
Desde hace un tiempo a esta parte, Paul Gascoigne interesa más por su estado de salud que por sus batallitas futbolísticas. Le ha pasado como a Maradona, es un talento tan imbricado en las adicciones que resulta imposible separarlos. Su nombre evoca al mismo tiempo al jugador más dotado que ha dado Inglaterra en décadas y a un hombre que luchando contra sus demonios otros tanto años. En una entrevista en Five Stars VIP, el exjugador del Newcastle, Tottenham, la Lazio y el Rangers de Glasgow ha hablado de todo ello, también de la soledad que le aplastó y del fútbol actual que le decepciona.
La salud de Gascoigne ha sido durante años el gran motivo de preocupación de quienes le conocen y de millones de aficionados que le vieron brillar. En la entrevista aparece con aspecto saludable, lo que no pasa desapercibido para su interlocutor. «Llevas un tiempo teniendo un aspecto absolutamente magnífico», le dice. Gaza responde con humor: «Me he encerrado en casa», bromea antes de ponerse serio: «He tenido altibajos, he tenido una gran carrera. Cada club al que fui fue el fichaje más grande del momento, llegué a Escocia, y fui a todos lados».
Pero más allá del fútbol, la entrevista pivota sobre sus adicciones y su salud mental. Al hablar de su libro más reciente, Gascoigne revela el catálogo de sus diagnósticos: «Dije que solo tenía alcoholismo, adicción y TOC, que era todo lo que podía recordar. Ella [la co-autora] fue a Google y dijo: ‘¿Veamos?’». Había mucho más.

Sobre su situación actual, el exfutbolista habla de la supervivencia del día a día. «Me he cuidado, he aprovechado que el tiempo ha mejorado, he hecho algo de pesca, algo de tenis, aunque me rompí el cuello hace poco, que fue una pesadilla», explica. «Pero está sanando. Creo que tengo que llevar un collarín una semana más y ya está. En general, las cosas van bien, tengo trabajo, eso me mantiene ocupado».
El Paul Gascoigne escritor
El libro que ha escrito nació precisamente de la necesidad de articular todo aquello que no cabe fácilmente en una conversación. No es el primero, en el anterior habló de su carrera y sus excesos. Pero este trata de algo diferente, más íntimo y más difícil de contar. «Mi primer libro era sobre mi vida, los demonios y todo eso, y ganó un premio. Pero este es distinto, porque cuando terminé de jugar tuve que enfrentarme a problemas nuevos. Por la mañana no tengo que ir al campo de entrenamiento para despejarme, no tengo noventa minutos en el campo para disfrutar. Tengo que pensar en algo que hacer cada día, y si tengo un problema, lo afronto ese mismo día, no me quedo esperando al siguiente».
Gascoigne reconoce que el libro ha tenido un efecto reparador: «He conocido a gente en la calle que me dijo que lo leyó y cuánto les había ayudado». Y añade: «A mí también me ayudó leerlo, a ser honesto». Porque hay temas complicados con los que lidiar, como la droga. La cocaína es el único punto de genuino arrepentimiento que expresa a lo largo de la charla: «No pedí ser alcohólico, trabajé en ello. Pero lo de la cocaína fue lo que más me pesa. Me internaron, defraudé a todo el mundo, me volví psicótico. Nunca más. Eso fue hace más de veinte años».

El acoso mediático que sufrió Gascoigne durante sus años de carrera y después de ella no tiene precedentes en el fútbol inglés. Ni siquiera él mismo, que lo vivió desde dentro, es capaz de calcular la magnitud que tuvo todo aquello. «Cuando estaba en ello, no lo pensaba tanto, pero ahora que miro atrás pienso: menuda locura, ¿cómo lo aguanté?».
El problema no era la fama en sí, que Gascoigne asumía como parte de la profesión. Lo que le resultaba insoportable eran las mentiras. La prensa británica publicó durante años historias sobre él que, en su mayoría, eran falsas o gravemente distorsionadas. «No me importaba tanto que me siguieran, sabía que iba a pasar. Pero eran las mentiras. Cuando escriben mentiras sobre ti». Y lo que es peor: una vez publicadas, la réplica era inútil. «Tienes que responder a unas cincuenta personas que te preguntan qué has hecho ahora, y al final simplemente te rindes y lo dejas estar».
El asunto de las escuchas telefónicas es especialmente grave y sigue sin resolverse del todo. Gascoigne ha ganado ya un caso relacionado con el hackeo ilegal de su teléfono, igual que otros famosos, y tiene otro procedimiento judicial en marcha. «He ganado mi caso, como el príncipe Harry y Elton John. Me pincharon el teléfono durante más de treinta años, pero ya no. Tengo otro caso que llega a finales de mes y debería ganar también».

Otros famosos lo llevaban como podían, pero a él se le caía el suelo bajo los pies con la presión. «Me sentía atrapado. La única vez que me sentía cómodo era cuando bebía y salía sin importarme nada». Paradójicamente, Gascoigne dice que cuando ha sido verdaderamente famoso es ahora. «Me paran y me molestan más ahora que cuando jugaba. Es increíble».
En su día, pasó de ganar 25 libras a la semana en sus inicios a cobrar en torno a 100.000 libras al mes en los momentos álgidos de su carrera. Administrarlo no fue tan fácil: «Me llamó mi hermana. Me puse al teléfono y me preguntó si estaba de broma. Le dije: tengo el talonario. Ella me fue explicando: escribe a quién va dirigido, cuánto es, ponlo ahí. Y yo: ¿qué hago ahora? Y ella: fírmalo. Y yo: ¿y ahora? Mételo en un sobre, escribe la dirección, ve a echarlo y cómprate también un sello». Desde los 17 años hasta los 35, todo había sido gestionado por otros.
Lo que más sorprende, sin embargo, es la generosidad con la que Gascoigne distribuyó su dinero. «Di un millón de libras. Cien mil a cada una de diez organizaciones benéficas distintas. Un millón que no le dije a nadie». Envíos de dinero en efectivo a desconocidos que le escribían cartas, visitas a hospitales cargado de peluches para niños enfermos, viajes de horas en coche con fajos de billetes en el bolsillo para llamar a la puerta de familias que habían contactado con él pidiendo ayuda. «No se lo decía a nadie. Lo hice con tres personas. Uno fue gracioso porque dijeron que el chico iba a morir, tenía cáncer, su último deseo era ir a Florida. Le di diez mil libras. Fue a Florida, volvió y me dijo: ’No te lo vas a creer, he sobrevivido’. Y yo pensé: me han timado. Pero me reí y le dije: ‘bien hecho, chaval’».
Los agentes también tuvieron lo suyo gestionando su dinero. Gascoigne trabajó con Mel Stein y Len Lazarus, a quienes reconoce que le ayudaron en momentos decisivos, pero con quienes también tuvo fricciones. Una vez llamó a Lazarus por la noche solo para que le cambiara un número de teléfono y este le cobró 800 libras alegando que había estado esperando el encargo durante ocho horas. «Le dije: ¿me estás cobrando por esto? Y él: ‘sí, llevo ocho horas esperando tu llamada’. Y yo: para, que ya has ganado millones conmigo, ¿no?’». Fue el final de esa relación profesional.
La soledad de Paul Gascoigne
La soledad es quizás el hilo que mejor explica las contradicciones de la vida de Gascoigne: «Me sentía atrapado. Tenía que quedarme en casa porque cada dos minutos alguien me paraba o me hacía una foto. Mi vida no era mía». Hasta un punto en el que tenían que ayudarle. En el Rangers, el propio Walter Smith, su entrenador: «Era Navidad, estaba aburrido y solo en casa del club. De repente él apareció: ‘¿Qué haces? Ven conmigo’. Y me senté en su casa con toda su familia, con un puro y un brandy. Y me dijo: ‘Muy bien, pero el lunes juegas, así que ya sabes lo que te conviene’. Marqué un par de goles, así que todo bien».

Hoy, retirado y con una vida más tranquila en la costa sur de Inglaterra, Gascoigne ha construido una rutina: «Trato de mantenerlo simple, que para mí es difícil. La pesca cuando mejora el tiempo, el tenis que adoro, aunque el golf ahora me mata el cuello. Lo principal es estar ocupado».
En Newcastle, su ciudad natal, al menos tiene relación con la gente común. «Es raro porque cuando voy, la gente pasa por mi lado y dice ‘hola tío’, como si me conocieran de toda la vida, como si fuéramos hermanos. Y eso me gusta, me siento uno más».
Odio eterno al fútbol moderno
Pocas cosas le sacan más de quicio que la deriva del fútbol actual: «Los estándares actuales son decepcionantes. Es una vergüenza. Los jugadores no tienen sentimientos hacia los aficionados, les falta respeto. Yo adoraba jugar para los fans. Me acordaba de aquella película de Gladiator: ‘entretenlos y gánatelos’. A mí me gustaba entretener también a mis propios compañeros. Y si no jugaba bien, cosa que casi nunca pasaba, al menos daba el callo por ellos».
El mercado de fichajes le indigna especialmente, no solo por las cantidades porque hay tal inflación que la calidad precio deja mucho que desear: «Si un jugador se lesiona, no le dan la oportunidad a un chico joven. Se gastan cien millones en alguien que probablemente sea una porquería. He visto a clubs gastarse setenta y cinco millones en jugadores que no saben ni rematar. Y es lo mismo para nuestros chicos jóvenes: a menos que seas excepcional, no tienes nada que hacer».

Pone como contrapunto la figura de Wayne Rooney, a quien vio jugar con 14 años en el Everton y fue amor a primera vista: «Colin Harvey me dijo: ‘voy a meter a este chico, quedan veinte minutos, fíjate qué bueno es’. El crío tenía 14 años. Íbamos perdiendo uno a cero y fue increíble, marcó dos goles increíbles. Después entré al vestuario y le dije a todos los demás: ‘¿alguien sale esta noche a tomar una cerveza?’ Solo levantó la mano él, con 14 años, y yo pensé: tú tienes potencial, chaval».
Vida como celebrity
En sus años en el top, tuvo la oportunidad de tratar con los personajes más famosos del momento. La lista es larga. A Dustin Hoffman, por ejemplo, Gascoigne le ofreció una copa de champán sin que el actor tuviera la menor idea de quién era. «Me presenté: soy Paul Gascoigne. Y él dijo: ‘Ah, ¿eres ese loco de las narices?’».
Con Mike Tyson la historia tomó otro rumbo, el boxeador quiso ir a su pueblo para su cuarenta cumpleaños, y Gascoigne le dijo que no. «Pensé que si iba a beber con él, me mataría. Así que lo cancelé».
Con el Príncipe Guillermo, hoy heredero al trono, tuvo varios encuentros informales que describen bien el efecto que producía Gascoigne allá donde fuera. «Trepé por encima del asiento y me senté a su lado. Le dije: ‘Cómo estás’. Me estaban molestando. Y él siempre me decía que miraba los periódicos para ver si aparecía yo, y que cuando no aparecía, pensaba que estaba bien». En un encuentro anterior, al darle un beso en la mejilla, le dijo: «He besado a tu madre en la mano».

Con Maradona, la historia es futbolística pero también filosófica. Se cruzaron en un amistoso en Sevilla en el que Gascoigne reconoce haber salido al campo de resaca. Marcó un gol después de regatear a cinco jugadores. Miró a Maradona. Y Maradona respondió con un gol todavía mejor. «Lo miré y pensé: ese tipo es especial».
Los orígenes
La infancia de Paul Gascoigne en Gateshead, cerca de Newcastle, fue humilde. Según recuerda, su madre le vio con una pelota de tenis en los pies desde que tenía tres años. No podían permitirse un balón de cuero. «No teníamos dinero para uno de verdad. Cuando cumplí siete años, mi padre volvió de trabajar en Alemania y trajo uno de cuero. Y ya está. Lo llevaba a todas partes, lo llevaba al colegio dando toques con él, haciendo paredes en los bordillos, paredes contra las paredes todo el camino a lo largo de los pisos».
Una lesión en el tobillo derecho le obligó a desarrollar el pie izquierdo, y eso acabó convirtiéndose en una de sus mayores virtudes: «Tuve suerte porque me hice daño en el tobillo derecho y tuve que aprender a chutar con el izquierdo, y lo aprendí bastante bien. La mayoría de mis goles los he marcado con la izquierda, no sé por qué, pero siempre me iba hacia ese lado».
Por las noches, cuando sus padres le mandaban a dormir, Gascoigne esperaba en silencio, abría la ventana y bajaba por la bajante para seguir entrenando en la calle. «Me quedaba una hora dando toques y luego volvía a trepar, me metía en la cama y me levantaba otra vez».
Los años de profesional
En Newcastle, con dieciséis años, recién salido del colegio, decidió coger un tractor en el campo de entrenamiento. «Empecé a conducirlo y se fue hacia las nuevas instalaciones, que eran de ladrillo y estaban preciosas. No podía pararlo. Me bajé de un salto y se estrelló contra la pared».

El paso a Tottenham y después a la Lazio estuvo marcado por las lesiones. La más cruel, una rotura de ligamentos en la final de la Copa FA contra el Nottingham Forest en 1991, en una entrada que fue tanto culpa ajena como propia. «No debería haber estado en esa posición de todas formas». Gary Mabbutt le llevó la copa al hospital. Sus compañeros le llevaron la medalla. «Quería ir a celebrarlo con ellos pero me dijeron: ‘mira cómo estás’».
En Italia, la intensidad de los entrenamientos le sorprendió desde el primer día. Brian Kidd, que fue a observar una sesión con su bloc de notas, lo abandonó cuando vio lo que les esperaba. «Le dije: ‘eso es solo el calentamiento, tío’. Y él cerró el cuaderno». El público italiano tampoco le exigía lo que le exigía el inglés: «Solo querían saber con qué pasta de dientes te lavabas los dientes, no les importaba lo que hacías fuera del campo mientras rindieras en él».
Por último, en el Rangers encontró su hogar futbolístico definitivo. Walter Smith le convenció sin grandes discursos. Cuando el entrenador escocés fue a verle para presentarle el proyecto, Gascoigne le cortó antes de que pudiera hablar: «Le dije: ‘no me cuentes nada, ya sé lo que me vas a ofrecer. Tengo en la nevera Lucozade. No digas nada, que ya voy’. Y me bajé el sueldo unas cincuenta mil libras al mes solo por jugar allí. No era el dinero. Quería jugar en el Rangers y punto». El equipo que encontró era extraordinario. «Fiché por un club con dieciocho internacionales. Hasta el entrenamiento era como una final de Copa. Y eso te hace mejor».
Con la selección, hizo cerca de setenta internacionalidades, aunque lamenta las que perdió por las lesiones. «Me habría quedado corto en cien pero me quedan algunos que no pude jugar». El partido que más recuerda es el de la Eurocopa de 1996 contra Escocia, precisamente porque varios de sus compañeros en el Rangers jugaban en el equipo escocés. «Llevaban tres meses diciéndome de todo en el vestuario, llamándome inglés de mierda, que me iban a hundir. Y cuando metí ese gol a Andy Goram, que jamás me había dejado marcar en los entrenamientos, lo miré y pensé: ‘ya está, ya te he metido una’».
La otra cara
Todo eso, en lo deportivo. Porque fuera de los terrenos de juego también fue protagonista durante este periplo. En el Tottenham, fue al zoo, tomó prestado un avestruz y lo llevó al campo de entrenamiento. Esperó a que los compañeros terminaran la sesión l mediodía y soltó el animal en el campo. «Al entrenador le dije: ‘mira a ese jugador, es rápido’». El problema fue que, una vez terminado el entrenamiento, el avestruz era imposible de reducir. «No podía atraparlo. Estaba por todo el campo de entrenamiento y yo dando vueltas. Al final se enredó con mi camiseta y lo llevé de vuelta al zoo. No estaban contentos».

En otra ocasión, el autobús del Middlesbrough, recién estrenado, estaba aparcado frente al campo de entrenamiento, Gascoigne lo vio y lo condujo hasta el pueblo: «Decidí girar a la izquierda por un camino de campo y de repente me di cuenta de que estaba en un autobús, no en un Mini. El autobús acabó de lado. Los árboles atravesaban las ventanas. Tuve que gatear para salir. El autobús quedó destrozado». Multa de 47.000 libras. El equipo tuvo que pedir taxis para ir a jugar el partido de visitante. Y las equipaciones estaban dentro del autobús, así que tuvieron que pedir prestadas las del equipo filial.
La afición por los autobuses no quedó ahí, se conoce que era algo de la época porque a Sasa Curcic le pasó lo mismo en Inglaterra. En otra ocasión, en Londres, después de salir con Chris Evans, se unió a unos obreros que estaban perforando la calzada, se puso el casco y empezó a trabajar. Luego paró un autobús de dos pisos y el conductor le dejó conducir. «Iba por el centro de Londres pensando que todo iba bien hasta que me di cuenta de que llevaba setenta pasajeros. Corrí al hotel, encendí la tele y en Sky News decían: ‘hace veinte minutos, Paul Gascoigne fue visto conduciendo un autobús de dos pisos por Londres’». Llamó a su padre antes de que lo viera.
En uno de sus últimos años de carrera, llegó tarde a la concentración y se presentó en el autobús del equipo en ropa interior. «Me bajé del autobús con el albornoz del hotel. Recuerdo la cara del entrenador. Pero le metimos uno a cero».
Nunca discutía con los rivales. Si alguien se le ponía cara a cara, la respuesta de Gascoigne era agarrarlo y darle un beso. «Dejé a un par de jugadores bastante avergonzados de esa manera. No tenía problema con ningún rival. Solo quería destruir esos noventa minutos porque sabía que en cuanto terminara el partido y saliera del estadio, ya no era mío el tiempo».

