«He disfrutado mucho», enfatiza José Vicente Sánchez (Badalona, 1956) después de recorrer su vida durante más de cuatro horas. Se llamaba José Vicente por sus dos abuelos, pero el fútbol le bautizó como Tente y le vio convertirse en una leyenda del Barça. Llegó a ser el séptimo futbolista de la historia azulgrana con más partidos y resiste como el 25º nombre del ranking (352), al lado de tantos otros héroes pasados y presentes. «No tenía ni idea», admite, capitán del Barça e internacional con España.
Sonríe cuando recuerda su primer contrato, con el Barcelona Atlètic en Segunda, ya con Josep Lluís Núñez. Era «de risa» y se completaba con objetivos y con vales del Corte Inglés. «Núñez vino a mi boda. Yo le dije que me casaba y que si quería venir. Y me dijo que vendría, pero que solo a la iglesia y luego se marcharía. Pensé: ‘De puta madre’. Me hubiese dado el día porque me hubiera sentido todo el día controlado e incómodo», explica entre risas. También compartió la vida con Johan Cruyff, Bernd Schuster y Diego Armando Maradona: «Yo siempre he dicho que Diego jugó conmigo y no al revés. Porque cuando vino yo ya estaba y cuando se fue yo seguí».
¿Quiénes eran tus padres?
Mi padre se llamaba José y era de Murcia y mi madre se llamaba Carmen y era de Castellón. Se conocieron en Castellón y vinieron hacia aquí. Se instalaron en Badalona y tenían un puesto de fruta en un mercado. Yo soy el primer hijo y ya soy nacido aquí, en 1956. Mi padre era del Real Madrid, de toda la vida. Mira si era del Madrid que compraba el As y el Marca todos los días. Cada día, cada día, los dos. En el mercado había un kiosco y se lo traían a la parada o lo recogía cuando plegaba, antes de coger el autobús para volver a casa. Íbamos en autobús porque mi padre no tenía carné. Yo nací con el tema del Madrid también. Después ya cambié. Recuerdo que un año para Reyes me regalaron una pelota y una camiseta del Madrid. Me levanté muy temprano, vi todo eso ahí y pensé que tenía que ser para mí y me fui a jugar al fútbol al campo que había detrás de donde vivíamos. Yo empecé a jugar en la calle, en un campo de tierra, sin porterías, sin nada. Poníamos piedras para hacer las porterías: ‘de aquí a aquí’.
¿Cuál fue tu primer equipo?
El Hispania, un equipo de Badalona que estaba al lado de la autopista. Estaba a 20 minutos o media hora de casa e iba andando. Debía tener ocho años. Después me fui a estudiar a los Salesianos y empecé a jugar en el equipo del colegio. El equipo se llamaba DOSA por Domingo Savio, un alumno que tuvo Don Bosco que se decía que era el fundador de los Salesianos. Estuve dos años de alevín y uno de infantil y luego me fui a la SEAT. Tenían un equipo federado y en ese momento pensé que era una posibilidad buena, una expansión de cara al futuro porque iría a estudiar a un colegio de la misma SEAT. Pensé en el futuro. «Así ya tendré una profesión, quizás como vendedor de coches». Pero fue un engaño, una película que le contaron a mi padre. Creo que incluso le costó unos céntimos porque le engañaron porque no había escuela. Fútbol sí. Iba solo, con 12 años. Cogía el TP [una línea de autobús entre Barcelona y Badalona], me bajaba en Urquinaona, iba caminando por detrás de la plaza Catalunya, cogía el 43, me bajaba en la Zona Franca e iba caminando hasta el campo, al final de la avenida. Ahora esto sería imposible.
¿Cómo continúa la historia?
Antes del verano hacíamos partidos entre barriadas de Badalona en una explanada, en un parking. Había un entrenador que se llamaba Carmona que venía a mirar y nos fichó a algunos chicos para el Artiguense. Pero yo por las tardes estudiaba porque por las mañana ayudaba a mi padre en el mercado, con la fruta. Me levantaba a las 3 o las 4 de la mañana porque venía el camión y tenía que ayudar a mi padre a descargarlo. Después me quedaba un rato para vender porque mi madre estaba en casa con mis tres hermanos y no podía venir hasta que ellos se iban al colegio. Después ella se encargaba de vender y yo la ayudaba si había mucha gente o reponía la fruta a medida que se iba acabando. Tendría 13 o 14 años en ese momento. Por la tarde iba a la escuela y cuando salía iba al campo del Artiguense, con el autobús. Llegaba para entrenar cuando los demás ya se iban. Entrenaba solo con este Carmona. Nos acercábamos a la autopista para aprovechar la luz de las farolas. Después me llevaba a casa con la moto, comía algo y me iba a dormir. Debían llegar a casa a las 10, las 11. A veces entrenaba con los mayores. El entrenador era Jaume Oliver y al año siguiente él se fue al Barça y le dijo a mi padre que me quería fichar. Mi padre le dijo que por supuesto y así me fui al Barça, con 15 años para 16.
En el Barça tuve la suerte de coincidir con una persona que para mí ha sido de las más importantes de la historia del club y que creo que no se le ha dado el mérito que se le tiene que dar. Y me parece muy injusto porque veo que pasa el tiempo y nada. Es Laureano Ruiz. Es el entrenador que me hizo debutar y no solo eso. Resulta que un cuerpo técnico quería echar a una serie de jugadores porque eran bajitos. Miquel Mir, Paco Fortes, Corominas: jugadores que luego jugaron en el primer equipo. Yo estaba pendiente de fichar porque tenía que hacer la prueba y todavía no había dado el estirón tampoco. Pero a él no le importaba el físico, sino el nivel y se arregló la situación. Siempre que nos juntamos gente de esa época decimos lo mismo: aprendimos mucho, pero muchísimo, muchísimo de él. No solo futbolísticamente, sino también a nivel de persona y de la vida.
Yo estuve tres temporadas en el juvenil, dos en el A. El Barça quedó campeón de la Copa del Rey juvenil cinco veces seguidas en esos años [1973-1974]. La final se jugaba antes de la final de la Copa del Rey de los mayores. En 1974 ganamos al Madrid 1-0. En 1975 jugamos contra el Murcia, también en el Manzanares. Tenían un muy buen equipo y estuvimos casi todo el partido perdiendo, pero al final empatamos con un gol mío de cabeza. No era lo mío, pero ese día tuve la suerte de marcar. Como después jugaban los mayores no daba tiempo de hacer prórroga y penaltis y volvimos a jugar el lunes o el martes. El Rey ya no estaba, pero estaba el presidente de no sé qué. Algo de deportes del franquismo. Yo recogí la copa como capitán. Mi época de juvenil fue encantadora.
Debutas con el primer equipo el 7 de abril de 1976 en un 4-0 contra el Oviedo en la Copa del Rey.
Cuando acabó la etapa de juvenil llegó la duda de saber adonde iría. Hice la pretemporada con el Barça Atlètic, en Ripoll. Vino el entrenador del primer equipo, el alemán, ¿cómo se llamaba? Weisweiler, con su preparador físico, un tío grande, y estuvo casi una semana con nosotros. Después hacían la presentación del primer equipo y se iban a Alemania y me cogió a mí para ir a la pretemporada. Luego cuando estaba Rinus Michels, íbamos a Holanda: cada uno tiraba para su tierra. Al volver de Alemania seguí en el Barça Atlètic, en Segunda A. Hasta que un día echaron a Weisweiler y cogió el primer equipo Laureano Ruiz. Recuerdo que un día salía de entrenar con el Barça Atlètic y cuando iba de camino al vestuario me vino Laureano: «Vete para casa y te vienes concentrado a Vallvidrera». Al día siguiente jugaban un partido de Copa con el Oviedo. Yo aún no tenía carné. Volví a casa con el autobús. Mi madre me preguntó qué quería cenar y le dije que no iba a cenar en casa. Llamamos a mi tío para contárselo y para pedirle que nos llevara a Vallvidrera. Fuimos mi padre y mi tío delante y yo detrás. No habíamos ido a Vallvidrera en la vida y no teníamos ni idea. No era como ahora, que pones el Google y te lleva. Íbamos preguntando y yo solo pensaba que cuando llegara ya estarían durmiendo todos. Al final llegué. Tarde, pero llegué. Cené solo. Poco, no tenía ni hambre. Tenía 19 años. Dormí con Rifé.
El día siguiente Asensi empezó a tener molestias a los 15 minutos del partido. Aguantó, pero a la media hora no pudo más y así debuté. En la segunda parte hay una jugada en la que centro y Charly mete un gol de cabeza. Mira que Charly era peor que yo de cabeza [ríe]. Me vino a abrazar y me felicitó por el centro y me dijo algo así como «hostia, nano, que he metido un gol de cabeza». Fue mi debut oficial con el primer equipo. Es el inicio. Fue una cosa de hoy para mañana. Pero el que juega aquí desde abajo tiene una ventaja muy grande respecto a los jugadores que vienen de fuera. Es más fácil la adaptación. Es cambiar el escenario, ya está. Hay más espectadores en el campo, pero en definitiva el que es profesional cuando está en el campo no piensa en la gente porque si piensas en la gente estás muerto. En un momento determinado puedes decir «hostia, pero si piensas en la gente te vuelves loco». Antes yo ya había tenido una oportunidad de debutar, a principio de temporada. Había varios jugadores con molestias en el primer equipo y me llamaron para ir a Bilbao. Fuimos en tren, pero no debuté porque antes si jugabas un minuto ya no podías volver a bajar al filial y Weisweiler me dijo que solo jugaría si era imprescindible.
¿Ese partido contra el Oviedo fue la primera vez en el Camp Nou?
Ya había ido antes. Recuerdo una vez que era pequeño y fuimos con mi padre, cuando jugaban Eladi, Fusté y compañía. Fuimos a lo que era el gallinero, arriba del todo. No había asientos, era de pie. Marcó Martí Filosia. Me acordaré toda la vida. Mi padre era del Madrid, pero sobre todo le gustaba mucho el fútbol. Yo me aficioné al fútbol a través de él y de sus periódicos. Porque estaba todo el día con el As y el Marca. Yo recortaba fotografías de goles o de los jugadores que me gustaban y las pegaba en una libreta. Ahora no la tengo porque se quedó en casa de mis padres. A veces no guardas las cosas porque no piensas en el después, en el futuro. Ahora hay cosas como camisetas firmadas por compañeros como Diego y tal que en su momento di y que me gustaría tener.
Ese final de curso ya eres titular tres veces e incluso marcas un gol.
Y en verano me fui a la Olimpiada de Montreal y cuando volví me incorporé a la mili porque el Barça me dijo que fuera voluntario. Si vas voluntario eran 20 meses, el doble, pero podías elegir donde ibas. Hice el campamento en Sant Climent Sescebes y luego estuve en el cuartel de Sant Andreu. Tenía la duda de en qué equipo iba a jugar, si con el el Barça Atlètic en Segunda o con el primer equipo. Cuando bajé del campamento pedí el permiso para poder ir a entrenar, con Rinus Michels. Su ayudante era Rifé y como habíamos sido compañeros a los pocos días le dije que tenía esa duda porque el míster no me conocía. «¿Tú con quién estás entrenando? Pues aquí te vas a quedar». Recuerdo un partido en Sevilla que entré porque Macizo tuvo un problema y ganamos 0-1 y a partir de ese momento ya me asenté como titular.
¿Cómo compaginabas el fútbol con el servicio militar?
Tenía un premiso y podía entrenar mientras hacía la mili. Comencé haciendo guardias y después me pusieron de cartero. Ya no hacía guardias, pero sí refuerzos. Por la mañana me levantaba temprano e iba a Correos con mi coche, recogía las cartas y las llevaba al cuartel. Después me iba a entrenar, me iba a casa, comía y dormía la siesta y por la tarde tenía que ir cada día a la oficina militar para recoger las guardias y los refuerzos del cuartel. Cuando tenía refuerzo volvía al cuartel para hacer la guardia por la noche y hacer turnos con el CETME. Salía a las 8 de la mañana. Todo esto jugando con el primer equipo en Primera: estaba todo el puto día ocupado.
Había compañeros que estaban en otros cuarteles y no iban nunca y yo tenía que ir cada día. Cuando me faltaban dos o tres días le pedí a mi oficial si podía darle algo al capitán o al coronel, no sé, al que mandaba. Le dije que el Barça me había dado algo para él. Era mentira: yo había ido al Barça y les había dicho que me dieran algo a nombre del club para dárselo en señal de agradecimiento. Porque quería que a los que vinieran detrás de mí no les putearan tanto como a mí. Le di una miniatura del estadio guapísima, no sé si una camiseta y dos o tres cosas más. Se lo di y le dije con buenas palabras que intentaran ayudar a los nuevos que vinieran. Sentí que no me daba ni puta bola. «A sus órdenes, muchas gracias» y me fui.
¿Cómo recuerdas esos primeros meses en el vestuario?
Yo llegaba, me sentaba en mi taquilla, me cambiaba y no decía nada. Si me preguntaban entonces hablaba. Si algo hacía gracia me reía y si algo no hacía gracia no me reía, para que nadie pensara nada. Yo he tenido compañeros que han llegado como si llevaran toda la vida en el vestuario y entonces estás muerto. Estás muerto. Es cuestión de tiempo. Si eres un chico normal te integran lo más rápido posible. También es verdad que en aquella época no había tantos extranjeros y la conexión era más fácil. Aunque los veteranos y los jóvenes íbamos cada unos bastante por su lado. Los veteranos siempre te puteaban. Tú le dabas una pelota a Charly o a Johan y fallaban y te miraban como si hubiera sido un fallo tuyo. Pensabas «una mierda, ha sido fallo tuyo», pero bajabas la cabeza y te ibas.
¿Cómo era Cruyff?
Era rápido, tenía gol, era listo. Lo tenía todo, todo. Quizás era demasiado egoísta, pero en general, no solo en el campo. Era un genio con matices porque iba a la suya. Era él, él y él. Yo jugaba de interior y él regateaba, regateaba y regateaba y tú corrías para que te la pasara y no te la pasaba y al final te la pasaba cuando él ya estaba forzado y tú ya pensabas que no te la iba a dar. ¿A quién silbaba la gente? Pues a mí porque no me había enterado. Una mierda. Cuando jugábamos en el Bernabéu o en no sé qué campo era la hostia, pero cuando íbamos a Cádiz, a Burgos o a no sé donde no era tanto. Yo he visto a Rinus Michels cagarse en él en el descanso, diciéndole de todo en el vestuario. Nos quedamos todos de piedra. Que era una vergüenza su comportamiento, que si parecía que no le interesaba el partido y no sé que más. Era diferente. No sé si quizás los holandeses son un poco así.
Con Neeskens teníamos mucha, mucha, mucha relación porque íbamos juntos en la habitación y muchas veces cuando llegábamos de viaje le dejaba en casa, pero también era muy, muy raro. Son como muy de ellos, muy suyos. Nees era feliz durmiendo. Se pasaba el día durmiendo. En las concentraciones bajaba cuando tenía que bajar a comer o a entrenar, pero si no estaba en la habitación. Se tomaba una pastilla, se tiraba en la cama y desaparecía.
En 1979 conquistáis el cielo con la Recopa, en Basilea.
Fue un antes y un después, sobre todo por la cantidad de gente, socios y no socios, que vinieron a Basilea. Cuando salimos al campo, una hora y media antes, la parte azulgrana ya estaba casi al 100%. Entre nosotros hablábamos y nos decíamos: «No podemos perder, hostia. No podemos defraudar a toda esta gente que se ha metido 20 y no sé cuantas horas en un autocar. No podemos perder». Fue una locura. Basilea lo recordará siempre todo el mundo. Siempre habrá alguien que te diga algo de Basilea. El que fue, el que no fue. Fueron no sé cuantos autocares más toda la gente que fue en avión.
Hiciste el 1-0 a los cinco minutos, pero fue un partido muy largo y complicado.
Cuando llega el aniversario a veces veo que recuerdan mi gol y es un orgullo, pero a fin de cuentas esa alegría acabó rápido porque nos empataron a los tres minutos. Fue un partido un poco extraño porque tuvimos un poco de mala suerte a nivel ofensivo y porque el campo no estaba en condiciones. Nos sorprendió jugar una final europea en un terreno de juego así. Para ellos sería una putada, pero para nosotros aún más porque éramos más de jugar. Recuerdo que al acabar la prórroga estábamos ahogados, por el campo y por la situación en general: haces el 4-2 a falta de diez minutos y luego te meten el tercero y vuelves a decir «mierda». Cuando pitó el árbitro algunos nos empezamos a correr y algunos se tiraron contra el suelo. Yo creo que empecé a correr porque si me tiraba al suelo no me levantaba. Fue una satisfacción, sobre todo por la gente.
Cuando nosotros hablamos de Basilea lo primero que decimos, al margen de «hostia, las pasamos putas», es sobre la gente. Es que fue un impacto. El campo era prácticamente todo azulgrana. No se oía alemán. Y el recibimiento que tuvimos cuando volvimos fue increíble. Fuimos del aeropuerto a la plaça Sant Jaume y después al estadio y estaba todo lleno de coches y de gente con banderas. Era como cuando la gente sale a la calle en las vueltas ciclistas. Era la hostia. Estaba todo, todo lleno de gente de todo tipo: niños, abuelas, abuelas. Yo no había vivido nunca algo así.
En 1978 habíais logrado la Copa del Rey y en 1981 repetís, después del secuestro de Quini. ¿Cómo se vivieron esas semanas?
De entrada fue un sentimiento de incredulidad. Primero no te lo crees. Sobre todo porque vivía al lado del estadio. Cuando pasan las horas y ya llega el comunicado y se sabe que es un secuestro primero piensas en él y en que no le pase nada, ni fútbol ni hostias. Además yo también tenía mucha relación con él porque ya habíamos coincidido en la selección. Era un tío de la hostia: una persona muy cachonda y súper profesional. Es que no nos lo creíamos. ¿Cómo le podía haber pasado eso a esa persona? A lo mejor por ser tan buena persona precisamente. No sé, no dábamos crédito a lo que había sucedido. Lo pasamos muy, muy mal.
En la jornada siguiente jugamos contra el Atlético y perdimos. Si no hubiese pasado eso hubiésemos ganado la Liga. Nos hizo mucho daño porque en tu cabeza no puedes separar una cosa de la otra. Por lo que le había pasado a un compañero, a un amigo y porque también te podía pasar a ti. Entre nosotros hablábamos y preguntábamos y pronto se vio que los que hicieron el secuestro eran muy malos y que cuando lo cogieron no sabían qué hacer. Parecían principiantes, pero nunca sabes lo tarados que están los principiantes. Ya teníamos esa Liga, pero la perdimos. Después pudimos respirar con la Copa.
Ya había llegado Schuster.
También dormía conmigo porque como yo ya era capitán me lo pusieron en la habitación, pero no hablaba ni una puta palabra de castellano. Su mujer le llamaba a la habitación a las 7 de la mañana. Él hablaba flojito en alemán y luego más o menos me explicaba que era su mujer. «Sí, sí, pero que te llame a las 9 o a las 10, no a las 7». Hablábamos casi con gestos. Era un tío que parecía una cosa porque era alemán y era otra completamente diferente: un tío simpático, muy cumplidor en las relaciones y en las amistades. Siempre nos sentábamos Alexanko, Esteban, Schuster y yo en las concentraciones.
Es cierto que después de la lesión de rodilla perdió un poco de velocidad, pero futbolísticamente era el mismo jugador: luego se fue al Madrid y al Atlético, no al Valencia o al Sevilla. Nunca entendí porque Terry Venables le sacó en la final de Sevilla. Bueno, sí, porque era un gilipollas. Le sacó. No me jodas. Si solo con una falta o un córner te podía decidir el partido. Era un jugador del que no podías prescindir. Te cogía la pelota y te metía un pase a 50 metros. Sí que había perdido un poco de velocidad, pero en todo lo demás era igual que el Schuster que vino aquí. Hacía mucho lo que hace un poco De Jong: era un jugador de recorrido que salía de atrás en conducción y hacía mucho daño al rival porque rompía líneas y los demás nos aprovechábamos. Era un poco rarito, pero era un buen tío.
En 1982 llega la segunda Recopa, en el Camp Nou contra el Standard de Lieja, y después el Mundial y el Naranjito.
Yo he estado en una Olimpíada y en un Mundial y no lo cambiaría. La Olimpíada también es estar ahí, vivir con un montón de gente de todos los países, hacer cosas diferentes y pasear por la villa olímpica. Vi a Nadia Comaneci. La veías pasear por la villa olímpica y era una mujer normal y luego la veías en la tele y te preguntabas como podía hacer todo eso. Era un espectáculo, era totalmente diferente. Recuerdo el comedor o ver a los boxeadores dando hostias mientras entrenaban. Era todo la hostia.
Sobre el Mundial, el problema es que se hizo aquí, en España. Tienes una responsabilidad totalmente diferente que si es en Argentina o en Italia. Alexanko, Quini, Urriti y yo nos incorporamos a la concentración de la selección después de ganar la Recopa. Estaban concentrados en la montaña, en la nieve, en una estación de esquí. Estuvimos una semana para relajarnos mentalmente. Los demás ya llevaban unos días ahí. Yo pensé que eran muchos días. Llegó un momento que estábamos hasta los cojones. Porque además no había nada de nada. Muchos paseos, muchas charlas. Luego bajamos a Valencia y nos pusieron en un hotel que estaba a las afueras, solos. No fuimos ni un dia a Valencia. Había un campo en el hotel y no salíamos ni para entrenar. Nos afectó la cabeza y el físico.
A veces Quini llamaba a algún amigo y le decía que viniera para dar un paseo por ahí: él no podía entrar en el hotel y nosotros no podíamos salir. Ganamos un partido, empatamos otro y perdimos otro. Para la segunda fase nos fuimos a Madrid y nos llevaron a Navacerrada. Era verano y no había ni dios. Al final llegó un momento que nos juntamos todos y le dijimos al entrenador, Santamaría, que nos íbamos a Madrid. «¿Cómo que os vais a Madrid?». «Sí, nos vamos a Madrid con el autocar. No le estamos pidiendo permiso». Se quedó de piedra. Salimos por la mañana y regresamos por la noche y cada uno hizo lo que le salió de los cojones y fue adonde fue. Yo sé que unos cuantos nos juntamos, fuimos a tomar algo, a comer a un sitio como dios manda y luego por la tarde quedamos a no sé qué hora cerca del Bernabéu para coger el autocar y volver. En mejores o peores condiciones, pero todos estábamos ahí. Fuimos a despejarnos porque es que era imposible. Fue una mierda. Fue uno de los motivos por los que el Mundial no fue bien.
En 1983 ganáis la Copa contra el Real Madrid, con un gol de Marcos Alonso en el minuto 90, y tú levantas el trofeo.
Cuando juegas contra el Madrid hay un extra en todo por las dos partes y sobre todo si es una final porque en el fondo es o tú o yo. Nosotros tuvimos una cagada con su gol, pero teníamos mejor equipo y fue un triunfo importante. Marcos remató y vino hacia la banda derecha. Recuerdo que Schuster iba corriendo detrás de él haciendo butifarras a la grada del Madrid. Después ficharía por el Madrid. Bernd era así. Fue un día especial. Yo ya había vivido dos Copas, primero contra Las Palmas y después contra el Sporting de Gijón, y esa fue la tercera, la última. Recuerdo que después de la final contra el Sporting de Gijón, en 1981, nos fuimos de gira por Suramérica con la selección española porque no teníamos que hacer la clasificación para el Mundial porque era aquí. El Barça había fichado a Udo Lattek y vino a esa gira con toda la expedición porque era alemán y quería aprender algo de castellano. Pidió permiso a la federación, se lo pagó y vino.
En 1982 había llegado Maradona.
Solo diré que la gente venía para verle calentar. No a ver solo el partido, sino antes. Cuando salíamos al campo a calentar el campo prácticamente estaba lleno porque la gente venía para ver las cosas que hacía, sus malabarismos. Un día estábamos en el vestuario del Bernabéu, después de calentar, antes de salir, y mientras uno se peinaba y otro tal el cabrón cogió un limón de una caja que teníamos siempre y se sentó en el banco y empezó a dar toques. Pim, pim, pim. Nosotros nos mirábamos como diciendo «mira, mira». Y el cabrón pum, pum, pum. La tiraba y la cogía. Con un limón, eh. También se lo había visto hacer con un balón de rugby. En algún entreno alguno de cachondeo le decía «mira qué tengo, a ver qué haces» y él se ponía a dar toques. Era muy diferencial.
El problema que tuvo fue la constancia. En eso Leo no tiene nada que ver con nadie y por eso es el mejor jugador que he visto en mi vida. Y he estado con Johan y con Diego. No he estado con Leo, pero es que no tiene nada que ver. Y Diego tenía un problema más que era su entorno. Sobre todo cuando pasó la hepatitis estaba mucho en casa. Tenía tres o cuatro argentinos en casa que lo llevaban a no sé qué y a no sé cuantos y salían de noche. Era una cosa que ya no pintaba muy bien en el fondo. Pero en el fondo era su vida privada y si alguien le tenía que decir algo era el club, no nosotros. Pero lo importante era que fueras a entrenar y que estuvieras bien para el domingo. Nosotros recuerdo que le decíamos: «No hace falta que corras para atrás». No solo pasaba con él. Guardiola también se lo decía a Rivaldo o después a Leo. «No hace falta que corras para atrás. Ya correremos nosotros. Eso sí, luego métela cuando la tengas». Era muy diferencial. Lo que pasa es que después acababa el partido y yo no lo había visto porque no salía ya, pero lo que se decía es que iban con su banda y ahí había un poco de todo. Algunas lenguas dicen que aquí empezó con el tema de las drogas, pero a mí no me dio esa sensación. Yo creo que fue después. No puedo decir que sea así porque no tengo pruebas ni tengo nada, pero es mi sensación.
¿Cómo viviste el día de su muerte?
Fue una cosa muy rara. Las hijas incluso denunciaron al médico y el tema estaba pendiente de juicio porque se habían producido una serie de anomalías. Cuando salió que había muerto pensé que era muy joven. La gente era injusta porque decía que era normal, con la vida que llevaba. Yo pensaba: «¿Y qué vida llevaba? No lo sabes. Yo tampoco lo sé». Al final no esperas que le pase a él. Otra cosa sería que le pasara a alguien de 70 años porque cuando llegas a los 70 ya entras en peligro. Pero él murió muy joven.
¿Qué más recuerdas de Maradona?
He tenido otros compañeros que eran fenómenos y que cuando íbamos a Burgos y a Granada se escondían y hacían lo justo: la pasaban cuando la recibían para evitar las patadas y las entradas que nos metían. Él no. Él se encaraba. Camacho y todos estos le metían patadas y él se giraba cuando jugábamos contra el Madrid. Como Leo. Tú a Leo le pegas, le das y si se cae es porque lo has tirado, pero él siempre hará lo posible para continuar con la pelota. Pues Diego era eso también. Mientras pudiera ir corriendo con la pelota lo hacía. La lástima es que entre la hepatitis y la lesión de Goiko aquí no se le pudo disfrutar como se debía. Y luego también era un tío que estaba presente cuando había que hablar con el club o así. Fue capitán al momento, el segundo o el tercero. El primero era yo. Era lógico: no solo pasó con él, también con Johan, con Schuster. No es lo mismo hacer una reunión y que esta gente esté o no esté. Si están es diferente.
Hay una anécdota: fuimos a jugar un bolo de estos que hacía el club para que Diego cobrara una parte de lo que tenía que cobrar y me vino y me dijo: «Tente, ¿qué cobran los muchachos?». «¿Qué muchachos? ¿Nosotros? Nada, Diego». «¿Cómo que nada?». «Nada, nada». «Pues no juego». «Diego, si no juegas tu, no hay partido». «Pues que no se juegue». Era en Francia, en Burdeos o así. Él se pensaba que nosotros cobrábamos algo por esos partidos y no cobrábamos nada. Cobraban él y el club, pero nosotros no. Nicolau Casaus andaba por ahí y le pregunté si quería que hablara con él. «Habla con quien quieras. Tú eres el capitán». Fui para Nicolau y le dije: «Le tengo que decir una cosa. Diego dice que no juega». Se me quedó mirando. «¿Cómo que no juega? ¿Por qué?». «Me ha preguntado si nosotros cobramos y yo simplemente le he dicho la verdad, que no cobramos». Luego fue y también se lo preguntó directamente a Diego. Le dijo que no jugaba y salió a fuera para llamar a Núñez. No sé qué le dijo Núñez. En teoría le prometió que sí que íbamos a cobrar nosotros, que ya lo hablaríamos y lo negociaríamos al volver, pero que jugáramos el partido. No cobramos nada de nada.
Su último partido fue la final de la Copa contra el Athletic de 1984, con derrota y aquella tangana tan bestia.
Yo no me enteré de lo que pasó al final. Porque me pasan la pelota y viene Dani por detrás y me hace una entrada y me quedo tendido en el suelo: quiere tocar la pelota, pero me da en el talón de Aquiles. Ya era el final. Perdimos 1-0. Tuvimos un montón de ocasiones en ese partido. Nos hincharon a hostias y a patadas. Fue la hostia. El árbitro fue fatal. No digo que perdiéramos por eso, pero tendría que haber echado a alguno de ellos. Al final me hacen esa falta y el árbitro pita el final. Yo estaba en el suelo con Àngel Mur porque me dolía mucho. Sí tenía la sensación de mucho movimiento, pero me cogieron y me llevaron al vestuario y no me enteré de nada. De repente empezó a llegar gente corriendo del campo. Le pregunté a Àngel Mur qué había pasado, pero tampoco sabía nada. Me explicaron qué había pasado y después vi las hostias, las patadas y todo eso en la tele. Ellos se portaron muy mal: porque a Diego, al margen de las patadas, cada vez que se acercaba a la zona del banquillo le decían de todo. Cuando terminó, reventó y le metió una hostia a uno de ellos y ya empezó todo. En esa final el árbitro no tuvo los cojones para echar a alguno del Athletic. Dieron patadas y patadas y al final pasó lo que tenía que pasar.
En 1985 se ganó finalmente la primera Liga de toda una generación, la segunda desde 1960.
Es que para ganar nosotros una Liga se tenían que alinear todos los astros, todos. No es una cosa que haya leído en los periódicos o que me hayan explicado, es una cuestión que he vivido: nosotros para ganar una Liga le teníamos que sacar la hostia de puntos de diferencia al Madrid porque si no era muy, muy difícil porque siempre pasaba algo. Ahora se habla del tema de Negreira y todo esto es un lío que han hecho ellos y nosotros como somos gilipollas encima quedamos como los malos. El Madrid no ha tenido la necesidad de gastarse dinero en cosas así porque ya se lo hacían. No hacía falta. Eso no lo he leído ni me lo han contado. No, no, eso lo he visto yo en el campo. Yo he visto a un jugador decirle «hijo de puta» a Ramos Marcos a la cara por pitar una falta. «Oye, que te está diciendo esto». «No es a mí». «No, que va, será a mi abuelo», pensaba yo. No los echaban. Y luego un empujoncito era penalti y no pasaba absolutamente nada. También recuerdo que ibas a Córdoba, a Granada, a Vigo y encharcaban el campo. Regaban y regaban para que se hiciera barro. Valía todo. Nosotros no perdíamos las Ligas en el campo del Madrid o en el campo del Atlético. Las perdíamos en esos campos.
En 1986 llega uno de los momentos más tristes: la final de Sevilla con el Steaua de Bucarest.
Jugué el partido de vuelta de las semifinales contra el Göteborg, con los tres goles de Pichi, y seguí jugando en la liga. Yo era titular y Gerardo era suplente. En ese momento estaba jugando bien: uno sabe cuando está bien, más allá de lo que lee en la prensa. También jugué la Copa del Rey que perdimos con el Zaragoza en Madrid, la semana antes de la final. Pero antes de la final Venables me llamó y me dijo que no iba a jugar. Fue en su despacho, en una mesa redonda: el míster, Graham Turner, su traductor, y yo. Él hablaba con él y él me hablaba a mí y yo le hablaba a él y él le hablaba a él. Me dijo que no iba a jugar porque Lacatus iba muy bien de cabeza y no sé qué. No había visto al Steaua de Bucarest en su puta vida, ni en vídeo. Fue uno de los problemas que tuvimos porque se pensó que ganaríamos tranquilamente. Yo le dije que no sabía nada de ese jugador, pero que siempre había dicho que si un jugador estaba jugando bien se mantenía. Que evidentemente no estaba de acuerdo, pero que a fin de cuentas él era el que mandaba y que no pasaba nada. Al día siguiente salíamos hacia Sevilla después del entrenamiento. Cuando llegamos del entrenamiento un compañero miró los nombres escritos en la pizarra y me dijo que no estaba en la lista. «¿Cómo que no? No me jodas». Fui hacia ahí y en efecto: estaban Gerardo y Fradera, un lateral del Barça Atlètic que a veces entrenaba con nosotros.
[Coge un papel y un bolígrafo para dibujar la escena, mientras va señalando]: Aquí se entraba al vestuario, aquí había el gimnasio, aquí el cuarto del utillero, aquí las duchas, aquí una piscina, aquí una mesa, aquí las cestas para las pelotas y todo eso. Aquí estaba el pasillo y aquí había una viga, una columna donde colgaba la pizarra. A veces la ponía aquí y a veces la ponía aquí. Ese día la puso aquí, mirando a la puerta. Me fui directo hacia el despacho, aquí. «Graham, no hace falta que te diga nada a ti porque él entiende el castellano perfectamente. No te lo voy a decir a ti para que él gane tiempo para responderme. Se lo voy a decir a él directamente porque me entiende perfectamente». Luego ya le miré y me dirigí directamente a él. Le dije que acataba lo que me había dicho el día anterior, pero que no podía comprender que me hiciera eso con los años que llevaba en este club porque además estaba jugando muy bien. «No me merezco no estar en la lista. Ah, y no le voy a pedir permiso: yo no voy a ir. No voy a ir con los que no juegan». Porque mi mujer estaba embarazada, a punto de dar a luz. Mi hijo nació el 6 de mayo, el día antes del partido. Vi el partido en la clínica del Pilar. Si hubiera estado en la lista hubiera estado en el partido porque antes pasaba así: no era como ahora, que se quedan. Le dije que no iba a ir y que no le pedía ni permiso. No me dijo nada, callado como un muerto. Le dije que no quería que me dijera nada porque me iba a mentir y que para escuchar otra mentira no me dijera nada. Le dije de todo y me fui a cambiarme.
Los compañeros me preguntaron qué había pasado y les dije le había dicho de todo a ese hijo de puta. Cuando salí me encontré a Núñez. Me preguntó como estaba y le dije que no estaba en la lista. «A él ya le he dicho que no voy a ir y que no le pedía ni permiso, pero a usted sí porque es el presidente». Me dijo que no me preocupara. Me fui a casa y esa misma noche salimos de casa corriendo hacia la clínica. El día siguiente comenté el partido para la televisión desde el hospital, desde una habitación cercana que me dejaron los de la clínica. Los de la tele instalaron una pantalla y un micro. Estaba con un periodista y de vez en cuando conectábamos y hablaba.
¿Es lo más doloroso que has vivido como futbolista?
Sí, totalmente. Es un día triste porque pasaron muchas cosas. Sacó a Schuster. Y Schuster le mandó a tomar por el culo y se piró. Sí, sí, se fue del campo. Cogió un taxi y se fue al aeropuerto creo. No vino con nosotros. Pichi también se cabreó y montó un pollo porque venía de marcar los tres goles contra el Göteborg y le cambió. El entrenador que teníamos había traído una serie de cosas interesantes sobre todo en defensa, pero no era una persona como dios manda, justa. Ese día teníamos una posibilidad única y una oportunidad muy grande. Era un momento ideal porque teníamos equipo y jugábamos en casa contra un equipo de una liga menor que teóricamente no tenía un nivel a nivel europeo, pero tenía una serie de buenos jugadores. Había llegado a una final y dos años después volvió a llegar a otra final, con el Milan. ¿Por qué no fue nadie del club a verlos? Era un equipo importante y no fue nadie a verlos.
Ellos ganaron la final porque hicieron su juego y se metieron atrás y se aprovecharon de la tensión y ese desconocimiento. Nosotros no sabíamos realmente qué nivel tenían. No teníamos ni comentarios. Yo luego pregunté y me dijeron que era totalmente mentira que Lacatus fuera muy bien de cabeza. La virtud que tenía es que era muy rápido. Gerardo iba bien de cabeza, pero era bastante lento, bastante más lento que yo. Cuando me lo dijeron pensé: «Es que miente hasta en eso».
Después ganamos la Copa de la Liga, de titular y de capitán. Lo normal hubiese sido no jugar para no correr el riesgo de lesionarme porque ya tenía muy claro que no iba a seguir en el club porque acababa contrato y tú ya ves más o menos como van las cosas, la deriva, pero me quería despedir como dios manda y dije que que jugaría todos los partidos que me dijera porque yo pertenecía al club, no a él. Ganamos y levanté la copa yo, en casa contra el Betis.
¿Qué pasó después?
Me quiso el Atlético y el Barça no me dejó ir. Yo me enteré después de eso. También me vino a buscar el Valencia, que había bajado a Segunda, pero yo ya me había comprometido un poco con el Murcia. Un poco no, ya me había comprometido. Yo quizás cometí un error ahí: quizás podía haber esperado un poco, pero pensé que cuanto antes mejor. El Murcia había subido a Primera División. Ficharon a Tendillo y estaba Manolo, que después sería pichichi con el Atlético, Guina, un brasileño. Teníamos un muy buen equipo. El Barça vino a Murcia y ganamos 1-0. Casaus me vino y me dijo: «Estoy jodido porque hemos perdido, pero me alegro porque hemos perdido contra ti, no contra el Murcia». Yo le dije: «Yo tenía que haber venido para perder hoy aquí con el Barça». Había firmado tres temporadas, pero estuve dos.
A mi padre le detectaron un cáncer: yo soy el hijo mayor y le pregunté al club si había la posibilidad de poder tener más oportunidades de volver a casa. Si cuando tuviera dos días de vacaciones podía volver para ver a mi padre y estar con él, por ejemplo. En un principio me dijeron que sí, pero luego me dieron a entender que no y luego Manolo se fue al Atlético, otro al Mallorca y pensé: «¿Por qué tanto lío si nos vamos a Segunda?». Así que quedé con el presidente, un tío que se dedicaba a todo el tema de la construcción, en Castelldefels y le propuse que me dieran la carta de libertad. Sabía que me iban a decir que sí porque tenía un año más de contrato con un sueldo alto. Me dijo que sí y rescindimos el contrato y luego me vino a buscar el Sabadell y firmamos dos años. Cuando se terminó la segunda temporada me vino a buscar el Figueres. Pero mi idea era retirarme y una vez analizado todo dije «ya está, se ha acabado».
Si hubiera venido a algún equipo de Primera no sé qué habría hecho, pero yo tenía 33 años y antes 33 años era mucho. Aunque yo con 33 aún ganaba a los jóvenes en las carreras, en los entrenos. Yo siempre he tenido la ventaja de tener las pulsaciones muy bajas. Ahora tengo medio problema. Normalmente al jugador profesional se le hace más grande el corazón y tenemos las pulsaciones muy bajas, pero yo demasiado y cuando estoy durmiendo hay momentos que el reloj me detecta que estoy por debajo de 40.
Después te hiciste representante.
Íbamos a jugar a fútbol sala con Johan, Charly, Asensi, Quique Costas y después íbamos a cenar. Nos lo pasábamos de puta madre. Un día Charly me dijo si quería coger un equipo del fútbol base del Barça. Era cuando ellos dos estaban de entrenadores. Yo me había sacado el título de entrenador juvenil y amateur cuando jugaba en el Sabadell y le dije que era una idea que me gustaba. Pero después pensé que si quería ser entrenador no iba a estar toda la vida en el fútbol base porque llegaría un momento que yo querría entrenar al primer equipo del Barça. O al Sevilla o al Córdoba, en el primer nivel, y pensé que tendría que ir solo porque mis hijos ya estaban en pleno apogeo y no me gustó.
Empecé en el tema de la representación. Fui el primer exjugador que se sacó el título de representante y se dedicó a esto. El verano que dejé el fútbol me llamó un chaval que estaba conmigo en el Sabadell, Urbieta. «¿Me podrías ayudar en una cosa? Es que me quiere el Figueres». Llamé al director deportivo y le dije que me había enterado de que querían fichar al chico y que era un muy buen jugador, zurdo, un tío sensacional, profesional, muy trabajador. «No tengas ninguna duda. ¿Pero qué oferta le vais a hacer?». Me dijo la cifra y estaba bien, pero le dije que tenían que subir. «Hostia, tenéis que subir». Subió. Luego llamé al jugador. «¿Cuánto te han dicho que vas a cobrar?». Tanto. «¿Y tú estás de acuerdo?». «Sí». «Pues no vas a cobrar eso, vas a cobrar esto». Era como mínimo un 25 o un 30% más cada año. «Hostia, Tente, no me jodas». «¿Y esto cuanto vale?». «No, no vale nada. Si yo no me dedico a esto». Lo hice simplemente por amistad y por relación. Luego pensé que era un servicio y que era un mundo que había vivido y que conocía porque cuando era capitán ya tenía que hablar con el club y me dije: «¿Por qué no me dedico a esto?». Viajaba, pero volvía a casa. Me gustó y así empecé.
Dejaste el Barça como el séptimo jugador con más partidos de la historia y ahora eres el 25º. ¿Qué sientes?
Es un orgullo. Y más teniendo en cuenta que antes no se jugaban tantos partidos. Cada vez iré más atrás porque cada vez hay más partidos. Ahora un año son más de 50 partidos y en un año y medio ya puedes tener el 100 prácticamente. Es un orgullo. Nosotros tenemos un problema en general que es que no saben despedir a la gente en el club. No lo digo por mí, eh, lo digo por los otros. No lo hicieron con Leo, que ya es la hostia. En mi caso tuve una reunión con Núñez y me dijo que me correspondía un homenaje por estatutos porque si estás más de diez temporadas en el primer equipo tienes derecho a homenaje. El jugador tenía que buscar un rival, una fecha y no sé qué mas: se ocupaba de todo y se encargaba de todos los gastos y se llevaba la recaudación, la taquilla. Ahora se lo dices a tu agencia y ellos te lo mueven y te organizan el evento, pero en ese momento no era así.
Cuando me dijo todo esto me lo quedé mirando y le dije que no tenía ni idea de cómo hacerlo. ¿Tenía que pagarlo yo? ¿Y si luego llovía o no venía gente porque era yo? A ver, 20, 30 o 40.000 hubieran venido, pero con 20.000 personas el campo está vacío. Le dije: «¿Qué puedo sacar por esto? ¿Más o menos tanto? Pues hacemos una cosa: me paga tanto en tres años y yo no hago nada y me despido en el Gamper porque sé que el estadio estará lleno». Me dijo que sí. Tuve la suerte de que el Barça jugó la final del Gamper y salí a saludar con mis hijos y mi mujer. Me dieron una placa y me despedí de toda la gente. Fue la hostia.








