Análisis táctico

España ante la final: Tiki-taka a muerte y saber recibir palos hasta en el carné de identidad

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Dani Olmo, delantero español ante la final del Mundial (Foto: Cordon Press)
Dani Olmo (Foto: Cordon Press)

Telecinco emitió en 2013 la final de la Copa Confederaciones que reunió a diez millones de espectadores. Un 70,3%. España era la vigente campeona del mundo y había vuelto a ganar la Eurocopa, esta vez con una autoridad implacable. La Roja hacía el mejor fútbol que se había visto en muchos años. Su estilo de juego cambió la forma de jugar en los años 10. Fue inapelable. Sin embargo, le quedaba una asignatura pendiente. Durante ese ciclo 2008-2013, no se había enfrentado todavía a los dos grandes equipos americanos: Brasil o Argentina.

Por eso, aquel partido contra la canarinha, además de un título en juego, tenía un simbolismo crucial. Se tenía que refrendar todo lo conseguido en resultados, crítica y público ante la mejor selección de fútbol de la historia. Se esperaba que el equipo de Oscar y Neymar arriba y Dani Alves y Marcelo, atrás, medido a los Xavi, Iniesta y Torres iba a ser un espectáculo futbolístico de altos vuelos y, sin embargo, fue bien distinto. Brasil se aplicó con una contundencia arrolladora y barrió del mapa a España. Parecieron hombres contra niños. Fue un maracanazo, pero en la cabeza de la selección.

Tuvo suerte Brasil de marcar pronto, pero la clave del encuentro estuvo en el ritmo. La canarinha supo cortarlo continuamente, el juego español no fluyó ni por casualidad. El catálogo de faltas fue generoso. Un total de 27, en doble de la media que lleva ahora Argentina. La fuerza con la que se iba al choque, la violencia que se mascaba en el ambiente, acabó por empequeñecer a los españoles que ahí, en ese partido, encontraron el final de una era. La propia prensa brasileña reconoció que habían ganado a palos, «la confianza de España, que casi rayaba la arrogancia, fue destruida por tres goles y un riguroso esquema de marcajes y faltas», publicó el Correio Braziliense.

Piqué y Neymar, en la final de 2013 (Foto: Cordon Press)
Piqué y Neymar (Foto: Cordon Press)

Los nuestros no volvieron a levantar cabeza hasta 2021, cuando volvieron a hacer una buena Eurocopa. Como este domingo, la selección llegó a Brasil cargada de récords. Llevaba tres años sin perder, no recibía tres goles desde hacía siete años, 91 partidos sin recibir una expulsión (en Maracaná echaron a Piqué)

Tres años atrás, en septiembre de 2010, Argentina le había hecho un 4-1 a España en un amistoso. Abrió la lata Messi, precisamente. Cuando La Roja tuvo que atravesar el desierto durante los siguientes diez años, al mirar atrás, siempre quedó la duda de que el equipo había sido absolutamente brillante, pero le faltaban esas dos muescas en el revólver: Brasil y Argentina.

Este domingo llega una nueva reválida. La selección, campeona de Europa, tras un Mundial impecable, sencillamente perfecto de haber entrado un gol a la correosa Cabo Verde, tendrá ante sí un rival ante el que demostrar, simbólicamente, que nadie podrá matizarle nunca lo que lleva cosido en el escudo. Y todo se plantea de forma muy similar a aquella Confederaciones. Argentina promete contundencia y la mano experta de Messi, sensiblemente más mayor que Neymar aquella noche.

Argentina no necesita ser especialmente violenta este domingo, le basta con subir la intensidad en cada duelo, cortar el ritmo, que ya será bastante entrecortado de por sí con las pausas de hidratación y el alargue del descanso para meter actuaciones, y conseguir que el dominio se dirima en los balones divididos, donde le contacto es inevitable y no punible. Argentina solo ha cometido una falta más que España de media por partido en el camino a esta final, 12,3 por 11,4, pero basta ver cómo fueron las que se llevaron los ingleses para entender que a La Roja le hará falta algo más que técnica y táctica, tendrá que saber recibir leña. La última amarilla de Cucurella, por ejemplo, fue por no saber hacerlo al responder a una provocación.

Cristian Romero, defensor de la final (Foto: Cordon Press)
Cristian Romero (Foto: Cordon Press)

Cristian Romero está especializado en que nadie pueda pensar en la frontal del área ni más allá. Lo peor para España es que no es un bulldog, sino un defensa especializado en anticipación. Al juego combinativo de España lo peor que le puede pasar son ese tipo de pérdidas. Nuestros jugadores que reciben de espaldas pueden tener ahí una pesadilla, sobre todo porque es de esperar que el arbitraje conceda margen de sangre a los argentinos.

Lisandro Martínez, es menos agresivo que su compañero, pero también le gusta defender fuera del área y es un maestro en la anticipación. No solo ordena bien el juego y da una buena salida, sino que además lee con mucha velocidad el juego rival. España no podrá jugar de forma burocrática en ataque porque en cuanto comprometa un pase, se lo cortará.

Leandro Paredes es cien por cien argentino, astucia y mano izquierda para desesperar a los rivales y que no den una. Con sus anticipaciones, es una amenaza para el juego por dentro de España y, como Argentina se adelante, un experto en que se juegue a cámara lenta o, dicho de otro modo, a nada.

Otra opción, aunque no es seguro si será titular, no lo fue ante Inglaterra, es Rodrigo de Paul, que es incansable. Su presión puede ser asfixiante para el centro del campo español. Será el que se encargue de que La Roja no tenga cerebro, de anular a Fabián o a Pedri, al que salga de los dos.

Pero la clave estará en Nicolás Tagliafico. Si no hay sorpresas, será quien se empareje con Lamine Yamal, que es hasta ahora el secreto a voces de España, un jugador que drena a tres rivales en cada lance. Tagliafico es de esos laterales mejores defendiendo que atacando, como hace décadas, pero eso no es un menosprecio. Ante un rival como España, la disciplina táctica es fundamental. Sabe aguantar a los regateadores, agotarles el espacio y llevarles a la inanidad. Además, le ayudará Enzo Fernández para que Yamal no reciba.

En el lateral derecho ocurre lo contrario, Nahuel Molina es más atacante. Pero Simeone lo ha convertido en un defensor agresivo, que presiona muy de cerca y es muy rápido para corregir. Por ese lado, no se va a poder realizar ninguna jugada arquetípica o previsible.

Pero ante esta tesitura, solo hay una opción. España no puede jugar a lo mismo porque a ese fútbol ellos son los números uno. Tiene que perseverar con su toque. Cómo defendió el 1-0 ante Francia refugiándose en la posesión no solo fue un recital, como decía Cucurella, sino que dejó a la afición internacional boquiabierta. Es el viejo lema cruyffista, tu rival puede ser muy bueno, un genio, pero si no tiene el balón no es nada. Es un espectador.

 

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