Juegos de azar

Apostar a lo imposible

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Imagen promocional de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, 1994

En algún momento de la historia alguien decidió que lanzar dos peniques al aire merecía una ley del parlamento. Ocurrió en Australia, donde el Two-Up, un juego de una pobreza franciscana que solo requiere dos monedas, una paleta de madera llamada kip y un círculo dibujado en el suelo, es ilegal trescientos sesenta y cuatro días al año. El día restante, el 25 de abril, festividad de ANZAC, el país entero se echa a los pubs a gritar «Come in, spinner!» mientras un voluntario lanza al aire dos peniques acuñados antes de 1939, porque los modernos pesan poco y giran mal. La razón de semejante paradoja jurídica es sentimental. Los soldados australianos jugaron al Two-Up en las trincheras de Galípoli, entre el barro y la artillería, y a su regreso lo instalaron en los clubes de veteranos. Australia decidió entonces que la mejor manera de honrar a sus muertos era legalizar durante doce horas el juego ilegal que aquellos practicaban. La ley de Nueva Gales del Sur, la Gambling (Two-Up) Act de 1998, lo permite además el Día de la Victoria en el Pacífico y el Día del Recuerdo, este último solo a partir del mediodía, con una precisión de horario de farmacia. Existen dos excepciones territoriales que valen su peso en oro narrativo. Broken Hill, un pueblo minero perdido en el interior, obtuvo licencia perpetua después de que la policía cerrara su partida histórica en 1984, y hoy el único local autorizado es el Palace Hotel, el mismo de interiores pintados hasta el techo que aparece en Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. La otra es Kalgoorlie, en el desierto occidental, donde sigue operando una escuela de Two-Up construida en chapa ondulada. Un casino de hojalata como monumento nacional.

Si Australia apuesta por nostalgia, Asia lo hace por metafísica. En los casinos internacionales de Macao, la capital mundial del juego desde que destronó a Las Vegas en volumen de ingresos, el visitante occidental descubre que la ruleta apenas interesa a nadie y que las mesas hierven alrededor del Sic Bo, tres dados agitados bajo una cúpula de cristal sobre un tapete tan abigarrado que parece un mapa astral. El jugador puede apostar a combinaciones exactas, a sumas, a tríos, a dobles, en un despliegue combinatorio que haría sonreír a Cardano. Más fascinante todavía resulta el Fan-Tan clásico, hoy casi extinto fuera de algunas salas de Macao. El crupier cubre con un cuenco un montón indeterminado de botones o judías blancas, retira el cuenco y va apartando las piezas de cuatro en cuatro con una varilla de bambú. Se apuesta a cuántas quedarán al final, una, dos, tres o cuatro. No existe juego de azar más antiguo en espíritu ni más hipnótico en su liturgia. Es aritmética modular pura, un resto de división euclídea convertido en espectáculo, y durante el siglo XIX sostuvo economías enteras de barrios chinos de San Francisco a La Habana. En la misma familia de venerables supervivientes milita el Pai Gow original, el de las treinta y dos fichas de dominó chino, que aún se juega en salas de California y Las Vegas. Nada que ver con su descafeinada versión pokerizada. El Pai Gow de fichas exige memorizar jerarquías de parejas con nombres como «cielo», «tierra» o «ganso», y presume de ser el juego con la curva de aprendizaje más cruel de cualquier casino del planeta, lo que explica que las mesas estén pobladas casi exclusivamente por jugadores cantoneses de edad provecta que miran al turista con una piedad infinita.

Japón aporta al catálogo su propio koan legal. El pachinko, ese híbrido ruidoso de pinball vertical y máquina tragaperras, mueve cada año más dinero que las exportaciones de automóviles del país y es, técnicamente, un pasatiempo sin apuestas. La ley japonesa prohíbe el juego con dinero, así que el premio consiste en bolas de acero que se cambian por fichas o pequeños objetos, que a su vez se venden en una ventanilla «independiente» situada, por puro azar urbanístico, en la puerta de al lado del salón. Todo el mundo conoce el truco, nadie lo toca. En Filipinas la ficción es la contraria, el descaro absoluto. El sabong, la pelea de gallos con apuesta, opera con licencia estatal, recintos dedicados, corredores oficiales que registran las posturas por señas y retransmisiones en streaming que durante la pandemia generaron una industria online multimillonaria. Es probablemente el espectáculo con apuestas más ajeno a la sensibilidad europea contemporánea que aún cotiza legalmente.

Europa guarda sus rarezas en formol. En los casinos de balneario de Francia y Suiza sobrevive la Boule, una ruleta simplificada de solo nueve números y una bola de goma, reliquia decimonónica que se mantiene en cartel como se mantienen los palacetes termales, por decoro. Y América conserva la excentricidad regulatoria de los card rooms californianos, donde la ley prohíbe que la casa haga de banca y son los propios jugadores quienes la asumen por turnos, un socialismo del naipe único en el mundo. La categoría reina, con todo, pertenece a Las Vegas y Atlantic City, que durante décadas ofrecieron partidas de tres en raya contra un pollo entrenado. El animal, que jugaba desde una vitrina picoteando una pantalla, ganaba con una frecuencia humillante. Miles de personas hicieron cola para perder contra un ave de corral. Quizá esa imagen resuma mejor que ninguna la esencia del asunto. Nadie entra en un casino para ganar. Se entra para estar, para el rito, para el «Come in, spinner!» y el cuenco levantado. El azar es solo la excusa que nos ponemos para mirar.

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