
Lance Armstrong ha vuelto a defender públicamente por enésima su versión sobre el mayor escándalo de dopaje de la historia del ciclismo. En una extensa conversación con Rich Roll, el estadounidense sostiene que el relato construido durante la investigación de la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (USADA) simplificó deliberadamente lo ocurrido hasta convertirlo en una historia en la que todo su éxito deportivo quedaba explicado únicamente por el dopaje. Armstrong no niega que recurriera a sustancias prohibidas, pero insiste en que esa práctica era generalizada en el pelotón de su época y rechaza de forma tajante dos de las afirmaciones que marcaron su caída, tanto que él fuera «el mayor fraude de la historia del deporte», como que el US Postal dirigiera «el programa de dopaje más sofisticado de la historia».
Durante la conversación, Roll le plantea que el escándalo ha terminado por borrar del debate otros elementos que también contribuyeron a sus siete victorias en el Tour de Francia, posteriormente anuladas. «Lo que creo que queda eclipsado por todo el contexto que rodea tu historia son todas las demás cualidades que te hicieron triunfar. El dopaje ocupa un espacio tan enorme que ya no hablamos de otros aspectos de tu carrera. Tú eras un chico que con 15 años ya competía con Mark Allen y Mike Pigg, un talento extraordinario que convirtió ese talento en algo mucho mayor gracias a una mentalidad, una preparación y una capacidad de concentración que nadie había visto antes en tu deporte. Me interesa esa parte. ¿Qué crees que había en ti que te permitió llegar tan alto y que ahora se ha perdido en el relato?», le pregunta.
Armstrong responde separando lo que considera los verdaderos factores que explicaron su dominio y el elemento que, según él, terminó monopolizando toda la conversación pública: «La realidad es esta: todavía hoy seguimos sin tener toda la verdad. Y ese es el gran problema. Durante muchos años nosotros vendimos una historia. Decíamos que éramos los mejores por entrenar más duro y de una forma más innovadora que nadie, por la tecnología, por los controles, por el reconocimiento de los recorridos, por la composición del equipo… Todas esas cosas eran las razones que explicaban nuestro éxito. Había una parte de la historia de la que nunca hablábamos».

A continuación insiste en la idea de que, según él, todos hacían lo mismo y que les ganó en una situación de igualdad: «Eso no cambia el hecho de que todas esas cosas existieran y marcaran la diferencia. Lo que ocurre es que, por desgracia, en la generación en la que competimos todos tenían también esa última parte. Todos la tenían. La diferencia es que ellos no tenían las otras diez. Pero de la noche a la mañana, cuando internet, los medios, los comentaristas y todo el mundo empezaron a lanzarse sobre el caso, el relato cambió por completo. De repente parecía que todo se reducía únicamente a esa última parte. Y las otras diez, el entrenamiento, el reconocimiento de los recorridos, la composición del equipo, la táctica… pasaron a considerarse una mentira. Como si durante quince años hubiera estado engañando a todo el mundo con esas explicaciones. Mi ascenso no fue completamente cierto, pero mi caída tampoco refleja toda la verdad».
El momento más heavy de la entrevista llega cuando carga directamente contra la USADA y contra el informe que acabó provocando su suspensión de por vida. Armstrong sostiene que el organismo necesitaba construir un relato que epatase a la opinión publica para justificar la investigación. «Lo que pasó es que la USADA apareció diciendo cosas muy contundentes, muy dañinas y, sencillamente, falsas. Dijeron que el atleta que estaba en el centro de todo aquello era el mayor fraude de la historia del deporte. Piensa en eso. Dijeron que ese atleta y su equipo habían dirigido el programa de dopaje más sofisticado de la historia del mundo. Piensa también en eso».
Cuando Roll le replica que quizá hubiera parte de verdad en esa afirmación, Armstrong responde sin matices. «No. No la hay. Y lo peor fue otra afirmación: dijeron que ese atleta había obligado a jóvenes impresionables a introducir sustancias mortales en su organismo. Piensa en lo que significa acusar a alguien de eso. Entiendo perfectamente por qué lo hicieron. Cuando publicaron el informe y pusieron en marcha toda la operación contra mí necesitaban titulares, frases contundentes y mensajes fáciles de repetir ante la opinión pública. Esos eran sus argumentos. Comprendo por qué Travis Tygart decía esas cosas: estaba defendiendo su informe. Hay muchas cosas verdaderas en ese informe, pero esos mensajes concretos no lo son. Y cuando esas frases se convierten en el relato dominante, es muy difícil recuperarse de ellas».

La conversación entra entonces en una cuestión que ha acompañado al ciclismo de aquella época desde hace décadas: si el US Postal disponía realmente de un sistema de dopaje mucho más sofisticado que el resto de los equipos. Roll le pregunta directamente si los demás conjuntos funcionaban igual y Armstrong responde recurriendo al testimonio judicial de uno de sus antiguos compañeros. «Voy a responderte de la forma más sencilla posible. En el caso del US Postal hubo declaraciones bajo juramento. Una de ellas fue la de Tyler Hamilton. Tyler pasó del US Postal al CSC y después al Phonak. Durante el interrogatorio le preguntaron: ‘¿Dónde había más dopaje, en el Postal o en el CSC?’. Respondió: ‘En el CSC’. Después le preguntaron: ‘¿Y dónde había más dopaje, en el CSC o en el Phonak?’. Contestó: ‘En el Phonak’. La realidad es que todos estábamos metidos en aquello. Todos los equipos jugaban al mismo juego. Todos participábamos».
Lance Armstrong, insultado cuando va a los bares
Pero ahora Armstrong presume de no perder la cabeza. Lo hace recurriendo a una anécdota reciente ocurrida en Denver, donde asegura que, por primera vez, respondió de una manera completamente opuesta a la que habría elegido años atrás. Para el estadounidense, aquel episodio simboliza la diferencia entre el «viejo Lance» y la persona en la que dice haberse convertido.
Armstrong sitúa la escena durante un viaje para grabar su pódcast en una carrera disputada en Colorado. «Te pongo un ejemplo. Nos fuimos con el pódcast a una carrera en Colorado y hubo un montón de polémica porque intentaron prohibirme estar allí. Fue una locura. Pero, en realidad, me hicieron un favor al hacerlo. Había alquilado un Airbnb en un barrio muy moderno de Denver, lleno de cervecerías y restaurantes, donde va toda la gente joven. El apartamento estaba justo enfrente de una cervecería».
A continuación explica cómo comenzó el incidente. «Estaba esperando el Uber para ir a la carrera junto a Liz Kreutz, que lleva fotografiándome toda la vida, y de repente me dice: ‘Ya te han reconocido’. Yo pensé: ‘Bueno, da igual’. El Uber, en lugar de parar delante de la casa, se detuvo justo enfrente del bar. Tuvimos que cruzar la calle y empezaba a llover. Cuando íbamos a subir al coche todavía había gente sentada en la terraza bebiendo. Uno de ellos gritó: ‘¡Eh, Lance!’. Yo le respondí: ‘¿Qué pasa, tío?’. Y entonces empezó: ‘¡Que te jodan! ¡Que te jodan!’. Y no se quedó ahí. Había unas ocho personas y todas empezaron a corearlo: ‘¡Que te jodan! ¡Que te jodan! ¡Que te jodan!’. Fue increíble. Nunca me había pasado algo así. En las redes sociales sí ocurre, pero que te lo hagan a la cara… Me quedé completamente sorprendido».

El exciclista recuerda que su primera reacción fue contenerse siguiendo el consejo de su acompañante. «Liz me dijo: ‘Métete en el coche. No hagas nada’. Entré en el coche y, mientras nos alejábamos, seguían gritándolo. Ya era como un cántico. Entonces pensé: ‘Tengo que hacer algo. No puedo dejarlo pasar sin más’».
Sin embargo, la decisión que tomó fue muy distinta de la que, según reconoce, habría adoptado años atrás. «Llamé al bar y pedí hablar con el encargado. Le conté exactamente lo que había sucedido. El hombre me respondió: ‘Lo siento muchísimo. Es una situación muy desagradable’. Entonces le dije: ‘Le voy a dar el número de mi tarjeta de crédito. Toda la cuenta de esa mesa la pago yo: la comida, las cervezas, todo. Pero quiero que salga y les diga que ha sido invitación mía y que les mando un saludo’. El encargado me preguntó: ‘¿Hablas en serio?’. Le respondí: ‘Sí’. Más tarde volvió a llamarme para contarme cómo habían reaccionado».
Para Armstrong, el verdadero significado de la historia no está en el gesto, sino en lo que revela sobre su propia evolución personal. «La moraleja de la historia es que hace diez años, hace cinco, incluso hace menos tiempo, aquello habría acabado en una pelea. En una pelea de verdad. Pero esta vez pensé: ‘Tengo que hacer algo’. Y lo que hice fue precisamente acercarme al problema de una manera completamente distinta. Esa fue mi respuesta».
El dopaje hoy
Sobre el dopaje como fenómeno estructural del deporte, comentan el documental Icarus y el funcionamiento de las agencias antidopaje, la diferencia de trato entre disciplinas y la imagen pública que ha terminado asociando el dopaje casi exclusivamente al ciclismo. El estadounidense insiste en que el problema nunca fue exclusivo de su deporte y sostiene que el debate público continúa condicionado por una percepción muy selectiva.
Roll recuerda el impacto que tuvo Icarus, el documental ganador del Óscar que destapó el sistema de dopaje de Estado en Rusia. A su juicio, aquella obra ayudó a demostrar que el problema trascendía ampliamente el ciclismo. Armstrong coincide con esa lectura y lamenta que la opinión pública continúe asociando casi automáticamente el dopaje con las dos ruedas. «Cuando ves Icarus entiendes que esto nunca fue un problema únicamente del ciclismo. Hay muchos deportes implicados y sistemas muchísimo más grandes de lo que la gente imagina. Sin embargo, durante años parecía que todo el debate giraba alrededor del ciclismo. Era como si el resto del deporte estuviera limpio y solo nosotros hiciéramos trampas».
A partir de ahí dirige sus críticas hacia el funcionamiento del sistema antidopaje y la forma en que, según él, se comunica la información al público. «Las agencias antidopaje tienen una responsabilidad enorme. No solo investigan o sancionan; también construyen un relato. Y cuando ese relato se instala en la opinión pública es muy difícil modificarlo. Hay deportes en los que aparecen casos constantemente y apenas generan repercusión. En otros, en cambio, una sola noticia se convierte en un escándalo mundial. Esa diferencia de tratamiento siempre me ha parecido llamativa».

Armstrong también pone como ejemplo el uso terapéutico de determinados medicamentos, especialmente la cortisona, para ilustrar lo compleja que puede resultar la frontera entre lo permitido y lo prohibido. «La gente oye la palabra ‘cortisona’ y piensa automáticamente que alguien está dopándose. Pero la realidad es mucho más complicada. Hay tratamientos médicos, autorizaciones de uso terapéutico y circunstancias clínicas que hacen que las cosas no sean blancas o negras. El deporte de élite está lleno de zonas grises y, muchas veces, el debate público ignora completamente esa complejidad».
Luego insiste en que el verdadero problema consiste en pensar que el dopaje pertenece a un único deporte o a una única generación de atletas. «Creo que es un error seguir mirando al ciclismo como si hubiera sido una excepción. El deporte de alto nivel lleva décadas conviviendo con este problema. Cambian las sustancias, cambian los controles y cambian las normas, pero la presión por ganar sigue siendo la misma. Si alguien cree que esto fue solo una historia del ciclismo, sencillamente no está viendo el cuadro completo».
Armstrong concluye defendiendo que el fenómeno debe analizarse desde una perspectiva mucho más amplia que la de su propio caso: «Siempre acabamos hablando de mí o del ciclismo, pero el dopaje es una conversación muchísimo más grande que todo eso. Tiene que ver con la medicina, con la ciencia, con los controles, con los incentivos económicos y con la forma en que funciona el deporte profesional. Mientras no entendamos eso, seguiremos creyendo que el problema empezó y terminó con un solo deporte, y simplemente no es verdad».

