
1) Hace un año fui al bautizo de una sobrina en Guadalajara, mi tierra natal. Aproveché el viaje también para beber tequila, comer como Dios manda, saludar a algunos integrantes de mi familia, y beber más tequila. El último día de mi corta estancia visité a mi abuelo materno, José Luis, quien iba a cumplir 102 años, y para cerrar con broche de oro llegué a su casa con un tequila Siete Leguas en mano. A pesar de los setenta años que nos separaron en vida, sin contar el lazo sanguíneo, nos unieron tres cosas: el exquisito gusto por un buen destilado; los mensajes SMS que le envié periódicamente durante sus últimos diez años de vida; y una pasión inexhausta por el Atlas, equipo de nuestros amores. Cuando brindamos en aquella ocasión con un caballito bien servido, hasta el tope, me dijo: «¡Salud, David, y arriba el Atlas… aunque gane!».
2) Hemos visto más veces perder a nuestro equipo que ganar. Sostuvo la racha más larga sin ganar un campeonato de primera división en México y en el continente. Setenta años sin levantar una méndiga copa. La primera vez que fue campeón mi abuelo tenía 28 años. La segunda vez yo tenía 28 años. Recientemente alcanzó las mil derrotas en partidos oficiales a nivel nacional. Entonces, ¿cómo es posible que pasen tantos años, más y más años de este equipo inusitado a la victoria, y sigamos apoyándolo incondicionalmente? Cito la contraportada de un libro que tengo en mis manos: Carlos Monsiváis sentenció que «los momentos estelares de la historia mexicana tienden a ser fracasos».
3) Mi abuelo nació en 1923 y murió en 2025. Tuvo doce hijos —siete varones y cinco mujeres—, treinta y un nietos, y por ahora veinticinco bisnietos. Tuvo un matrimonio incondicional de setenta y dos años hasta que la muerte de mi abuela los separó. Vivió, entre otros acontecimientos históricos, el asesinato de Pancho Villa, la invención de la televisión a color, el ascenso y la derrota del PRI, el famoso quinto partido de la selección mexicana —aunque no lo crea, llegaron dos veces—, el nacimiento y fallecimiento de Maradona y Chespirito, y el primer y único bicampeonato del Atlas. Fumó como chacuaco. Dos cajetillas Raleigh al día. Bebió como cosaco. En sus últimos años de vida solo tomaba «un tequilita» cuando tenía visita en casa. Lo bueno de tener una familia tan grande es que lo visitaban a diario.

4) Nací en Jalisco, pero solo viví allí los primeros tres años de mi vida de los cuales no recuerdo absolutamente nada —puede ser que tampoco recuerde bien a bien por qué escribo esto—. Durante mi infancia y juventud, pasé mis vacaciones en Guadalajara con la familia, comiendo tortas ahogadas, lonches bañados, tacos Providencia, carne en su jugo y galletas Marisa. En alguno de estos viajes, hace unos veinticinco años, mi tío Memo, el octavo hermano de mi madre y el único que no es atlista, nos llevó a mi primo Memito y a mí al estadio Jalisco. No recuerdo contra quién jugó el Atlas —aunque seguramente perdió—, pero ahí nació mi amor por estos colores. Por la pasión desbordada en la tribuna. Al son de una pegajosa tonada de un pianito, todos los presentes le pegaban con los pies a las tablas de madera de las gradas en la sección donde estábamos y hacían retumbar aquello como un temblor trepidatorio. Aunque creo que fue más bien por las deliciosas guasanas que me atasqué durante el partido: una bolsa completa, únicamente con sal.
5) Tengo gratos recuerdos de las navidades que pasé en la casa de mis abuelos maternos. Más de cincuenta personas reunidas bajo la influencia de cantidades desmedidas de alcohol eran garantía de un buen desmadre. Nadie entraba sin haber ido a misa. Mi abuela se encargaba de hacer cumplir esta regla a rajatabla. El festejo comenzaba con una interminable serie de saludos, abrazos y besos incluidos, entre los presentes. Antes de la cena, nos reuníamos alrededor del nacimiento, montado en la sala, para rezar un Padrenuestro, un Avemaría, y hacer distintas plegarias lideradas por mi abuelo. Pedíamos por las personas allegadas a la familia fallecidas y enfermas, por las primas solteras, y en más de una ocasión por un campeonato del Atlas. Cuando se servía la comida —lo más rico era el lomo que preparaba mi mamá y el flan de mi abuela— empezaban a correr los ríos de alcohol que inundaban la casa hasta el amanecer cuando salía el último sobreviviente.
6) Mi residencia tan lejana de Jalisco hizo que me aferrara aún más a mi equipo —el Atlas es de Guadalajara, o mejor dicho, Guadalajara es del Atlas—. Un mecanismo de defensa inequívoco de mis raíces y tradiciones, y de mi familia. El problema es que me ha tocado remar contra corriente. Y como están generalmente las cosas con el equipo, parecería que voy en una balsa improvisada de cartón, sin rumbo, ni remos, únicamente con el movimiento de mis largos brazos. Siempre que los voy a ver jugar de visitantes, tengo la bendita fortuna de verlos perder. Que chinguen a su madre.

7) Cuando el Atlas ganó su segundo campeonato, a finales de 2021, fui al estadio Jalisco a ver la final en carne propia. No podía perderme el momento más trascendental de toda su historia, nuestra historia. Me acompañó mi esposa, los pocos amigos rojinegros que tengo, y unos primos —no son mis primos, es el esposo de mi prima y sus hermanos, pero así les digo de cariño—. Un día antes del partido, visité a mi abuelo. Nos tomamos naturalmente un tequila, y también una fotografía en su amplia y siempre iluminada sala. De derecha a izquierda: Tracy, mi esposa, junto a mi abuela, María Elena, meses antes de que falleciera, después mi abuelo vestido con un impecable traje azul marino —durante muchos años, corrió el rumor en la familia de que nadie lo había visto sin traje—, y al final yo con mi playera rojinegra. El equipo ganó el 12 de diciembre, día de la virgen de Guadalupe. Mi abuelo fue un fiel devoto de la virgen. Cada fin de semana que iba a Chapala con mi abuela y sus doce hijos, los hacía rezar obligatoriamente el Rosario en la carretera. Las plegarias funcionaron.
8) Llevo al Atlas en la piel. Hace varios años me tatué el escudo arriba del tobillo, en la parte interior de mi pierna derecha. Es mi carta de presentación. Sé que mi abuelo detestaba los tatuajes. Era de la vieja escuela. Quizás hubiera cambiado su opinión de haber visto el mío, pero nunca me atreví a enseñárselo.
9) La expresión «a lo Atlas» significa definir el partido hasta el final del encuentro, literalmente en el último segundo. Mi equipo la sufre o la pierde, sin medias tintas. Por lo general, terminan valiendo madre. Un balonazo al minuto 90 y a dormir. Cuando pasa lo contrario, es decir, el sorpresivo milagro de la victoria, lo disfruto como un orgasmo prolongado. Y lo grito fuertísimo. Por la resignación acumulada, la agonía de intentarlo hasta el cansancio, y de tantísimos años de espera y esperanzas. A cualquiera le recomiendo que cambie de equipo por alguno que no esté acostumbrado a ganar, para que así conozca el verdadero significado de la felicidad.
10) Mi bisabuela materna, conocida como mamá Juanita, vivió 105 años. Mi abuela materna vivió 95 años. Mi abuelo, José Luis, nos duró 102. Y sus doce hijos siguen vivos. Del lado de mi papá, también hay destellos de longevidad: el tío de mi abuela, Gilberto, vivió más de cien años, y mi abuela tiene 91. Así que, si todo sale bien, esto va para largo. Sea cual fuere el resultado, lo único que pido es morirme a lo Atlas: que al último minuto se defina mi gloria o infamia eterna.

