blancos muertos
La elección la llevó al Berklee College of Music de Boston, donde su instrumento principal fue el violín. La explicación de por qué Berklee y no un conservatorio clásico es una de esas frases que se quedan: «Estaba cansada de la música creada por hombres blancos muertos».
El plan duró tres años. «La verdad es que me quedé sin dinero en tercero, así que me cambié a Música Profesional, que es una cosa vaguísima, pero que entonces funcionaba como una especie de elige tu propia aventura». Con la carrera hecha jirones, se fabricó un título a medida: «Pude quedarme con las mejores partes de Berklee y montarme una especie de batiburrillo, lo cual me pareció genial».
Hay ahí un método que ella misma admite y que conviene retener, porque explica su carrera mucho mejor que cualquier plan de entrenamiento: «En general siempre he sido una persona bastante sin rumbo, dejándome llevar por las olas de la vida». Y a continuación, la matización que la retrata entera: «Aunque ni siquiera me gusta el mar».
El metro de Boston
Llegó a Boston en enero de 2007 y se dio de bruces con el transporte público de la ciudad. «Odiaba la T (como se llama coloquialmente al metro de Boston). Puede que ahora sea mejor, pero entonces era un desastre». Una amiga le sugirió que se comprara una bicicleta; ella le pidió a su madre la suya vieja. «Y me enamoré desde el primer momento».
Conviene subrayar que no se enamoró de un deporte. Se enamoró de un medio de transporte. Entre aquella bicicleta heredada y su primera carrera federada pasaron siete años, buena parte de ellos en Brooklyn, dando clases de música a niños de guardería y clases particulares por las tardes, trabajando para una asociación que ponía a mujeres sobre ruedas y para otra que organizaba paseos en tándem para personas con discapacidad. Siete años pedaleando sin competir contra nadie.
La caída de Red Hook
La primera carrera fue el Red Hook Crit de 2014, en los muelles de Brooklyn, en la primera edición que incluyó prueba femenina propia. Un criterium de piñón fijo: bicicletas parecidas a las de carretera pero sin frenos, dando vueltas a un circuito urbano cerrado. «Es un poco como la NASCAR», explica. Era finales de marzo, hacía frío y diluviaba.
«Fue horrible. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Provoqué una caída enorme porque me estaban doblando, porque iba demasiado lenta». Detuvieron la prueba. Los médicos tuvieron que sacar del circuito a una corredora que se había hecho daño de verdad —está bien, McGowan se preocupó de averiguarlo—. «Yo estaba llorando a moco tendido, confundida y hecha polvo, y no volví a salir cuando reanudaron la carrera».
Y entonces, la frase: «Lo que saqué de aquella experiencia fue: podría ser muy buena en esto».
Dicho así suena a delirio, y por eso importa el complemento que añade inmediatamente después, que es donde está el hallazgo: «Podría ser muy buena en esto si aprendo qué hay que hacer. Así que me apunté a todos los cursillos que encontré. Me dije: esto es una barrera educativa, no una barrera de capacidad».
Esa distinción —barrera educativa, no barrera de capacidad— es la columna vertebral de todo lo que ha hecho desde entonces, dentro y fuera de la bicicleta. Y funcionó rápido: ese mismo año ganó el campeonato del estado de Nueva York en White Plains. Cómo llegó hasta allí da la medida exacta de la premeditación con la que se tomaba el asunto: ni siquiera tenía bicicleta de carretera propia después de su primera carrera, y su mentor tuvo que convencerla de ir. Lo consiguió con un argumento imbatible: si ganaba, le regalaban un maillot. «Por eso me presenté», admite. «Y ganar sienta muy, muy bien. Me dieron una camiseta que decía que se me daba bien esto».
«La telaraña de confusión»
Después de aquel primer año lo tuvo clarísimo y a la vez no tuvo nada claro: «Quería ser profesional. No sabía qué significaba eso, ni tenía la menor idea de cómo llegar». Su diagnóstico del funcionamiento interno del ciclismo —formulado por alguien que acabó siendo profesional dentro de él— es demoledor y no del todo injusto: «Todo el tinglado del ciclismo es en realidad muy, muy confuso. No sé si alguien más en este deporte lo admitirá alguna vez, pero creo que es la telaraña de confusión más ridícula que existe».
De ahí nace su faceta de activista, que no es un adorno de su biografía sino su consecuencia lógica. «Quería que quienes vinieran detrás lo tuvieran más fácil, o al menos tuvieran algo parecido a un camino, o se sintieran más apoyados». Ser explícita al respecto le salió caro: «Como fui muy ruidosa diciendo que quería centrarme específicamente en personas negras y latinas, me encontré con incredulidad, con más barreras, con el «¿y eso por qué es importante?»». Su respuesta tiene una claridad que no admite reproche: «No quise crear ese espacio para que los blancos lo entendieran, sino para que la gente como yo se sintiera apoyada, se sintiera bienvenida». Retirada ya de la competición, el año pasado recorrió las nueve etapas del Tour de Francia femenino sin dorsal, por su cuenta, para llamar la atención sobre la falta de diversidad en el pelotón.
Y no, no lamenta haber llegado tarde. «No me habría gustado empezar antes. De joven era un desastre y no habría tenido la madurez para aprovechar la oportunidad como creo que la aproveché. ¿Habría estado bien correr el Tour de Francia? Claro. Pero no me arrepiento de nada».
Lo que no se retransmite
El tramo más interesante de la conversación llega cuando Spain le plantea la pregunta del millón: cómo conseguir que más gente vea estas carreras y, sobre todo, que entienda lo que está viendo. Porque el ciclismo se vende como «ajedrez sobre ruedas» —ciento cincuenta y cuatro corredoras, veintidós equipos de siete, una sola ganadora y seis compañeras trabajando todo el día para que la líder llegue entera al momento decisivo— y luego se emite como si el espectador ya lo supiera todo de antemano.
La respuesta de McGowan empieza por lo elemental: «El primer paso es retransmitir las carreras». El acceso ha mejorado, admite, «pero todavía hay muchos casos en los que solo vemos los últimos treinta o cuarenta kilómetros. Lo que haya pasado, ha pasado, y a ti te lanzan en medio de la carrera y te quedas preguntándote: ¿cómo hemos llegado aquí? ¿Qué está pasando?». Y llegar siquiera hasta ahí ya cuesta: «Acceder a esas retransmisiones suele implicar un muro de pago, o la cobertura es malísima aunque pagues. Hay un montón de barreras literales para ver este deporte. Es muy difícil ser aficionado al ciclismo».
Merece la pena recordar el punto de partida, porque el Tour que se está corriendo estos días tiene apenas cinco años en su formato actual: hubo una carrera suelta en 1955, hubo un Tour de France Féminin entre 1984 y 1989 que murió por falta de patrocinio y de cobertura televisiva, y hubo que esperar a 2022 para que ASO lo recuperara. En ese tiempo, señala McGowan, han aparecido dos corredoras del pelotón que rondan el millón de euros anuales. «Eso es enorme para nuestro deporte, donde hace cinco años ni siquiera era obligatorio pagar a las ciclistas profesionales. Eso me parece una locura».
Para después del Tour, deja dos recomendaciones: la París-Roubaix, donde media carrera es suerte, no pinchar y no caerse, y donde el trofeo es literalmente un adoquín; y el Tour de Flandes, «probablemente la carrera más grande del calendario después del Tour».
El señor ese del ciclismo
Queda un detalle impagable, y es el que mejor ilustra su tesis. McGowan llama a la carrera masculina le Tour de France avec men, por simetría con el avec femmes. Preguntada por lo que ha sacado en claro de la edición de este julio, contesta que una carrera puede seguir siendo interesante aunque la general esté sentenciada en seis días. Cuando Spain le pregunta si es que gana siempre el mismo, responde: «Últimamente sí. Pero han sido los mismos dos durante cinco años. Lo que pasa es que el otro se cayó este año, así que ahora es el mismo».La presentadora zanja el asunto con un «puede que algún día me aprenda el nombre de ese hombre» y despide el programa con su fórmula habitual, un Good game dedicado «a ese señor del ciclismo al que no conozco pero al que por lo visto le va muy bien»
Para un país que se ha pasado julio entero discutiendo sobre un corredor cuyo nombre ocupó todas las portadas, el chiste es más útil que ofensivo. El mismo aparato que convierte a un ciclista en universal es el que mantiene invisibles a las ciento cincuenta y cuatro que salieron de Lausana el sábado. No es una cuestión de talento ni de mérito: es una cuestión de qué se emite, cuánto, y con qué explicación al lado. Barrera educativa, no barrera de capacidad.
Su consejo final, para quien quiera subirse a una bicicleta a los treinta, a los cuarenta o a los sesenta, no puede ser más breve. «Primer paso: consigue una bicicleta. Segundo paso: encuentra a tu gente. Eso es lo que hace tan bonito al ciclismo: la gente. Puede hacerte o destrozarte la experiencia».

